Columna personal

Susurro de los molinos de viento XV - El Soldador

La noche en que se suicidó el Flaco Herrera frente a la iglesia, el hombre que se ganaba la vida tapando huecos y componiendo utensilios usados, se despertó asustado. El estampido había sonado seco, inusual en medio de la oscuridad. Es que nadie disparaba un arma en el pueblo de Punitaqui, salvo en rarísimas ocasiones, a veces en algún año nuevo, justo a las doce de la noche, cuando el sargento Rencoret, jefe del Retén de Carabineros, ordenaba que uno de los subalternos disparase doce tiros del fusil de reglamento. El hecho originaba una algarabía entre los niños que de curiosos estábamos en el baile de fin de año acompañando a los mayores. El sargento tenía dos hijos, Patricia, una chica de tez blanca, rubiecita, de trato muy suave y un varón que se llamaba Gastón con quien jugábamos a los pistoleros en la plaza del pueblo. Los Rencoret no estuvieron muchos años en el poblado, un día se fueron a la ciudad, seguramente a Ovalle o más al norte, y mucho después dijeron que el amigo Gastón, apenas adolescente, murió del corazón afectado por un asma crónica. Recuerdo que teníamos nueve años y que a Gastón le silbaba el pecho cuando corría o se agitaba. Mientras jugábamos, creo que él ni nadie, pensó que viviría poco. El asma no se le quitó jamás hasta que se lo llevó a la tumba.

Esa noche de la muerte del Flaco Herrera, fue completamente distinta para el hombre que vivía en la casa contigua a la iglesia. No hacía mucho que había apagado la luz, estaba semidormido. Se incorporó de la cama y se sentó apoyando los pies en el suelo frío. No pasaron ni treinta segundos luego del disparo, cuando escuchó lo gritos: “hermanito lindo, dime si te mataste para matarme yo también”. Era El Canutillo que lloraba desconsoladamente abrazado al cadáver de su hermano mayor.

El hombre supo que había sucedido una desgracia. Se levantó de inmediato, fue el primero que estuvo allí porque para eso sólo debía cruzar la calle. Pereira, solamente recuerdo su apellido, Norma. Pero no me olvido del apodo del viejo que en ese entonces debe haber andado por los sesenta y cinco o sesenta y seis. Todos le decían El Soldador quien era una especie de hojalatero. El Soldador tenía una familia larga, yo diría que una chorrera de hijos, uno de ellos adventista a quien vulgarmente le decían El Canuto. Se ganaba la vida como zapatero.

El Soldador era un hombre con su propio destino: deambular de un lado a otro. Daba la impresión de que caminaba con dificultad, casi arrastrando los pies metidos en los zapatos viejos que más parecían chancletas. Andaba siempre canturreando la letra de alguna canción que solo él entendía. Le decíamos “maestro” porque cualquier cosa componía, para eso tenía una rara habilidad. Caminaba semi-inclinado por el peso de un cajón repleto de cosas pesadas: martillo, cautines, un trozo de hierro que cumplía el papel de un pequeño yunque para recibir golpes, cinceles, suelda, un montón de tuercas y tornillos viejos que solamente le servían para su trabajo. Los pantalones oscuros tenían decenas de remiendos y parches, lo mismo sucedía con la chaqueta. No usaba calcetines, lo que se notaba fácilmente con cada paso que daba cuando se le subía el pantalón a la altura de los tobillos. El sombrero, casi como un cucurucho, deteriorado, de un color indefinido porque había soportado mil aguaceros. Pero El soldador parecía que llevaba los aguaceros en el alma, como que tenía un aspecto de nostalgia que arrastraba junto con sus cachivaches. Lo más característico en este hombre era una corneta de hojalata, hecha por sus propias manos, donde había adaptado un sistema especial que producía el sonido de un pito cuando soplaba en ella. Sonaba fuerte y cuando se oía la corneta, todos sabían que se acercaba El Soldador. Si le entregaban alguna olla o cacerola agujereada, el hombre se acomodaba en la misma vereda cuya cuneta tomaba de asiento y encendía el soplete para calentar el cautín hasta ponerlo al rojo vivo. Plomo derretido y cautín de fuego eran la clave para ese trabajo que veía hacer desde niño.

