Columna personal

Combarbalá, 222 Años

Al amanecer de ese día sábado 15 de Noviembre de 1788, la comitiva despertó aborregada y maltrecha sobre la cima de los llanos Los Hornos (actual Cuesta del Espino), con una vista diáfana hacia el norte, se vislumbraban las decenas de cerros encubridores del asentamiento de Combarbalá. Salieron de Santiago el 21 de Octubre y, después de largas y agotadoras jornadas; pasando por San Felipe, La Ligua, Petorca y la refundada San Rafael de Rozas (Illapel), ya estaban pronto, a nueve leguas de escribir la historia de una nueva villa.

Don Ambrosio O’Higgins, recién asumido en mayo, como Gobernador del Reino de Chile, y con 65 años de edad, personalmente dirigía la comitiva compuesta por unas 160 personas; varios oficiales, veinte y cinco soldados de dragones, noventa y cinco sirvientes, varios asesores y el capellán Juan Ubera. Y, a pesar de los malos caminos y para que decir de los alojamientos, estaba empeñado en llegar hasta Copiapó y dar el carácter de villa a varios pueblos emergentes en consideración a sus proyecciones en comercio y minería. Y después de 25 días bien tranqueados, allí desde la cima de la cuesta, al alcance de la vista, un pequeño valle le esperaba en donde un grupo de vecinos tenían todas sus esperanzas depositadas en una persona; un irlandés al servicio del Rey de España.

Desde días previos al gran día, los habitantes asustados e impacientes, se veían envueltos en acontecimientos opositores. Hechos entramados de complicidades entre latifundistas y mineros poderosos, quienes se oponían a la organización política y social de este grupo de personas que, con justo derecho reclamaban una pequeña repartición de tierras por las cuales ellos tributaban desde hacía 28 años. Y a pesar de los antecedentes justos, la impaciencia les arremolinaba los pensamientos hasta un punto de angustia y dudas; de cómo se le presentaría la “Petición” al Gobernador y, más dudosos aún del resultado incierto, rondado por el velo fantasmal de los poderosos que con sus influencias apagaban los brotes esperanzadores de constituirse en una villa. Hechos que terminarían por escribir nuestra historia, la historia de la ciudad de Combarbalá que cumplió 222 años desde este acontecimiento.

Ese día temprano, algunos lugareños salieron hacia el sur al encuentro de la comitiva en las riberas del río de Pama, presidido por don Juan Ignacio Flores, en ese lugar aprovechando las vegas y los deshielos de la cordillera sería un lugar propicio para un ágape y descanso previo, antes de llegar al asentamiento. Por la noche, habían abierto compuertas en Llahuín y Valle Hermoso para regar los potreros aledaños al camino y demostrar el frescor y fertilidad del valle, e incluso inundando pasadas polvorientas del camino para no hacerlo agreste al paso de los visitantes. Sin embargo, a pesar de todas las atenciones organizadas y los buenos deseos por parte de los esforzados lugareños, las avanzadas de la comitiva tenían todos los movimientos y tiempos estudiados y calculados por lo cual aquella detención en la ribera no se dio. La costumbre era que las comitivas importantes pernoctasen en haciendas tiradas a feudos de algún connotado español o criollo aventajado y, al parecer esta no fue la excepción.

El grupo de vecinos había instalado en la plaza del poblado, al costado de la parroquia, un entramado de tablas de álamos asimilando a un improvisado proscenio, desde donde se dirigirá al pueblo don Ambrosio O’higgins. Los parroquianos reclamaban sus derechos de las tierras aledañas y acampiñadas entorno a la parroquia, basados en los tributos pagados por ellas al alero de la Iglesia. En efecto, la parroquia tiene sus inicios a partir de la decisión de Monseñor Manuel Alday y Aspeé, Obispo de Santiago, de fundar el Curato de San Francisco de Borja de Combarbalá en el año de 1757 a raíz de la preocupación de la Iglesia por la evangelización de la zona; debido al carácter veleidoso de los indios originarios, la apatía y tozudez de mineros afuerinos y las fuertes y latentes creencias en hechicerías, ánimas y brujerías que rondaban el ambiente de esos tiempos.

