Columna personal

Susurro de los molinos de viento VII - El Piloto

¿Y qué será de El Piloto, el amigo de Waldo? El Piloto estará empapando con pisco la pena que lleva por la muerte de su padre que se quedó entre los hierros retorcidos de su auto en un accidente de tránsito. Cuando se enteró de la noticia dicen que estaba bebiendo desde hacía horas con Elvira, la mujer ajena que trabajaba en el viñedo de la Media Hacienda. El Piloto la conoció mientras empacaban uvas de exportación, miles de cajas por día que ponían en los camiones que las llevaban al puerto de Coquimbo para ponerlas en gigantescos barcos refrigerados con destino a Arabia. Los árabes gustan de las variedades de uvas más dulces, relajantes que consumen a los postres convertidos en compotas y especímenes raros. Eso fue lo que me dijo un día El Piloto, Norma.

El Piloto nació en el mismo pueblo. Su madre, mujer que tuvo varios hijos, era delgada, rostro pálido con algunas pecas y la sonrisa ligera. Cuerpo fino, era inconfundible el ruido de sus tacones cuando pasaba por la calle larga con un vestido amarillo. Amable en el trato, simpática.

Yo recuerdo a las mujeres de mi pueblo, Norma. Algunas como que tenían una hermosura prohibida que tentaba a los varones. Otras, aprovechando la ausencia del marido que se alejaba varios días, siempre tenían a quien abrirle la puerta, furtivamente, como queriendo ocultar lo que todos sabían. El interesado era el último en enterarse y a veces no lo sabía nunca. Muchos adúlteros pasaron por el cuarto de algunas señoras. Yo me acuerdo de una de ellas, los domingos se ponía un vestido de un discreto color celeste e iba a la iglesia, a la misa de las once. Con un delgado velo negro cubría su rostro delicado y se acercaba lentamente, agachando la cabeza, hacia el altar mayor en el momento de la comunión. Porque ella comulgaba cada fin de semana y minutos antes, confesaba sus pecados al cura del pueblo que no perdía la oportunidad de acariciarle la cabeza, tocarle los hombros y rozarle ligeramente alguno de los pechos por sobre la cortina gruesa y oscura. La conocía desde niña y ahora, convertida en mujer, también era tentación para el sotanudo. La señora se arrodillaba frente a la Virgen del Carmen y cumplía con las oraciones de la penitencia. Silenciosamente, después se acercaba para recibir la hostia entre los cuchicheos de la gente. Su perfume impregnaba el pasillo y más de algún hombre recibía el pellizco de la esposa cuando suspiraba sentado en una de las bancas al paso de esa señora ajena.

El Piloto, a quien su madre bautizó con el nombre de Eugenio, siempre sufrió la falta de un hogar constituido. Andaba por la calle con los pantalones rotos en las rodillas, sin zapatos y la cara sucia. Se sonaba la nariz con las mangas de las camisas y las chompas de lana. Aprendió a mentir y a ser pilluelo, pero siento también que nunca dejará de ser buena gente. Aunque haga barrabasadas, continuará siendo generoso y con un sentimiento de nobleza que no sé de dónde le sale. Un día su madre se cansó de él y cuando apenas tenía seis años lo entregó a los abuelos paternos. Al Piloto no le importó, él siempre se consideró un destetado, un infante que no alcanzó a vivir muchas cosas, episodios de su infancia que para él pasaron de largo, sin detenerse, quizás por ello siempre ha vivido de prisa y da la impresión de que en sus evocaciones se quedó en el regazo de las faldas de su abuela Ethel, la poetisa de las condiciones ocultas, de las canciones antiguas que cantaba con su voz hermosa, tocando la guitarra con suavidad. En su juventud fue una mujer de gran belleza y el padre de El Piloto resultó ser hijo de un amor inalcanzable, un imposible, que un día le arrebató la muerte. El hombre nadaba en la riqueza. Montaba excelentes caballos y vestía con elegancia. De la palabra fácil, conquistó a la joven cuando aún no terminaba de salir de la adolescencia. Así nació el papá de El Piloto que años después sólo cuando se hizo hombre, llegó a sentir algún cariño por ese hijo a quien ni siquiera le dio el apellido. Por eso quizás también, El Piloto lloró lo suyo cuando tuvo que llorarlo, después se hizo más duro pero ya tenía sus penas guardadas y a lo mejor también guardaba lágrimas para otras ocasiones. Solía lamentarse cuando los grados de alcohol se le subían a la cabeza.

