Columna personal

Susurro de los molinos de viento XVI - La vieja se fue

Hoy estoy triste, Norma. Es que a veces la pena llega algo así como el tajo de una daga, como aquella tristeza que se siente cuando nos proyectamos en el recuerdo. Entonces, quizás, no comprendemos el absurdo mundo, el mierdero que llamamos existencia.

La noticia llegó esta tarde que lo mismo habría dado que fuese de mañana o noche. Ya nada cambiará y al mismo tiempo nada será igual. Se fue como esa golondrina tímida que busca el calor cuando está herida por el frío. Sencillamente. Se fue como un soplo y pienso que ahí estaba su ángel de luz esperándola para indicarle el camino, para decirle que no tenía que lamentar ni por el día ni la hora porque el tiempo ya no tendría medida y el espacio sería infinito como un rayo de sol. A lo mejor le sonrió antes de tomarla de la mano y le pidió una de sus canas plateadas para pintar un arco iris y un cuadro grande de las décadas recorridas. Casi nueve para nuevos senderos eternos donde no susurra el viento pero donde igual se puede recordar el valle y los viñedos, el aroma de las manzanas y el aire seco de los veranos punitaquinos. Es que allá no hay lluvia ni existe la necesidad de llorar. Las lágrimas para los que se quedaron, para el vacío que jamás se podrá llenar.

Y la vida continúa. Y para las evocaciones serán esos juguetes de la irrecuperable infancia que se fueron con el tiempo en un camión de madera o en ese tren de cuerda que parecían impulsarlo las lágrimas de niño cuando no quería andar. Y los sueños convertidos en una pelota de botes incansables que arrancó esta tarde cuando se mojaron los ojos aunque afuera no llovía. Y tragué saliva no sé cuántas veces. Hice puños y no supe donde descargar los golpes. Era buena como la sonrisa de un pequeño y más pura que la lluvia. Pero se fue y hacía mucho que no la veía, desde otra tarde cuando lo último que escuché fue su voz en el teléfono. Recuerdo que no se quebró, que aceptó en silencio mi ausencia a la hora de la despedida y que apenas se llevó para sus evocaciones una breve conversación, unos pocos minutos que tal vez ella hubiese querido que fuesen eternos. Pero ahora es eterna y yo escasamente insignificante y finito. Ahora sólo puedo tejer con mi tristeza reminiscencias de otros tiempos. De veranos dorados, llenos de espigas de trigo, de mote con huesillos y de una trilla con los gritos del huaso. Y yo, pequeño, a lo mejor llorando una pena más leve que la brisa, en su regazo. Quizás jugando con el run-run (zumbambico), a las bolitas en la calle polvorienta o haciendo bailar el trompo mientras iba camino de la escuelita. A veces creo que en el pizarrón del aula de adobes se quedó parte de mi niñez, cuando mis manos inocentes intentaban trazar las primeras letras: la «a» de anillo, la «m» de mamá. Y los otoños con alfombras de hojas secas que cubrían el suelo, cuando empezaba a sentirse el frío con el canto de las tencas y los zorzales, con las bandadas de yales que traían sus trinos de tierras inalcanzables donde nunca podrían haber llegado las piedras de la catapulta. Los otoños que aparecían con las primeras lluvias en el mes de mayo, quizás por eso también ella se sumergió en un otoño sin medida y me dejó adentro un invierno con aguaceros torrenciales, con un frío más melancólico que los páramos. Un invierno que no volverá a tener esos platos repletos de «picarones» y «sopaipillas» pasados en miel de chancaca (panela). No quiero pensar en primaveras vacías aunque los árboles estén cargados de damascos, aunque los durazneros florecidos reciban el canto de los tordos y los jilgueros, que cuando vaya sentiré mucho más triste.

