Columna personal

Susurro de los molinos de viento XII - Los bebedores y el farolero

La calle sigue hablando, Norma. Por esa calle andaba el Paco Negro. Al parecer era un carabinero jubilado de otros tiempos, de ahí el sobrenombre de Paco. De la piel bien oscura, en ningún caso mulato ni descendiente de raza negra, pero así era el Paco Negro. Bebía mucho, siempre se lo veía con tragos, el ceño fruncido como si estuviese enojado. Su ropa oscura, igual que el sombrero y a veces se ponía un poncho negro de castilla, largo, casi le cubría del cuello a los pies. Una mirada demasiado severa. Hacía venias al saludar y sus movimientos de cabeza, eran cortos y rápidos. Nunca conocí su historia, que no sé si habrá sido especial. Ni siquiera llegué a saber su nombre. Me acuerdo de El Chacabuco, otro alcohólico encargado de matar las reses en el matadero del pueblo. Manejaba un descomunal cuchillo y un punto de hierro aguzado de unos veinticinco centímetros que a martillazos hundía en la frente de los animales para que terminaran de morir. Daban mugidos impresionantes que causaban miedo cuando éramos niños y de curiosos nos encaramábamos en una pared en la parte trasera del Municipio viejo para observar la faena de muerte. Se respiraba sangre en el ambiente y no me olvido de los pantalones de tela gruesa, bien manchados y sucios por la sangre reseca que llevaba puestos El Chabacuco, amarrados con una faja blanca, grisácea por la mugre, con flecos porque nunca utilizaba cinturón. Un día contaron que El Chacabuco murió borracho, lo encontraron boca abajo, con la cara hundida en el agua de una acequia que corría junto al estero. Algunos dicen que fue a beber agua y como siempre andaba embriagado, no tuvo fuerzas para levantarse y se quedó dormido, de bruces con la cabeza sumergida. Otros, afirman que le dio un infarto al corazón. Cuando lo hallaron ya tenía algunas horas de muerto.

El Ojito era otro de los bebedores consuetudinarios, se llamaba Abdón Jiménez, tío del Chuma, un buen jugador de fútbol, hijo y nieto respectivamente de un viejo que se llamaba Mesías Jiménez. Ojito le decían porque algo tenía en uno de sus ojos, se le veía medio blanco y los movía con rapidez. De voz baja y algo ronca. Vendía helados o paletas en las temporadas veraniegas. Recorría toda la calle gritando, era pobre y cada noche se tomaba medio litro de vino tinto. No necesitaba más de dos vasos, como él mismo lo aseguraba, con esa cantidad completaba su cuota para luego sumergirse en ese mundo extraño que no podía evitar y se iba a dormir bien borracho. Con una cirrosis galopante, al parecer sumada a una tuberculosis porque casi no comía, no alcanzó a llegar a viejo. Murió de mediana edad. Algo parecido sucedió con el Chicote, hermano del Calula, con el Chueco Moisés, de oficio zapatero, El Gambeta (Amadiel Tello, hermano de Roberto y del Floro). Alguna vez fui testigo como el Floro, en ese entonces él no pasaba de 20 años, posiblemente recién llegado del norte, con los bolsillos llenos de dinero, para un 18 de septiembre en la ramada del Guatón Segundo, bebía en solitario, sentado en una mesa solicitada solamente para él. En la cubierta había dos botellas de pisco puro y un pequeño vaso que cada cierto tiempo el joven llenaba para vaciarlo de un solo movimiento, daba la impresión de que esa noche estaba decidido a beber hasta embrutecerse. Su rostro lucía inexpresivo, aunque observándolo bien me pareció vislumbrar una escondida tristeza. No puedo olvidarme de Wilson Alucema con quien nos reuníamos dos o tres veces en el año, él procedente del norte grande, con harta plata en la billetera, dispuesto a gastarla, y yo tirado a capitalino por estudiar en el Gran Santiago, con Wilson sosteníamos verdaderos duelos de libaciones hasta que salía el sol y abrazados salíamos de los bailes punitaquinos para ir a rematar a otro sitio. Tampoco me olvido del Pelado Villalobos, la última vez lo vi completamente alcohólico, también antiguo compañero de escuela como tantos otros. Ignoro si viven todavía.

