Columna personal

Susurro de los molinos de viento XVII - El tiempo siempre vence

Es que los viejos se fueron, Norma. Se fueron porque el tiempo siempre vence, y te prometo que se me humedecen los ojos. Siento que se cansaron de vivir o simplemente les llegó la hora. Vivieron largamente, impulsados por el aliento de los años, pero nunca lo suficiente para impedir la pena que se me viene. Cada uno se fue con su propia historia que nadie más podrá volver a vivirla. Los tres Juanes del Barrio de Abajo, Juan Gallardo, Juan Navarro, Juan Varas, ya no existen. Uno de ellos, cuando se enojaba, tenía una reacción graciosa: se montaba en su burra que nunca dejó pese a la existencia de los vehículos, y se iba para La Rinconada, un remoto pueblecito, seguramente su lugar de origen. Dejaba todo botado y retornaba al cabo de unos días cuando ya se le había pasado la rabia. No están las señoritas Nareas, doña Ester y doña Irma, tías de Mario, Bogo y Mañungo Cabezas, todos buenos para dar puñetes, al Bogo nadie le aguantaba un chopazo, con ellos también jugábamos a las bolitas y con los soldaditos de plomo que me compraba mi vieja cuando era niño.

No existe don Humberto Rojas detrás del mostrador, el de los brazos peludos como chimpancé, cejas tupidas, cabellera escasa y camisas arremangadas, dueño de un negocio de abarrotes bastante grande y surtido, quien tenía fama de tacaño, quedaba en la casa esquinera que empataba con la calle Carrera. No está su vecino, don Orompello Santander, esposo de doña Blanca Galleguillos, doña Carmela Varas, don Gregorio Maturana, don Julio Gallardo, veterano severo, razón por la cual un tiempo, creo que desempeñó el papel de juez, de barbita blanquecina que le salía de la quijada, vestido siempre de terno y corbata. Don Tito Gallardo, uno de los fundadores del Cuerpo de Bomberos a quien Rudy Goñía cariñosamente había tildado de potro chúcaro, al parecer por su difícil carácter, excelente carpintero, tenía una crianza de canarios que silbaban bulliciosamente en el patio de su casa. Tampoco existe don Plácido Gallardo (primo de don Juan de La Esmeralda) quien otrora llegó a tener el almacén más surtido de Pueblo Viejo y yo diría que en toda la zona. Y qué te digo del Pobre Flaco, Norma, dueño de una chanchería, famoso por la preparación de deliciosos platos derivados del cerdo, de don Pedro Araya, el talabartero con quien más de alguna vez conversamos horas, padre de mi amigo Jaime (gran jugador de fútbol), coleccionista de la revista Estadio, quien años después fue oficial del Registro Civil, y de doña Carmen, profesora, luego de casada emigró para siempre de Punitaqui. Recuerdo a don Raúl González, practicante que rodaba en su bicicleta roja de un lado a otro poniendo inyecciones con “mano de seda” porque a nadie dolía el pinchazo, curando a los enfermos, tan atinado en eso de la medicina, verdadero medico criollo, miraba al enfermo y, sin necesidad de exámenes, determinaba si había fiebre tifoidea. El hombre de frente amplia, cabello ondulado, algo canoso, piel blanca y rostro colorado porque sí era buen vino, el mismo que siempre me decía a modo de saludo “¡Fenano, Fenano!, diminutivo que se inventó no sé de dónde. Don Raúl poseía dones curativos que le había dado Dios. Era el padre de Raúl, de Lucy (ambos profesores), de Sergio, amigo de la infancia con quien compartíamos los cumpleaños, él iba al mío y yo al suyo, inteligente el Chato, eso es indiscutible. Anita era el conchito de esa familia. A todos los conocí, a todos los traté. Otro viejo de ese barrio era Don Andrés Gallardo, farmacéutico, al parecer hombre estudiado, inventor de las “Obleas Gallardo”, cápsulas muy efectivas para la gripe. O los hermanos Rojas, don Manuel y don Miguel, muy parecidos pero entiendo que no eran gemelos, uno casado con doña Mercedes y el otro esposo de doña Berta (espero no me traicione la memoria en eso de los nombres). Los dos eran amigos de mi padre y siempre le vendían la mejor carne, “para la patrona”, decía don Manuel y envolvía los pedazos de posta o filete para enviárselos a mi madre cuando mandaba a comprar, pero si a ella se le antojaba comprar hígado, pata de vaca, guatitas, o riñones, también lo conseguía, el viejo tenía voz de fumador porque me parece que sí fumaba, incluso se me ocurre que ponía una boquilla al cigarrillo de aquellos tiempos. Los hermanos Rojas que fallecieron longevos, eran carniceros desde siempre, apodados por esa misma razón como Los Cachos y que tal vez no podrán despostar vacas en el más allá. Con uno de sus descendientes, no recuerdo bien si se llamaba Carlos, hijo del Cacho Manuel, vestía sombrero de huaso, el mismo tipo de pantalones y botas cortas de taco, alto, macizo, narigón, con él –pese a la tremenda diferencia de edad- teníamos una buena relación de amistad. Siempre que lo encontraba, yo ponía el dedo índice en mi sien derecha y lo movía hacia adelante y hacia atrás, como queriendo representar un cuerno de vaca que daba topadas, él por respuesta con dos de sus dedos se frotaba repetidamente la nariz aludiendo al sobrenombre que daban algunos amigos a mi viejo, a quien los más allegados le decían Ñato. A veces no nos topábamos en un par de años, pero igual, ése era nuestro saludo. Y también charlábamos unos minutos, siempre me preguntaba por los estudios y cómo estaba la gran ciudad.

