Columna personal

Susurro de los molinos de viento XVIII - Hombre de la tierra

Por momentos, Norma, tenía la impresión de que los viejos nuevamente andaban por la calle Caupolicán. Que pasaba don Daniel Cortés montado en el macho tordillo, acompañado de alguno de sus hijos, mis grandes amigos: Ñelo, Beto o Manolo. Don Daniel fue siempre un hombre de campo, trabajador, amante de las siembras y los animales. El creía en «lo que da la tierra», aunque en ciertas ocasiones la naturaleza se olvidara de Punitaqui y los años fuesen despiadadamente secos y no cayese una sola gota de lluvia. Entonces, quizás, le venía la decepción a don Daniel, cuando sus tierras se ponían secas, de un color café que llenaba de pena a toda la gente. Ahí venían las lamentaciones, los viejos hacían mandas a la Virgen de Andacollo o a la Virgen de El Peral para que lloviera, que se acordaran del pueblo. A veces caía un amago de aguacero en el mes de abril, pero los longevos no se confiaban. «Esta lluviecita es sólo matapajaritos. Veamos qué pasa en mayo», comentaban, y continuaban aguardando. La esperanza era lo que menos perdían y seguían con sus plegarias silenciosas. Con prudencia, casi con temor comenzaban a arreglar los arados, alimentaban mejor a los bueyes que debían estar listos para soportar la yunta y aguantarse los carajazos o el consabido «buey de mierda» si flaqueaban en el trabajo, además de los «picanazos» que les daba el amo como recurso extremo, cuando los punzaba con una vara larga que tenía una punta de metal. Eso era doloroso en las costillas de los animales.

Es que en el pueblo, Norma, siempre han pensado que mayo es el mes de las lluvias. «Si llueve en mayo, el año puede ser bueno», decía don Daniel, compadre de mi viejo. Y si hablaba de «año bueno», se refería a los aguaceros. Entonces don Daniel sacaba la yunta de bueyes y araba la tierra mojada. El Manolo o el Beto se encargaban de ese trabajo, yo me entretenía conversando con cualquiera de ellos, caminando de un extremo a otro en el terreno, por el mismo surco que iba dejando el arado, mientras los pájaros escarbaban la tierra floja para picotear las lombrices.

La primera lluvia era siempre una fiesta para los viejos, quienes de puro gusto se reunían para beber vino y emborracharse. Se encerraban por ahí en alguna casa y se ponían a hablar de sus cosas. De los granos que sembrarían, de los negocios que harían. Doña Carmela, la esposa de don Daniel, le pedía a su hijo Ñelo que fuese a comprar zapallo para preparar una bandeja enorme de picarones pasados en miel de chancaca (panela). Y yo ahí, Norma, saboreando en aquella casa que a ratos sentía como si fuese mía, entraba y salía de ella cuando quería, la golosina de manos de doña Carmela, ese pan negro, integral, hecho hasta con el pellejo del trigo en un horno grande de barro. Caliente, exquisito, con mantequilla derretida. Y las tazas de té. Y el mate que servían con el agua hirviendo permanentemente en una tetera sobre el brasero. Y el vino tinto para los viejos que eufóricos, a medida que el agua de la lluvia golpeaba los techos de zinc, mandaban a comprar por garrafas de cinco litros, vaciaban el vaso en la garganta, para luego dejarlo con un golpe seco sobre la mesa, con alguna de aquellas frase tan criollas: «hasta verte, Cristo mío»

Es que la lluvia era música, Norma. Y cuando caía, era la fiesta aunque no hubiese baile. Cuando escampaba, ir a ver el estero que se hallaba a unos doscientos metros, era toda una ceremonia. «¡La crecida! Vamos a ver la crecida, ¡bajó el estero! La frase salía de cualquiera. Y el que tenía botas de caucho, se las ponía o de lo contrario, unos zapatos viejos sacaban del apuro. El estero, un personaje natural, cumplía el papel de un río pero sólo cuando llovía, el resto el año pasaba seco. Con unas pocas lagunas que siempre tenían agua, donde la gente abrevaba los animales. Una de las más famosas era la «laguna de las Vea». No tengo la más mínima idea el por qué del nombre. Profunda, creo que alguien se ahogó en ella. Decían que en sus aguas se ocultaba un «huecú» y los niños tenían la creencia que el «huecú» era algo así como un cuero de animal camuflado en las aguas oscuras y cenagosas de la laguna, que envolvía a la gente que se bañaba, arrastrando a su víctima que nunca más volvía a aparecer.

