Columna personal

Susurro de los molinos de viento V - Mi viejo y mi abuelo

Mi viejo, Norma. Era un gran conversador, pero un día no amaneció. Y te prometo que sentí un nudo terrible en la garganta cuando me lo contaron. Comprendí que nunca más oiría su voz, sus historias. Supe que jamás volvería a verlo descansar en esas tardes pueblerinas, cuando se sumía en su silencio campesino. Es verdad que hacía meses que no decía nada y que sólo causaba preocupaciones y todos sufrían por su dolor. Su cama quedó vacía pero todo lo demás quedó mucho más vacío todavía, ahí fue cuando me di cuenta que el viejo no solamente vivía, sino que existía. En el yunque, en el martillo pesado, en las herramientas, en esas cosas sencillas. En ese molino de piedras que recibía granos de todos los alrededores de Punitaqui.

Recuerdo que llegaba don Cenobio Carrera, un hombre de cien kilos, montado en un mulo tordillo, arreando media docena de burros cargados con sacos de trigo. Me daba la impresión de que el hombre cargaba también el viento de todos los caminos, con las alforjas de pan integral para el viaje, de aquél que hacen en hornos de barro en el patio de la casa. Don Cenobio venía de San Pedro de Quiles y hablaba de la empinada cuesta que tenía que subir, de las bandadas de codornices que se le cruzaban, pero que él ya no tenía la puntería de otros tiempos con la catapulta que llevaba desde siempre en el bolsillo con algunas piedras redondeadas. A veces a don Cenobio le sorprendía el aguacero en media ruta y lo único que hacía era cubrirse con el poncho negro que llevaba en la grupa del animal. Cenobio Carrera me causaba admiración cuando lo veía aparecer bajo una cortina de agua sin apurar al mular. “La mula camina al ritmo que le da gana, jovencito”, decía sacándose el poncho que estilaba, yo sentía que el arriero se mojaba hasta el alma. Y ahí se quedaba, con el resto de la ropa empapada. Metido en sus pantalones rayados de color negro y plomo con unas polainas cafés de puro cuero y sus espolines de plata. “El mular es el que aguanta los viajes, resiste mucho más que un caballo. Puedo demorarme más pero yo sé que siempre me va a llevar a mi destino. El tordillo no me deja feo, por eso lo cuido, por eso lo quiero, por eso lo monto en cada viaje que hago con el trigo”, era otra de las aseveraciones de don Cenobio.

Y él también contaba de la leyenda de la gallina con pollos que se le aparecía al viajero solitario a la medianoche. “Por la cuesta del Pechén venía arreando los animales, y en un puente de madera escuché que piaba la gallina y unos cuantos pollos. Brillaban como el oro, resplandecientes en plena oscuridad. Le prometo que sentí un escalofrío, más aún cuando me di cuenta que los pollos eran del tamaño de un gallo adulto pero piaban como si fuesen tiernos, y la gallina la vi del porte de un pavo. Ahí sí me entró el hielo que se deslizó por toda la espalda, tuve la sensación de que algo me corría por el pecho y subía hasta la boca como si hubiese querido arrojar lo que tenía demás en mi interior, me vino como un ahogo, una angustia terrible. Pero eso no fue todo, detrás de la gallina, salió un hombre pequeñito, insignificante con un sombrero enorme que le cubría la cabeza hasta las orejas. Era un enano vestido de blanco, el sombrero que le digo, del mismo color. El hombrecito dejó escapar una risita que me congeló la sangre, y pronunció unas palabras que no le entendí bien, pero parecía que dijo: “uno más joven quiero yo”. No sé si se refería a mí. Ya soy viejo, jovencito. Ando en los sesenta y cinco años”. Don Cenobio contaba que nunca más había pasado de noche por el puente de madera, en esa oportunidad lo único que hizo fue clavarle las espuelas al tordillo y apurarlo lo que más pudo hasta alejarse completamente del sitio.

Muchos personajes sencillos, anónimos, llegaban al molino de granos cuyo zumbido se extendía a la redonda. A veces, desde el cerro, según la dirección del viento, se escuchaba ese ruido característico que le daba un poco de vida a mi pueblo silencioso, apacible hasta la desesperación y el tedio. Quizás por ello la gente era de larga vida, dialogaba con las décadas y contaba historias más antiguas que los propios recuerdos.