Yo dejé de beber hace décadas, pero cuando recuerdo todas esas cosas, pienso que la calle sigue hablando, Norma. Es verdad que los viejos han desaparecido pero la calle cuenta de aquellos que vivieron en otros tiempos. Evoco al famoso Negro Vivanco –en este momento se me va el nombre de la memoria. Me parece verlo cuando “agarraba la botella” y se abrazaba a borracheras interminables, ¡qué recio era! Lo veía montado en un macho negro, bien ensillado, con todos los aperos, buenas riendas, y un lazo de unos 15 metros colgado a un costado de la montura, incluidas las espuelas de metal que siempre llevaba puestas, color plata que clavaba en las costillas del mular. Otrora corría a lo que daba la cabalgadura levantando el polvo de la calle cuando había muy poco pavimento, a veces era de noche y las herraduras de los cascos echaban chispas con el roce de las piedras, podía ser las 8 de la noche y el mulo negro resoplaba, completamente bañado en sudor, mojada la piel. En esa época el Negro Vivanco era el mejor puñete de Punitaqui, muy difícil que alguien se le pusiera por delante y aguantara un par de golpes, el hombre podía sacarle los dientes al contendor. El Negro Vivanco era rebelde, no respetaba a la autoridad, tenía tirria a los pacos, en cierta ocasión quisieron llevarlo preso por escandaloso, pero él se enfrentó con tres uniformados, que también montaban caballos, lo primero que hizo fue zafar el lazo del costado del mular y lo ondeó por sobre la cabeza, apuntando en dirección de uno de los carabineros, tres, cuatro o cinco vueltas, el lazo silbaba y certeramente enlazó el objetivo y lo arrastró por el suelo dejándolo maltrecho. Los otros dos se bajaron de los animales y se colgaron del Negro Vivanco, uno por cada lado hasta que lo tumbaron de la cabalgadura, pero jamás se imaginaron que éste sería ¡tan terrible!, los dos pacos sobre el hombre que estaba en el suelo, no pudieron dominarlo, se viró la tortilla y él terminó sobre ellos dándoles golpes de puños, uno intentó sacar el revólver de reglamento, pero solo hubo la intención, de un manotazo el Vivanco le dio en la mano, el arma fue a parar a varios metros de distancia. El Negro se burló de ambos y montó en el mulo huyendo al galope. Otro episodio del Vivanco fue cuando sufrió una caída trabajando en la mina y tuvieron que ponerle varios puntos en la espalda, el médico recomendó reposo, dejar la actividad por lo menos dos semanas. El Negro Vivanco no respetó la decisión del galeno y a la semana volvió a ingresar a la mina para sacar a las espaldas el pesado capacho con metales. Dicen que los puntos se abrieron y la espalda sangró abundantemente, manchando de rojo el cuero del capacho. El Negro Vivanco era duro y porfiado. La última vez que golpeó a los pacos, éstos consiguieron una orden judicial y lo capturaron durmiendo la borrachera en su propia casa, estuvo un tiempo preso y lo trataron mal. El hombre enmendó la conducta y moderó su comportamiento, ya nunca pude verlo galopar borracho sobre el mulo negro. Con o sin el Negro Vivanco pienso que

