Columna personal

Susurro de los molinos de viento XIV - El profesor de escuela

Pienso que eran otros tiempos, Norma, pero la calle sigue respirando antigüedad. Por esa misma calle se asomaba un camión celeste marca Ford F-600 del Ñato Gallardo, para seis toneladas pero lo cargaban con ocho. Tenía el escape libre, hacía un ruido que martirizaba los oídos, retumbaba el zumbido de su motor y pasaba repleto de troncos de eucaliptos para los trabajos que tenían que realizar en el mineral de Los Mantos, seguramente estaban destinados para los durmientes que se colocan en las minas de cobre que desde siempre se han explotado en la zona. El Ñato Gallardo tenía ese sobrenombre no precisamente porque tuviera una nariz pequeña y aplastada, exactamente todo lo contrario, era grande, larga, ligeramente aguileña. Hombre correcto, trabajador, un personaje en el pueblo, llegó a ser Alcalde y autoridad varias veces, siempre estuvo preocupado de los adelantos y del desarrollo de Punitaqui.

¿Cómo crees, Norma, que me voy a olvidar de mi pueblo, si allí nací? Allí hicimos el amor por primera vez en complicidad con aquella noche estrellada de verano, con el canto de los grillos, con un cielo inmenso más grande que los sueños. La oscuridad infinita era nuestra y no teníamos necesidad de derramar lágrimas anticipadas porque estábamos felices. Fue detrás del estadio, cuando nos escapábamos de un baile con los Blue Demon, en un silencio absoluto, sólo alterado por nuestra ansiedad, por tu respiración agitada. Después estuvo la distancia, el tiempo que se vino encima. El tiempo, Norma que no pude traerme en la mochila para el viaje. Y yo quería y no quería traerte y tú deseabas y no deseabas venirte. Eso ahora es secundario, ya no importa porque yo sé que los recuerdos no se acaban, se quedan por ahí en un rinconcito sin que les llegue el olvido, sin que se salgan de las hojas de un libro o de esta carta que te escribo. A lo mejor nunca llegará a tus manos pero eso tampoco importa. Quizás un día la leerás en el viento con una estampilla en el canto de los tordos o los zorzales y se que la entenderás. Entonces comprenderás el por qué de mis nostalgias, entonces a ti también te llegará más fuerte el latido de esa calle que has sentido siempre, el recuerdo de la escuelita donde tuve el profesor más increíble.

Severo, recto como él solo, inclaudicable y estricto para la enseñanza, porque en esos tiempos enseñaban de verdad, ahora los profesores son un juego absurdo, no se aprende nada. Mi profesor de la escuelita era amigo de los reglazos y de los coscorrones. Pero eso era nada al lado de lo mucho que aprendí. De todo aquello que me enseñó. Aún recuerdo esas maravillosas lecciones de las provincias y departamentos, las fracciones, los análisis gramaticales, los gentilicios raros, o los Nematelmintos. Ese profesor sí que era bueno para todo, para hacer un icosaedro de cartulina o un camión de madera de color verde y azul. Se pasaba horas con nosotros, con una tenacidad admirable. Cepillando la madera, clavando, puliendo con la lija, redondeando una rueda. Lo único que anhelaba, era que aprendiéramos porque tenía una vocación innata para enseñar, una dedicación absoluta. Pero no admitía errores.

Hay cosas que no entendía de él o simplemente no quería entenderlas, que vine a entender mucho después. Cuando era hombre y podía aplicar esa formación que de alguna manera me entregó el maestro de escuela. El maestro más maravilloso que he tenido en mi vida porque los catedráticos de la universidad y del postgrado fueron un juego comparados con su sabiduría. Lo que obtuve de él, fue quizás una estructura mental, una fuerza síquica y moral insospechada. Jamás fui un brillante escolar porque siempre fui mimado, tal vez por ello también repentinamente salí de las polleras de la madre y como que eso me hizo mucho más independiente que cualquier otro. Si bien es cierto que no me destaqué en la escuelita, pero cuando tuve que estudiar en serio, entonces sí que recordé al profesor de los profesores. Entonces comprendí todo lo valioso que él me dio. Y añoraba esas etapas de la escuela, cuando jugábamos ping-pong. Cuando el profe me enseñaba a ser árbitro. Estaba en todo, era nuestro amigo. Ahora más que nunca sigue siendo mi amigo, es bueno charlar con él, enriquecedor, es como retroceder en el tiempo aunque sea por algunas horas, para hacerse la ilusión de que aquellas cosas continúan existiendo. Que todavía con el Romelio Segura nos vamos en bicicleta a la escuelita por la mañana, aunque sea invierno, con una niebla tupida, arrastrada, puesta la casaca gruesa, los guantes de cuero y el gorro pasamontañas que sólo nos dejaba visible los ojos. Y a media mañana, el recreo largo. Para comerse un pan con dulce de membrillo o el jarro de cocho que preparaban en la cocina con harina tostada de trigo. Y a jugar con las bolitas, al trompo o al emboque. Con el Lulo, el Pelado de la Panadería, el Lalo, el Pimán, el Chumingo, el Cucho, el Yegüita, el Copucha, el Tinta, el Negro, el Wilson, el Nono, el Oscarín, el Pata de Loro, el Pepe, el Queldo el Bacho o el Torrejón. Hay nombres -más apodos que nombres- que se me escapan, que permanecen aletargados en la memoria, pero no se me olvida lo vivido, lo que compartimos en esa aula que tenía una ventana que daba al patio de las niñas.

Por todo eso siento que el profesor se quedó en los eternos cuadernos de las evocaciones, en las reminiscencias con proyección inconmensurable. El profe, el hombre que combatía la “ignorancia crasa”, término que siempre repetía, el profe que para enseñarnos a respetar posiciones y principios de disciplina, siempre decía que “cuando el alumno se va en contra del profesor, es como arrojar un cántaro de greda contra una roca”. O cuando quería que aprendiéramos donde debía ir la tilde en las palabras esdrújulas, hacía un chiste al transformarlas en graves, y cambiando la tilde, escribía en la pizarra:


“En tiempo de los apostóles
los hombres eran muy barbáros
se subían a los arbóles
y se comían a los pajáros”.

Los compañeros de la maestría en la materia de semiótica, se quedaron mudos cuando cité ese ejemplo.

El profesor veía mucho más que nosotros. Por eso, por todo lo que aprendí, se que es hermoso hablar con él aunque sea cada diez o quince años. Para compartir recuerdos y aceptarle una botella de vino Pajarete para el camino de regreso. El no sabe, quizás, que hay senderos que nunca terminó de andarlos pero que sus enseñanzas jamás se me han olvidado. Que yo soy una de las semillas que sembró. Es bueno conversar con don Lalo Varas. Es bueno, Norma.

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