Y mi viejo era una reliquia, Norma. Por eso cuando falleció, la noticia se regó como el viento. Fue como si las golondrinas o las bandadas de jilgueros que aparecen en enero, la hubiesen llevado en su vuelo a los cuatro puntos cardinales. Se enteraron en La Rinconada y en Camarico. En Manquehua y en Los Corrales. Y mucho más allá también, donde reventaba el trueno en cada tempestad cuando era niño, porque en ese entonces pensaba que el estampido salía de las entrañas de la tierra, y de susto me metía en lo más profundo de las cobijas, para no oír, para no ver el resplandor de los relámpagos que se colaba por todas partes iluminando el cuarto. Y en esos minerales del Norte Grande, muy cerca de Perú, también lo supieron. Más de alguien vino para la despedida, tal vez sin lágrimas que se habían secado en la arena del desierto de Atacama. Pero con ese calor humano, con el calor del minero, del comerciante, del arriero acostumbrado a tragarse el polvo de los caminos, por eso tienen comezón en la garganta, por eso les pican más fácilmente los ojos. Y algunos también lloraron. “Se murió el patrón”, exclamó don Cenobio y ensilló seguramente el nieto del mulo tordillo para llegar al entierro. Y muchos bajaron de los cerros, salieron de los puntos más remotos porque era como despedir al patriarca nacido en 1897, el último de los longevos con auténtico sabor añejo. Con aliento de aventura y experiencia pura, de vivencias, de recuerdos. Se juntó mucha gente que caminó despacio por la calle larga porque ya no había prisa, era como retener un momento más al finado antes de llegar al cementerio y ponerlo en el nicho. Era como prolongar un poquito su permanencia en este mundo. En esa calle también se alargaron las evocaciones de los presentes en el cortejo. Llegaron los sobrinos con años en las espaldas, los nietos, un par de hijos. Los amigos de antaño, aquellos que se fueron antes que él, posiblemente lo esperaban en las sombras para darle un abrazo y beberse una copa de vino tinto. El viejo, aunque haya muerto sumergido en el silencio, no estuvo solo en los funerales. Si él ya no pudo hablar, hablaron bien de él.

El viejo nació en Illapel, pero no tenía más de dos años cuando su familia llegó a vivir en Punitaqui. Venía con su padre don José Miguel y la madrastra, doña Rosenda que nunca fue muy buena. Los dos matrimonios de don José Miguel fueron con primas hermanas.

El padre de mi viejo era cojo, usaba un bastón de madera de guayacán que no podía dejar un momento. Compró una casa pequeña cuando en Punitaqui se respiraba polvo y el único medio de transporte eran las acémilas y el coche halado por cuatro caballos. Don José Miguel manejaba un canchón donde recibía el metal en bruto de la mina, la piedra que el minero extraía del cerro para luego escogerla al ojo, tratando de determinar cual de ellas era de mejor ley y por lo tanto más productiva.

Don José Miguel, mi abuelo, había trabajado en Ovalle y La Serena, también en algunas ciudades del Norte Grande como comerciante, viajando en tren con variados productos para la reventa. En aquellas épocas de las locomotoras a vapor, cuando viajaba maquinista y fogonero, éste se encargaba de ir echando con una pala el carbón de piedra al fogón. Y la locomotora dando grandes resoplidos, echaba las volutas de humo impregnando el aire. Así entraba a las ciudades cuando no existía contaminación, y los niños curiosos salían a contemplar ese aparato mágico que devoraba las distancias por esos rieles paralelos que nunca se juntaban pero que tampoco estaban separados. En cada estación había esa vida tan especial donde se vendía dulce de higo relleno con nueces hecho en un molde. En la estación ofrecían los pasteles de dulce de leche y los sanduches de pernil con cerveza. La estación del tren permitía conocer a la gente de La Calera, Quillota o La Ligua, cuando venía del sur o del centro del país. Pero más al norte, estaba la lejanía misteriosa de Vallenar, Copiapó, Antofagasta o Iquique. El servicio ordinario tomaba tres días en llegar a Iquique. Las locomotoras viejas sufrían en cada viaje, y en los túneles, los pasajeros respiraban en los vagones el olor del carbón o los carros simplemente se llenaban de humo. Cuando los curiosos estaban en la estación, en cada partida del tren como que se quedaba la nostalgia del viaje, el calor de las pampas que acariciaban los rieles hasta dejarlos calientes bajo los soles ardientes.

