Columna personal

Susurro de los molinos de viento VIII - El perro de Matilde

Siempre he pensado en la calle de mi pueblo habla, Norma. Contigo la hemos visto en plena noche, oscura, de repente salía una sombra por la puerta de una casa, y tú me decías: “es don Wenceslao que sale donde la viuda Edelmira. Ya no te acuerdas de ella pero hace tiempo que la mujer está sola desde que la mina aplastó en un derrumbe a su marido. Don Wenceslao se quedó sin la mujer quien lo abandonó y se fue con un comerciante para el norte”. Y yo olvidado de los rostros de la gente, de aquellos apellidos nuevos que no figuraban en la memoria. Pretendiendo conocer a todos y sin conocer a nadie. Pero estaban las casas, las viviendas que me parecieron iguales, a veces con otro color y nada más, pero te prometo que yo las veía con aquellos colores que conocí. A veces en las madrugadas, con la cara al techo, cuando no puedo conciliar el sueño, me clava el aguijón de las reminiscencias, hago un verdadero viaje astral con la mente y los ojos cerrados, completamente relajado, me parece flotar en esa calle de nombre Caupolicán y veo todas las casas. Converso con sus dueños, percibo los techos de zinc oxidados y siento el olor del polvo de la calle, sin pavimento. Así la recorro.

Y en mi último viaje yo volví a vivirlo. Las viviendas iguales, con las mismas puertas, las mismas ventanas donde dábamos las serenatas en las noches de farra con mi amigo Beto. Esa es la calle que jamás he podido arrancar de mi tiempo, Norma. Aunque se haya ido la Alicia, María Teresa o la Finda. Aunque ya no esté el Rulo, Lalo, el Tito o el Chumingo. Aunque se hayan ido el Chato, el Samy, el Pachi. Hace años que no veo al Chito.

Por esa calle asomaban los microbuses de los hermanos Rocco, don Jorge –el mayor- creo que fue el primero que compró un bus para el recorrido fijo y ordenado: Punitaqui-Ovalle, por ese camino de 28 kilómetros, polvoriento y seco si había ausencia de lluvias, complicado de transitar si caía un buen aguacero, especialmente al cruzar algunas quebradas crecidas por la carencia de puentes. Don Jorge Rocco vivía en Los Mantos, ahí iniciaba el viaje e iba recogiendo gente y uno que otro bulto en el camino, él fue uno de los cofundadores del Cuerpo de Bomberos en 1965.

Don José Rocco, casado con doña Celia, unos cuantos años menor que su hermano Jorge, también tenía un bus de pasajeros, él siempre vivió en Punitaqui, cada uno cumplía un determinado horario, primero pasaba el vehículo que venía de Los Mantos, con media hora de diferencia circulaba don José, ambos propietarios eran de excelente voluntad, contaban con el aprecio de todos los punitaquinos. Con don José Rocco tuve más acercamiento, por su hijo que respondía al nombre de Domingo y a quien decíamos Chumingo, fuimos compañeros de escuela, fanáticos del equipo de Colo-Colo, cursamos juntos el primer año de colegio en el Liceo de Hombres de la ciudad de Ovalle.

El Chumingo no terminó lo estudios, trabajó temprano, y pienso que se enamoró temprano también, compartimos aventurillas de faldas, se me vienen a la cabeza los nombres de algunas chicas que no quisiera mencionar pero que igual permanecen en mi tiempo, recuerdo una caminata larga al pueblo de Los Mantos acompañando a varias muchachas o el estero en medio de las chilcas tupidas, todavía me parece ver al Chumingo, le caía un mechón ensortijado en la frente, éramos buenos amigos. Años después –siendo jóvenes veinteañeros- nos topábamos en cualquier fiesta, si habíamos dejado de vernos algún tiempo, simulábamos enojo y nos desafiábamos a darnos de puñetes, más de alguien –recuerdo muy bien- se alarmó pensando que de verdad nos íbamos a las manos y trataba de aquietarnos. Él no sabía que ese era nuestro saludo, el pretexto para tomarnos un trago o muchos tragos, él bebía lo que yo estaba bebiendo y yo bebía de su propia copa. Hace ¡tantos años que no veo al Chumingo! ¡Cómo me gustaría darle un abrazo! y tomarnos un café bien cargado, un café con sabor a tiempo, para alimentar evocaciones, para envolver las reminiscencias de aquellas épocas del emboque, del ping-pong, de las bolitas de cristal con aquellos colores que simbolizaban los sueños de niños.