Los vecinos organizados de Combarbalá estaban conscientes, que había detractores a la fundación de la villa y estos oponían una airada oposición; encabezados por los hacendados y mineros quienes veían en la organización de núcleos urbanos un serio atentado a sus propiedades y a su autoridad y, además con ello se desmembraba su hegemonía imperante por siglos impuesta en base a forzadas encomiendas. Sin embargo, después de mucho tiempo de tributos y de exponer sus causas al gobierno de Chile, aquella tarde del sábado era la esperanzadora oportunidad para formularle la “Petición” al propio Gobernador de Chile, y así fue.

Llegado el momento y los saludos protocolares resueltos se da inicio a la histórica asamblea. Sobre la tarima don Ambrosio, sentado sobre un sillón de algarrobo símil de un Luis XIII fabricado por un ebanista local, y ubicado simétricamente sobre una vistosa alfombra de vicuña, se imponía sobre el resto de los presentes, por su estampa y elegancia, nunca vista en el escaso mundo de esos aldeanos. Su rectitud y claridad nimbaba un aura defensora de los desvalidos y sin demostrar mayores sesgos de preferencias, su altura de estadista le hizo permanecer incólume y escuchó atentamente lo expuesto.

Entonces un parroquiano, se erigió a los visitantes, con unos rasgos lastimosos y maltrechos, de figura un tanto desmembrada, con manos temblorosas y una voz trémula y, como vecino más letrado que el resto, con mucho respeto y reverencias hacia su excelencia leyó:

PETICIÓN ¹

Nosotros: Los vecinos del valle de Combarbalá, en la mejor forma que haya lugar en derecho, comparecemos ante VSS y señalamos que hace el tiempo de más de veinte y ocho años, que estamos tributando feudo de unas tierras inútiles, las mismas que las junta de Real Hacienda en nombre de su Majestad (que Dios Guarde) SESIONÓ A BENEFICIO DE ESTA IGLESIA, para fin y efecto de que esta se conservase en virtud de la destitución en que se hallaba; y como en estos últimos tiempos cavilasen sobre de que eran tierras de indios, y que precisamente no han de venir sus dueños, y que no tuviera lugar, ha sido esta la causa que ha tratado Dn. Manuel Baras, con el MAYORDOMO de la dicha IGLESIA QUE LO ES DON. JUAN IGNACIO FLORES, sobre si debiera entenderse esta nulidad, propuesta por Manuel Baras.

Hallándose en este estado la causa (en el Superior Gobierno), el Vicario Capitular, dictaminó con el cargo de que el referido Baras, diese ciento y cincuenta pesos a la Iglesia, sin embargo el precitado Baras trajo cuatro indios, inútiles y forzados, con el velo colorado de los encomenderos, con la misión de decir que aquella población No Es Suya, y que desde luego estarían en el lugar, que les asignaron, y que la propia Iglesia se costease sus arriendos y cultos…

No obstante señor, es admirar, que hallándose la causa radicada y pendiente en el Superior Gobierno, siguiéndose por dicho Mayordomo contra el ya dicho Dn. Manuel Baras, que de improviso en el día nos hayamos de restringir, a estar sujetos a un vecino que sin mérito y solo por favor, se haya AUTO-DESIGNADO A SER SEÑOR DE ESTE TERRENO, y en perjuicio de tanto vecindario, y forzarnos a una esclavitud, a que por ningún modo consentimos.

