Columna personal

Susurro de los molinos de viento II - El Huaso Mena

El Huaso Mena -decía mi viejo- era valiente pero también bribón. Un zapatero remendón que disimulaba hábilmente las fechorías. Fue asaltante de caminos. Montaba un caballo negro que le ayudaba a camuflarse en la oscuridad de la noche. Del mismo color era su ropa, el sombrero y el poncho”. Dicen que el bandido ensayaba la puntería templando un cordel en dos árboles y le disparaba con el revólver calibre 38. Primero lo hacía a veinte metros, luego a veinticinco y así hasta que llegó a darle a cincuenta metros. Gastaba decenas de proyectiles. Hacía la primera muesca y ahí mismo le iba dando los balazos hasta que cortaba la soga. Una vez la cortó en tres disparos. “Yo no tengo que fallarle a la cabeza de un cristiano a cincuenta metros. El Huaso Mena tiene que salvar la vida cuando lo persigan los pacos. Eso, si le comprueban que ha robado”, manifestaba a los amigos mientras se agarraban a beber una ponchera grande de pisco con Pepsi-Cola y tajadas de limón.

Mena siempre se las dio de muy hombre, le gustaba echar brazos y poner la plata de la apuesta en la mesa. Decía: “Si le ganas al Huaso Mena, no solo te llevas el dinero de la mesa sino que también pago el consumo de toditos”. Mena fue el primero que lució en su muñeca un reloj a prueba de agua que se había robado en otra ciudad, a doscientos kilómetros de distancia. Era una novedad cuando todos estaban acostumbrados a los relojes de bolsillo que llevaban en el chaleco para medir el tiempo, con la cadena larga de plata o leontina. Una tarde el hombre causó asombro cuando dijo: “Este reloj lo puedo meter en la jarra de vino y dejarlo ahí hasta que lo bebamos todo, y les aseguro que no le pasa nada. Sigue dando la hora sin ningún problema”. Así fue, Mena cruzó las apuestas de los incrédulos y para demostrar las cualidades de su reloj muñequero, cuando se acabó el vino, volvió a llenar la jarra y así pasaron como dos horas antes de sacarlo. Cuando lo hizo, lo limpió con un pañuelo sucio que había sido de color blanco y lo secó cuidadosamente. Después, mostró el reloj ante los ojos asombrados de los presentes y ganó las apuestas.

En una ocasión había robado en la ciudad de Ovalle, a treinta kilómetros de distancia, y lo siguieron los pacos montados en unos caballos flacos pero con los fusiles listos para disparar. Pasaron por La Chimba a todo galope. Llegaron a La Cruz Colorada, los animales empezaron a mostrar su agotamiento pero no el negro de Mena que echaba espuma por el hocico, no aflojaba el ritmo para no sentir las espuelas del amo que se clavaban en las costillas hasta hacerlo sangrar. El caballo negro conocía todos los atajos, y en la Quebrada de Infiernillo se metió por el lecho, entre los mollacales y arbustos tupidos. Al fondo, en una curva, el Huaso Mena se pasó todo el resto de la noche en tensión con el revólver en la mano que le sudaba. Amaneció pero la ley ya no estaba. Nadie quería arriesgarse en la oscuridad. El Huaso Mena retornó tranquilamente por el filo de las montañas y entró al pueblo por el otro lado para que nadie dijese nada. Se había dado de tiros algunas veces con los «pacos», pero nunca había matado a ninguno. “Eso será cuando tenga que defender la vida: la mía o la de ellos, pero el Huaso Mena no se dejará capturar”. Y en sus labios la frase era una sentencia porque todos lo conocían.

El Huaso Mena tuvo cinco hermanos, su padre había sido panadero. Desde chiquito Mena, cuyo verdadero nombre era Raimundo, había sumergido sus manos en el amasijo para “ganarse la comida”, como le decía su papá. Jamás había tenido un juguete y en lo único que podía entretenerse con sus compañeros era en el juego de bolitas. Ahí se olvidaba que a las cinco de la mañana ya tenía que estar en pie, amasando, mezclando la harina con el agua en un balde grande de madera. Y el horno de barro con la leña que crepitaba. “Yo nunca seré panadero”, pensaba el niño, pero en su vida tuvo que amasar miles de panes sin decir nada. La piel de sus manos la tenía suave de tanto sobar y sobar. El sudor que le corría por la frente se lo limpiaba con el dorso de la mano derecha y continuaba en silencio con su trabajo. A las ocho de la mañana estaba repartiendo el pan en un canasto que colgaba de su brazo, cuando se cansaba, lo ponía en el otro. Golpeaba de puerta en puerta entregando el pan para el desayuno: catorce panes en la casa de los Rivera, dieciocho donde los Castillo, doce donde los Núñez y así, la lista era larga. Cuando se le terminaba, regresaba por más y continuaba con su trabajo hasta las once y media. Ese tiempo lo calculaba pero nunca lo había medido con precisión. Por eso quizás hacía alarde de su reloj impermeable que permanecía horas en el fondo de la jarra de vino sin dejar de funcionar.

Raimundo Mena había sido bueno hasta que fue un adolescente, cuando se pegó su primera borrachera y se le ocurrió ir a meterse donde doña Ermilda Pérez casada con el Cojo Pepe que tenía algunas mujeres pintadas para los “clientes especiales”, aquellos que cargaban buena plata en el bolsillo y gastaban generosamente sin contar las poncheras de vino que pedían. El Cojo Pepe tenía una pizarra pequeña colgada de la pared y ahí marcaba con una tiza una raya por cada pedido. Trazaba varias líneas que formaban una división y en la parte superior, el apellido de los bebedores. Después, la suma de las rayas. Precio fijo por cada una. Pero decían que el cojo, cuando ya estaban borrachos, aumentaba las rayitas a su libre albedrío. Según el caso, no menos de dos o tres rayitas, el cliente siempre tenía que pagar de más. La cuenta final siempre era a favor del Cojo Pepe que cargaba una temible muleta que le servía para compensar la inutilidad de su pierna derecha. El que hacía problemas, corría el riesgo de recibir los muletazos y si la cosa era más grave, el cojo sacaba una escopeta recortada que manejaba debajo del mostrador.

El Huaso Raimundo en su primera farra, cuando ya se habían tomado nueve jarras que al momento de pagar el cojo transformó en once, vio como su amigo y compañero de escuela, del juego de bolitas, Braulio, no aceptó la picardía y protestó airadamente. El Cojo Pepe a muletazo limpio, lo sacó al patio de atrás insultándolo a «grito pelado». Todos borrachos en la mesa, durmiéndose en la barra menos el Huaso Mena que estaba un poquito mejor, quien reclamó con la voz hecha nudo. Pero también recibió lo suyo, y lo botaron a la calle. Volvió a golpear la puerta reclamando por el Braulio a gritos. Nadie le hizo caso y mascullando imprecaciones, regresó a su casa cuando amanecía. Cuando se cerró la cantina, aparentemente todo quedó en paz, nadie vio como el Cojo Pepe limpiaba la sangre de la muleta.

Nadie nunca más volvió a ver al Braulio que dijeron se había ido del pueblo, muchos comentaban que en el patio de atrás del cabaret, el Cojo Pepe tenía su propio cementerio.

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