La abuela Ethel murió del corazón, en los brazos de El Piloto que no la desamparó un instante en los últimos momentos, él sintió que se le moría su verdadera madre. Entonces sí que se acordó de llorar, como lo hacía de niño. En la lápida de doña Ethel, hay grabado uno de sus versos en letras doradas con fondo blanco:

“La luna de pocos días
se va perdiendo en el mar,
mi tierra punitaquina
jamás la podré olvidar…”

Cuando supo lo del accidente de su padre, El Piloto estaba a catorce kilómetros de distancia y dicen que caminando en la noche oscura, corriendo la mayor parte del trayecto, demoró apenas dos horas en llegar al lugar. Ya nada pudo hacer y lo único que hizo fue llorar, ahogarse en sollozos y tragarse las lágrimas. La impresión terminó de quitarle los últimos efectos del alcohol porque en el preciso instante en que su padre moría, El Piloto estaba bebiendo con una morena exuberante, Elvira, la mujer ajena que trabajaba en el viñedo.

¡Qué buenos son los muchachos, Norma! Llenos de mañas y tramposos simpáticos pero de una calidad humana infinita. De la decisión reflejada en el rostro, en cada uno de sus gestos. El Waldo metiéndole el cuchillo en el pescuezo de un chivo y recibiendo al mismo tiempo la sangre tibia en una fuente para hacer las prietas (morcilla), El Piloto, agarrando de las patas y la cabeza una gallina para preparar la cazuela, avivando el fogón para el asado. Mi amigo René se preocupaba del vino, de servir los tragos, de cantar y tocar la guitarra. Haciendo todos la noche día porque no sé cuántas veces ni siquiera nos acostamos a dormir, de claro en claro con los ojos tiesos. Buscando siempre lo que tal vez jamás llegamos a encontrar. Mi amiga Clarisa, la de la infancia, la que usaba una trenza larga y negra que contrastaba con su impecable delantal blanco de cuello almidonado mientras iba camino de la escuela, fue apenas un suspiro para mi amigo René. Todos juntos buscábamos un cerro alto para, durante una noche estrellada, con una luna que parecía un espejo gigante, escudriñar en el cielo y contemplar el cometa Halley. El y yo nos sentimos extranjeros en esa tierra, ¡cómo nos atendían! ¡Cómo nos trataban! Esos buenos recuerdos a veces hacen salir lágrimas.

Clarisa heredó la habilidad de su abuelo y se hizo peluquera, pero también sacó la tenacidad y laboriosidad de hormiga de su abuela. Lo mismo puede atender a sus tres hijos, vender pan y uvas en la tienda diminuta, tejer una chompa o bordar con hilos de colores sobre un lienzo un molino de viento como recuerdo para el camino de retorno. Clarisa, tal vez ha guardado por años sus penas y ha escondido la tristeza. Da la impresión que de repente sacó todo lo que tenía en su interior para contárselo a mi amigo René, para volcar en él sentimientos dormidos y soñar un poquito en un caluroso día de verano en la Termas de Socos, en el encanto de una piscina, en la tibieza pegajosa de una tarde confundida su entrega entre las sábanas. Y por esas cosas inexplicables del destino, yo tuve que despedirme de ella y tragarme las lágrimas que no me correspondían. Jamás me he olvidado del rostro húmedo de Clarisa, de su mirada angustiada, de la expresión de sus ojos cafés oscuros que en vano buscaban a mi amigo que estaba a decenas de kilómetros. La chica preguntó una sola vez por él y ni siquiera salió un “por qué” de sus labios. Daba la impresión de que estaba resignada, que sabía que con la lejanía volvería a sentir su propia soledad. Me abrazó muy fuerte y prometí que le escribiríamos. No se me ocurrió nada más en ese instante, salí del pequeño negocio con una cortina húmeda en los ojos. Esa promesa nunca la cumplimos. Cómo olvidarme de esa mujer de expresión suave, de gestos delicados, la misma que en un atardecer cualquiera se acordó que todavía podía soñar y con un aire tan femenino, no pudo rechazar la presencia de mi amigo junto a ella. Y pactaron la cita furtiva y mi jeep fue también cómplice de esas horas compartidas. Quisiera retroceder en el tiempo para volver a otros pasajes felices y no sentir la garra de esta pena que me habla siempre de las cosas vividas, Norma.

No sé si mi amiga Clarisa me recuerda pero yo Jamás me he olvidado de ella.

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