…Por cuya razón y las demás que nos asisten, concurrimos a la notoria piedad de VSS. Para que siendo de su superior grado, nos conceda por VILLA este lugar en nombre de su majestad (que Dios guarde) con el título de San Ambrosio, obligándonos, en esta virtud a edificar correspondientemente, según las facultades de cada individuo, corriendo las diligencias que para ellos fueren necesarias, en inteligencia de haber más terrenos, que el que previene la ordenanza de Poblaciones; y VSS. ha presenciado andando por el destino de de su visita; con el compromiso de que a nuestra dependencia correrá el cuidado, reparo atención y culto de esta Iglesia.

Firmado: Juan Ignacio Flores y Vivanco, Mayordomo y encargado de la Iglesia y los siguientes vecinos: Juan Franco Santos, Pedro Antonio Olivos, Ramón Tapia, Bernardo Santos, Juan Miguel Zierros, Gregorio Sierra, Vicente Veles, José de Losa, Lorenzo Álvarez, Bartolo Castillo, José María Carabajal, Juan Josef Santos, Clara Matamoros, Pedro Josef Zierra, Pablo Monardes y Josef Xavier Monardes.

Combarbalá, 15 de Noviembre de 1788.

Esa tarde el Gobernador permaneció escuchando la intervención de los vecinos, pero no determinó ninguna resolución en esas instancias, más bien se limitó a escuchar y recoger los antecedentes zonales y analizar las potencialidades físicas y geográficas que ofrecía el valle. Por lo pronto, los vecinos debían esperar. Pero esa noche, sería de fiesta y la corona dispuso financiarla. Los vecinos habían colocados arcos de arrayanes y adornos con flores de enredaderas y otras silvestres arrancadas de la Cantera. Habían programado fogatas en derredor de la plaza y las humaredas de los asados en conjunción con los saraos estaban pronto a comenzar. Los niños vestían sus trajes domingueros y de pelos cortados jugaban a las escondidas entre los bebederos de las bestias. Las mujeres ensayaban los vaivenes de los abanicos y las risas coquetas entre abanicadas, y entre mensajes torpes emitidos se ruborizaban ante tanto hombre bien llegado. Y, comenzó la fiesta, los músicos de la comitiva abrieron las melodías, en principio bien tertuliada, luego más chinganera y hasta algunos tamboriles marciales resonaron. Y, así transcurrió la noche, alegre pero ordenada, la comitiva daba el ejemplo de disciplina y los vecinos imponían lo suyo. Sólo unos aparecidos afuerinos que dateados de tal recibimiento, se dejaron caer en son de festejar a destajo y que entrifulcados con unos indios envalentonados armaron una pobre revuelta que despertó las carcajadas de los presentes y la intervención de la guardia real, hasta el gobernador disfrutó de la camorra. Debemos recordar, que a Don Ambrosio le gustaba parlamentar y agasajar, como más tarde lo haría en los “Parlamentos de Negrete y Las Canoas” en 1793 en donde se estuvo tres días entre reuniones, fiestas y agasajos.

Antes de continuar en su viaje a Punitaqui, el Gobernador permaneció algunos días en Combarbalá, enterándose de los acontecimientos comunitarios y aconsejando personalmente a los vecinos. Entendía perfectamente la importancia de vivir organizados en comunidades urbanas. Recorrió algunos yacimientos mineros y los ríos de los valles vecinos, levantó algunos censos cuantificando la población y el territorio, además evaluó el cuerpo de milicias, entre otras actividades.

En ese tiempo que estuvo, los vecinos mostraron su organización, en las acequias corría el agua limpia, los bebederos desbordaban frescor, la plaza regada y barrida a primeras horas de la mañana. Y, las actividades de la parroquia eran fructífera y como nunca al mes de María asistían mas parroquianos de lo habitual, muchos de los cuales bajaban de las aldeas aledañas y de las majadas cerriles, para ver personalmente a tan ilustre visita. Pero ese día sábado 22, al tercer canto del gallo, fue despertado por hermosos cánticos profundos y con voces afinadas referidos a la Virgen, la población celebraba el Rosario del Alba… al escucharlo, su alma se llenó de emoción y talvez aquel despertar le llevó a tomar la resolución final.

