Columna personal

Susurro de los molinos de viento VI - La tía Mandunga

De mi abuela paterna, ni me acuerdo su nombre, Norma, porque se fue a la tumba con el segundo parto. Pero sé que tuvo una hermana que me parecía increíble: la tía Mandunga. La misma que he recordado tantas veces con mi amigo Williams Kastillo, aunque hayamos estado a cinco mil kilómetros de distancia. La tía Mandunga, Norma.

Amanda se llamaba mi tía abuela pero todos le conocían por Mandunga. Desde pequeño escuché a mi viejo hablar de ella y por esas cosas raras de la vida, no había mayor diferencia de edad entre los dos. Al parecer mi abuela, parió a mi padre, cuando la madre de ésta daba a luz a doña Amanda.

Las malas lenguas decían que mi tía tenía influencias del diablo, que en la época en que ella vivía, se aparecía en la cuesta de El Espino que tanto para el tren y los vehículos, era penosa y temible, según los maquinistas. En ella las locomotoras a vapor resoplaban como animal cansado y a veces hasta tomaban viada para poder subirla.

La cuesta de El Espino quedaba cerca de Illapel, lugar de nacimiento de la mujer cuya fama cobró fuerza en todos los confines de ese antiguo Departamento. La comparaban algunos con La Quintrala, mujer de siglos pasados, cuyo nombre era Catalina de los Ríos, descendiente de españoles y poderosa latifundista. Nunca se casó y mató a varios de sus amantes. Protagonista de una siniestra historia. No creo que la tía Mandunga haya sido como La Quintrala que según la leyenda, su cadáver pende desnudo colgado de un cabello en la puerta del infierno y si es que se le parecía en algo, era solamente en el autoritarismo.

El conductor de un camión contaba que en una ocasión subía la cuesta de El Espino. Cansado iba, luego de manejar ocho horas. “Santiago, pensaba el hombre. Debo llegar dentro de cinco horas”. Y el carro, bien cargado, avanzaba con dificultad. De repente el hombre se dio cuenta de que alguien más se hallaba a su lado, incluso sintió el perfume agradable de mujer. Quiso reaccionar pensando en que eso era imposible, pero su subconsciente le indicaba otra cosa. Y el perfume flotaba en el interior del vehículo. Miró de reojo hacia su lado derecho y vio un bulto blanco. Pestañeó varias veces, pero el cuadro era el mismo, al fin se atrevió a virar la cabeza y vio una novia. Una novia con el traje elegante y largo, con un velo que le cubría todo el rostro. El chofer, en subida, ni siquiera podía acelerar. Lo único que hizo fue apretar el volante con mucha fuerza y rogar a Dios para que el carro terminara de subir y llegara pronto a una explanada. Seguía manejando y la novia a su lado, sin moverse ni virarse para observarlo. El chofer inmóvil y angustiado, tartamudeando, exclamó: “¡Ave María Purísima!”. Y la novia desapareció. Pero continuó asomándose a otros conductores, especialmente a los que transitaban de noche por la cuesta de El Espino. Decían que la novia era el diablo quien a lo mejor estaba en el espíritu de la tía Mandunga.

Amanda y Mercedes se llamaban mis dos tías abuelas, toda una historia en Illapel. En Salamanca que se encuentra a poca distancia, la tierra de los brujos, dicen que ahí vuelan, Norma. Con escoba y todo, Norma. Que los conjuros están dispuestos para los interesados que visitan el lugar. En una ocasión celebraron un concilio de brujos. Pero la tía Mandunga no estaba embrujada, Norma.

La tía Mandunga vivió en la hacienda grande de Asiento Viejo, a dos kilómetros de Illapel. Tres años menor que su hermana Mercedes, gozó de los beneficios de la misma cuna. Lo único que hicieron fue cambiarle las ornamentas. La de la tía Mercedes, había sido rosada y a la tía Mandunga, le pusieron raso de color celeste, tal vez porque su madre soñaba con tener una hija de ojos como los de una gringa. Pero Dios no permitió que así fuera: nació con los ojos de color café, como mi abuela, como mi viejo, como las hermanas de mi viejo. El rostro, parecido a cualquiera de ellos, con ese aire tan de familiar que ha caracterizado a quienes llevan el apellido paterno. Carita redonda, blanca, con venitas en las mejillas enrojecidas. Risa alegre como para que se le pierdan los ojos cuando les llegaban las carcajadas. Yo conocí así a la tía Elena, a la tía Ethel, a la tía Lila, las hermanas de mi padre. Dicen que salieron a las mamás, a las abuelas, mas no a quien les engendró que era mi abuelo.

