Columna personal

Susurro de los molinos de viento IX - El tío Carlos y la tía Elena

Al tío Carlos lo conocí viejo. Era menudo, delgado, severo y meticuloso. Había recibido el legado de una habilidad increíble. El hombre podía hacer una llave artesanalmente, casi al ojo, le bastaba con copiar el molde en un trozo de jabón y el asunto era pan comido. Cogía la lima y comenzaba a gastar el hierro, con paciencia envidiable.

Longevo inteligente, autodidacta, ocurrido y malicioso. Tenaz, sobrio, porque jamás bebía, y mujeriego hasta decir ¡basta! Ya muy viejo, impedido de hablar, andaba estirando las manos por ahí, donde podía. Años que no articulaba palabra porque la arterioesclerosis muy avanzaba le había quitado la capacidad de hablar. Pero igual jugaba dominó con nosotros aplicando destreza incomparable, con mentalidad tan clara como la de un adolescente completamente lúcido. Y escribía el mensaje cuando quería que le entendieran mejor. El tío Carlos jugaba siempre la mejor ficha y nadie sabía de donde la sacaba cuando esa “pinta” ya estaba agotada. Se rascaba los pocos pelos que le quedaban, señal de que estaba llevando la cuenta mentalmente, con la misma precisión que realizaba las operaciones aritméticas con lápiz y papel en el mostrador de la tienda de abarrotes que tenía.

De vez en cuando les daba caramelos o el famoso chocolate Económico que se fabricó durante décadas, a los nietos. Viejo bello el tío, respetable y respetado, que sembró algunos hijos por ahí aparte de los ocho que tuvo, entre mujeres y hombres, cual de todos más hábil, y curioso y también de un rarísimo carácter, pero buenos, generosos. Casi autodidactas, eficientes para sembrar o atender un negocio. Efectivos para un trabajo de oficina o abonar una planta. Entre ellos había desde un peluquero de perros hasta un suicida. Eso sí, ninguno sacó la ecuanimidad, el sentido común, la mesura del taita. Esa pasividad, la entrega mágica para hacer las cosas. Como cuando inventaba la armella más práctica para que una puerta se cerrara sola o cuando con hilo y aguja desinfectados con alcohol puro, pegaba la oreja a la nieta que le quedaba colgando por la mordedura de un perro fiero.

Yo no sé de dónde salió el tío Carlos, no tengo una idea clara de su origen. Pero era admirable como podaba una planta, un verdadero artista con las tijeras en la mano. Contaba las yemas y los nudos de la corteza, y la distribución que dejaba, era perfecta. Fue el primero en tener una viña y le hablaba a las plantas. Ambos veteranos, tanto el tío como mi viejo se comunicaban y se entendían perfectamente con ellas.

Don Carlos se casó con la tía Elena cuando ella apenas ajustaba diecisiete años, fue uno de esos matrimonios arreglados, convenidos entre los mayores de mentalidad rancia. No sé si retrógrada porque no quisiera criticar a los ancianos que descansan en el cementerio. Esa tía que soportó todo y enfrentó lo indecible, la que con bondad innata y resignación, trabajó hasta que se le torció la columna, cuando los juanetes y los cayos casi no le dejaban caminar. La de las manos de hada madrina para hacer un queque al horno relleno con pasas, nueces y almendras. Jamás me olvidaré de esos postres deliciosos que servía a la hora del té en las tardes de verano o con la yerba mate que preparaba con el agua de la tetera que hervía horas y horas en un brasero. Recuerdo a la tía lavando bateas repletas de ropa, vendiendo detrás del mostrador o metida en la cocina preparando cosas ricas. Las enfermedades las curaba raspando la corteza de la rama de un árbol de palto, (aguacate) que ponía a hervir con naranja y una cucharadita de miel de abejas. Y los masajes en la espalda con alcohol alcanforado para las gripes. Ella era quien hablaba de los “diablos azules” que veían los borrachos empedernidos con los efectos del licor. La evoco sabia, bondadosa, también mal genio cuando abusaban de su paciencia. Era la tía buena doña Elena que entendía el lenguaje de las palomas y los gorriones cuando cada mañana les echaba un puñado de migas del pan que sobraba del día anterior. El bullicio de los pájaros era manifiesto. Me daba la impresión de que estaban por ahí, camuflados entre el follaje de las plantas de naranjo o los limones de la huerta que había nacido de las manos del tío Carlos. Los gorriones aguardaban la presencia de la vieja esperando por el pan que se disputaban con una hilera interminable de hormigas de color café, que desfilaban por el piso de ladrillos para ir a meterse a un diminuto agujero que se hallaba junto a un pared, línea divisoria con la casa vecina. La tía Elena bordaba, tejía, cocinaba, lavaba, planchaba, barría, limpiaba hasta dejar como un espejo su casa acogedora, agradable para cualquier visitante, ordenada, impecable. Era la misma que había comprado el tío Carlos en épocas pasadas. Allí fue el matrimonio, allí vivió toda la vida, en ella habían nacido sus hijos y en ella también se habían criado algunos nietos. La casa de los veranos largos, para descansar, disfrutar de las frutas y de los baños en el estanque lleno de agua construido con piedra y cemento, alimentado por dos molinos de viento que funcionaban con el antiguo sistema de bombeo. Cuando pasaba por la calle siempre era un descanso conversar con la tía y tomarse un par de mates que ella misma “cebaba”, que preparaba y llenaba generosamente con sus propias manos las veces que el invitado quisiera. Hablábamos de cualquier cosa y también del prójimo. Y la vieja aconsejaba o simplemente halaba de las orejas cuando encontraba que algo no estaba bien. A veces me trataba hasta de bellaco.