Después de ocho meses de viaje en comitiva, habían recorrido alrededor de 1.600  Km. y como resultado de ello, le corresponde a O`Higgins, decidir sabiamente sobre la fundación de cinco nuevas villas: San Rafael de Rozas, San Ambrosio de Vallenar, San Francisco de Borja de Combarbalá, Santo Domingo de Rozas de la Ligua y la villa de Los Andes.

Aquel día Lunes 30 de Noviembre de 1789, el asentamiento de Combarbalá había despertado soñoliento, perezoso por la invasión de los rayos del sol que lentamente aparecían en las cimas de la cordillera y bajaban inundando los valles y cada rincón del poblado. Y, ningún parroquiano asimilaba en sus mentes que en aquella mañana, la luz de la naturaleza estaba dando vida a una nueva villa y, menos imaginaban que a la vuelta de un año y quince días de la visita del Gobernador de Chile, en Santiago de la Nueva Extremadura, este mismo, firmaba un decreto de fundación que reza lo siguiente:

DECRETO DE FUNDACIÓN ²

Santiago, 30 de Noviembre de 1789.

VISTOS: Respecto a que el cuidado con que reconocí el asiento de Combarbalá a mi paso para la ciudad de Coquimbo, me dio el conocimiento necesario de sus tierras, aguas y montes, y es justo que este anticipado trabajo – desde luego tome firma – de villa reglada en calles, la congregación de gentes que subsiste ha mucho tiempo en las inmediaciones de la Iglesia parroquial, al abrigo de las minas del mismo asiento y cuyos vecinos me significaron deseaban juntarse y construir esta nueva población, para que en este supuesto se le señalase terreno en que hacer sus casas con propiedad y salir de este modo del estado precario, en que han subsistido por intereses particulares y privados de la libertad y poder que para ello, les presentaba la Ley 10, título 5, Libro 4, de la Recopilación de estos dominios, recomendada y mandada observar por el artículo 7 de la Junta de Poblaciones, proveído en 20 de Setiembre de 1752.

SE DECLARA HABER LUGAR A LA SOLICITUD DE LOS VECINOS DEL NOMINADO ASIENTO DE COMBARBALÁ que suscribieron la representación de Fojas 1, para erigir la villa que expresan alrededor de la Iglesia parroquial, de dicho asiento y que en consecuencia declarando como declaro, aquel lugar desde ahora para adelante por villa, y dándole como le doy el título de tal en virtud de las superiores facultades con que para ello me ha autorizado S.M. con el nombre de SAN FRANCISCO DE BORJA DE COMBARBALÁ y los vecinos que ella poblaren, deberán gozar de prerrogativas, exenciones y privilegios que como tales pobladores le compete y están declarados, por la Junta Superior de Poblaciones.

…Para ejecución de ello, nombro a don Juan Ignacio Flores, con el cargo de Superintendente de esta población y le confiero para el efecto todas las facultades, que se han dado y conferido a los sujetos encargados en las demás partes del Reino de esta incumbencia, con la prevención de reglar en esta útil e importante obra la instrucción particular, que se le dirigirá, con el despacho, que para este fin, se librará con inserción del presente auto y demás diligencias de este expediente.

Firmado Ambrosio O`Higgins Dr. Rozas

Las noches de misterios, habían terminado, la edificación de los solares en torno a la plaza tardó algunos años y en varias oportunidades el gobernador se preocupó personalmente de que las instrucciones se cumplieran. Le correspondió al superintendente Juan Ignacio Flores, informar de los adelantos de la villa.