Mi abuelo José Miguel, a quien no conocí, me lo imagino con olor a tren. Me parece verlo ayudado por el bastón, acomodando los fardos de charqui, los costales de nueces, de higo y ciruelas secas. Me lo imagino con la mirada severa de sus ojos verdes, frente a una botella de vino, y una esperma encendida en la mesa porque el longevo era de carácter tieso, no aceptaba disculpas ni perdonaba los errores. Mi viejo contaba que de niño cuando se portaba mal, don José Miguel lo amarraba a un árbol para que no se escapara y después lo azotaba. Lo mismo hizo con un árbol de aguacate que él había cuidado prolijamente durante todo el año. Su esperanza era que cargase frutos y obtener así una buena cosecha. Pero el árbol no dio más de una docena. Don José Miguel, muy enojado, primero amonestó duramente a la planta. La trató de “ingrata y desconsiderada con los sacrificios del dueño. Que la había limpiado y abonado la tierra y que también le había puesto creolina para salvarla de la peste. Que merecía un castigo”. Y con el mismo fuete que golpeaba a su hijo, azotó durante media hora el árbol hasta que dejó algunas marcas en su tronco. Cuando el brazo se le cayó de cansancio, dejó de golpearlo. Al año siguiente, el aguacate se cargó de frutos.

Era intransigente en todo, si a alguno de sus hijos no le gustaba un plato del almuerzo, ordenaba a la cocinera que lo guardara para volver a ponérselo en el puesto en la noche. Si sucedía lo mismo, ahí estaba el plato nuevamente en el almuerzo del día siguiente y así. Solo cuando ya estaba rancio, dejaban de ponerlo en la mesa. “La comida es para comerla, no para perderla”, era la sentencia. Mi abuelo engendró tres hijas y un varón que era mi padre, en sus dos matrimonios. Se levantaba al alba y trabajaba más horas que cualquier persona, tratando de compensar tal vez la pérdida de tiempo que le ocasionaba la lentitud de su pierna mala.

Pero dicen que el veterano era justo. En cierta ocasión en que doña Rosenda, la madrastra, compró a las dos hijas de su matrimonio ropas de seda, y a mi padre y a su hermana, tela de saquillo, prácticamente de yute, la reacción de mi viejo fue coger la navaja de afeitar y hacer picadillo su terno, saco y pantalón hecho flecos como aquellas guirnaldas de las fiestas de pueblo. Doña Rosenda fue con la acusación ante su marido. Mi abuelo, cuando se enteró de los detalles por boca de mi viejo, le ordenó de mal talante a la mujer: “cómprele ropas de seda a todos mis hijos”.

Mi abuelo tuvo varios hermanos, mujeres y hombres, mis tíos abuelos. Recuerdo al tío Joaquín, de tez blanca y rostro rubicundo. El viejo generoso que nos regalaba plata y saludaba con el bolsillo lleno de caramelos o bombones. Se me viene a la memoria la tía Charo que vivió más de noventa años y pensaba que quien comía cocho (chapo) todos los días, prolongaba la vida, “el alimento de los antiguos”, solía decir cuando ya estaba postrada en la cama, completamente lúcida. O, la tía Meche, que vivía en el pueblecito de Pama y en un invierno seco que mataba a las cosechas de trigo por falta de agua, ponía a San Antonio de cabeza para que lloviera. Y llovió, Norma. Te prometo que llovió.

El apellido de mi abuelo parecía interminable como su mal genio, y daba origen a una larga familia. Esta tuvo por costumbre el casamiento entre primos, en ciertos casos sucedía lo mismo hasta con cuatro generaciones, que tenían dos veces el mismo apellido.