La calle dice del Pelado Marcelo, de los siete u ocho hijos que tuvo y de sus borracheras infinitas. Era un alcohólico quien trabajó en las minas desde que tenía poca edad. “Me crié viendo una lámpara de carburo y buscando minerales, porque eso era lo que hacían los mayores: buscar metales. Y eso fue lo que aprendí”, decía este hombre recio, de pelo blanco y manos ásperas. Y cuando se refería a la lámpara de carburo, tú y yo sabemos Norma, que es aquella hecha de metal macizo, resistente, con pantalla de bronce, dorada, que permita emitir un mejor resplandor. Décadas atrás, la gente del pueblo también las utilizaba para alumbrarse cuando todavía no llegaba la energía eléctrica, podían arder muchas horas. Me acuerdo que en ese entonces existía el farolero, el hombre que salía cada noche, cuando ya se iba la luz, a encender los farolitos de kérex, en los sitios claves que designaba el Municipio. El farolero caminaba por la calle larga, dando un poco de luz y a lo mejor, también era la esperanza de los punitaquinos que con su presencia, pensaban que ya llegaría el momento en que pusieran los postes y templaran las hileras de alambres de cobre. El farolero llevaba puesto un sombrero negro y pantalones oscuros y una chompa gruesa para el frío. Cargaba también una escalerilla liviana que le permitía treparse y realizar su trabajo. El farolero era como una sombra que emergía de la noche y a su paso iba dejando un poquito de luz. Los jugadores de bolitas, aquellos que no obedecíamos y quedábamos rezagados, sabíamos que ésa era la señal de hora máxima para retirarse porque después no se vería nada, solamente los puntitos llameantes cada cien metros. El farolero era un ser mágico, que aparecía quien sabe de dónde con la escalerilla y la caja de fósforos. Cuando la calle de Punitaqui quedaba en silencio, lo único que se escuchaba era el murmullo sordo, que a veces despertaba un extraño eco, de los pasos del hombre. “El farolero. Acuéstate pronto para que no te lleve el farolero”, decían algunas mamás a los niños desobedientes, tratando de meterles miedo. Lo mismo sucedía cuando no querían tomarse la sopa.

Yo sentía que el farolero era algo así como un fantasma que podía llevarse a los niños. Alguna vez creo que de pura curiosidad me quedé jugando hasta más tarde para ver cómo era. No pasó mucho tiempo y uno de los chicos exclamó asustado: “¡El farolero! ¡El farolero!” Y recogió las bolitas que pudo y emprendió la carrera hacia su casa. Si dijera que yo tenía cinco años, era mucho, y también me llegó el miedo. Pero debía satisfacer la intriga. Permanecí en cuclillas, agarrado de dos puñados de bolitas que no cabían en mis pequeñas manos. El hombre no reparó en mí, peor en el susto que me embargaba. Vi como acomodó la escalera contra la pared de una casa y trepó ágilmente para luego encender el farol que estaba protegido por un armazón de metal con vidrios gruesos. La llama empezó débilmente y luego cobró vida. El hombre se bajó y recién me vio acurrucado casi junto al sitio donde estaba la escalerilla. Confieso que tenía miedo, pero fue el hombre quien mostró extrañeza al ver a un niño a esa hora en la calle y miró en todas direcciones, escudriñando si había alguien más y me habló: “es muy tarde para que estés aquí. Vete a tu casa”. Luego, con aire comprensivo, tocó mi cabeza varias veces, suavemente. Y se fue, perdiéndose en la noche. Al día siguiente yo contaba como hazaña que el farolero me había conversado, que yo era amigo del farolero. Con eso se acabó el temor pero también como que se rompió el encanto por ese hombre mágico que salía de la oscuridad. Nunca más sentí el deseo de esperar al farolero.

Cuando evoco el pasado, pienso que el Pelado Marcelo era una especie de farolero de las profundidades de la tierra. Me parece verlo cuando emprendía el viaje hacia el hueco oscuro con la lámpara en la mano y una pequeña alforja colgada del hombro: ahí llevaba un pedazo de tortilla, una vianda de fréjoles con tocino y un jarro para prepararse el té. Al mediodía, todo minero salía de la oscuridad para tomar un poco de sol y almorzar. A esa hora se compartían conversaciones, historias y problemas. Es que el minero siempre ha sido solidario, Norma. A la hora de compartir la comida o simplemente cuando se juega el pellejo para ayudar al compañero aplastado por el cerro.

El minero jamás ha tenido miedo a la muerte pero también vive en medio de la incertidumbre. Su existencia se desenvuelve en la penumbra y él sabe que cuando despunta el día, tiene que ir a enfrentarla. Tampoco ignora al levantarse cada mañana, que ese puede ser el último día de su vida, por eso cuando llega el fin de semana, pide vino, mucho vino, para olvidarse de lo que ha vivido, y con euforia falsa de seguir viviendo. Pero tampoco ignora que ahí no más está el lunes y si el destino le tiene preparado su final, el primer día de la semana puede no salir de la mina y tendrán que sacarlo los compañeros luego de luchar horas o días contra el cerro. Lo más seguro es que lo hallarán terriblemente aplastado por la tierra y las piedras o lo encontrarán mutilado y sangrante, si es que la dinamita le ha jugado una mala pasada. Muchas veces el Pelado Marcelo comentó: “tomo ahora que es sábado porque a lo mejor el lunes ustedes son quienes beberán en mi velorio”.

