Columna personal

Susurro de los molinos de viento X - Los de arriba y los de abajo

¿Te acuerdas de don Ramón Luis Cevallos, Norma? Era el anciano con olor a tiempo que vivía tan cerca de la iglesia y a una cuadra de la plaza con árboles de acacias y cerca de pinos. Con un kiosco grande en el centro sobre el piso de cemento. Ahí eran los bailes de año nuevo, de carnaval con orquesta, iba toda la familia, grandes y chicos. Ahí eran los bailes en los que participaba todo el pueblo, en la renombrada semana punitaquina que al principio solo se la consideraba como la época del carnaval, con serpentinas y challa, cuando el Barrio de Arriba o el Barrio de Abajo, siempre más aristócrata, dado a fino y encopetado, presentaban su candidata para el reinado. Casi siempre ganó el de Abajo, si mal no recuerdo una de las reinas fue Vilma Gomila, y la representante del barrio de Arriba, su contendora, Nely Díaz, hija de don Alfredo Díaz suegro de Héctor Avalo, papá de la Mireya y del Tito. Ahora que recuerdo, don Héctor fue el primero que tuvo un bus para el servicio de pasajeros que no cuajó por mucho tiempo, le puso el nombre de su hija, el bus se llamaba La Mireya, unos cuantos años antes de los vehículos de los hermanos Roco. Una de las damas del séquito de Vilma, fue Rebequita Rosado. No sé de donde salió Vilma, la asocio con la casa de don Gregorio Maturana. A Rebequita la veo distinguida, de carita redonda, piel blanca, regular estatura, de piernas gordas y con faldas estrechas normales, ni larga ni corta, vestía muy formal. Suave, femenina, delicada, atractiva, llamaba la atención de muchos, pero se me ocurre selectiva, no andaba con cualquiera. Cómo me gustaría verla aunque sea para escuchar la música del tiempo, envuelta en aquellas conversaciones que nunca tuvimos. Las elecciones de reina del carnaval siempre fue una disputa intensa pero sana. Es que todos los punitaquinos de aquellas épocas eran sanos, el máximo descalabro llevaba a una borrachera con vino o pisco, en mi tiempo la cosa tampoco varió, solo había que tener buena garganta para tomar vino, pisco y cerveza. Los pícaros grados de alcohol creaban alas, volábamos a nuestro modo y al día siguiente, según lo que hubiésemos bebido la noche anterior, la cabeza se partía de dolor, venía la deshidratación y tomábamos limonada bien cargada con un poco de azúcar.

Yo nací y me crié en el Barrio de Arriba, me gustaba más porque me parecía auténtico, con sabor a tierra, el aroma de las huertas, de los viñedos y los durazneros. Yo disfrutaba con el bullicio de los gorriones, el canto de los chincoles que en ninguna época desaparecían de los huertos y los jardines, ellos eran los dueños del territorio y ahuyentaban a otros pájaros. Yo gozaba con el aroma de los manzanos, los ciruelos y los damascos, creo que las mejores frutas siempre fueron de mi barrio, si bien es cierto que en Pueblo Viejo también había frutas, pero no tantas, la mejor huerta era la de Waldo Alvarez, pero esa quinta grande la hizo mi viejo, quien se la vendió a don Roberto, padre del Waldo. Por mi barrio pasaban los mineros caminando al mineral Los Mantos, a sacar los metales del vientre de la tierra. Por ahí veía transitar en bicicleta al Sapeque que se llamaba René Robles (hermano de Mario), su familia vivió años en la misma casa que había sido de Los Manchados, frente a doña Rosario Castillo y junto a la de don Anselmo Cortés. El Sapeque trabajaba en la planta de mercurio, no más de cuatro horas diarias por lo nocivo de la actividad. Después el rostro se le iba poniendo cada día más pálido, como una hoja de papel de cuaderno, pero igual nos reuníamos con el antiguo compañero de escuela para echarnos unos cuantos vasos de pisco en alguna fiesta. No supe más de él, es un apodo que de repente se me viene a la memoria como cualquier otro. Como El Pirulo, de nombre Daniel Lastarria, igual que el padre, El Pirulo se fue temprano, sin poder respirar aquejado por el asma. Dicen que con el pecho cerrado y la respiración angustiosa por haberse bañado y lavado el pelo recién almorzado. Pienso que El Pirulo sufrió siempre la falta de la madre que le arrebatara la tuberculosis cuando era demasiado pequeño todavía. El Pirulo que corría como liebre, excelente jugador de fútbol. Chismoso, cobardón, lloraba fácilmente, metía bulla, por eso también le decían Salagarda. Me da la impresión de que El Pirulo quería reunirse con su mamá para recibir el abrazo que nunca le habían dado en la tierra. El Pirulo de niño, cuando por las noches mirábamos el cielo estrellado, se ponía triste, agachaba la cabeza y en voz baja, casi enronquecida, siempre afirmaba que su madre estaba en el cielo y que desde allá lo miraba.