Los parientes de mi abuelo eran raros. Algunos descendientes salieron alcohólicos. Se pasaban el día bebiendo y vendían lo que tenían para hacerlo. Conocí a uno que otro, fugazmente, y me impresionaron en mi corta edad. Mi abuelo José Miguel falleció cuando aún no cumplía cincuenta años y mi viejo abandonó la casa, aunque nunca dejó de mantener ese hogar desde la distancia. Le pagó muy distinto a su madrastra, doña Rosenda. Mi viejo nunca tuvo madre, ésta falleció cuando él tenía apenas un año y medio de vida.

Mi viejo cuando joven era temible y valiente. Algunos ancianos del pueblo que hoy estarán conversando con el firmamento, contaban que nadie quedaba parado cuando disparaba un puñetazo y que si asentaba un golpe de puño en la pared de adobe, quedaba con los nudillos sangrantes. Que podía romper una nuez haciendo fuerza con la juntura del antebrazo y que enlazando las piernas, montado en un burro pequeño, se alzaba con animal y todo colgándose de la rama baja de un árbol. Una ocasión se peleó con Segundo Zambra, el mejor trompón de la zona. Con muchos testigos porque era un desafío. Cuando se cansaban, descansaban hasta cinco minutos y seguían dándose de golpes. Al final en el suelo quedó tendido Zambra con el hombro dislocado sin poder dar un golpe más. Reconoció su derrota como varón y se fueron a beber vino con todos los amigos.

Segundo Zambra era hombre de pelo en pecho con fama de cuatrero. Cuentan que tenía por cómplice a las sombras de la noche para salir a robar animales ajenos. Nadie lo veía pero todos afirmaban que era el culpable de la pérdida de las reses. Tampoco se atrevían a hablar porque le temían. Su fama de pendenciero se había regado en toda la región, y la verdad es que ningún hombre le aguantaba un puñetazo a Zambra. Jamás le comprobaron nada ilegal y eso al parecer tenía envalentonado a Zambra. Recio, demasiado fuerte y decidido a lo que fuera, continuaba haciendo plata con el robo de animales. Cuando alguien intentaba pararle, estaba condenado a sufrir los estragos que causaban sus puños, quien se atrevía a enfrentarle o reprocharle su conducta, rodaba por el suelo y corría el riesgo de quedarse sin dientes. En otra ocasión, Segundo Zambra, aunque no golpeado, salió completamente humillado de una riña que se le ocurrió provocar absurdamente.

Humberto Fariña (hermano de don Víctor, quien falleció de un ataque a la vesícula) se llamaba el hombre joven amigo de mi viejo, recién llegado de la capital, elegante, con marcado aire citadino. Sabía boxear y se le ocurrió decir: “Zambra a mí no me entra ningún puñete”. Bastó para que el orgullo de Segundo Zambra solo derrotado por los puños de mi viejo, se sintiera herido. Vino el desafío y llegó el momento de la pelea. Dicen que el boxeador solamente bailaba ante Zambra que disparaba enrabiado sus demoledores golpes que nunca encontraron el cuerpo ni el rostro del contrario. Cuando el retador estuvo bien cansado y se movía torpemente, don Humberto le perdonó la golpiza y lo dejó derrotado sin que Segundo Zambra le haya dado un solo puñetazo.

Zambra tenía una posada donde llegaban todos los viajeros. Mientras lo jinetes, agotados por el viaje, descansaban tomando unas copas en el mostrador del negocio, Zambra contaba cosas raras que atemorizaban a los demás. También lo tenían por brujo. Repentinamente dejó el pueblo, dicen que consiguió una jubilación del gobierno de ese entonces por haber sido un ex-combatiente. Quienes le conocieron aseguran que tenía una cicatriz en la mejilla derecha, él decía que ése era un recuerdo de la guerra.

Mi viejo llegó a ser como el patriarca del pueblo, fue tan dinámico e inquieto que ya maduro, propietario de una tienda de abarrotes, sacaba las cosas de las estanterías para volver a ordenarlas cuando se sentía aburrido. En otra oportunidad, al ver que doña Mena, la dueña del cabaret, pese a las insistencias no accedía a sus deseos de prepararle un pavo que dormía en una ramada, para comer con todos sus amigos, sacó una pequeña pistola automática que nunca dejaba de llevar en el bolsillo posterior del pantalón y de un certero disparo tiró el ave al suelo. Su frase fue: “cocine el pavo doña Mena. Yo pago”.

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