Por esa calle tan caprichosa, Norma, pasaban gritando el pan de huevo, las tortillas calientes, los bollos de leche. Por esa calle repartía sus dulces doña Cruz que venía del pueblo viejo, al otro lado del estero, cargando un canasto en cada brazo, yo con mis escasos cuatro años decía en mi media lengua: “mamá ahí viene doña cuz”. Y la vieja me compraba esos dulces bien hechos, sabrosos, de huevo, leche, rellenos con manjar. No he vuelto a probar pastelillos como los de doña Cruz.

Por esa calle anduvo siempre don Vicencio, el cartero, montado en su bicicleta repartiendo durante décadas las misivas a domicilio y a quien todos apodaban el “Plata Sencilla”. Don Vicencio era el padre de Jaime y Bernardo, buenos amigos aunque no tuvimos un gran acercamiento, conversaba más con Bernardo, el profesor de historia y geografía, hablábamos largo, lo encontraba inteligente, correcto, de sentimientos solidarios.

Por esa calle andaba el Nivaldo Valencia, nieto de doña Petita, una viejecita que se ganaba la vida como costurera, Nivaldo dejaba la canasta de manzanas y se ponía a jugar al trompo con los muchachos del barrio. Yo, demasiado pequeño todavía, empezaba a morderlas de una en una y mi madre, ante el reclamo desesperado del vendedor, tenía que pagar media canasta de la fruta.

En esa calle más de alguna vez conversé con Alberto Contreras, empleado de correos que conocía a toda la gente y atendía a todos por igual, hombre honrado, trabajador. Recuerdo que en una ocasión –estoy seguro de ello- semanas antes de la Navidad abrió una venta de juguetes en un local diagonal a la oficina de correos que alquiló posiblemente por poco tiempo, aprovechando la temporada. Había un pequeño rifle que se cargaba con algún dispositivo de resorte y disparaba un corcho ocasionando un fuerte estampido, al mismo tiempo quedaba sujeto de un pedazo de lienza y así uno podía cargar el arma cuantas veces quisiera. Mi curiosidad, transformada en inquietud, que necesitaba satisfacer, fue qué sucedería si soltábamos el corcho de la piola, quería saber a qué distancia llegaría. Don Alberto Contreras, ojos claros, voz suave, calmada, no gruesa porque todavía me parece sentirla metida en el oído, con paciencia desató la amarra, preparó el rifle y dijo: “el corcho seguramente llega a las casas del frente”, luego dejó que disparara. Qué contento estuve al ver que el proyectil en dirección diagonal alcanzó la acera contraria donde quedaba la casa de don Santiago Viejo. El improvisado almacén de juguetes era parte de la casa donde vivía don Hugo Valdivia, antes de eso me parece que fue verdulería, junto a la peluquería de don Pedro Álvarez, contigua a ella se encontraba la vivienda de doña María Fariña, antigua directora de la escuela de niñas, casada con don Víctor, padres de Marcia Fariña de Varela. El rifle costaba doscientos pesos, quise que me lo compraran para la Pascua, pero tuve otros regalos, tanto yo como Oscarín estuvimos interesados en el juguete, pero ninguno de los dos lo adquirió. Ese pequeño pasaje de la niñez –era demasiado niño todavía- conservo nítido en mi memoria. Muchas veces saludamos con don Alberto Contreras, la vez que nos encontrábamos en la calle, cuando él entregaba personalmente algún telegrama a domicilio, contenido que él mismo traducía y luego transcribía a la hoja de papel, o, cuando yo acudía a la oficina de correos donde él trabajaba como telegrafista, contigua a la casa de don Santiago Viejo, (antaño la única de dos pisos del pueblo). A este personaje lo recuerdo en la época de la niñez y más tarde cuando fui adolescente y me sentía todo un varón. A su esposa, doña Daniza, la vislumbro en las reminiscencias de no mucha estatura, el marido era más alto, como que la veo de faldas amplias, a media pierna, cabellera abundante, no de pelo liso, si hasta me parece ver el sitio donde una tarde él la enamoraba furtivamente. Se me ocurre que ella se casó muy joven, poco después de terminar la escuela. Ahora que ha pasado tanto tiempo solo sé que esa familia emigró de Punitaqui hace añazos.

