Columna personal

Susurro de los molinos de viento XIX - Perico “Patefierro”

A veces, Norma, retrocedo en las décadas y me proyecto a lo vivido. Me veo en la calle jugando a las bolitas con el Perico “Patefierro”. Un muchacho alto del pelo crespo, bien ensortijado, trigueño, ojos verdes. Como cualquiera de aquellos alumnos de la escuelita que no tenía muchos recursos económicos, él iba a clases descalzo. Todavía tengo su timbre de voz en los oídos, tenía buena pinta y su verdadero nombre y apellido eran Guido González, no recuerdo el nombre de su madre (en este momento se me antoja doña Lupa, pero no estoy seguro) y vivía en el barrio de Arriba. Según el sector donde viviera la gente se aplicaba el gentilicio alusivo al barrio: abajino o arribino (lo correcto es arribano), términos que nunca más volví a escuchar.

Al Perico jamás le oí mencionar a su padre pero se me ocurre que el apellido correspondía al progenitor. El Perico era serio, no recuerdo haberlo visto reír, en cambio aún vislumbro su mirada un tanto triste. En mi memoria no está la imagen de un buen estudiante (yo tampoco lo fui) aunque debe haber terminado la etapa escolar y lo veo trabajando en un camión, como chofer, físicamente grande, fornido y si alguna vez nos cruzamos por ahí en alguna farra, tampoco me pareció alegre la expresión de su rostro, esto que te estoy hablando, Norma, fue mucho después. Yo era un mozalbete “metido en docenas” –como decía mi madre- agrandado, haciendo temprano cosas de hombre, queriendo imitar a los mayores, queriendo practicar cuando lo único que sabía era un poquito de teoría sacada de la vida sin conocerla. Repetía frases que hacían reír al resto de amigos, pero nada más, Norma, nada más.

Al Perico lo veo enamorado, inmerso en el alcohol, sumergido en el vino en alguna noche de bohemia cuando seguramente pretendía ahogar en la borrachera sus propios sentimientos. El Perico se enamoró de la viuda del Flaco Herrera que al parecer no lloró mucho la ausencia perpetua del suicida, demasiado cotizada con su rostro agraciado, los pretendientes no le faltaban, por ahí recuerdo a otro interesado, el Chico Vallejo, trabajaba en el Seguro Social, un cuarentón aficionado a las faldas, casado con una mujer algo atractiva, también pequeña, rechonchita, de físico bien distribuido, pelo corto, tenían –si mal no recuerdo- dos hijos del matrimonio de gran diferencia de edad entre los hermanos, al mayor todo el mundo le decía el Pirulo Vallejo, baja estatura, por lo demás no tenía a quien haber salido alto.

Una de esas noches en que el vino fue mucho más traicionero en la cabeza del Perico, surgió un altercado característico del pueblo, curiosamente cerca de la iglesia, en la misma vereda donde el Flaco Herrera se quitó la vida con un disparo de revólver en la sien derecha. Fue casi en la puerta de la casa que quedaba entre la vivienda de la Luisa Ramírez y el almacén de don Manuel Acosta, más conocido por el Macho Acosta, hombre pequeño, de cejas muy pobladas, usaba gorra de lana sobre el pelo corto, lacio, algo canoso. Caminaba balanceándose ligeramente para lado y lado, piernas cortas, pantalones de tela gruesa, como los que usaban los antiguos punitaquinos para combatir el frío y que en verano deben haberse sentido demasiado calurosos, es que a ninguno de esos viejos se le pasó por el entendimiento usar blue-jeans, Norma, a ninguno. Eran viejos de otros tiempos que escribieron su historia en la calle larga, en épocas en que ni siquiera había muchas casas. El Macho Acosta era padre de tres hijas que se hicieron profesoras: Lila, Aydé y Carmen a quien le decíamos la Calucha. El único varón, compañero de escuela, se llamaba Mario y como diminutivo del sobrenombre familiar, le decían el Machilo, de la piel blanca, pelo medio rubio, con un mechón en la frente, de comportamiento un poco pusilánime. Aydé era buena profesora, una temporada recibí clases particulares con ella, de matemáticas, materia abominable para mi escaso entendimiento.