La gente de otros tiempos era ¡tan distinta, Norma! Cómo olvidarse de don Santiago Viejo, del almacén grande en la única casa de dos pisos que había en el pueblo, donde comprábamos los mejores trompos y un par de metros de lienza o torzal para hacerlos bailar en el patio de la escuela, el veterano era blanco, medio colorado, cara redonda, frentón y con muy poco pelo en la cabeza, no me olvido que sentado en una silla, en plena vereda, cualquier tarde leía La Provincia, diario regional, sin lentes y con más de ochenta años de edad. Ya no está don Lucho Días tan conocido en el pueblo de Punitaqui, primero y único en aquellas épocas que se le ocurrió abrir una fuente de soda, yo creo que fueron los primeros hot-dog que se sirvieron en la calle larga, don Lucho se preocupó de ese detalle en la etapa de inauguración, obviamente trajo ese pan largo y las salchichas de Ovalle, ninguna de las dos cosas hacían en el pueblo, el chucrú, la palta y la mayonesa seguramente preparaba en su propia casa. Don Lucho también era el único que instaló un billar para que se entretuvieran los parroquianos adultos, cada noche se escuchaba el entrechocar de las bolas de marfil cuando jugaban a las carambolas, para ese juego yo era bueno, Norma, me podía medir con cualquiera en el pueblo, excepto con el Choche Días, de nombre Jorge, hijo de don Lucho y con Alejandro Andrade (el diminutivo de su nombre era Janllo), hermano de la señora María Andrade, quien me decía Feño, buena para cantar y tocar guitarra, profesora de la escuelita de mujeres. Mientras unos jugaban billar, otros se entretenían jugando al cacho o al dominó, acomodados en cualquiera de las mesas que siempre tenían cuatro sillas. En el local de la fuente de soda cuyo nombre era Punta de Oro, todos bebían algo, generalmente cerveza o algún refresco, en ese entonces estaban de moda la Bilz y la Orange, antes de eso la Bidú, marca de gaseosa que dio origen al sobrenombre de alguna mujer que al parecer había sido de vida alegre, creo que la Bidú formó su hogar con el Adolfo, el hombre trabajaba en el mineral de Los Mantos y se movilizaba en una bicicleta ploma o negra, no preciso su color en este momento. Él vivía con su pareja entre la casa de Las Canarias (antiguas profesoras jubiladas, por lo menos una) y la de Juan Núñez, padre de dos buenos amigos Lucy y Neptalí, viejo almacenero ligeramente panzón y de poca estatura, vecino de El Nata. Recuerdo que Las Canarias, un par de hermanas solteronas según mi conocimiento, fueron de vida larga y en sus últimos años de paso por este mundo ocuparon una casa digna, adentro solo tenía lo necesario para vivir modestamente como modesta fue la existencia de las dos mujeres, sin hijos, sin amores visibles, vestidas a la usanza antigua, faldas más abajo de la media pierna, de color oscuro igual que las chompas de lana, medias largas del mismo material y una moña recogida. Una de ellas –posiblemente la mayor- cuando se aproximaba a las postrimerías de sus días, emitía extraños quejidos que más parecían gritos, sufría no sé si del corazón o del pecho, se me ocurre que le costaba respirar ocasionándole angustia. En el silencio de la noche, en plena calle larga, ese lamento daba la sensación de algo tétrico, fantasmagórico, impresionaba escucharlo con intervalo de un par de minutos, se apreciaba nítidamente si uno se detenía en las cercanías de la vivienda. Viejas demasiado tranquilas, no molestaban a nadie, acaso se habrán preocupado de hacer algún comentario entre ellas o con algún vecino acerca del prójimo. Posiblemente esas conversaciones quedaban entre cuatro paredes y nada más. No supe el final de Las Canarias, pero estoy seguro de que fue triste.