El Soldador andaba de arriba-abajo y no había día en que no pasara por la calle haciendo sonar la corneta. Comía donde le caía la hora del hambre y no se hacía ningún problema, se me ocurre que nunca pagó impuestos. Era como el hombre de los mil horizontes, por temporadas agarraba el camino y se iba a otros pueblos. Andaba por La Rampla, Los Corrales, Viña Vieja, La Rinconada, Las Ramadas, El Peral, San Pedro de Quiles y diversos lugares. Se podría decir que era un hombre sin día y con muchos senderos a las espaldas. Rara vez reía aunque era un buen conversador, cuando cobraba confianza hablaba de sus cosas. Siempre se me antojó un hombre libre, Norma. Tú y yo lo veíamos pasar. Quizás en muchas ocasiones se cobijó con el cielo de estrellas para dormir y se abrigó por ahí a la orilla de un brasero de la casa generosa del camino. El Soldador irradiaba un cansancio que no tenía dueño. Nosotros crecimos, el hombre se iba doblando más y más por el peso del cajoncito que era el mismo. Parecía que en él también iba guardando los años que transcurrían. No creo que El Soldador haya sido un hombre amargado, era demasiado sencillo para eso, se me ocurre que no le llegaban los problemas existenciales. Cuando pequeño yo salía a su encuentro y alguna vez también me dejó tocar esa corneta. Para mí era un juguete en mis manos, un cilindro metálico, aguzado en una punta y ancho en la otra, que producía música. Tuve que realizar grandes esfuerzos para hacerla sonar. El hojalatero me explicaba y se reía.

A medida que pasaba el tiempo que nosotros no sentíamos, Norma, El Soldador se fue haciendo más viejo. La corneta sonaba pero no con la misma energía. Las caminatas eran menos frecuentes pero las historias seguían aflorando de sus labios. Hablaba de doña Eustaquia, la viejecita que vivía en El Rincón, un punto solitario ante de llegar a Los Corrales, donde al viajero solamente le acompañaba el eco de sus propios pasos. Decían que doña Eustaquia había vivido varias veces pero que nunca terminaba de morir porque tenía un pacto con las sombras, controlaba las fuerzas misteriosas de la oscuridad. Vivía completamente sola en una casita de barro con techo de zinc, junto a un corral donde cada atardecer se recogía un rebaño de cabras. Unos metros más allá, un árbol grande de algarrobo que daba suficiente sombra para que la longeva se sentara en una silla en las horas del calor. Y también el viento silbaba en las frondosas ramas cuando golpeaba por las noches, llenando el ambiente de algo extraño. Nadie quería pasar de noche por la casa de doña Eustaquia que, era un punto inevitable para el viajero de mula o caballo porque el camino para los vehículos llegó mucho después a Los Corrales.

Comentaban que doña Eustaquia era vieja de día, por las noches rejuvenecía y salía de su casa como un espíritu. Que de la vivienda emergía un raro e inexplicable resplandor, luego se veía una sombra tenue que se escapaba por el techo, atravesando las hojas de zinc. También contaban que en los alrededores de la casita cantaba el “chonchón”, pájaro de mal agüero que nunca se lo veía aunque se lo escuchara. La gente de la zona tenía la creencia de que la viejecita se convertía en un “chonchón” para salir a vagar por las noches a través de grandes lejanías. Don Lolo, un hombre que vivía a dos kilómetros de distancia, relataba que una noche salió de su casa con la barriga mala buscando el lugar más cercano, unos chilcales, para satisfacer su necesidad fisiológica y escuchó que el “chonchón” cantaba sobre su cabeza. Molesto el hombre por el cólico que le afectaba, exclamó: “¡pájaro de mal agüero! si te atreves, ven mañana por esta mierda”. Y al día siguiente se llevó tremenda sorpresa cuando al mediodía llegó doña Eustaquia cogida de su bastón. Luego de saludarlo, le dijo: “vengo por la mierda que me ofreció anoche, don Lolo. Era yo la que andaba volando”.

Todos decían que en la madrugada, cuando estaba por aclarar, un bulto con forma humana, visiblemente encorvado, ingresaba a la casa por la única puerta. Era doña Eustaquia que retornaba antes del día para no quedarse para siempre como un espíritu.

El Soldador, Norma. El viejo de los senderos inacabables, siempre tenía algo para contar. Por eso pienso que es imposible olvidarse del pueblo, de la calle, de la gente. Yo sé que ya no está, que hace tiempo lo llevaron al cementerio, pero sigue en los recuerdos como ¡tantas cosas!

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