Pero la calle Caupolicán sigue hablando, Norma, conversando nombres en las paredes, en los troncos de árboles de acacias. En esa calle vivíamos las caminatas, las farras, el paseo de una punta a otra para lucir el nuevo terno si había una fiesta, algún acontecimiento especial, o los blue-jeans cuando estaba de moda la marca Wrangler o Lee, lo más importante era la etiqueta auténtica con manufactura yanki, bien visible, lucirla para que todos la vieran, pantalones de contrabando, venían de Arica, los vendía don Lino Valencia, papá del Milton (este último sobrino de El Ojito), otro compañero de la escuelita que dejó su vida entre las astillas y tablas destrozadas de la carrocería de un camión volcado, lleno de mercadería, en el que viajaba con su propio padre, en la misma ruta nortina, más allá de las pampas, en medio de calores infernales.

Por esa calle en las vacaciones de verano galopábamos con mi amigo Jimmy, él en un caballo tordillo de buena estampa y yo en un alazán, fino, de carrera, que había corrido en los hipódromos del Norte Grande y que mi padre recibió por una deuda. Jimmy, el mismo que estudió abogacía en la Universidad Católica de Valparaíso. En ese puerto estuvimos la última vez, él siempre caballero, pelo corto, correcto, sobrio, estudioso, responsable. Yo, pelo largo, irreverente, rebelde, farrero, despreocupado, libre. Él cursaba el tercer año de derecho y yo en vano intentaba estudiar historia y geografía en la Universidad de Chile, terminé cambiando las tediosas e inacabables lecciones de la antigua Grecia por los cafetines y las chicas bailarinas de los tooples, del American Bar, donde bailaba la Jéssica Day, una chica que se quitaba toda la ropa, pequeña, delgadita, con movimientos de gacela, cargada de maquillaje, pestañas largas que parecían moverse como el aleteo de una mariposa y labios pintados, acaso habrá tenido 22 años, causaba furor entre los parroquianos de mirada lasciva y concupiscente. ¡Qué hermosa era la Jéssica! Mujer agraciada, femenina, cotizada y demasiado cara para el bolsillo de un estudiante, pero para algo servían las páginas del cuaderno de apuntes de la abominable geografía física, por lo menos para dibujar su nombre. Toda esa diversión estaba en el barrio Puerto, donde era tan fácil hacer la noche día y amanecerse para contemplar los barcos que se iban o atracaban en el muelle al salir el sol. Perdí el año, más pudo la bohemia pero mis sueños siempre han sido más grandes, se me ocurre que mi amigo Jimmy nunca fue allá. No me olvido de su hermana, Anita Beatriz, hermosa, de pelo suelto más bien claro, rostro fino y unos ojos verdes como para buscarse en ellos y soñar en aquellas cosas que nunca se hacen realidad. Era la novia del Focho, hermano del Pollo.