Los del Barrio de Arriba como que tenían más cosas que contar. El de Abajo era distinto, más importante porque ahí estaba la escuela, los mejores almacenes, ahí empezaron a pavimentar la calle y por años ahí también se quedó el pavimento que fue avanzando lentamente, por etapas, hacia Arriba. Pero igual, parecía que Arriba vivían los personajes más especiales y por último tenían el placer de disfrutar de la caminata a lo largo de toda la calle para llegar al Barrio de Abajo. Ese era un privilegio, Norma.

Me acuerdo del Flaco Herrera, hermano de El Carruncha y de El Canutillo. Es que en nuestro pueblo, Norma, siempre han sido más significativos los apodos que el mismo nombre. El Carruncha que bailaba las cuecas para un dieciocho de septiembre hasta gastar la punta de los zapatos y como en ese entonces estaba cumpliendo con el servicio militar, decía que no importaba porque los zapatos los daba el fisco. El Carruncha, que andaba descalzo esa calle de punta a punta cuando era niño. El Carruncha, de la palabra fácil, chistoso, con cualidades de actor y de payaso.

Y su hermano, Norma, el Flaco Herrera, farrero y enamorado. Se deslumbró con los escasos catorce años frescos y tentadores de la Nena Alfaro, de la cara agradable y sonrisa tímida, hija de quien apodaban El Zorro. Un amor volcánico, un matrimonio forzado que no podía durar, una situación conflictiva que el Flaco no olvidaba en las frecuentes noches de juerga con los amigos. Cuando pasaba en cualquier madrugada gritando y cantando una canción mejicana, la letra de un guapango que no recuerdo bien, aunque no exactamente, decía algo así como: “Juaniquillo se llamaba, Juaniquillo el guapanguero, ya no se escucha su canto, se perdió por el estero”.

Y un día de verdad que no se escuchó el canto del Flaco Herrera. El hombre que manejaba camiones de norte a sur y de sur a norte. El que hacía suya la carretera Panamericana conduciendo carros de carga, bajándose en las mejores “picadas” a pegarse un buen almuerzo con la botella de vino. Y un día que estaba descansando en el pueblo, quizás fue mucho más difícil que otros. A lo mejor ésa fue la ocasión en que el Flaco no quiso más. No soportó las desavenencias reiteradas, las presiones de la suegra, de la familia tal vez. Eso fue lo que no se supo jamás. Ese día El Flaco Herrera empezó a beber desde la mañana, al anochecer se dirigió al garaje donde guardaban el camión que había manejado tantas veces, con el que se había tragado decenas de miles de kilómetros. En la gaveta, ahí guardaba el pequeño revólver calibre 22. Se lo echó en el bolsillo trasero del pantalón. Creo que se tomó muchos tragos más, los últimos. Noche cerrada y fría, acompañado de El Canutillo, el hermano menor, tomó la calle larga hacia el Barrio de Arriba. Posiblemente pensaba que mientras más larga sintiese a la calle, viviría un poquito más, prolongaría en algo la vida. Su decisión estaba tomada. En medio camino le pidió al Canutillo que se adelantara, que volvería a llegar donde él luego de unos minutos. El adolescente no anduvo ni cincuenta metros cuando escuchó el estampido. El Flaco Herrera, apenas de veinte y dos años, se suicidó con un disparo en la sien derecha justo frente a la iglesia donde se había casado.

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Comentarios

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Iván:
Aprovecho de enviarte saludos por las fiestas de fin de año.
A pesar del calor del verano aún tomamos cola de mono. Este año no hemos preparado ponche de culén, que a menudo hacemos para estas fechas siguiendo la vieja receta de los abuelos. Tampoco comemos, por estos días, las peras de pascua que siempre estaban en las huertas de los vecinos. ¿Qué se bebe por las altas montañas para estas fechas? En fin, es lo de menos con que brindar, lo importante son los deseos de mejores tiempos.
Unas bonitas fiestas para ti.