Pero un día la tía Elena tampoco amaneció, Norma. El tío Carlos se había ido tres años antes que ella, lúcido, dándose cuenta de todo pero con una existencia de guagua tierna. Postrado, imposibilitado completamente, la comida debían dársela en la boca, cucharada por cucharada. Y la tía junto a él hasta el postrer momento, pienso que el último aliento el viejo lo dio pensando en esa mujer abnegada, entregada a sus cuidados. Fue un descanso para la tía buena que de vez en cuando se fumaba un tabaco en alguna noche de tertulia. Fue un alivio para sus cansadas fuerzas en un mes de octubre. Después le tocó a ella el reposo eterno, una tarde cualquiera en que su gastado corazón no latió más. Y esa casa que quedaba tan cerca de la de mis padres, como que murió un poco sin la presencia de la tía que era el alma de esas paredes amarillas de adobes, con puertas grandes de color blanco. La vivienda ya no volvió a ser la misma.

Comentarios

Comentario: 

Mis apuntes de las mujeres del pueblo tienen a la Pinita, ahijada de doña Elena. Era tan especial, suave y delicada.
En otro relato decías que doña Elena tenía los ojos café, pero yo un día se los vi. azules o verdes.
Doña Elena estaba contenta al regreso de su viaje al Valparaíso, a donde fue para ver a Pinita y conocer su casa.
Un día vino un técnico para arreglar el molino de trigo y conoció a la Pinita. Volvió tiempo después a buscarla.
Doña Elena contaba que la Pinita vivía en una casa de un cerro de Valparaíso, que en la cocina había una pequeña ventana que daba al puerto, que bastaba abrir esa cortina y se veía el mar en plenitud. Ella había regresado con sus ojos brillantes, ese día yo estoy segura que sus ojos eran azules o verdes.

Comentario: 

Don Carlos Gonzàlez y Doña Elena Villarroel ,con todos sus hijos ,son la gente màs noble sincera,leal,cordial e ilimitadamente generosa que he conocido.Pasè los dìas màs felices de infancia y adolescencia con ellos en vacaciones de invierno y verano ,pudiendo disfrutar de una irrestricta y privilegiada hospitalidad como si fuera un miembro màs de la familia.
Tengo 80 años . Y los recuerdo siempre con gratitud y cariño . Asì igualmente al hermano de doña Elena .don Ordener Villarroel y a su distinguida esposa doña Marìa Gutierrez ,que fuera directora de la Escuela de Mujeres de Punitaqui ,y la noble familia de ambos,algunos en Combarbalà y otros en Gogotì. Los «18»
en Punitaqui eran de pelìcula .El sr. Fonfach ,director de la escuela de hombres , con su violìn tocando la canciòn nacional y los coros de ambos colegios cantando en la Plaza. Y las representaciones teatrales patriòticas
dirigidas por doña Marìa ; todo inolvidable.Acà en santiago, estoy en permanente contacto con Horacio y Martita ,hijos de don Carlos y Doña Elena. Y con las nietas Poldy y Nidia que viven en la V regiòn. Y Taki Cantuarias ,nuera de don Carlos.
Toda gente extraordinaria fuera de serie ; ùnica.

Comentario: 

solo gracias por el recordar a mis abuelos ,ellos quienes me dieron el episodio mas hermoso de mi infancia.Le dire ademas que siendo muy niño visite esos huertos de frutas .Las frutas mas ricas que he comido en mi vida,SOBRETODAS las ciruelas del hurto 3. CARIÑOSOS SALUDOS

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