La fuente de soda de don Lucho Días cobraba vida propia por las noches, junto con abrir el local, lo primero que hacía su propietario era poner discos en un tocadiscos plateado. Canciones de Julio Jaramillo, esencialmente boleros y tangos clásicos, Yira yira, La Comparsita, Sus ojos se cerraron, entre otros, versiones para piano y orquesta. Nunca me gustaron los tangos, pero estuve obligado a oírlos muchas veces con el taco de billar y la tiza en la mano para evitar la pifia al realizar la jugada. Don Lucho también tenía un par de bicicletas, a veces las alquilaba por horas. Era padre de dos hijas, la Maruja y otra chica delgadita, Cecilia, quien en la adolescencia –aptitud heredada de su madre- tocaba guitarra y cantaba baladas de letras románticas, de bonita voz, varios años menor que la hermana y cuyo nombre no se ha fugado de los recuerdos.

No está don Facundo Valenzuela, quien también fue “guardahilos”, el de las carreras de caballos, propietario exclusivo de un cronómetro ni existe don Lindor Escalante, el del camión Studebaker de color verde que acarreaba metales, padre de Lindor, Bernardo y Adriana, casada con un italiano de apellido Pezzoli, dueño de un camión ñato que funcionaba con petróleo, el hombre prendía el motor a las cuatro de la madrugada y se iba lejos, retornaba cuando empezaba a oscurecer. Y don Segundo Encina, trabajador durante años en el mineral Los Mantos. Don Romelio Segura, carpintero, minero, comerciante, sembrador de hortalizas porque le hacía a todo, don Orosimbo Galleguillos, don Pedro Pérez que toda la vida tuvo un camión y se metió en la política del pueblo, incluso llegó a ser regidor y Alcalde, hombre honrado que siempre trabajó desinteresadamente en beneficio del pueblo. Doña Rosario Castillo y don Rosalindo González, quien fue casado con doña Inés, padre del Gary, de Adriana, Rosa a quien le decíamos Tochi, Clara, Patricio y Juan. Tampoco está la presencia de ese matrimonio mal genio y de escasa voluntad para con los vecinos que apodaban Los Manchados porque sufrían de algún problema en la piel. Don Manuel Rivera, comerciante, llegado al pueblo desde Iquique con su esposa doña Zoila. Él contaba de sus viajes, de largos desplazamientos en tren cuya locomotora bulliciosa, echando grandes volutas de humo espeso, tenía maquinista y fogonero que todo el tiempo echaba carbón con una pala al fogón para que se produjera la combustión. Don Manuel tenía una lora en una pequeña jaula que hablaba todo el día, se llamaba Margarita. El viejo, viudo algunos años y casado con doña Nenita en segundas nupcias, se marchó con la mente oscura como sus ojos que hacía mucho no tenían luz. Y no está el otro Julio, de apellido Alfaro, papá del Chato Pillo, un poquito más allá –justo en la quebrada- uno podía jugar dominó con don Juanito, anciano fumador con una terrible tos, papá del Negro de la Quebrada, así le decíamos a Gastón Rivera, hermano del Keno, de la Sonia, del Lucho Largo, la casa era bien humilde pero llena de hospitalidad, ahí existía la posibilidad de comer un buen pedazo de tortilla con mate recién preparado. Imposible olvidar a don Jorge Astudillo, don Óscar Rojas, don Blas Tapia, don Vitalicio Portilla, padre de dos varones, el Lelo a quien decían el Portilla grande, de nombre Francisco, y el Portilla chico, así les decíamos en la escuela a los dos hermanos. Recuerdo a sus tres hermanas, Gladis, Edith y Nely, eran atractivas. Casi al frente vivía don Lucho Garay, papá de dos buenos amigos: Armando (también se lo llevó la silicosis) y Hugo, todos mineros. Don Lucho Garay –el Conde Campos lo contaba- cuando se pegaba los tragos y convertía la casa en una fiesta, tocaban la guitarra y le decía a su mujer: “canta pus vieja chancha”, lo decía con mucha gracia, con esa voz que tenía como si hubiese estado afónico. Más arriba vivía don Pedro Días, papá del Tolo, y frente al Guatón Segundo, existía una casita modesta de paredes blancas ocupada por una familia a quienes decían Los Lechuga, y por la acera contraria, junto a la vivienda de don Óscar estaba la casa de don Dionisio Rojas, esposo de doña Lidia y a un par de metros de distancia la casa del Chequel, hermano de la Nelsa, y la casa del Chato Alejo. Don Alfredo Días –papá de Nely, Silvia, Ruth y dos o tres varones- emigró con más de noventa años al patio de latitudes eternas y más al sur vivía don Pedro Miranda que siempre andaba en bicicleta, padre de un montón de mujeres guapas, algunas de ojos azules, se me viene a la memoria la Myrna, menudita, de rostro hermoso y unos ojos bellísimos que pasaba caminando silenciosamente por la calle larga, metida en un vestido blanco agitado por el viento veraniego como si fuera una muñeca etérea, yo la seguía ansiosamente con la vista, ¡qué tímido fui! Nunca me atreví a decirle nada, aunque alimentara mis momentos y pensamientos platónicos, recordándola. Hermana de Nelsa, Nely y Armando, el varón de la familia, de ojos azules, si hubo otros vástagos de la familia Miranda, no recuerdos sus nombres, se han esfumado en el tiempo transcurrido. Lo triste es que ya nadie está, Norma. Y no sé cuántos nombres se me escapan, quisiera saber la historia de todos para transformarla en letras. Y ya no quiero pensar más porque se me acabó la calle en esta fotografía mental que no me abandona un instante, pero al mismo tiempo sé que ésta sigue igual.

