Columna personal

Susurro de los molinos de viento III - El Cojo Pepe

El Cojo Pepe llegó a la vida con el espíritu corrompido. Todo el mundo sabía que había nacido lisiado como fruto de un amor entre hermanos. En la escuela se burlaban de él a causa de su defecto físico. Se crió con unas tías que lo cuidaban, eran costureras y de chiquito el cojo las veía dar puntadas en la ropa ajena hasta la madrugada. Nunca conoció mujer alguna en sus años mozos porque a nadie llamaba la atención por su aspecto físico. Ojos con mirada de búho, nariz ganchuda, una cicatriz en la mejilla que le habían causado con una botella durante una pelea y una pelada brillante, rojiza que se rascaba de vez en cuando. Doña Ermilda lo recibió una noche porque el cojo, quien venía de los minerales del norte, traía dinero. Dicen que en la mochila guardaba una botella con pepitas de oro, entre las ropas. Que esa fue la noche del Cojo Pepe. Gastó dinero a manos llenas e invitó a beber al que pasaba por la calle. Joven todavía, era la primera plata que ganaba. «Yo soy el Cojo Pepe y cargo billetes», decía, despertando el interés de las mujeres. Pedía pisco de pura uva y ponche de vino que en la cocina preparaban las manos femeninas con frutas picadas. «Una de durazno», pedía el cojo. «Ahora traigan una con frutilla», exclamaba un rato después. Y fue la locura cuando el hombre, tambaleante, fue directo donde doña Ermilda y le dijo: «Quiero dormir con usted. Baje una botella de champaña». Y doña Ermilda que tenía unos cuanto años más que el cojo, supo lo que tenía que hacer. Era la oportunidad para ver si el hombre tenía o no mucho dinero. Viuda desde hacía algunos años y sin hijos, su felicidad no duró mucho porque a su marido lo mataron en una revuelta en el norte, cuando el gobierno ordenó por petición de las compañías inglesas, que interviniera el ejército. Doña Ermilda, que nunca fue hermosa, lloró la muerte del hombre lo preciso, el tiempo en que demoró en montar su negocio y se olvidó de los amores. «Sus chicas» arreglaban cualquier asunto sentimental y los clientes felices, tranquilos. Quizás, a la mujer, que tenía unos treinta y cinco años, le tomó desprevenida la súbita propuesta del Cojo Pepe, joven, que el único cuerpo de mujer que había visto por la hendija de la puerta, cuando era adolescente, era el de las tías ya maduras mientras tomaban un baño de tina el día sábado. Las dos mujeres eran evangélicas y leían la Biblia pero el cojo no entendía de eso por más que ellas lo sentaban a su lado y le obligaban a escuchar algunos pasajes que leían en voz alta. El joven nunca comprendió eso de que «la medida que apliques a los demás, será la que apliquen contigo». Al parecer era lo que más recordaba y a lo mejor por eso, le daba de muletazos a los borrachos.

Y doña Ermilda bajó la de champaña que pedía el hombre, ordenó que cerraran las puertas del local y todo el mundo se fuera a dormir. Se quedó sola con el cojo, que en esa oportunidad, ayudado por la mujer, no necesitó de la muleta de palo para llegar al cuarto. En el hombro del lado de la pierna buena, colgaba la mochila de la que no se había separado un instante. Ahí tenía la botella de oro. Los brazos de la viuda, el calor del deseo acumulado durante algunos años, fueron el refugio para el Cojo Pepe que encontró en las caderas y los pechos aún atractivos de doña Ermilda, en esa oscuridad que olía a cosméticos y a trago, el olvido de todos los sinsabores. El recuerdo de sus tías que hacía mucho se hallaban en el cementerio, se borró por completo, húmedo y viscoso entre las cobijas de la cama. Tampoco recordó las lecciones de la Biblia.