La tía Mandunga era pequeña, agraciada, de carácter enérgico y voluntarioso. Irradiaba autoritarismo porque era la terrateniente, la patrona grande. A su lado, las decisiones de su hermana, se perdían. Eran absorbidas por la voluntad de doña Amanda. La tía Mandunga se crió tomando leche de burra y cogiendo la sombra de los sauces llorones cuando hacía mucho calor en el valle, especialmente en los meses de verano. En la mesa de la hacienda sobraba la comida y nunca faltaba el queso hecho con leche de cabra, batido y luego puesto a madurar durante meses. A veces pienso que en el norte de Chile han aplicado una tecnología suiza-criolla para hacer quesos con poca sal, pero fuerte y sabroso. Quizás es el mismo que comimos tantas veces cuando éramos niños, Norma.

La tía Mandunga creció entre los mugidos de las vacas, el relincho de los caballos y el balido de los chivos. Se despertaba con el silbido de las lloicas, pajaritos de pecho rojo como la sangre, que se posaban al amanecer en los molles tupidos y en los álamos del patio de la casona. El canto cambiaba por épocas y por aves, pero nunca dejaba de escucharse. Pienso que a la vieja también le dieron cocho con leche que lo mismo habrá sido de chiva, burra o res. En invierno se sembraban papas, lechugas, porotos y habas. Hacia el verano, los tomates, el maíz, el trigo y la cebada. Y los peones cuidaban en toda época a las vacas con terneros y a las preñadas, a las gallinas, caballos y mulares. A una verdadera jauría de perros bravos. La tía Mandunga acostumbraba a beber el “ulpo”, agua con azúcar y harina tostada de trigo en poca cantidad, el refresco ideal. Pero también consumía el pan del horno, hecho por las manos de la Domitila, la sirvienta más antigua y fiel de Asiento Viejo.

Así se crió la tía Mandunga, como señorita. Con las manos suaves, sin hacer nada porque todo le servían. Así se crió la tía Mercedes que era el reflejo de la sombra de su hermana. El eco de su voluntad. Nada hacía Mercedes sin consultarle a la Amanda. Ésta, a su vez, parecía adivinar cuando su hermana le quería decir algo. A veces ni siquiera hablaba doña Amanda, con un gesto ya estaba lista la respuesta. Y eso hacía doña Mercedes. Y así vivían las dos hermanas, nadando en la abundancia, en la más completa armonía. Chocolates de la capital, solo Hucke para saborear la marca alemana que ha permanecido cinco o seis generaciones en Chile. Caramelos Ambrosoli, aquellos rellenos de leche y miel o de licor. Las dos tías eran golosas, Norma. Las dos.

La Mercedes se quedó en la hacienda, pero la familia pensó que la vivacidad de Amanda había que aprovecharla para que estudiara en la ciudad, que fuera otra en la vida, que alcanzara una abogacía para el orgullo de todos, como el caso de Sergio, el único hermano varón.

Así fue como enviaron a la Mandunga a un colegio de monjas, interna para que fuera buena, para que fuera pura, para que no sufriera ninguna tentación porque la joven como su carácter, tenía que ser incorruptible, en una palabra: inexpugnable para que manejara con Sergio los negocios de Asiento Viejo. No duró mucho en el colegio religioso: “altanera, soberbia, mal carácter, irrespetuosa, rebelde”, fueron los calificativos de la madre superiora cuando llamó a los familiares para que la retiraran. Y la tía Mandunga nuevamente en Asiento Viejo, férrea, inclaudicable. Organizaba fiestas y banquetes para compartirlos con otros adolescentes. Y doña Mercedes no se despegaba de su lado. Fueron famosas las fiestas de las muchachas y también su vida vacía y de ocio. Se acostaban a las dos o tres de la madrugada jugando a las cartas, al dominó, bebiendo vino hervido con naranja en las noches frías. “Jóvenes y ricas, excelente partido”, opinaban los padres de los jóvenes casaderos. Y la vida transcurría para doña Mercedes y la Mandunga.