Por esa calle transitaban Los Tanos, Norma. Por ella se desplazaban con ese tranco lento e incansable. Durante décadas, sin preocuparse de gastar zapatos porque jamás usaron. Parecía que tenían la piel de los pies, como un cuero sin curtir, dura, áspera a fuerza de meterle pisadas a los caminos. Los Tanos eran una pareja de hermanos que iban y venían, de una a la otra punta de la calle y mucho más allá también. Ramón y Luisa oí alguna vez que se llamaban, no tengo la menor idea de donde aparecieron pero sé que los dos sufrían de cretinismo, era la razón por la cual se llamaban el uno al otro Tano y Tana. Y la gente les llamaba Los Tanos. Los niños siempre tenían miedo o recelo a Los Tanos a más de que los mayores los utilizaban para amenazar.

Los Tanos solían andar grandes distancias. A veces hasta ciento cincuenta kilómetros para alcanzar otras ciudades. Jamás andaban en carro. Dormían y comían en cualquier parte sin llegar a la mendicidad, pero se alimentaban y vestían con la generosidad del prójimo. Eran inofensivos y prácticamente no hablaban con nadie, y cuando lo hacían, se podía apreciar su “media lengua”. Pequeñito era cuando pasaban Los Tanos y mucho después me di cuenta de que habían perdido esos pasos ágiles, rápidos que devoraban lejanías. Caminaban más lentamente. Cuando asomaban por la punta de la calle como que cada vez demoraban más en llegar donde uno estaba y también en desaparecer. Ver su figura en la calle por más tiempo, era la señal inequívoca de que a ellos les quedaba menos. Y Los Tanos que nunca se enfermaban, que dormían por ahí en alguna casa deshabitada, arropados con saquillos en un colchón viejo lleno de pulgas, un día no asomaron. Desaparecieron y nunca nadie supo decirme donde quedaron sepultados. Sencillamente ya no estaban, se habían ido con su tiempo, con los caminos, descalzos como los conocimos, Norma.