El Cojo Pepe fue otro. Y también doña Ermilda que remozó por completo el negocio. Los muebles de madera de tabla como mesas y bancas, fueron cambiados por unos de mimbre. El mesón fue forrado de fórmica y también las estanterías que se vieron completamente limpias con los colores claros. El piso de tierra, que tenían que rociar con agua a cada momento cuando a los farristas se les ocurría bailar, fue reemplazado por uno de madera de caoba sobre el cual regaban diesel que le daba un olor característico al ambiente. El cojo se sintió dueño y señor del cabaret, si hasta se permitía seleccionar las chicas que iban a trabajar, con la punta de la muleta les golpeaba suavemente las nalgas para saber si eran de carnes duras todavía.

Doña Ermilda se pintó los labios y volvió a usar colorete en las mejillas que tenían algunas pecas. Puso un letrero luminoso en la puerta que encendía cada noche, representaba una pareja en pose sugestiva. Todos manifestaban que el cambio era a costa del oro que habría traído el hombre en su mochila, los más fantasiosos decían: «Lo que sucede es que el cojo halló un entierro y tiene el resto guardado en el piso del cuarto de doña Ermilda. Es en el único sitio que no le permitieron entrar al carpintero y allí no se hizo ningún arreglo. Existe el mismo piso de tierra».

Al Cojo Pepe no le importó «invertir» su oro ni su dinero si a cambio encontró la mujer que había buscado siempre. Sin quejas le atendía, le lavaba la ropa, le preparaba los fréjoles con tallarines y tocino, la cazuela de gallina, las empanadas. Y en verano las humitas con los pasteles de choclos tiernos, recién arrancados de la huerta. Le escogía ternos de telas importadas que confeccionaba don Anselmo, el sastre del pueblo y le buscaba los zapatos de charol aunque al cabo de dos meses el de la pierna baldada se hubiera deformado completamente. Si hasta la muleta se la limpiaba con lija de agua para que quedara bien pulida y le hizo forrar en cuero en la parte superior con remaches dorados. El Cojo Pepe se sentía en el cielo y cuando ella salía de compras a la ciudad, se «echaba su canita al aire» con alguna de las chicas nuevas. Todo iba bien y para colmar la felicidad del matrimonio, porque el Cojo Pepe se casó por el civil y la iglesia con una gran fiesta, llegó su primera hija, la Rosángela que era el retrato de la madre: tez morena, ojos grandes, pelo negro y de expresión despierta. Después nació la Diamelina, de rostro colorado como el padre y el pelo rojizo, «igualito al de mi tía Petronila», según el orgulloso cojo. Las malas lenguas decían por ahí que al hombre «le había ayudado algún vecino». Pero no era así porque doña Ermilda desde que asomó el cojo no tuvo ojos para nadie más. Su felicidad era completa, salvo cuando el marido se emborrachaba. «Eres un bruto, una bestia parada en tres piernas, porque cuando bebes hasta la muleta detesto, esa muleta que te hice arreglar con el carpintero. Un día que me cojas con la rabia te la echo al fuego y ahí te quedas, sin poder moverte a ningún lado», expresaba doña Ermilda, pero las iras se le pasaban pronto, bastaba con llevar al Cojo Pepe a dormir la borrachera y con esconderle en algún sitio la muleta. Sin ella el hombre era menos que un cero a la izquierda.

Pero no todo podía ser una dicha eterna. Una pulmonía durante un invierno riguroso de temperaturas yertas y sin lluvias apagó la vida de doña Ermilda Pérez quien murió en los brazos del marido. El encargo fue: «cuida de las niñas porque ten la certeza de que si no cumples con mi último deseo, vengo a penarte. No te dejaré dormir por la noches». Y la mujer expiró. Y el Cojo Pepe lloró los tres días que duró el velorio y los funerales. El cabaret con el letrero luminoso, se abrió para todo público. También fue el cura del pueblo quien le había dado los sacramentos a la difunta. El hombre de la sotana rezó ciento cuarenta veces el rosario entre copa y copa de vino. Las mujeres, que vistieron estricto luto y un velo negro que cubría sus rostros pintarrajeados, prepararon muchas poncheras con vino hervido y ponche de pisco con leche que servían caliente a los asistentes. Un largo desfile de hombres se paseó ante el cajón que tenía un vidrio grueso, con ribetes plomizos, además de cintas de terciopelo azul oscuro que envolvían al féretro.