El Focho se veía tranquilo, serio, silencioso, de pocas palabras. El Pollo mucho más amistoso, conversador, entretenido, conquistador con las chicas, donjuanesco, ambos hijos de don Horacio Gallo en ese entonces administrador del mineral Los Mantos, donde también se explotaba el mercurio, siempre supe que ahí estaba el mineral de azogue y no en otro sitio. Con ellos alternamos en muchas ocasiones, en las ramadas para los 18 de septiembre y temporadas de verano, cuando se armaba la fiesta en cualquier casa, los dos hermanos disponían de la camioneta Ford del papá. No me olvido que en una ocasión el Focho sacó el vehículo un día de lluvia, pleno invierno, pretexto de dejar el pueblo de Los Mantos por unas horas y pasearse en Punitaqui, de casualidad divisé que pasó muy temprano en la mañana por la calle Caupolicán, nadie imaginó que iba a la ciudad de Ovalle donde tenía algunas amistades, peor en medio de una cortina de agua que caía del cielo. Al regreso, cerca del mediodía, el aguacero arreciaba y no pudo llegar a Punitaqui, el carro se quedó atollado en la traicionera quebrada de Viña Vieja, muy cerca de la Media Hacienda. En poco tiempo la quebrada crecida que venía de los cerros se había transformado en un caudaloso río imposible de salvar, el agua terrosa, de color café oscuro, tapó todo el capó, formando un oleaje impresionante, llegaba casi al techo del automotor que se incrustó de trompa en la arena fina. El riesgo es que la correntada podía arrastrar la camioneta y, seguramente destrozarla. Don Pedro Coma, de origen español, propietario de la Media Hacienda, enfrentó el problema valiéndose de un tractor para halar el vehículo con una gruesa cadena. El trabajo se tornó difícil bajo una lluvia torrencial, la camioneta amarilla se quedó al otro lado y en la casa de don Pedro tuvo que pernoctar el Focho. Su padre, don Horacio, acudió de Los Mantos al rescate y noté que estaba muy molesto. Sólo manifestó: “le cortaré todas esas juntas”, al parecer se refería a las amistades de su hijo. Fue todo un espectáculo ver como salvaban la camioneta, don Pedro se comunicó con don Horacio mediante señas y gritos repetitivos, el caudal de la quebrada crecida, desbordándose de lado a lado, parecía que bramaba y apenas permitía oír. Pasada la preocupación y el susto todos los viejos se reunieron, incluido el mío –yo estaba con él- para ponerse a beber vino en el hotel Buenos Aires cuyo propietario era don Moisés Hernández. Después de un par de horas todos festejaban la lluvia y se olvidaron del percance.

En la calle Caupolicán hay casas silenciosas porque los dueños ya no están y los que quedaron también se fueron. No está el Pocas Cejas, zapatero que respondía al nombre de Eduardo quien pensaba que la mejor compostura de zapatos era con suela clavada y cosida, también hacía utensilios de hojalata, en su larga vida ocupó varias casas del pueblo. Fornido, buen diente, pequeño, pelo ondulado, algo largo, de color entre canoso y negro, me parece verlo un poco frentón, reía estrepitosamente, cuando caminaba por la calle lo hacía con garbo y nunca dejaba el sombrero, era entallado y tenía personalidad. Tengo la vaga idea que había estudiado uno o dos años después de completar la primaria, le gustaba expresarse con términos inusuales para un hombre de pueblo, además conversaba de algunos temas que implicaban una cierta cultura. Creo que un tiempo vivió en el viejo campamento minero (además de otros sitios porque no tenía casa propia), detrás de La Planta, y frente al antiguo retén de carabineros, casi junto a la calle paralela a un costado de la plaza. Ahí lo visitaba, y mientras clavaba la suela de los zapatos o manejaba con extraordinaria habilidad la filuda cuchilla, conversaba de sus recuerdos. Las horas transcurrían sin sentirlas, era entretenido, de gestos únicos, mirada inquisitiva, a veces entrecerraba un poquito los ojos como para reforzar la expresión de su rostro y el contenido de las palabras, cuando le picaba la cabeza se rascaba con el mango de la lezna, solía ponerse dos o tres clavos pequeños entre los labios. Imposible olvidar cuando contaba de la primera vez que hizo el amor. “Yo tenía 14 años y una señora vecina me encargaba alguna compra, era un chiquillo todavía, el niño de los mandados. Pero ella me acariciaba la cabeza en una falsa actitud maternal y siempre era: Eduardito aquí, Eduardito allá. Me inquieté y me di cuenta que las cosas iban por otro lado. Una vez que el marido viajó, me hizo entrar a su propio dormitorio y me sedujo, estuvimos juntos todo el día. Ella andaba cerca de los cincuenta años, pero era muy “re-güena” la vieja”. Fue lo que me contó en una de esas conversaciones el Pocas Cejas, al tiempo que soltó una carcajada. Lo recuerdo fruncido para hablar, risueño y demasiado pícaro. La última vez que hablé con él fue en la chanchería de El Pobre Flaco, en febrero de 1980.