Los Tanos eran una leyenda de carne y hueso, viviente y efímera de la calle, Paula, la niñera, los mencionaba a la hora difícil de comerse los tallarines o aquella desagradable sopa de leche con trigo majado, cocinada con sal, verdadero tormento para el paladar de un infante. Y cuando la mención de Los Tanos no surtía efecto, sacaban a relucir al Viejo Patas Largas o la Tonta Raquel, mujer alta, blanca, dientes grandes, pelo lacio ni largo ni corto, emitía sonidos casi guturales, polleras mucho más largas que cortas, caminaba balanceándose ligeramente hacia adelante, no a los costados, como si fuera a irse de bruces, ojos saltones, jamás usó zapatos. Completamente inofensiva, alguna vez oí que alguien de mentalidad indeseable, le engendró un niño, dato que no pude comprobar. Y por último, para meter miedo a los niños, estaba La Calchona, ser fantasmagórico y perverso, mujer vieja y horripilante que se llevaba a los niños. Cuando escuchaba hablar de La Calchona, no sé por qué me la imaginaba con la forma de una oveja con los vellones de lana arrastrando en el suelo. La Calchona roba niños que se portan mal y se los lleva a una cueva que tiene al otro lado del cerro. Si a veces hasta me parecía que La Calchona entraba por un tragaluz sin vidrio de la puerta que daba al dormitorio para llevarme mientras dormía. El “otro lado del cerro” era un universo para mí, inalcanzable aunque pudiese ver parte de su loma a plena luz del día. Ni siquiera mis fantasías de niño podían llegar tan lejos, a la cueva de La Calchona.

Pero a La Calchona también la venció el tiempo, Norma. Ya nadie habla de ella. Es que los niños de ahora ven la televisión, se entretienen con los nintendos, computadoras y los celulares. Ya no juegan a las bolas ni al trompo, ni hacen zumbar los run-run con un pedazo de cuerda fina. Ellos no usan zapatos de cuero engrasado marca Yarman comprados a don Gregorio Maturana, veterano rechoncho, gordito, de voz baja y calmada, se me ocurre la de un fumador con boquilla, dueño de la única zapatería de esas épocas. Los niños de ahora ni siquiera pueden ensuciarse de polvo porque la calle es pavimentada, Norma.

A veces me pongo a pensar si en todos estos años la calle ha envejecido o simplemente rejuveneció a medida que los antiguos fueron muriendo. La última vez encontré tantos rostros nuevos que no supe a quien buscar, de repente me sentía totalmente solo cuando recorría el pueblo, cuando contemplaba las casas incrustadas en mis reminiscencias. Algunas paredes y puertas habían cambiado de color, pero lo demás seguía igual. Cerraba los ojos por un momento y te prometo que me parecía ver al tío Carlos que salía de la casa, por la puerta blanca ovalada, para meterse por el portón y tomar el camino del viñedo. Si hasta parecía que me hacía una seña como diciéndome: “toma tu catapulta y un puñado de piedrecillas para que vengas a cazar tencas o zorzales que se están comiendo las uvas maduras”. En otras ocasiones, cuando la tarde estaba envejeciendo, creía ver a don Manuel Rivera sentado en la puerta, esperando que se oscureciera para ir a dormir. Fumándose un tabaco, o a don Humberto Martínez, barriendo la calle a las siete de la mañana, el hombre silencioso que hablaba con dificultad porque tenía un frenillo que no le dejaba articular bien las palabras. Quizás por eso le decían El Moca. Dueño de un almacén de abarrotes, se pasaba la vida detrás del mostrador. Nunca se abrigaba y daba la impresión de que en camisa solamente le bastaba para soportar los fríos más intensos. Había días que amanecían con una niebla tupida, en pleno invierno, y al hombre le daba lo mismo. Sólo cuando iba de viaje a la ciudad para tratar con los proveedores, se ponía terno. Entonces se podía ver a don Humberto con chaqueta, camisa blanca y corbata. Decían que su costumbre, transformada en un verdadero hábito, era bañarse en agua fría a las cinco de la mañana, no fallaba un día. Tomaba el baño en un pequeño estanque que existía en la parte trasera del patio de su casa. Afirmaban que era contador y que no se había graduado, posiblemente porque su complejo lo había impedido. No hablaba con nadie salvo con aquellas personas de confianza. Ahí sacaba desde lo más profundo de su intimidad, sus dotes de conversador reprimido, inclusive hacía recuerdos.