El almacén de abarrotes de don Manuel Acosta por lo menos tenía dos puertas de ingreso, la última de norte a sur, daba justo a una vieja vitrina o escaparate con vidrios terrosos que nunca los limpiaban, en su interior, detrás de los cristales, se exhibían cajitas de cartón extendidas, con hilos, agujas, botones y otros enseres de costura. Detrás del mostrador de madera color caoba, pegadas a la pared del fondo, estaban las estanterías con otras mercaderías, entre ellas, cortes de tela para ropa y género para otras prendas y manteles. Debajo de esas estanterías que casi tocaban el cielo raso, de tela gruesa tipo hule como se usaba en otras épocas, había depósitos de madera con puertas de bisagras, llenos de granos variados y harinas. El Macho Acosta vendía de todo y tenía fama de carero. Sobre el mostrador había numerosos frascos grandes llenos de caramelos y golosinas diversas, inclusive el chocolate Económico, marca de una barra individual que degustábamos de niños, que también vendía doña Pabla López, otra vieja almacenera que tenía su local (se llamaba Almacén Económico) junto a la casa de los Huerta, se me ocurre una veterana solterona. Don Manuel Acosta estaba todos los días detrás de su trinchera que era ese mostrador oscuro, y oscuro era también el local que se comunicaba directamente con un pasillo que permitía al resto de personas que vivían en la casa, salir por una puerta amplia de dos hojas que daba a la calle, sin necesidad de pasar por el negocio. Las hijas siempre andaban en bicicleta.

El viejo era un hombre de trabajo que educó con sacrificio a sus hijos y todos lograron un título. La casa de los Acosta era de paredes lila oscuro en la parte superior y café en la inferior.

Junto a ese almacén existían dos casas: una fue por muchos años el taller de un hábil carpintero que hacía cosas por pedido: muebles, puertas, ventanas, roperos y otros, inclusive juguetes de madera, el artesano no evitaba el trabajo, daba forma a lo que le pedían. Era pequeño, joven todavía, casado, tenía varios hijos. No sé si era evangélico, siempre lo conocí por El Gogo, nunca supe el verdadero nombre y no recuerdo su apellido. Un poquito más allá, hacia el barrio de Abajo, se encontraba la casa de la Lucha Ramírez, a cuya hermana la pretendía uno de los Huerta.

Te digo que esa noche, Norma, la tristeza del vino o la valentía del pisco puro, aguijonearon los sentimientos del Perico que quiso irse encima del Chico Vallejo (si lo lograba maltrecho hubiese quedado el Chico), que –al parecer- conversaba con la hermana del Perico, la Luisa. Ese fue el pretexto para que el Perico quisiera darle puñetazos, pero la verdad es que estaba celoso por la Nena. Su propia hermana lo impidió, incluso pidió auxilio y Manolo Cortés intentó aquietar al varón, no obstante él estaba tan enfurecido que resultó una tarea infructuosa. El Chico Vallejo tuvo que refugiarse en la carpintería de El Gogo y no salió hasta mucho después. Acaso serían las ocho de la noche, seguramente bajo la luz eléctrica el carpintero trabajaba alguna obra en horas extras. Fue difícil la situación, apareció la madre del Perico haciéndole ver quién era ella, argumentando que lo único que anhelaba era la tranquilidad del hijo. El hombre se calmó y se alejó abrazado de un amigo y de su propia mamá, no sé por qué se esfuma su nombre en mi memoria, una persona tan conocida en ese entonces. Recuerdo que el Perico iba cantando una canción de moda, la letra decía del amor perdido y aparecía en escena la historia de un niño pequeño que no sabía que su madre se había ido con otro hombre, abandonándolo, el pequeño más bien expresaba que su mamita estaba en el cielo. En este momento se me va el contenido de la canción, Norma, pero la he escuchado muchas veces.