En esa calle tampoco estaba el Clavel (Alfredo Hidalgo, padre de la Irma y de la Edith) a quien también apodaban “El Chato”, hombre fortachón, minero empedernido, quien murió con más de ochenta años a cuestas, el longevo que contaba las historias de las minas. Narraba del hombre aquel que hace siete u ocho décadas llegó una noche a los minerales grandes del norte. Vestía distinto porque venía de aquellas ciudades sureñas donde la gente vive la vida moderna. Fumaba tabacos finos, como sus ademanes y hablaba bonito porque traía el sabor de los puertos, de las estaciones de trenes, de las flotas de carros que no se atrevían a viajar por el desierto nortino. El forastero enamoró a la Matilde, la morena de los ojos grandes y la risa de riachuelo. La de las polleras de colores y del perfume diferente. Dos meses y el matrimonio como debía ser: de blanco, con el capellán de la compañía extranjera, con permiso de tres días, con un adelanto para los primeros gastos. Era la hembra que haría feliz al afuereño. Ese era el hombre que merecía la Matilde, que había llegado muy niña a los minerales. Era como una flor del desierto que se había conservado intacta en los arenales infinitos. Pero infinitos también eran los anhelos del forastero que decían venía huyendo del dolor, de las desilusiones. “De algo siniestro porque vino a refugiarse por aquí”, era uno de los comentarios. Ramiro, el forastero, al parecer era impenetrable en sus secretos y pensamientos. No decía nada, mas se le notaba contento, esperanzado en la Matilde. Por eso decía: “me espera la Matilde. Me voy”. Y no se quedaba en el bar con los amigos, prefería escuchar las palabras cálidas de Matilde, sus abrazos apasionados, el lecho fresco del matrimonio. Para él todo eso tenía un sabor especial y le hacía olvidar lo que había dejado atrás. Nunca nadie comprendería lo que estaba viviendo, por eso su silencio, ese mutismo que despertaba comentarios. ¡Ya se acostumbrarían!, él no cambiaría, lo importante era olvidar, y Matilde estaba bien para ello.

Ramiro era de tierras sureñas donde cantaba el mirlo por las mañanas, donde montaban caballos briosos y el aliento de las montañas enfriaba el ambiente. Había nacido en la zona de las haciendas grandes y se crió con leche pura, después fueron los asados y el vino tinto. Aprendió a domar caballos y a enlazarlos. Mozo bravo y trabajador.

Sufrido, demasiado sufrido desde que su Maruja se ahogara en el río, en una tarde de verano. La sacaron hinchada, con la piel amoratada a los tres días. Entonces la vida que corría como el agua, para Ramiro se transformó en un nudo. La tristeza le consumía lentamente, porque la tristeza está a la vuelta de la esquina, era una garra que no le dejaba reír. Entonces fue cuando guardó la fotografía de su novia, algún recuerdillo y arregló la mochila. Y buscó el otro extremo del país para dejar atrás su pasado, los recuerdos. Por eso pensaba que con la Matilde lo lograría. Desde el principio ella se metió en su preocupación, en su galanteo. En la copitas de Cinzano que el mozo le invitaba en las fiestas del pueblo. Ramiro le regaló un fino pañuelo de seda y un par de aretes que ella lucía en cada misa del domingo. El domingo para comulgar, el domingo para amasar el pan, el domingo para reunirse en familia. El domingo tal vez como había sido de soltera, para bañarse temprano en la tina llena de agua caliente con ramas de salvia y albahaca, enjabonándose todo el cuerpo, deslizando sus manos por la piel que sentía arder por las noches con la mente afiebrada, tocándose los pechos grandes y duros, de pezones suaves que despertaban en la oscuridad, rígidos, y su vellón espeso completamente húmedo, hasta quedar agotada, mientras su perro mimado dormía echado a los pies de la cama.

Ramiro se llenó de Matilde y Matilde de fuego inapagable, quizás no de Ramiro. Ramiro satisfecho y Matilde misteriosa. Ramiro complaciente, por eso le sacó un bono permanente en la Pulpería de la mina para que pidiese provisiones, para que no le faltara nada. Y el pago por descuento, cada fin de mes. Pero con un consumo excesivo de latas de leche condensada. Ramiro no le dio importancia el primer mes, el segundo se quedó dudoso y el tercero se puso intrigado. Y la explicación del pulpero: “su mujer viene todas las mañanas y pide una lata de leche condensada”. Y dónde estaba el consumo si él no veía nunca la leche.