Zoilo había sido el nombre del padre de don Humberto, fallecido muchos años antes y la mejor anécdota que contaban de él, estaba relacionada con la costumbre de que en el primer aguacero del año, el viejo salía al patio, se bajaba los pantalones y exponía sus nalgas para que las mojase la lluvia. Si era madrugada, la situación no cambiaba. Hacía exactamente lo mismo: se bajaba el pantalón del pijama y se mojaba el rabo con el agua que caía del cielo. Aparentemente era estricto, pero de la boca para fuera. Cuando uno de sus hijos se comportaba mal, le decía a su esposa: “¡Pégale Julia! Cuando sean grandes les castigaré yo, ahora los puedo matar”. Y ahí quedaba toda la severidad de don Zoilo.

Un día don Humberto vendió todo y se fue del pueblo con la familia en busca de mejor suerte. En ese entonces el hombre nunca imaginó que, los nortinos que adquirieron su casa, solo se la pasarían haciendo fiestas e invitando a todo el mundo y menos aún que en esa misma vivienda años después abriría un negocio para hartar de trago a los bebedores, local famoso por el apodo que los punitaquinos dieron a su dueña, doña Luzmila (¿o Yamila?) mujer larga y flaca, desgarbada, al parecer casada con un hombre pequeñito pero de buen puñete que se hacía respetar. A ella le decían La Metro Ochenta, tiempo después se enredó en un lío amoroso con el administrador de la mina y el marido se mandó a cambiar y nunca más se lo vio.

Quienes conocían a don Humberto Martínez, aseveraban que había cometido el error de su vida, que por su forma de ser, fracasaría al irse de Punitaqui, su tierra natal. Esas palabras se cumplieron como si fuesen una profecía. Me contaron que don Humberto murió empobrecido y abandonado de la mujer y los hijos, en el pueblo de Sotaquí. Su casa, adquirida por personas extrañas, jamás volvió a ser igual.

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Comentarios

Comentario: 

Tu escrito me evoco, Serena, Ovalle, Puntaqui, El Tambo, Recoleta y tantos más, pues mis padres y toda mi familia tuvieron alli sus raices, hoy si, justo hoy, que hace ya 5 años se me fue mi viejita, mi viejo ya hace muchos más, es que el tiempo y las enfermedades los vencen, como quisiera poder tenerlos todavia, para decirles cuanto los quise, es que cuando se tiene padres tan dedicados a sus hijos uno no puede los olvidarlos jamás.
Con cuanta alegrïa recuerdo todas las reuniones familiares, es que no se que pasa hoy, que todo el mundo se distancia más y más, no se si pareciera ser que ellos eran como un imán, para reunir hermanos, primos, tios, es quizas la sencillez de crianaza, que hacia que el lazo de unión fuera más fuerte y fraterno, pues en ese tiempo tiendo a creer que no imporataba tanto lo de afuera, si no solo lo de adentro.
El tiempo ayuda a consolarte, pero no a olvidar.

Comentario: 

Fernando Javier:
El tiempo inexorablemente nos empuja hacia lo irreversible. Mientras vivamos no tenemos porqué olvidar.
Sin duda, las cosas han cambiado pero por lo menos no cambiemos lo vivido por todos aquellos absurdos que en el día a día permanecen al acecho. Continuemos recordando antes de que nos venza el tiempo.

Comentario: 

Zoilo Martinez, asi se llama una calle de Punitaqui, la que es paralela a calle las rojas y que es la que esta pasando la bomba de bencina, (lo contemporaneos la conocerán por que es la esquina de la famosa jaula).

Me atrevería a asegurar que el 99% de los Punitaquinos no conoce el nombre de esa calle, no menos por que lleva ese nombre, por mi parte he escuchado que es la persona que descubrio la mina los mantos o delirio, una de las dos.

En fin, debio ser un personaje importante, ya que de las calles de punitaqui que llevan nombre de gente de su pueblo, debe ser poca, otras pyeden ser Carlos Galleguillos, Juan Gallardo, (esquina de iglesia de Punitaqui; Manuel Olivares, (Esq. conocida por los mas viejos con Buenos Aires).

Las calles bautizadas el último tiempo un chiste: Los tachuelas, el huerto, el huerto 2, los Profesores, (que profesores), la tuna, el litre, el gorrión y la diuca, en fin.

saludos.

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