Columna personal

Susurro de los molinos de viento IV - Doña Josefina

Comentaban, Norma, que el Huaso Mena era el bandolero más famoso de la zona y para disimular se hizo zapatero remendón porque así tenía la coartada perfecta. Cuando comunicaban su delito por medio del telégrafo, oficina que en el pueblo de Punitaqui abría a las ocho de la mañana, y hasta que los “pacos” fuesen a verlo en su casa a las nueve o más, él siempre estaba acostado, durmiendo o preparándose un suculento desayuno con pan, huevos fritos y un jarrón de cocho (chapo) espeso con leche. Aguardaba a la ley con una sonrisa burlona, además, cualquier vecino o transeúnte nocturno atestiguaba en su favor asegurando que Mena había trabajado toda la noche. Incluso aseguraban que se escuchaba el golpetear de la suela con el martillo y a veces insistía que hasta lo habían oído silbar o cantar. La cosa era muy sencilla, el Huaso Mena le enseñó a trabajar en los zapatos a su mujer. Ella se quedaba en el banco trabajando hasta que amanecía. Claveteaba y claveteaba. Y el Huaso Mena robando en Sotaquí, en Salamanca o La Serena.

El Huaso Mena dominaba los caballos. El caballo negro era su favorito, pero lo que nadie sabía es que él, en un sitio clave, contaba con un cómplice y cada diez kilómetros con un caballo listo, ensillado y fresco para montarlo. A galope tendido le daba fuetazos al animal hasta llegar donde estaba la siguiente cabalgadura esperándole. Casi reventaba los caballos pero esto permitía robar un banco al atardecer y amanecer en su pueblo a las cinco de la mañana. A veces el atraco lo cometía a doscientos kilómetros de distancia, pero igual llegaba a tiempo a Punitaqui. Su mujer era el mejor aliado que tenía, podía componer zapatos y le encubría todo lo que hacía. Se llamaba Josefina.

Doña Josefina era de Combarbalá. Se había criado en la hacienda Bellavista cuyo dueño, don Teófilo Ordóñez, la había engendrado en una de las sirvientas. Don Teófilo, un “paco” jubilado con grado de oficial, era la bragueta brava de la zona. Se casó con doña Filomena, una mujer que le llevaba con unos cuantos años. Pero eso no le importó al hombre joven y audaz, retirado de la policía antes de tiempo lo único que buscaba era posición y un buen matrimonio. La hija del terrateniente de la zona era el partido ideal, además, la agricultura le había agradado toda la vida. Tenía que aprovechar la oportunidad.

La hacienda Bellavista era enorme. Dicen que tenía extensiones de tierras sin fin. En el valle se podía sembrar tomates, melones y sandías. También viñedos de excelente calidad. En las partes altas, más allá de los páramos donde se apreciaban las cordilleras, existían los pastizales para el ganado de reses, ovejas y cabras que llevaban los arrieros de diversas regiones cuando pasaba el invierno y la hierba escaseaba. En la época de verano, cuando el sol asomaba a las cinco de la mañana y se ocultaba a las nueve de la noche. Entonces los ganaderos de los valles del Norte Chico sabían que el momento había llegado. En enero, generalmente, los arrieros preparaban los mejores mulares y perros pastores, el poncho y la carabina bala U, calibre 22, la cantimplora, la yerba mate y el jarro para tomar té. Nunca faltaba el queso y el charqui, carne salada seca que cocinaban directamente poniéndolas en las brasas cuando instalaban el campamento en cada atardecer. La mula, en las noches frías del verano, podía servir de almohada o abrigo porque el amo dormía junto a ella. El perro, vigilante, dormitaba cerca de la fogata que ardía discretamente hasta que empezaba el canto de los pájaros silvestres y el guanaco se cruzaba en algunas ocasiones, con ágiles saltos de una peña a otra. Entonces no tenía que temblarle el pulso al arriero que apuntaba con el arma, si quería tener carne fresca. No era fácil dar en el blanco porque el guanaco, pariente de la llama, la alpaca y de la vicuña, es un animal arisco, de un sensible oído y agudo olfato, especialmente cuando el viento está a su favor. Bellavista con sus predios llegaba al límite con Argentina.

Los arrieros contaban que en ciertas ocasiones se topaban con piquetes de gendarmes del país vecino, ocho o diez montados en caballos gordos, relucientes. También recomendaban que para no tener problemas o ser chantajeados, era mejor evitarlos. El dueño de Bellavista era don Teófilo desde que se casó con doña Filomena con quien tuvo cuatro hijos del matrimonio. La Josefina era uno de los numerosos hijos bastardos, aquellos que salen del calor de unos tragos o de alguna noche solitaria cuando el patrón no tiene con quien dormir y cruza el patio de la pileta para ir a parar donde se halla la servidumbre. En ese ambiente creció la Josefina con un apellido distinto al que le correspondía, Tomás, uno de los tractoristas, se casó con su madre por disposición del hacendado cuando ésta tenía varios meses de embarazo. Así don Teófilo tapaba lo que él llamaba, hablando con sus amigotes, “uno que otro pecadillo”.

