Columna personal

Susurro de los molinos de viento XIII - Don Chuma

A veces pienso que a los punitaquinos los bautizaron con vino, Norma. Parece que estuviesen secos por dentro como si se hubiesen comido un saco lleno de arena y para remojar el estómago necesitaran tomar gran cantidad de líquido, beben pisco, vino, cerveza, llenan generosamente las copas para vaciarlas una tras otra en las noches de farra. Jamás han faltado los sitios para beber en esa larga y silenciosa calle cuando cae la oscuridad, ahora tal vez ya no es tan silenciosa. En temporada veraniega la cerveza y las poncheras heladas, en invierno, el ponche caliente, el vino hervido con naranja, los cortos de pisco puro o simplemente un vaso más grande del famoso “chuflay”, con Ginger Ale, con cubos de hielo y una buena tajada de limón recién arrancado de la mata, fragante, con las gotas del rocío nocturno. El punitaquino bebe porque es minero, porque es farrero, porque hay fiesta, porque la noche invernal se tornó gélida, porque está festejando un acontecimiento, porque es sábado, porque es viernes, porque hay velorio, porque está alegre, porque está triste y necesita matar la pena sin darse cuenta que la pena con el alcohol se encarna más todavía. Bebe por un amor perdido o porque falleció la madre. Bebe para sentirse macho, para que corra una extraña energía en el cuerpo y la falsa euforia le dé alas. El punitaquino bebe porque bebe, seguirá bebiendo, el punitaquino siempre beberá…

¿Quién recuerda a don Chuma, Norma? En los años sesenta todavía no llegaba al medio siglo de vida. Era un hombre sano, demasiado resistente, intacto todavía, lleno de energías. Fue famoso, un personaje más del pueblo. Todos hablaban de él y no sé porqué sus amigos más allegados, los de chupe, le decían don Chuma. Su verdadero nombre era Hugo Gómez Holguín, oficial del Registro Civil en la época anterior a mi amigo Jaime Araya.

Don Hugo era hijo de don Heraclio Gómez, antiguo jubilado del Registro Civil, en ese entonces el viejo vivía todavía, ágil, dinámico pese a que bordeaba los 90 años. Don Heraclio era increíble, especialísimo, aún tengo en la retina su figura paseándose por la calle, vestido a la usanza de tiempos muy antiguos. Lo veo de ternos oscuros, con chaleco y reloj de bolsillo, camisa blanca y corbata, el infaltable sombrero que cubría su cabeza completamente blanca, como la camanchaca y lo exclusivo en él porque así fue siempre: un par de polainas de cuero de color café, largas, le cubrían casi hasta la rodilla, esa era la característica de don Heraclio, se paseaba de un lado a otro en la vereda de su casa, tengo la idea de que un tiempo se encontraba casi al frente de la carnicería de los Huerta, de la familia de mis ex compañeros de escuela Gidio y el Nelson. El viejo, de ademanes y movimientos elegantes, a esa edad, quizás un poquito antes, bailaba la cueca en las pampillas. Previamente se paseaba con su pareja con el pañuelo en el hombro y las polainas puestas, antes de iniciar el baile. Zapateaba bien, como debía hacerlo un buen bailarín, aunque parezca poco creíble, levantaba el polvo en el piso de tierra mientras bailaba. Viejo único don Heraclio Gómez, austero, metódico, se me ocurre viudo desde hacía muchísimos años. Y a los 88 abriles el amor nuevamente hizo un llamado a sus sentimientos y el viejo sucumbió. Repentinamente se casó con una jovencita que trajo de lejos, de algún pueblito localizado entre los cerros en medio del campo, en definitiva una campesina que recién se despertaba a la vida. Dijeron que solo tenía 22 años, exactamente un cuarto de la edad de don Heraclio, sin exagerar cronológicamente podría haber sido tu tataranieta. Y esa campesina de aspecto tímido, muy pronto le dio una hija que el nonagenario mimaba con todo su cariño de viejo chocho, creo que la vi caminando junto a él. Aunque la gente se hacía conjeturas con respecto a la paternidad de esa pequeña, no puede haber cabido ninguna duda. Cuando esa campesina salía de la casa, lo hacía con el longevo. Si éste quería salir solo o viajaba en bus a la ciudad de Ovalle, dejaba encerrada con llave a la mujer hasta que regresaba. Hubo un par de situaciones anecdóticas jocosas y a la vez irreverentes de la época.