El Pelado Marcelo era de aquellos tiempos en que los mineros manejaban la dinamita como beberse un vaso de agua. Contaba que más de alguna vez un galán enamorado y lleno de despecho al verse rechazado se había puesto un taco de dinamita en la boca, luego encendía la mecha. En segundos sus sesos quedaban pegados en el tumbado o las paredes del cuarto.

La casa del Pelado Marcelo, se hallaba al fondo de un patio que tenía un portón grande de mallas de alambre. Un corredor y dos cuartos con paredes de barro y madera, piso de tierra y techo de zinc donde el agua de la lluvia golpeaba como si estuviesen cayendo piedras. Ahí escampaba a veces tomando un mate, comiendo tortilla de harina integral hecha con manteca por las manos de doña Petronila a quien todos le decían Petita. De paso, la mujer disparaba alguna de esas historias extrañas que a los oídos de los niños siempre llegan impactantes. Doña Petita contaba que en alguna noche oscura de invierno se sentía a lo lejos el balido de un rebaño de cabras que se acercaba caminando por la calle y le dio la impresión de que se detuvo frente al portón de su casa causando una bulla ensordecedora, un aire frío y raro se extendió por el cuarto. Encendió la vela y vio que junto a la puerta abierta, estaba uno de sus hijos de pocos meses, envuelto en el mismo chal que le ponía para dormir. Asustada se levantó, cogió al niño y volvió a cerrar la puerta bien atrancada, igual como la había dejado horas antes. “Era la madrugada, y no tengo la menor idea cómo se abrió la puerta estando cerrada por dentro, ni cómo se salió mi hijo de la cuna que se encontraba al lado de mi cama. Recuerdo que en ese instante el bebé se despertó llorando como si recién hubiese reaccionado y de inmediato enmudeció el balido del rebaño. Era el diablo, jovencito. Era el diablo que se quería llevar a mi hijo. El balido de los chivos era el llanto de todos los niños que se andaba robando”, relataba doña Petita entre mate y mate. Y cuando no tomaba, decía que le dolía la cabeza. Las historias de la mujer de El Pelado Marcelo se me repetían por la noche y no podía dormir. Me parecía que en plena oscuridad alguien se sentaba a los pies de mi cama y temía que en cualquier momento se escuchara el balido del rebaño de cabras.

El Pelado Marcelo era más borracho que el vino y siempre iba a beber al Barrio de Abajo. Allá, vestido con su típico terno negro, azul o gris, jugaba una partida de dominó con los amigos de costumbre y cuando completaba su cuota de alcohol, haciendo muchos zig-zag, aunque sin caerse, tomaba la dirección de su casa. A medida que avanzaba, iba soltando el llanto a gritos, lastimero, como si le afligiera una gran tristeza. Eso era cada sábado, siempre de día y nunca de noche. A las cuatro o cinco de la tarde, el llanto del Pelado Marcelo se clavaba en la calle polvorienta.

El Pelado Marcelo era un hombre tieso. Parecía que había nacido minero y quizás por ello jamás trabajó en otra cosa. En cierta ocasión el gobierno de Alemania necesitó gente dura para trabajar en las minas de carbón y llegaron representantes oficiales, rubios y de ojos azules, para contratar mineros a través del mismo gobierno chileno, en la época de Allende. El Pelado Marcelo fue uno de los escogidos, él que ni siquiera conocía la capital de su país y era analfabeto. Un año y medio estuvo en Alemania y cuando retornó como que ya no bebía tanto como antes. Las anécdotas y experiencias vividas en tierra extraña las contaba con el mismo asombro que él las había recibido. Creo que se pasó otro año y medio narrándolas y describiéndolas.

El Pelado Marcelo murió a los setenta y cinco años completamente pobre porque jamás tuvo nada, y por todo lo que él había llorado en la vida, en el velorio lo lloraron poco. Yo siempre pensé, Norma, que el llanto del Pelado Marcelo de los días sábado, era la tristeza del vino o la pena que sentía por su suerte de minero.

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