El estero era un señor al que había que respetar. Cuando crecía, no pasaba nadie y los puentes colgantes que construía la comunidad, no duraban mucho. Bastaba un invierno lluvioso y cualquier mañana amanecían sólo los vestigios: unas pocas tablas y un pedazo de cable de acero. El estero era inofensivo en épocas de sequía y temible en los meses invernales. Los pobladores de Pueblo Viejo, el antiguo Punitaqui que se hallaba al otro lado, quedaban aislados. Si tres días llovía, los tres días una zona grande no podía comunicarse con Punitaqui. Al otro lado se quedaba el camión de don Aliro Tello, la gente de El Toro, El Higueral, donde vivía Pablo Moreno. La Rinconada, El Peral o Quiles. En vano los huasos hechos los valientes, montados en sus caballos hacían las veces, espueleando al animal, maltratándole las costillas, de que enfrentarían la correntada turbia, de color terroso que venía de las cordilleras arrastrando la arena y piedras de innumerables lugares. Eso no pasaba de una bravuconada a veces impulsada por el vino o los efectos de unas cuantas copas de pisco. Hubiese sido una locura, Norma. El estero habría arrastrado al caballo con jinete y todo como si se tratase de una hoja seca.

Me acuerdo que don Daniel era buen trago y como cualquier viejo punitaquino, se preparaba para el invierno. Degollaba varias decenas de cabras para hacer charqui. Manolo y Beto en eso eran expertos, primero el cuchillo en el cuello del animal y la vasija para que cayese la sangre. Luego, a quitarle la piel con un cuchillo más pequeño y filudo. Limpiada de vísceras y trozada del cuerpo, por pedazos según para lo que estaban destinados. Lo más importante, era la preparación de la carne con sal para después secarla al sol durante muchos días. El charqui, como el resto de la gente que vivía en Punitaqui, el arriero, el hombre que prácticamente vivía con el ganado largas temporadas, lo consumía una vez que lo asaba en las brasas o en una fogata. Don Daniel siempre esperaba el invierno, por eso también hacía huesillos, secaba higos y ciruelas para en los meses de junio, julio y agosto, comerlos con nueces desgranadas o almendras. A veces don Daniel, cuando notaba el viento tibio del norte, amenazante, sabía que era un síntoma de aguacero. Entonces, aseguraba las puertas de los corrales y cubría con hojas de zinc los bultos de pasto seco para el forraje de los animales. Y en pocas ocasiones se equivocaba. Tenía el viejo algunas vacas, mulares, gallinas, el caballo moro, la yegua negra, la mula baya y el macho tordillo, un mulo grande, blanco, lleno de puntitos oscuros. El vivía de sus animales, de las siembras. Si llovía, desparramaba trigo o cebada en sus tierras según la temporada, también sembraba maíz y fréjol. Don Daniel había heredado esa vocación por el trabajo de campo, de su padre, un longevo que vivió hasta los ciento cinco años. Doña Carmela, su esposa, era de algún pueblecito cercano. Mujer sencilla y buena, nunca eludía los quehaceres. Se pasaba en la cocina, en el horno haciendo pan, ayudando con el gallinero, en la venta de la leche y de los huevos, de las frutas según la época. Esa casa y esa gente, mi amistad con Manolo, Beto, Ñelo, Tina y Leonides, también fueron parte de mi existencia. La última vez que estuve con don Daniel yo sólo tenía veintiun años, fue para un Dieciocho de Septiembre, en las fiestas patrias que se festejan en el país de punta a punta, a lo grande, durante tres días por lo menos. Recuerdo que el Beto, me ofreció un vaso de vino y el viejo, a quien no le quedaban más de dos meses de vida, con su voz calmada, baja y ronca, de fumador de cigarrillos Ideales y Particulares, dijo aludiendo al diminutivo de mi nombre: «el Nano es hombre. El Nano toma trago de hombre», y me sirvió un vaso lleno de pisco que bebí de una sola, casi sin respirar.

Don Daniel y doña Carmela, tampoco están, Norma.

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