Dijeron que los funerales serán mañana y que la enterrarán como a matriarca. Con muchas flores porque en mayo hay flores amarillas, de aquellas que crecen en los potreros entre las patas y los balidos de los chivos. Y aparecerá la gente con el pésame tan difícil de comprender. Con los grupitos a la madrugada y los chistes de velorio. Con el vino caliente hervido en jugo de naranjas para aguantarse el castañeteo de los dientes. Y la risita discreta, casi apagada de algún joven, pero con una nueva copa, generosa, en la mano. Vino tinto, oscuro como la pena, insuficiente para ahogar los recuerdos, pero extrañamente poderoso para alimentar lo que no hice, lo que no pude hacer. Lo que ya no fue. La caja de madera vendrá de otros lugares, ya no podrá hacerla el carpintero del pueblo que llegó a ser tan viejo como los árboles de pinos en el patio de la escuela donde dormían las tórtolas, porque también hace rato que el hombre se fue y yo no pude estar. Y la última vez que estuve escribí ese cuento largo que no sé por qué le llamé «Flores a los Muertos», cuando contigo Norma, fui a dejar flores al cementerio de paredes y nichos blancos que se encuentra en las afueras del pueblo. Por ese camino cuando joven, pasaba para irme mucho más lejos, al caserío de El peral, para la fiesta de la Virgen con danzantes y camaretas. Con ramadas y cuecas, empanadas y vino que corría como el agua. Botellas que no se acababan porque eran infinitas como los sueños. Cuando la vihuela con sus notas impregnaba el ambiente de nostalgia con la letra de aquella tonada que hablaba del viejo sauce llorón y del «arroyo murmurador». O la otra, que decía de una carreta con bueyes, del camino largo como la tristeza, porque la tristeza siempre ha sido un viaje largo. Y más vino en la mesa llena de copas que nunca terminaban de vaciarse. Y me daba plata antes de despedirme con un beso. Que me portara bien, que no bebiera mucho, a los veinte años cuando uno piensa que es inmortal. Cuando las penas se van con una sonrisa y la chica adolescente aquella con el rostro rojo como manzana, enviaba el cintillo de color celeste con mi nombre escrito en tinta roja.

Me acuerdo que los viejos hablaban de la famosa fiesta de Andacoyo con la Virgen milagrosa. Decían que la gente cumplía con la manda y subía la cuesta para llegar a la gruta de rodillas, con los zapatos puestos llenos de maíz o granos de arena que cogían de las orillas del estero. Los hombres valientes, ésos que tenían siempre el fuete en la mano y el revólver al cinto, escondido bajo el poncho negro de castilla, de pelaje tupido, recorrían cien kilómetros o más montados en sus caballos alazanes o tordillos, del lomo partido, de la piel brillante porque comían forraje todo el día. Y llegaban a la fiesta. Esas historias rebasaban todas las fantasías, porque en la Fiesta de Andacoyo estaba el organillero, el visitante de Tulahuén, de Guatulame, de Canela de Mincha o de Sotaquí, el dueño de los senderos. El organillero era el caminante que sacaba la música de esa caja de madera y el periquito cogía con su pequeño pico, la tarjeta que leía el destino del que pagaba unas monedas por escuchar una canción.

Se fue y yo sé que ahora entiende el lenguaje de los astros. También sé que no le pueden llegar mis lágrimas inútiles, una tristeza sincera como el abrazo de un niño. Nunca comprendí de pequeño cuando decían que las mamás que se iban miraban desde las estrellas, porque cuando yo contemplaba esas noches nortinas del Cono Sur, suspendidas de la eternidad, creía que las mamás no se iban nunca. Que se quedaban para siempre con uno o que uno no tenía que crecer ni llegar a hombre, para que no se acabaran los juguetes ni la taza de leche con chocolate sobre el velador junto con el beso de las buenas noches, con el coger de esas manos que ya comenzaban a tener arrugas y jugar con sus uñas hasta quedarme dormido. O, escuchar el cuento aquel del pajarito de la alita rota.