En cierta ocasión en que don Heraclio estuvo muy mal de salud, llamó a su único hijo que todos conocían en Punitaqui y le dijo incorporando a medias el cuerpo en su lecho de enfermo, con la cabeza amarrada: “me siento muy mal, Huguito. Estoy muy enfermo, quiero recomendarle un par de cosas, de repente mañana no amanezco”, don Chuma intentando ponerse serio, con esa voz ronca que tenía, se adelantó expresando: “¿Qué le pasa don Heraclito? ¿No será que está embarazado?”. Y sin poder contenerse más soltó la risotada. Ahí se acabó el malestar del viejo que se mejoró de pura rabia. Lo único que dijo fue: “¡Retírese so insolente!”. Don Chuma salió del dormitorio dando otra risotada. Afuera se reía más todavía con su grupo de amigotes. “Don Heraclito ya no se muere, don Heraclito ya no se muere”. ¡Ja, ja, ja!

Lo curioso es que la escena se repitió poco tiempo después cuando don Chuma visitó la casa de su padre impulsado por la curiosidad de conocer a su hermanita que descansaba en una cuna, don Heraclio lo recibió feliz, orgulloso, y en esa oportunidad le habría dicho: “Huguito, ésta es su hermanita, conózcala”. Don Chuma, como siempre adoptó un aire grave y serio, se acercó a la cuna y contemplando a la nena que dormía, con la misma voz baja y ronca manifestó: “¡qué linda niña, don Heraclito!”. Luego bajando más el tono de voz agregó: “don Heraclito, ¿no se le habrá colado alguien por la ventana?”.

Ahí terminó la visita porque el viejo más ofendido que la vez anterior, ese momento lo echó de la casa. En cuanto se vio solo don Chuma reía a carcajadas en plena calle. “Se enojó don Heraclito, se enojó don Heraclito, ja, ja, ja”.

Don Chuma todavía tenía otra anécdota. El papá del Bacho, don Rubén López, contó que una noche de bohemia donde él estuvo presente, además de don Chuma, principal protagonista, y unos cuantos amigos, había suficiente vino para beber pero luego de unas horas, llegó el hambre a los estómagos de los curagüillas. Lo único que se les ocurrió fue dar por muerto a don Hugo Gómez, fraguaron el fallecimiento y convirtieron en finado al hombre. Corrieron la voz de alarma en las casas más cercanas, lo importante era conseguir que alguien diera una gallina, así fue. No faltó la dueña de casa que dijera: “pobre don Huguito, tanto que tomaba que le dio un infarto y cayó muerto” y de inmediato estiró el pescuezo de una gallina colorada. Todavía hubo más: la señora preparó un buen caldo en una olla grande que puso en el fuego, solo tenía que esperar, además cocinó papas y preparó ensalada en una fuente grande. Cuando estuvo lista la comida, fue con todo a la casa donde velaban el supuesto cadáver cubierto por una sábana grande de color blanco, ni siquiera se veía el rostro del muerto que yacía inmóvil, aparentemente rígido sobre una mesa larga, con varias velas encendidas a su alrededor, el cuadro era medio fantasmagórico, y de adrede en la habitación había una luz bastante débil, de muy poca potencia. Los amigos de don Chuma se mostraban compungidos, silenciosos, de vez en cuando bebían unos sorbos de vino. El escenario lucía con las sillas en hilera contra la pared del cuarto y en el centro de la habitación, la mesa con el fallecido. Todo estaba arreglado, cuando llegó la comida con las vecinas de buena voluntad que trajeron platos, una bandeja grande y unos cuantos vasos más para –supuestamente- atender a la gente que empezaría a llegar, el muerto empezó a moverse como si hubiese comenzado a reaccionar luego de un sueño. El mismo don Chuma, tiró la sábana a un lado y preguntó con esa voz ronca que tenía: “¿qué está pasando?”. Las dos o tres mujeres huyeron asustadas del cuarto. Los amigos atrancaron la puerta, pusieron música, comieron bien y siguieron bebiendo vino hasta que salió el sol. En ese momento las risotadas de don Chuma seguramente no dejaron dormir a los ocupantes de las casas vecinas. Esto, al parecer, sucedió en Pueblo Viejo.

Es que don Chuma, Norma, era otro personaje de la calle larga. Marcó una etapa muy diferente a otros y su forma de ser dejó una huella en las reminiscencias de muchos punitaquinos, aunque haya sido alcohólico. Jugaba un rol importante porque era una autoridad civil, inscribía a todas las guaguas, extendía las partidas de nacimiento, casaba a las parejas y registraba las defunciones. Ese papeleo pasaba por sus manos, en definitiva: la vida, la muerte, la felicidad.

