Columna personal

Susurro de los molinos de viento XI - Don Ramón, el anticuario

Don Ramón Luis Cevallos, que también vivía en el Barrio de Arriba, se me antojaba con olor a tiempo. Como las cosas que guardaba. Era algo así como el anticuario del pueblo, Norma. Vivía a una cuadra del sitio que escogió el Flaco Herrera para el momento final. Ahí tenía una casa grande cuyo terreno casi colindaba con la capilla. Y en un cuarto que yo encontraba por demás misterioso, guardaba sus tesoros, lo que llamábamos ‘cachureo’, todo aquello que los demás consideraban inservible o desechable, pero así no pensaba don Ramón Luis.

El viejo había estudiado por lo menos hasta un quinto curso de la secundaria y apenas le había faltado un año para graduarse de bachiller. Se me ocurre un hombre leído en el ambiente pueblerino, aficionado a la historia, amigo de las fechas y pasajes políticos del país, gobiernos que se quedaron en las páginas de los libros, de los cuales siempre escuché hablar cuando niño. Sentía a don Ramón Luis un longevo culto, cuando lo nombraban de jurado, un testigo de honor, para los exámenes orales de la escuela. Yo que nunca fui estudioso en esa época, lo sentía un gran conocedor de los hechos acaecidos. Y trataba de comerme las lecciones para no quedar mal pero los resultados no eran extraordinarios. Don Ramón Luis era un “tigre” cuando hablaba de la Constitución o de El León de Tarapacá, como le llamó la historia chilena a Arturo Alesandri, uno de sus presidentes.

Examinador despiadado, sabio, demasiado serio y bien vestido. Casi siempre con terno y chaleco, con el infaltable reloj de bolsillo que sujetaba una cadena de plata. La casa blanca con techo de zinc y de adobes. Vivía con la esposa y unas cuñadas, que pertenecían a una de las mejores familias de otros tiempos, las Escobares, doña Carmela y doña Josefina, la última creo que vivió por lo menos hasta los 95 años, profesora de tiempos casi remotos, alta, delgada, erguida pese a que usaba bastón porque notoriamente le fallaba una pierna. Vestida con ropa oscura, un poco canosa y una moña enrollada sobre la cabeza. Aire severo y distinguido, tía de la Plinia y de la Poldy.

Pero el mundo de don Ramón Luis era infinito y se hallaba entre las cuatro paredes de su cuarto. El viejo hacía años que dormía solo, entre sus cosas donde había acomodado una cama en un rincón de la pieza que tenía entrada y salida directa a la calle, si es que existía ventana, ésta no la abría nunca. Es que a donde don Ramón Luis llegaba todo lo que había que arrojar. Tenía cajas de alfileres, de clavos usados, cajas de fósforos, envases de galletas y también cualquier producto. Compraba martillos, cinceles, pinzas, tijeras, cuchillos, candados viejos, revólveres, escopetas, botellas. Pero igual podía tener entre sus curiosidades una botella de whisky sin abrir o una cajetilla de cigarrillos importados. Acumulaba libros, mapas, monedas antiguas, estampillas, linternas, azadones, palas, manojos de llaves en desuso y lo que a uno se le ocurriera buscar o llevar: don Ramón Luis aceptaba lo que cayera en sus manos. Y en algún momento podía ofrecer los mejores caramelos o chocolates.

Recuerdo que cada noche, en cuanto oscurecía, don Ramón Luis, luego de comer, salía de donde vivía el resto de su familia para irse caminando por la vereda los pocos metros que lo separaban de su misterioso cuarto, entraba por la única puerta y se encerraba por dentro. Con la Plinia y la Poldy, de apellido Gómez Escobar (hijas de don Pedro Gómez y de otra de las hermanas Escobar, doña Hilda), dos santiaguinas guapas, exóticas, sobrinas políticas del viejo Ramón Luis, muchachas que solían veranear en el pueblo, contábamos el ruido de no menos de siete, entre trancas, cerrojos y armellas que ponía el dueño de tantas cosas raras y valiosas. El hombre, solo dormía tranquilo cuando se encerraba con sus tesoros. Al final, todos nos reíamos.

Decían que el longevo había desempeñado varios trabajos en otros lugares pero nunca supe realmente en qué trabajaba. Siempre era igual, caminando por la calle, bien presentado y sin perder jamás la compostura, se quitaba el sombrero para saludar a las damas y hacía venias. A veces, en alguna mañana, se podía ver la puerta abierta de lo que se podía haber llamado su oficina porque hasta un escritorio tenía. También una mecedora de mimbre donde solía descansar, o simplemente dormitar. El dinero y ciertas cosas delicadas, guardaba en una caja fuerte de metal. ¿Comerciante? ¿Prestamista? ¿Coleccionista? Nunca pude definir a don Ramón Luis que por las tardes leía el diario local sentado a la puerta de calle y también escuchaba las noticias en un radio con perillas y armazón de madera labrada, descolorida por el uso, era uno de esos aparatos de tubos, quizás más antiguo que todos los objetos que guardaba. Una anécdota famosa del viejo era aquella de su juventud, cuando en la ciudad más cercana y tomado unos cuantos tragos, acudió con sus amigos de farra a un espectáculo único llegado de la capital: una función de ópera. En la parte en que cantaba una mujer guapa, los pícaros grados de alcohol en la cabeza de don Ramón Luis, le contagiaron de euforia y quiso hacerle el dúo a la cantante nada menos que con La Traviata, desde el palco en que estaba sentado. Ahí no más terminó su actuación porque lo sacaron del teatro y fue a parar a la cárcel por escandaloso. Avergonzado después, bueno y sano, cuentan que el viejo desde ahí se hizo una promesa y no volvió a beber.

Yo estuve, Norma, en los funerales de don Ramón Luis. Con su nieto Moncho, mi gran amigo. Fueron sencillos como su vida y no acudió mucha gente. La misa con el cura de pueblo, de sotana larga y negra que arrastraba en el suelo. El religioso habló de las cualidades que el viejo había tenido en vida, razón por la cual sin duda ganaría el cielo. Cuando se acabó todo, el único hijo que tenía don Ramón Luis, se llevó todas las reliquias lejos de Punitaqui. Tuvo que contratar tres camiones grandes para cargarlas.

Cuando desapareció don Ramón Luis, como que se perdió una partecita del alma de la calle. Ese cuarto misterioso lleno de cosas increíbles, se cerró para siempre. Jamás volví a ver esa puerta abierta ni al viejo leyendo el periódico sentado en la mecedora con el sombrero puesto.

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