Pero soy hombre y tengo que volver a tragar saliva. Debo tratar de entender para cuando regrese al valle del aire seco y de los molinos de viento. Tengo que hacerme la idea dolorosa de que hallaré la añosa casona más vacía que el sabor de una despedida, con una realidad más absurda que la lejanía cuando no se desea. Mas pienso que allá estarán sus pasos pesados y bondadosos, su ternura en cada una de las paredes de adobes, su mirada verde en el árbol de pino que tal vez un día se caerá junto con la casa. El jazmín se secó y los parrones ya no dan uvas. En el naranjo agotado, ni siquiera duermen los gorriones. Pero yo sé que llegarán los recuerdos vivos y que me parecerá darle un abrazo. Como antes. El abrazo fuerte con el llanto viejo que me recibía en la distancia, siempre después de años, siempre luego de ese vagabundeo que me tornó ingrato aunque nunca olvidadizo. Yo sé que la encontraré y que me comprenderá, que me hablará en silencio y aunque los trigales estén maduros y sea verano, sé también que sentiré mi rostro de lluvia…

La vieja se fue ayer. Los funerales serán mañana.

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Comentarios

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Iván:
Sigo leyendo tus columnas.
Este relato de hoy lo suscribo en toda su esencia. Hace 6 años, en un 20 de enero como hoy, partió en su viaje infinito mi vieja. En el segundo en que dejaba los espacios compartidos su rostro tuvo la sonrisa más bella de su vida y yo sólo pude preguntarle ¿preciosa que ves? Así se marchó mi vieja. Aunque eternamente está, cada día, próxima o alojada en los que la quisimos.

Comentario: 

20 DE ENERO 2010,ESTUVE CASI TODO EL DIA CON MI VIEJA EN EL CEMENTERIO 34 GRADOS ,CORRIA EL MEDIO DIA FUI A COMPRAR LAS FLORES DONDE EL PATO HERMANO CHICO DEL BACHO,PELAMOS UN POCO DEJO DE REGAR LA CALLE PARA Q NO SE LLENEN DE TIERRA LAS FLORES Y REFRESCAR A LOS PASAJEROS DE LA VEREDA,VOLVI AL CEMENTERIO PASE A SALUDAR A MIS AMIGOS RICARDO BARRAZA BARRERA,QUE CREO Q PASO A SER UN PERSONAJE PUNITAQUINO,VINO DE LA HACIENDA DE LAS TUNAS QUILES,A ESTUDIAR A PUNITAQUI DE AHI A COPIAPO UN INGENIERO EN MINAS EXITOSO,AMIGO DE LAS MEDIA LUNA Y LOS CORRALEROS,UN TRABAJOLICO,NO ALCANZO A CUMPLIR SUS DESEOS DE TRABAJAR POR PINITAQUI,TAMBIEN SALUDE AL GUATON SEGURA,EL CHOFER MAL GENIO DE LA COMPAÑIA MINERA DELIRIO,CUÑADO DEL CARRUNCHA, COLOQUE FLORES A LAS SRTAS. CANARIOS ,LA STA.Mª ELIZA PACHECO ROJOS LA VIEJA CHICA Y SU PRIMA LA SRTA. ALINA LA VIEJA GRANDE ESAS PROFESORAS PARTICULARES Q INICIARON LA EDUCACION EN PUNITAQUI ,AL CAMARADA FLORIDOR GONZALEZ SU CLAVEL ROJO DE SIEMPRE,SALUDE TAMBIEN A ELIANA LA MADRE DE KOKE Y DE UN HIJO ADOPTIVO Q TENGO ACA EN STGO. EN ESTOS MOMENTOS SE ESTA CASANDO EN CARTAGENA DE INDIAS COLOMBIA ,NO ME HIZO CASO ´,POR LA TARDE ALMORCE DONDE EL POBRE FLACO ACOMPAÑE EN LA MEZA AL GOLLIN MATURANA,SI PRIMO DE LA SRTA. GOMILA QUE COMENTABA EN UN RECUERDO ANTERIOR IVAN,HIJA DE UNA HERMANA DE LA PROFE MARTA,Y DE UN ESPAÑOL RADICADO EN OVALLE,FUE LA REINA DE ESA SEMANA PUNITAQUINA,COMO LO RECUERDA IVAN,PASE A COMPRAR CIGARRILLOS DONDE LA DRA.QUIN COMO DICEN LOS EX-LOLOS(LA MUJER Q CURA),ME ENCONTRE CON MI AMIGA HAYDEE TAPIA ARAYA,HIJA DE OTRA FAMILIA Q TRAJO A SUS HIJOS A ESTUDIAR A PUNITAQUI DESDE PECHEN DE QUILES,ME COMENTO Q EL DIA ANTERIOR LE HABIAN ROBADO ROMPIENDOLE EL VIDRIO DEL FRONTIS DEL ALMACEN,ME PREGUNTO QUE DIRIA SU BISABUELO EL PACO NEGRO QUE ERA UN SEÑOR,ESPERO QUE PUNITAQUI ESTE AHORA MAS TRANQUILO PUES LE SALIO UNA CONDENA DE CINCO Y UN DIA A VICTOR ESTE NIÑO DESCARRIADO,OJALA SE REABILITE ESTE «PATA».