La Luisa –hermana del Perico- era una mujer atractiva, pelo corto, ojos grandes, expresivos. Los rasgos del rostro, definidos. La veo bien maquillada, piel canela, caderas un poquito anchas, estatura mediana. Cara sensual, labios carnosos, tentadores. La Lucha “Patefierro” como miembro de esa familia no podía escapar del apodo. Mujer guapa, de alegre vida, tenía un negocio donde se vendía mucho trago y se oían canciones cabareteras que salían de un tocadiscos (casi todos los discos eran de 45 revoluciones por minuto), a alto volumen. Madre e hija controlaban el negocio donde también había una que otra chica de estadía efímera, aparecían y desaparecían de Punitaqui según sus propias circunstancias. Recuerdo que cuando los amigos querían pegarse unas copas (generalmente muchas copas), solían decir “vamos donde las fierreras” o “vamos donde las metaleras”, aludiendo al apodo. La Lucha puso de cabeza a un montón de varones, solteros y casados. Era la atracción de la cantina, incluso cantaba, tenía bonita voz. Había una canción que solamente la he escuchado de sus labios, recuerdo solo un par de frases sueltas: “tú eres hierba que nunca retoña…” “y aunque tus labios viertan ponzoña…”

En uno de esos sonados bailes de la Semana Punitaquina, pleno verano, iba yo con unas cuantas copas camino de casa y la Lucha –acompañada del Copucha (se llamaba Carlos Carvajal y su madre era casada con el cojo Emeterio, padrastro de Carlos), antiguo compañero de escuela, creo que pariente de ella, se colgó de mi brazo hecha la melosa. En el trayecto, al paso, entramos al local de doña Rosa Neira, ahí estaba el marido viudo, de nombre Julio que rascaba la guitarra. Dos o tres parroquianos –cualquiera de ellos podría haber sido mi padre por la edad- se aficionaron de la hembra, compartieron mesa y trago con nosotros con tal de bailar con ella. Amanecía y yo solo salí un momento al patio, estaba cansado y con dos o tres trasnochadas al hilo, amén del pisco bebido en esos días, había una especie de ramada y una banca de madera muy angosta que fue una tentación, me tendí cuidadosamente en ella y no supe más. Desperté solo, en una cama extraña, casi al mediodía, completamente desorientado. Después me enteré que reclamé por algunos billetes que ya no estaban en el bolsillo, la verdad es que al final no me importaban tanto pero sí la ausencia de un corvo pequeño muy querido, recuerdo del Manolo. El marido de doña Rosa Neira, famosa dueña de ese cabaret, solo había dicho cortante y enojado: “Qué viene a reclamar ese mocoso. El papá de él también bebía aquí con sus amigos en otras épocas sin que jamás se le perdiera nada en esta casa y él sí andaba con plata en el bolsillo, no con chauchas”.

En esa ocasión salí del local sin decir nada, me sentí humillado, avergonzado, especialmente impotente, pensé que me quitaban lo mío, mi corvo. Y hubiese sido mejor así, para pensar que había reclamado por algo justo, sin dejarme engañar. Estaba completamente equivocado, mi incomodidad y bochorno aumentaron mucho más cuando llegué a casa y el saludo de mi hermano mayor fue entregarme el dinero y el corvo en mis propias manos. El me había cargado en brazos para ponerme en esa cama ajena. Su frase fue “nunca te duermas cuando estés solo en un sitio desconocido”.

Si yo bordeaba los 20 años, era mucho Norma y tú acaso llegarías a los 10. Creo que desde esa vez no volví a ver a la Lucha “Patefierro”, quien tiempo después emigró de Punitaqui.

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