Don Chuma, posiblemente al estilo de su padre, también vestía correctamente, terno y corbata, sombrero pero no usaba reloj de bolsillo. Grande, de barriga pronunciada, macizo, tez blanca, nariz ligeramente aguileña y algunas impurezas en la piel, creo que tenía una cicatriz en una de sus mejillas, caminaba con lentitud y con una cierta parsimonia. Parecía ser serio por donde lo contemplaran, precisamente ésa era su apariencia, a pie se iba todos los días a su trabajo, era inquilino y no propietario. Personalidad recia y al mismo tiempo pícaro, con sus propios dichos que hacían reír al resto de gente. Su problema era la dipsomanía, don Hugo Gómez vivió condenado a ser bebedor consuetudinario, aunque había temporadas largas en las que no bebía y no faltaba un día a la oficina que se encontraba en las dependencias comunales, funcionaba junto al antiguo municipio, al retén policial y muy cercano al policlínico. Detrás de esas oficinas, entrando por un portón, estaba la cancha de básquet y en un tercer patio, el matadero donde se sacrificaban las reses, ahí podía verse al Chacabuco, conocido matarife.

En las etapas de borracheras don Chuma andaba bebiendo de cantina en cantina y la secretaria hacía todas las cosas, él solo estampaba la firma y un sello. Muchas veces ella iba al sitio donde el jefe libaba y luego retornaba a la oficina donde el usuario esperaba por los papeles.

Don Chuma tenía una forma de ser especial, cuando se sumergía en las libaciones, el hombre como que mostraba otra personalidad. Daba la impresión de que deseaba aparentar que era un huaso de pelo en pecho, ese poblador del campo, recio, valiente, bien macho, dominador de cualquier situación. Enronquecía la voz y hablaba mirando fijamente al resto de parroquianos, aquellos que estaban acomodados en otras mesas. Su expresión era de severidad, desafiante como si fuese un hombre temible, quería no solo infundir respeto sino un poco de miedo. De la palabra fácil, demasiado entretenido para conversar, con mayor razón si el alcohol se le había ido a la cabeza. Parece que el trago no tumbaba a don Chuma, creo que a veces bebía un par de meses sin parar, salvo para comer cuando tenía hambre o dormir si sentía sueño. Alguna vez, por una sola ocasión, nos invitó a tomar cerveza blanca (era la que él bebía a más del vino tinto) entonces descubrí lo ameno que era. Sacó a relucir todo un repertorio de frases e ideas acerca de la vida. “Estoy tomando con los cachorros”, manifestó en varias oportunidades, yo todavía era adolescente y mi amigo Ñelo apenas frisaba los 20 años. Era una fría noche invernal, pero la baja temperatura no le hacía mella a don Chuma que tenía puesto un poncho negro de castilla, grueso, de tejido bien tupido, la prenda larga, casi arrastraba en el suelo, don Chuma, en ese tiempo un cuarentón, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, fanfarroneaba poniendo énfasis en sus palabras como si fueran un desafío: “el que me pisa el poncho, se muere”. Luego caminaba por toda la estancia esperando que alguien se atreviera a hacerlo, nada pasaba y él lanzaba la risotada retornando al mesón para volver a llenar el vaso. Esa noche nos amanecimos con don Chuma en amena charla en el local de doña María Pintada.

Como don Chuma se identificaba con el hombre de campo, ése era el comportamiento que asimilaba. En medio de sus euforias gritaba como si fuese montado en un caballo detrás de una vaca que se escapaba del corral: ¡Yehaa!, ¡yehaa!, ¡yehaaa, mierda! Y prolongaba la extensión de la palabra. Sé que alguna vez hizo eso en un hotel de lujo en La Serena, y tuvieron que soportarlo porque don Chuma estaba con varios amigos, gente importante, además el valor del consumo era muy alto y en un día de semana cualquiera, de poco movimiento, el gerente del hotel no podía permitirse echar a ese tipo de clientes. Rara vez lo vi sobre un caballo, cuando eso sucedió comprendí que sabía montar y controlar a la cabalgadura.

Don Chuma no tenía mujer y si la tuvo, ésta lo había abandonado. El pagaba para que le prepararan la comida y lavaran su ropa. No le conocí amores, posiblemente en sus temporadas de farra se metía con alguna prostituta. Cuando estaba con tragos si asomaba en escena alguna mujer que hubiese pasado por su lecho, enronqueciendo la voz, solía decir: “esa yegua fue de mi corral”. En otra ocasión, en pleno baile durante una noche de verano, se acercó a la mesa del administrador –tengo la vaga idea- que trabajaba para los nuevos dueños de la Media Hacienda y le dijo con voz baja y ronca: “présteme la yegua de su mujer para bailar”. Quienes fueron testigos del hecho, contaron que el marido ofendido, bajo, gordito, de bigote fino, se levantó bruscamente de la mesa que ocupaba, tirando la silla al suelo, y como siempre andaba armado, sacó el revólver y lo puso en el pecho de don Chuma, obligándolo a pedir disculpas a la esposa, don Chuma lo hizo pero después que pasó todo, reía a carcajadas. “Se enojó el gordito, ja, ja, ja”. Don Hugo Gómez podía ser un chabacano, un patán cuando estaba bebido pero todo un caballero, correcto y respetuoso –especialmente con las damas- si estaba en sus cabales.