Y Josefina lavaba platos. Refregaba la ropa sucia en una batea grande de madera con jabón “Gringo”, una marca de color azul. Cocinaba unas ollas enormes de comida para los peones cuando se festejaba algún acontecimiento, cuando se casó la hija mayor de don Teófilo, su hermana de la misma sangre. El problema del patrón vino cuando su hijo Paquito que estaba por cumplir dieciocho años, se aficionó de la Josefina. El terrateniente sintió que se le helaba la sangre: su hijo casi bachiller justo detrás de la Josefina, cruzándose miraditas furtivas cuando la moza trabajaba en algunas cosas de la “casa grande”. Eso no podía permitirlo jamás. “Estos brutos no saben que son de la misma sangre y ¿cómo se los digo? ¿Qué va a decir la Filomena que permanece ignorante de estas cosas? La Filomena que pasa más preocupada de los veranos para irse a la ciudad en compañía de mi suegra, para ver a los hermanos que están lejos. No, eso sí que no. Hermanos, son hermanos. Mañana mismo el Paquito se va donde los tíos y ya veré lo que hago con la Josefina”.

Y al día siguiente, muy temprano, don Teófilo fue a dejar a su hijo a la estación del ferrocarril con una maleta llena de ropa y una billetera bien abultada para que se comprara tenidas nuevas en la ciudad. “Que te será muy útil que dejes la hacienda un mes a fin de que cambies de ambiente y al regreso prepares los exámenes de bachillerato e ingreses a la Universidad. Yo tengo que tener un hijo abogado porque hay muchos negocios de por medio que hay que proteger”. Y Paquito despidiéndose con un fuerte abrazo del viejo, sin recordar para nada en ese instante los pasos silenciosos de la Josefina por los pasillos de la casona, su mirada sumisa, sus movimientos de caderas cuando barría los cuartos.

Don Teófilo Ordóñez se rompía la cabeza pensando en lo que haría con la Josefina, mientras la fama temible del Huaso Mena también llegaba a Combarbalá. Por esas casualidades del destino, una noche en que se alborotaron los perros en el portón principal, don Teófilo salió con el revólver en la mano acompañado de cinco peones con las escopetas. Un jinete montado en un caballo negro habló en tono humilde: “una posadita patrón para continuar viaje en la madrugada”. El viejo no le negaba posada a ningún viajero, tampoco la comida. Lo acomodaron en una de las bodegas donde guardaban el grano. Pero uno de los peones reconoció al transeúnte. “Es el Huaso Mena a quien alguna vez conocí en Punitaqui. Dicen que es asaltante de caminos y ladrón de bancos”.

Don Teófilo oyó con detenimiento algunos detalles y en la madrugada con la linterna en la mano se fue sigilosamente a la bodega donde dormía Raimundo Mena y le dijo: “hablaremos de hombre a hombre. Yo sé quien es usted, pero no tiene nada que temer de mí. Antes de que amanezca quiero que salga de aquí y se lleve a la Josefina, cásese con ella, hágala feliz. Si alguna vez me necesita, acuda a mí para devolverle la mano. Tenga estas alforjas para el viaje y este caballo ensillado”.

Así fue como el Huaso Mena conoció a Josefina y se la llevó con él. Como dote en las alforjas, a más de queso con tortillas para el viaje, encontró cincuenta mil pesos. “Mejor que asaltar un banco”, pensó el bandolero. Y se unió con Josefina. Y Josefina fue la misma quien dos años más tarde recibió la visita de cuatro “pacos” bien armados una mañana, para preguntarle si ella era la esposa del Huaso Mena y si sabía dónde se encontraba su marido. Ella nunca sabía nada, por qué le preguntaban eso, lo único que sabía es que de vez en cuando le tocaba trabajar una noche entera en la mesa del zapatero y clavetear sin descanso la suela hasta que empezaba a llegar la luz. Sólo eso sabía. Por qué se la llevaban, que ella no tenía que ir a ningún sitio para reconocer al muerto. Que su esposo estaba vivo, que ayer no más se despidió de ella…

Raimundo Mena, más conocido como el Huaso Mena en muchos pueblos del Norte Chico, el último asalto lo cometió en Illapel a ciento ochenta kilómetros de Punitaqui, Norma, pero en un cruce de disparos recibió un balazo, y herido como estaba, reventando caballos no alcanzó a llegar a su casa. Se quedó tirado en la quebrada de Los Mantos a siete kilómetros de su destino. Lo encontraron desangrado por un boquete que tenía en el costado derecho, a la altura de las costillas. A pocos metros estaba el fiel caballo negro que miraba apaciblemente a los curiosos que fueron al lugar. Josefina no derramó una sola lágrima y dicen que nunca volvió a casarse ni tuvo hijos. Y se pasó el resto de la vida componiendo calzado. De vez en cuando también, como esperando que se hiciera presente el espíritu del Huaso Mena, se amanecía sentada en un pequeño banco de madera claveteando la suela de los zapatos.

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