Fue en la temporada veraniega cuando Sergio el futuro abogado, pasaba vacaciones largas en la hacienda. Doce de la noche, las hermanas jugando, entretenidas en la tertulia. Una de la mañana, empezó a cogerles el sueño y también el pisco sour con limón y trocitos de hielo. “Dos de la mañana, hora de dormir”, dijo doña Amanda. Y su hermana con el mismo sueño, si es que sueño tenía la tía Mandunga. Y afuera el alboroto de los perros, en el patio de atrás, bajo una oscuridad absoluta. Los perros enfurecidos ladrando frente a una mancha de plantas del jardín. Un silbido de doña Amanda, pero ¡nada!, los perros no obedecían. Más enojada que los canes, la tía Mandunga corre al patio trasero echando mano del revólver, pasa el umbral de la puerta inexistente de la muralla blanca, se detiene y apunta hacia los ladridos: “¡perros del carajo!”, exclama la mujer enrabiada y dispara tres veces. Se acabó la bulla, los perros en estampida aullando. Doña Amanda, satisfecha, se retira al cuarto sin comprender lo que había hecho. Sin saber que un galán furtivo había intentado ir a dormir con una de las sirvientas. La tía Mandunga no supo en ese instante que jamás volvería a ser la misma.

Al día siguiente muy temprano, la noticia se extendió rápidamente por todos los confines de Illapel. Entre las plantas tupidas, yacía muerto, desangrado, Sergio, el único varón de la familia.

Nada volvió a ser igual para doña Amanda. El homicidio de su propio hermano era demasiado, aunque hubiese sido fortuito, para ella constituía una horrible, una lacerante casualidad, una espina que no se pasaría con ninguna fiesta, con ninguna partida de dominó. Su hermano Sergio se le asomaría en todas las copas de vino o pisco sour. Sentía un dolor extraño. El muerto se le asomaba en todas partes, hasta en el revólver de cachas plateadas le parecía ver reflejado su rostro, su sonrisa, ese bigotito fino que se dejaba, incluso creía sentir en la soledad del cuarto el aroma del tabaco que fumaba.

Doña Amanda cambió de vida y también doña Mercedes. No volvió a jugar dominó, tampoco doña Mercedes. Se olvidaron de las partidas de naipes, de los ponches calientes por las noches. La tía Mandunga decidió que en la casa de la hacienda nunca más se realizara una fiesta y la tía Mercedes hizo lo propio. Las dos mujeres vistieron luto riguroso y en la capilla de Asiento Viejo se encerraban a orar durante horas ante Cristo crucificado, esculpido por manos anónimas, patrimonio familiar, herencia de generaciones. Por disposición de la patrona grande, Domitila al momento de poner la mesa también debía poner platos y cubiertos en el puesto del fallecido como si éste fuese a venir. La mujer cumplía la orden, pero cada vez que lo hacía, se santiguaba tres veces y andaba por los pasillos murmurando palabras que nadie entendía, que más bien parecían una plegaria.

La tía Mandunga cambió de vida por completo. Las noches en la casona fueron silenciosas y jamás se volvió a escuchar el bullicio de las tertulias. La patrona grande se hizo más grande todavía y más exigente, más estricta. No necesitó haber estudiado para tomar las riendas de los negocios, y nadie recuerda que haya habido alguien que lo hubiese hecho mejor. La peonada la quería y también la respetaban, le temían cuando tenía iras. En época de elecciones con el fuete en mano hacía que los trabajadores de la hacienda votasen por los candidatos liberales. Montada en un caballo alazán, con polleras anchas, sombrero, polainas y fuete en la derecha se movilizaba de un lugar a otro por los predios de Asiento Viejo. Y dicen que jamás dejó de usar el revólver, y que cada día tomada de la mano con doña Mercedes, se arrodillaban en la capilla para orar por el alma el hermano.

Siempre quise conocer a doña Amanda, Norma. Siempre pensé que esa mujer y su hermana Mercedes que jamás se casaron ni tuvieron hijos, eran especiales. Formaban parte de mis fantasías de niño, de mi curiosidad de adolescente, de mi admiración cuando hombre.

Medio siglo después de la muerte del hermano, se cumplió mi deseo. En Combarbalá, estando de vacaciones en casa de mi gran amigo Gabriel Echeverría, a quien cariñosamente llamábamos ‘sweeping’, tuve la oportunidad de conocer a un sacerdote que debe haber andado por los setenta años. De rostro colorado porque sin duda era buen vino, rebosante de salud, descendiente de españoles y con un acento característico al hablar, que no se lo quitaba nadie. El padre José María, así supe que se llamaba, había vivido muchos años en Illapel y había sido el confesor y el cura de confianza, con quien comulgaban las dos tías cada domingo, mientras prestó servicios en el lugar y en la hacienda de Asiento Viejo. El religioso avivó mi deseo de conocer a doña Amanda cuando me habló horas de ella, de su vida y forma de ser que me parecía haber conocido de siempre. El cura era un gran conversador y mientras hablaba, tenía la sensación de que en esa casa extraña, aunque se hallara lejos de allí, estaba la tía abuela participando de la conversación. Yo sentía su presencia casi mágica.