Ramiro se salió de la mina una mañana con permiso y esperó cerca de la Pulpería. Y su mujer hizo lo de todos los días: pidió la leche. Ramiro la siguió hasta que entró en la casa y aguardó ansioso unos minutos para luego ingresar furtivamente en su hogar. Solo oyó murmullos, quejidos apagados, palabras suaves de mujer que salían del dormitorio. El sureño enceguecido de celos abrió de golpe la puerta, sacando el corvo filudo de la cintura. Y Matilde, echada en la cama, desnuda, con el éxtasis pintado en el rostro y los labios entreabiertos. Con su mano derecha vaciaba lentamente un chorrito de leche condensada que su perro faldero lamía de su entrepierna.

El Clavel contaba que en ese instante, con la misma mochila que había llegado, Ramiro se fue para siempre del pueblo y jamás lo volvieron a ver. Matilde quedó sola, con su bestialismo.

Cuando El Clavel me hablaba de estas cosas yo todavía era imberbe, andaba por los doce o trece años, pero sentía que era la calle la que me conversaba para recordarme que existía el tío Carlos, don Ramón Luis, el Pelado Marcelo.

Eran personajes de la calle, Norma. Historias prendidas en la realidad de ese pueblo sin drogas, cuando nadie mencionaba la palabra corrupción.

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Comentarios

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Iván:
Bonitas historias.
Saludos.

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Lala:
Escribiste en la madrugada y a esa hora creo que se piensa o se sueña mejor. Todas esas historias son nuestras, le pertenecen a Punitaqui y ese pueblo es nuestro.
Un abrazo grande.
Iván.

Comentario: 

Iván:
No te imaginas con qué emoción he leido tu relato, en donde dedicas un extenso párrafo a mis padres; ella, como tú dices, la Sra. Dániza, él, mi recordado padre, Duberlí Alberto Contreras Órdenes (Q.E.P.D.)
Yo soy su segundo hijo, Henry Contreras. Hace un par de años atrás inicié algo de esto en relación a los personajes de nuestro pueblo, hoy tú lo haces realmente muy bien, excelente prosa, nuy amena y entretenida. No hace mucho le preguntaba a mi madre por tu familia, y le contaba de tus escritos. Estoy seguro que se emocionará mucho cuando lea este relato tuyo.
Es verdad que hace muchos años salimos del pueblo, pero nunca hemos dejado de pertenecer a él, mi padre hace 4 años que falleció, y hoy sus restos descansan en una tumba que mira al mar frente a las costas de Iquique, ciudad que nos acogió y que hemos hecho nuestra segunda tierra.
Gracias Iván por tu hermoso recuerdo. En la sección de fotos de este portal, hay una foto de mi padre, la que fue subida por mi hermana Marisol en la sección «Ovallinos de ayer».
Te reitero mis agradecimientos por el hermoso recuerdo de él, ojalá nos sigas deleitando con estos relatos, de quienes, como decía yo en su oportunidad, debemos sentirnos orgullosos de haber nacido en un pueblo tan maravilloso como lo es nuestro Punitaqui.

Un abrazo.

Henry Contreras C.

Comentario: 

Henry:
¡qué bueno que estés leyendo! Son letras que vienen del tiempo para plasmarse en el papel. Quizás en muchas de esas palabras estamos nosotros, tú, yo, aquellos que se fueron y los que se quedaron o permanecen en otros rincones que hicieron suyos.
No tienes que agradecerme nada, tu padre fue un personaje en el pueblo, nosotros no somos personajes pero él sí lo fue. Tal vez en aquellos años él ya escribió su propia historia con su sola presencia.
Soy terriblemente aventurero y vagabundo, como un gitano de los caminos. No te extrañes si en algún momento estaré golpeando la puerta de tu casa, de día o en la madrugada para que vayamos juntos a dejar una flor en la tumba de tu padre. Después te robaré una taza de café y te daré un abrazo de amigo antes de continuar viaje.
Con sincero afecto.
Iván.

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