Y así, con el correr de los años, las cuadras del pueblo tomaron las formas trazadas, el tiempo dio paso a cuatro avenidas perimetrales, con filas de álamos enhiestos formando alamedas verdes, amarillentas y caducas según la estación del año. Alamedas que circundaron las siluetas blanquecinas de sus construcciones. Las casas solariegas lucieron corredores coloniales, las aguas de las acequias regaron las huertas frondosas y envolventes de color y, entre las alturas arbóreas y sus follajes vetustos emergía la torre de la Iglesia, con sus campanadas sublimemente estoicas que a diario redoblaban su gemido en la atmósfera combarbalina.

Las calles llenas de bullicios y llantos, iluminadas y sórdidas, daban pasos a coches y birlochos en transito por suelos polvorientos en verano y lodazales deformes en invierno. Y hacia el nororiente un río de piedras y arena, escondido entre maitenes y sauces serpenteaba casi inadvertido, regando los potreros aledaños, juntados en diversas formas geométricas unidas en un conjunto de tierra cultivable. Y al frente del pueblo, e inmutable como un guardián el cerro Caracho, exhibiendo en su cima escudriñada entre roqueríos una gruta, con una tenue luz amarillenta en verano y rojiza en junio, mostraba la presencia de la Virgen protectora de la villa.

Y en la colonia, el pueblo seguía creciendo, las casas de un piso proliferaban por la división de los solares, eran de adobes gruesos y de puertas altas, ventanas enrejadas y, parecían agobiadas por los altos techos. Grandes portones entreabiertos, mostraban los patios interiores empedrados y con jardines de flora diversa. Los muros largos de las calles, daban monotonía a los tapiales y en muchas cuadras solitarias, en toda su extensión, sólo se vislumbraba unos portones sucios con ventanucos altos y enrejados. Los transeúntes nocturnos esquivaban pasar por allí, el diablo y las ánimas rondaban en las noches por esos desérticos parajes y más de una lechuza asustó al más valiente parroquiano.

No había casa de renombre donde la familia no organizara una tertulia, se empezaba tan pronto se ponía el sol y se prolongaba hasta las onces o más tarde dependiendo del entusiasmo de los concurrentes. Se servía bebidas alegres, aloja y mistela, ofrecida por los dueños e hijas y el infaltable mate, preparado en un gran brasero de plata o bronce en las frías noches de invierno, en donde no faltaba el incauto que se quemaba con la bombilla ante la coqueta mirada de la joven que le servía. Siempre tenían éxito, las bandejas con huevos chimbos, los bollos y bizcochuelos y, todo el ambiente era amenizado por la música. No faltaba la joven, que esperaba la oportunidad para debutar en acordes musicales, acompañándose del clavicordio y del arpa y con voces agradables y afinadas daban el inicio a la danza. Mientras que en el aire se notaba el olor de las velas, chorreadas de tanto arder, poco a poco el entusiasmo languidecía y entre bostezos los comensales poco a poco desaparecían.

Y así, cada 30 de Noviembre, los vecinos se preparaban para una gran fiesta oficial, la plaza se engalanaba, los árboles se adornaban con guirnaldas de flores y todos los faroles y lámparas del pueblo eran provistos de velas. Frente al cabildo, se instalaba un gran escenario, en donde las autoridades y los vecinos mas connotados entarimados sobre este, presenciaban comparsas y carros alegóricos. Se elegía una reina y todos participaban en el baile de gala, la plaza se cerraba y el baile comenzaba.

Ya se han cumplido 222 años de la llegada de O`Higgins, y a través de este tiempo, en diferentes épocas, hemos sido testigo de los bemoles que ha vivido esta ciudad en su afán de nacer, crecer y perdurar. Que el transcurrir de los años y el cansancio de sus hijos no sea un impedimento para dejar de celebrar y reconocer lo que nuestra tierra nos ha dado.


Nota del Autor: citas 1 y 2, Págs. 28, 29 y 30 del Texto “Historia de Combarbalá” del Maestro Enrique Ugalde Santos, año 1990.

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muy interesante…

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