Comentario: 

Zenel: Refresqué la memoria. Fue una imprudencia lo del fósforo “para ver cuanta gasolina queda en el tanque”. En realidad el afectado fue el Nono que creo salió con un depósito de hojalata con combustible en llamas, cargándolo en brazos para evitar el incendio, no lo logró y de yapa se quemó el rostro. El Tenca –si mal no recuerdo- se llamaba Iván. Para Nonito fue el segundo percance, antes de eso tuvo un camión de carga y pasajeros como los de antaño, el nombre del vehículo El Cachorro, no sé si el apodo lo acuñaron para denominarle así al Choche o ya le decían El Cachorro al Choche y por ello el nombre del camión.
La Tiola (¿se llamaba Teolinda?) siempre fue grandota (igual que El Loco Roberto), la más alta del curso. Iba a la escuela con el delantal blanco sobre los pantalones oscuros. No hablaba mucho, no obstante lideraba al resto de compañeras. El Loco era súper buena gente, el Floro, silencioso. El Gambeta (Amadiel) bueno para chupar y agradable en el trato, bueno para bailar, también los más amigos le decían el “negro pan con grasa”. Vestía ternos oscuros, me parece verlo caminando por la calle cada tarde enfilando al barrio de Abajo, elegante, con camisa blanca y vestón, tenía varias pintas de distintos colores, aunque siempre oscuros. Siento pena que lo hayan muerto, lo recuerdo más tranquilo que pendenciero, a diferencia de El Loco que era bien gallo y no aguantaba vainas (situaciones que fueran en su contra).
No logro precisar a Omar Oyarce, apellido que vinculo a gente de otros tiempos que vivía en El Chañar. El resto de nombres a los que aludes, sí los ubico a todos.
¡Qué bueno hayas podido visitar el cementerio para dejar flores a tu gente más querida, incluidas personas especiales. Es lo que yo no he podido hacer en casi un cuarto de siglo.
No conocí a Ricardo Barraza, sí (creo que se trata de la misma persona) al guatón Segura, cuñado de El Carruncha (a propósito ¿qué sería de El Carruncha?) de nombre Manuel y le decían Mañungo, en este caso papá del Lalo Segura y a su vez hermano de Mario, este último buen amigo, generoso como lo fue su padre, ninguno de los dos hermanos existe.
Al Paco Negro lo evoco con unos grados de alcohol en la cabeza pero siempre, todo un señor.
¡Buenos recuerdos los tuyos!
Saludos.

Comentario: 

Aquel sol cayendo ya por detras de los cerros de La Rinconada acercándose a la oración y aquel viento jugando con aquellas espigas maduras que bien tu haz logrado traer nuevamente a mi memoría… como el Recuerdo de mi madre ya ida al cielo y a quien vi partir un día por ese largo camino, que aun me lleva a visitarla junto a sus nietas y nieto a quienes no alcanzó a conocer. Aún le veo caminar a mi encuentro por esa calle larga de Caupolicán en aquellos días de verano.

Un Beso grande Mamá…

Comentario: 

Jorge “Koke” Guerrero:
Tienes razón, el sol siempre se metió en aquellos cerros hacia La Rinconada. Parecía que cada tarde se lo tragaba el horizonte. Y los recuerdos persisten. Tu madre y la mía caminaron por la misma calle, a lo mejor fueron diferentes, mas las nostalgias apuntan en la misma dirección. Tanto tus evocaciones como las mías, te aseguro son infinitas.
Un fraternal saludo.

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