Después del entierro, el Cojo Pepe se encerró con sus hijas adolescentes durante un mes. No abrieron para nada las puertas verdes de la casa de adobes, de paredes blancas que tenían pegadas unas guirnaldas grandes de papel negro en señal de duelo. Las mujeres más tristes que alegres, porque dejaban de ganar, emigraron a otro lugar. El Cojo Pepe, bebió noche a noche tratando de ahogar la pena. Se sentía desvalido sin doña Ermilda y cuidar de las niñas, el último encargo de su esposa, era lo más duro. Transcurridas cuatro semanas y habiéndose agotado la reserva de pisco y vino, les dijo: «tenemos que vivir. Vuestra madre yo sé que nunca hubiera cerrado el negocio. Volveremos a abrir y trabajaremos juntos». Las jóvenes, cada día más tentadoras, asintieron en silencio y comprendieron que por primera vez en su vida deberían trabajar, ayudar a su padre. Por lo demás pensaban que atender un cabaret era una actividad como cualquier otra. Para eso estaba el papá quien las cuidaría.

El Cojo Pepe se endureció mucho más aún. A la muleta le hizo poner una punta metálica y con ella en la mano se tornó más temible todavía. «Mis hijas sólo atienden, para pasar la noche, hable con cualquiera de las otras», solía gritar y agitaba en el aire la muleta, amenazador, con el ceño fruncido. Completaba su gesto agresivo cuando agregaba: «la pierna tengo mala pero no las manos. Con esta muleta puedo mandarlo a la tumba». Y ahí terminaba el entusiasmo del borracho fogoso. El cabaret fue mucho más concurrido todavía porque el interés de los parroquianos por la Rosángela y la Diamelina, iba en aumento. Quien más quien menos tenía la esperanza de gozar de los favores y conquistar a cualquiera de las dos. Pero el Cojo Pepe constituía el escollo, una fortaleza inexpugnable. Se volvió más desconfiado y violento. Por cualquier cosa, la muleta cobraba vida en sus manos y los atrevidos iban a parar con su humanidad en el suelo. Si no tenían suficiente energía para incorporarse de inmediato, la muleta les seguía cayendo sin compasión porque el cojo jamás sintió lástima por nadie. La libertad de los clientes llegaba hasta donde comenzaba el enojo del ofendido Cojo Pepe. La muleta hacía el resto. Era un verdadero verdugo, más todavía a medida en que las hijas se convirtieron en dieciocho y veinte añeras. «Estas niñas son las flores del jardín del Cojo Pepe. Cada día son más lindas», comentaban los galanes, pero no podían hablar muy alto porque lo menos que recibían era una punzada con la punta de la muleta en las costillas.

El amor no puede pasar desapercibido ante los corazones jóvenes. Un día Braulio, un joven que trabajaba en el pueblo de La Higuera como jornalero de la hacienda, puso sus ojos en la Diamelina y el Cojo Pepe lo supo de inmediato. Acercándose al mozo, con el clásico sonido que producía la muleta en el suelo, le dijo: «tengo cinco chicas adentro. A mis hijas no las mira nadie. Si usted no quiere problemas, mejor es que no venga por aquí». El mozo, con unas copas encima y la mirada de picardía, le contestó: «a mí me gusta su hija. Tengo buenas intenciones». Pero el rengo no entendía esa frase de «buenas intenciones». Para él todos querían lo mismo y eran iguales. La niña soltaba, y el pajarito se volaba con el canto a otra parte. El hombre le puso el ojo a Braulio, con mayor razón al darse cuenta que a la Diamelina no le era indiferente. Un día encontró un papelito en el bolsillo del delantal de la joven.