El sacerdote se despidió y con él se fue también mi curiosidad de años, insatisfecha. No pasaron dos minutos y regresó con el rostro más colorado, lleno de ansiedad y visiblemente agitado. Una sola frase salió de sus labios y yo me quedé helado: “¡afuera está la Mandunga!”. Y afuera estaba la vieja. Sentada en un camión que manejaba un chofer. No se bajó del carro. Me acerqué y me paré en el estribo. Vestía esa pollera ancha con la que siempre me la había imaginado, de color habano, plisada y las botas de montar. Una blusa blanca de seda fina. Al costado derecho, oculto entre sus ropas, el bulto visible del revólver que jamás había dejado de llevar. Sentí una emoción extraña de tener al alcance de la mano a la legendaria tía Mandunga, la vieja que comía chocolates finos y que arrepentida rezaba el rosario en la capilla de la hacienda, rogando por el alma del hermano. Me miró intrigada detrás de los vidrios de sus lentes grandes y redondos, de marco antiguo.

-¿Quién eres?

Y se lo dije.

-¿Cómo está tu papá?

Y se lo conté.

-A ver, ¡dale un beso a tu tía para saber si eres mi sobrino!

La besé en las dos mejillas blancas, llenas de venitas rojizas. Y cuando me separé, me pareció ver una pizca de emoción en la expresión de su rostro. Y de inmediato la frase, como queriendo ocultar toda muestra de sentimientos, tan brusca como las anteriores, y que más parecía una orden:

-¿Cuántos años tienes?

-Veintidós, tía.

Ella, dirigiéndose al sacerdote que no había abierto la boca y contemplaba en silencio la escena, exclamó con profunda tristeza: “padre José María, ¡qué viejos que estamos!”. Y un gesto rápido, sin hablar, que el chofer entendió al instante porque prendió el motor. Un “hasta luego” y yo sentí que se fue sin despedirse. Contemplé al camión hasta que se perdió de vista.

Nunca más volví a ver a la tía Mandunga, Norma. Lo último que supe de ella es que falleció a la edad de noventa y cinco años, tres años después que su hermana Mercedes. La hacienda de Asiento Viejo y toda su fortuna se la dejó a la curia de Illapel.

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Comentarios

Comentario: 

Quiero felicitar al autor del articulo y contarle que yo conoci a dona amanda como se le conocia en asiento viejo el pueblito donde vivi toda mi ninez y parte de mi vida como no recordar que ella enviaba todos los domingos en su camion rojo a buscar al cura para celebrar la famosa misa de las 12 del dia el chofer era don manuel polanco,mi padrino su hermana que vivia con ella se llamaba MINTA no se si seria el diminutivo de su nombre o no como no recordar el amor por los animales ya que poseia varios gatos y perros los cuales compartian sus almuerzos y onces tambien recordar los sustos que pasabamos cuando por la decada de los 80 con mis amigos ibamos a illapel a carretear y volviamos a nuetras casas caminando en la madrugada haciendo ruido ella salia al patio de su casa y disparaba al aire con su famoso revolver logrando que arrancaramos despavoridos y despues nos reiamos bueno habria mucho mas que contar sobre ella por lo que agradesco recordar algo a uno de los grandes personajes de illapel y de mi querido asiento viejo./ desde iquique un saludo afectuoso y gracias excelente columna./

Comentario: 

Waldo Hernández Núñez (Iquique)
Agradezco infinitamente sus palabras y me siento feliz de que haya conocido a mi tía abuela, doña Mandunga. Creo que su espíritu protagoniza toda una leyenda viviente en Asiento Viejo y los confines de Illapel. Usted tuvo el privilegio, vedado para mí, de conocerla. Yo solo la traté unos minutos, apenas por una ocasión en toda mi vida.
Se me ocurre que la vieja cabalgaba en el tiempo, quizás cuando murió en ese mismo caballo entró al cielo.
Un saludo afectuoso.

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