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Lala:
Siempre he creído que la distancia es solo eso: un puñado de distancia y nada más. En algún momento se rompe y la gente puede darse un abrazo que deja a un lado todas las lejanías. Pero los recuerdos no pueden romperse, se tejen en silencio en una larga hebra formando un rollo de colores infinitos en la imaginación.
Los recuerdos no se borran, para los recuerdos no existe el olvido, Lala. Un amigo me decía que cada 31 de diciembre, cerca de la medianoche, él se ponía más triste porque evocaba aquello que anhelaba que estuviese cerca pero eso era lo que estaba lejos y lo que hubiese querido que estuviese lejos, era precisamente lo que tenía al alcance de la mano. Entonces Luis Alberto se abrazaba a quienes se hallaban junto a él y lloraba. Nunca más volví a verlo, pero sus historias compartidas en plena selva colombiana, en medio del murmullo de los ríos mezclados con el canto de los guacamayos, permanecen indelebles en las reminiscencias.
Luis Alberto era guerrillero. A Luis Alberto se lo tragó el sistema y el tiempo.
En fechas como éstas irremediablemente sacamos el viejo pasaporte para viajar a otros tiempos y volvemos a comprar un pasaje a las nostalgias hasta llegar a los juguetes de la infancia, cuando el viejo pascual andaba cargando en la espalda una bolsa enorme que nunca se vaciaba. Nadie hablaba de papá Noel o santa Claus ni de renos que arrastraban un trineo por los cielos. En la mesa no había pavo ni postres complicados pero sí consomé, fiambre de gallina y pan de pascua con frutas confitadas y nueces, además de cola de mono. El viejo pascual en los sueños de niño caminaba por la calle polvorienta y no sé cómo entraba en cada casa porque no existían las chimeneas, al parecer en la madrugada solía dejar los juguetes junto a la cama, pero no a todos le llegaban y eso yo no lograba entenderlo. Era un ser silencioso e invisible, nadie lo sentía, nadie lo veía.
¡Qué te digo, Lala! Estos países que no pertenecen al cono sur son privilegiados de la naturaleza, gozan de microclimas con variados productos durante todo el año. Da lo mismo comer humas en diciembre o agosto; o naranjas en noviembre o marzo. Aún hay más: si así lo deseas, en el mismo día puedes levantarte en la misteriosa selva tropical bajo un calor húmedo y pegajoso que pasado el mediodía se vuelve achicharrante, visitar en el trayecto los páramos yertos con pajonales desmelenados por el viento en medio de los volcanes de nieves eternas, a cuatro, cinco mil o más metros de altura, para dormir al anochecer a la orilla del mar en una playa con palmeras y beber jugo puro de coco helado.
En las ciudades de altura, a casi tres mil metros sobre el nivel del mar, en esta temporada la sociedad consumista te obliga a comer pavo asado y pan navideño lleno de preservantes y aromatizantes, y las familias preparan el ponche hecho con un poco de leche, algo de agua, clavo de olor, canela, vainilla y un poco de aguardiente. Le dan una cocción y los más valientes le agregan más aguardiente pura y lo que pretendía ser un trago suave, queda como para tumbar un toro. La particularidad del aguardiente es que la extraen de la auténtica caña de azúcar.
Yo me doy el trabajo de preparar café filtrado o pasado con agua hirviendo a través de una “chuspa” (bolsa o funda pequeña hecha de tela que hace las veces de colador, de una cuarta de largo pero más angosta que la boca de la taza). Es puro, fragante, sin químicos, hecho del grano de café, luego de secarlo al sol y tostarlo para finalmente molerlo en un molinillo artesanal.
Con ese mismo café auténtico, casi sin azúcar, brindé con los que están, evocando a quienes se fueron y por todas aquellas cosas vencidas por el tiempo y que jamás se han ido de los recuerdos. Y con ese café cargado, una hora pasada la medianoche, cuando en Punitaqui eran las tres de la madrugada, también brindé por ti deseándote lo mejor a través de la distancia.
Un abrazo inmenso para mi amiga lejana.

Comentario: 

Iván:

Gracias por tus saludos.
Estamos viviendo unas semanas decisivas para nuestra patria. Está la posibilidad de que continuemos con los grandes proyectos que han favorecido a los más sencillos en los últimos años o cambiar por un gran gerente. Con estas preocupaciones es grato encontrar tus reflexiones.
Reitero mis buenos deseos para ti.

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