«Diamelina: usted sabe que yo la quiero para bien. Si su padre no lo entiende, váyase conmigo al puerto de Chañaral y allá nos casamos. Tengo pasajes en el tren para la próxima semana. Esta noche voy a verla».

Le ama:

Braulio.

Esa fue la gota que derramó el vaso de la furia del Cojo Pepe. «A éste yo le mato. De mí no se burla nadie, peor de mis hijas», se dijo el hombre con el rostro enrojecido de furia. Inconscientemente revisó la punta de hierro de la muleta con sus dedos gruesos, luego fue detrás del mostrador para comprobar la carga de la recortada que terminó cerrando con un golpe seco. Era un sábado en la noche y estaría a la expectativa del jovenzuelo. A Diamelina no le dijo una palabra. Lo arreglaría el solo porque al Cojo Pepe le sobraban agallas.

El cabaret no tuvo que esperar mucho para iluminarse y la música de siempre se escuchó en el ambiente. Los boleros rocoleros que se podían oír en la radiola, la Rosángela ponía el disco en cuanto terminaba la canción. Y otro y otro. Llegó un grupo de jóvenes, entre ellos el Huaso Mena y el Braulio, amigos inseparables. Pidieron dos jarros de ponchera de vino con frutas y dos cajetillas de tabaco. «Vienen dispuestos a beber», pensó el Cojo Pepe que rumiaba silenciosamente su plan de acción. «A la primera que se le acerque a la Diamelina le caigo a muletazos». Pero el joven, quizás presintiendo algo, no se atrevía a acercarse a la mesera para pedirle una respuesta. Ignoraba que la misiva estaba en manos de su padre. Pasaron las horas y el Cojo Pepe detrás del mesón con la muleta lista y la recortada al alcance de la mano. Llegó la madrugada y el momento en que los últimos clientes querían retirarse. Ahí vino el problema, cuando El Cojo Pepe cobró dos poncheras de más. Ahí estuvo la protesta oportuna pero fatal del Braulio. Todos borrachos, aletargados, llenos de movimientos torpes. El resto se enteró después de algunos días porque el Huaso Mena no se olvidaba del detalle aquél de que el rengo sacó a muletazos al Braulio al patio trasero y cerró la puerta por el otro lado. Sólo escuchaba sus insultos y algo así como «aquí te mueres». La Rosángela subió el volumen de la música y la Diamelina se fue a otro cuarto llorando. Y nadie volvió a ver al Braulio. Entonces fue cuando el Huaso Mena, al ver que los «pacos» no hicieron nada, tampoco el juez, frecuentes clientes del cabaret, cambió de vida. El hombre que había sido panadero y que le ayudaba a trabajar a su padre, prometió vengarse. Se compró un revólver y se puso al margen de la ley. Recorría los pueblos robando almacenes y asaltando bancos. «Al cojo yo mismo lo voy a matar», había repetido en numerosas ocasiones. Pero no fue necesario porque el rengo también pagó en vida. Le vino un cáncer justo en la pierna mala y antes de seis meses lo estaban enterrando. La Rosángela y la Diamelina, no teniendo quien les cuidara, sucumbieron rápido y llegaron a cobrar las tarifas más caras. Decían que cada sábado Diamelina dejaba un clavel rojo en un rincón del patio. Ambas tuvieron «hijos del viento», unos con apellidos y otros sin él. Dos hijas hermosas, Claudia y Carmen nunca fueron de vida alegre y un día dejaron el pueblo para siempre.

Comentarios

Comentario: 

Muy bueno el cuento, me lei el del cojo Pepe. Felcitaciones al autor.

Comentario: 

Visitante:
Sus felicitaciones dan aliento para seguir en este laberinto de sueños y recuerdos.
Iván.

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