Don Hugo Gómez Holguín tenía una cualidad que pocos la habrán valorado, posiblemente estaba amalgamada con sus propias evocaciones de beodo eterno. En sus reminiscencias conservaba algunos poemas de letra muy sentida, los declamaba en forma brillante. Hay uno que lo he escuchado una sola vez y fue de sus labios, durante una velada en un mes de febrero. Hubo variados números artísticos en el teatro de los Campito y en un intervalo, repentinamente afloró el impulso espontáneo, cuando todos estaban demasiado inquietos y reclamaban porque los minutos se alargaban más de la cuenta. Sorpresivamente don Hugo Gómez subió al escenario, pienso que bueno y sano era don Hugo y curado, don Chuma, por eso digo Norma que tenía dos personalidades. Esa noche, dirigiéndose a los espectadores que llenaban la sala con paredes de adobes, don Hugo dijo al mismo tiempo que miraba hacia el público que lo contemplaba en silencio: “voy a recitarles un poema”. El hombre estaba impecablemente vestido, lucía sombrero que lo ladeó ligeramente de un lado, en un gesto elegante y comenzó a declamar con su voz ronca, creo que la enronqueció más al estilo don Chuma. No recuerdo la letra del poema que me pareció increíble cuando yo apenas era un púber, pero no he olvidado la esencia del contenido, triste, demasiado triste, Norma. El poema hablaba del borracho posesionado del alcohol, aquel que no puede dejar de beber ni un solo día, pero necesita dinero y ya no tiene a quien pedirle, nadie quiere prestarle y en su angustia febril, en medio de una desesperación obsesiva, recurre a la única persona en quien siempre ha depositado sus penas, ella lo comprenderá y será el bálsamo reparador para sofocar esa terrible ansiedad: su madre. El borracho recuerda que ella tiene guardado por ahí un pequeño cofre con un candadillo. El ebrio llega a su casa y pide dinero a su madre para beber, la vieja no tiene y trata de explicárselo al hijo alterado por su adicción, pero él no entiende de razones, argumenta que sí tiene plata guardada en el cofrecillo y se abalanza sobre él con el propósito de abrirlo, la anciana trata de impedirlo y forcejea débilmente con su hijo, aferrada a su ropa. El hombre, completamente enajenado, por breves momentos enloquece, obsesionado piensa que ahí puede haber un fajo de billetes. Enfurecido saca un puñal y lo hunde en el pecho de su propia madre. En esa parte de la historia, don Chuma decía con voz más enronquecida que nunca: “le metí el puñal y se lo revolví en el pecho”…la anciana en su último aliento de vida estira en vano sus manos hacia el cofre como tratando de impedir que lo abran, pero casi es un cadáver, luego queda inerte. El borracho, sin ningún impedimento cumple su propósito y abre bruscamente el cofre. Ahí es cuando a don Chuma, en la frase final del poema, se le quebraba la voz al expresar algo así como: “Y qué fue lo que encontré: los rizos de mi niñez”.

Muchas veces he pensado, Norma, que don Chuma era el hombre de las reminiscencias incrustadas en su propia conciencia. Quizás en la declamación se le despertaba el recuerdo de su madre y eso lo sumergía en la congoja, en un profundo sentimiento de tristeza. En esos versos estaban el arrepentimiento y las nostalgias de don Chuma, el poema se llamaba El cofre.

Cuando don Hugo Gómez Holguín se jubiló, cuentan que se fue a vivir en Ovalle y bebía más que nunca. Ya no tenía nada que hacer, andaba pidiendo dinero a quien encontraba a su paso solo para beber, se transformó en un alcohólico perdido, casi no comía y ni siquiera tenía un lugar donde dormir. Dicen que una mañana ya no amaneció, Norma. Lo encontraron muerto en plena vereda. Don Chuma no estaría más y nunca más estuvo.

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Entretenidas historias del oficial civil Hugo Gómez. Creo que sólo faltó decir que, a menudo, los registros en los libros, especialmente las partidas de nacimiento contenían errores. Ante los reclamos decía que arreglaba los libros, pero después en los certificados no estaban los nombres señalados por los padres. Casi un peligro público este Gómez.
Hay una historia en otro pueblo, creo que es en la Comuna de Río Hurtado, donde este personaje fue a pasar vacaciones y se lo gozó todo. Bebió y comió a sus anchas. Enamoró a la soltera más linda del lugar, la pidió en matrimonio y lo casó el oficial civil de ese tiempo. Pasada la noche de bodas se marchó a La Serena prometiendo volver pronto. Cuando esto no ocurrió fueron a ver el libro de actas de matrimonio y no había ningún registro. Mas tarde descubrieron que dicho documento se había escrito en el libro de actas del Partido Radical

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