Columna personal

Susurro de los molinos de viento XX - El teatro de los Campitos

Los Manchados eran mala gente. Difícilmente se llevaban bien con alguien. Cuando los recuerdo, pienso que ningún vecino los quería. El Manchado Viejo, La Manchada y El Manchado Joven. Esos eran los apodos que siempre escuché de boca de los demás para referirse a esta familia de tres miembros, que tenían manchas raras en la piel y que por suerte se fueron pronto del pueblo, parece que no habían nacido ahí.

El veterano era del pelo muy corto porque ya tenía poco, canoso, con las piernas un poco arqueadas, se balanceaba como pato al caminar, acostumbraba a andar en camiseta, solía barrer la calle en horas de la madrugada. La señora, bien gorda, de polleras y medias largas, con chompas de lana de las mismas características, con un moño voluminoso que casi le envolvía la cabeza, mal carácter, mala agestada. El hijo era un treintañero, el más afable de la corta familia, con pantalones de tela gruesa, camisas de franela mangas largas para el frío, colores apagados y sombrero negro o plomo. Tenía una nariz grande y aguileña, por eso algunos le decían nariz de picota, o nariz de pico de loro.

Los Manchados vivían en una casa de paredes muy bien cuidadas, siempre limpias, impecables y pintadas de blanco con cal sobre el enlucido de tierra, la vivienda era de adobes como cualquier otra, como todas las casas del pueblo. Esa gente cuidaba casi con preocupación enfermiza la fachada de su casa, igualmente la vereda con superficie de tierra en ese entonces y durante un par de décadas, hasta que el pavimento llegó al Barrio de Arriba. Eran cuidadosos hasta el extremo que no permitían que los niños de la escuela pasaran por esa vereda jugando al trompo, peor a las bolitas. Si esto sucedía, el viejo o la misma señora, se encargaban de quitárselos y los chicos se quedaban sin sus pequeños tesoros. Esta gente me daba la impresión de que espiaba a los niños cuando asomaban y confiadamente continuaban con su trayecto por esa vereda plana de Los Manchados, envidiable, toda una tentación para que rodaran las bolitas de cristal. Sorpresivamente se aparecía la pareja con palo en mano, ahí terminaba el juego, los niños se dispersaban corriendo asustados y no alcanzaban a recoger nada. Si un cuaderno quedaba en el suelo, tampoco lo devolvían. Eran los malos vecinos que vivían junto a la casa de don Daniel Cortés, en cierta ocasión por sobre la pared, Los Manchados (creo que de apellido Valdés) arrojaron una botella con un extraño líquido amarillo, mezclado con maíz, al patio donde estaban las gallinas y en poco rato se murieron una cuantas aves, al picotear el grano con veneno. No se pudo reclamarle a nadie porque ellos negaron todo.

Dicen que en esa noche invernal hacía frío, Norma. Fue entre el 55 o 56, no logro precisar el año. Algunos comentaron que el hombre agraviado que trabajaba en otra parte y temporalmente vivía en el pueblo, retornó a éste furtivamente. Estaba bien oscuro, las sombras eran su mejor aliada. En su corazón se había hincado la molestia. Para él era más que suficiente lo que le habían contado, porque en el pueblo, Norma, jamás han faltado los comedidos cuando se trata de meterse en la vida ajena. Muy pocos son los reservados que permanecen en silencio y dejan vivir a los demás. En Punitaqui fue donde yo escuché por primera vez la frase tan conocida “pueblo chico infierno grande”.

Y ese hombre, al parecer venía de Ovalle, se bajó de uno de los camiones marca Reo con carrocería de hierro de barandas bien altas que se utilizaban para acarrear metales, los mismos que hacían un ruido ensordecedor con el escape libre. El chofer detuvo el carro justo en un portón con dos o tres palos cruzados que impedían el paso de los animales a los potreros del Roto Pije que respondía al nombre de Juan de Dios Cepeda, un viejo que debe haber muerto por lo menos a los ochenta y cinco años, abuelo de Gustavo Cepeda, gran alumno de la escuelita, se me ocurre hijo de madre soltera (de una de las hijas de don Juan de Dios) ya que nunca hablaba del papá, sobrino de otro hijo del veterano de nombre Ernesto y a quien nadie lo nombraba por el apellido, todos se referían a él como Ernesto Pije, con quien solíamos conversar largo cualquier noche en la que el hombre se pasaba un par de horas en la puerta de su casa, fumándose un cigarrillo barato, contemplando el panorama nocturno, girando la cabeza de izquierda a derecha, en este caso según la dirección donde quería mirar: para arriba o para abajo. El mismo decía: “esta noche hay fiesta, me voy a poner mi pinta y ustedes van a ver bailar al Roto Pije”. Don Ernesto heredó de por vida el apodo del papá.

Frente a la casa del Roto Pije se bajó el hombre que venía de pasajero en el camión metalero y sorteando las trancas, se metió por los extensos terrenos que daban a la parte este del poblado donde lo que más se sembraba era trigo y cebada de acuerdo a la temporada, escaseaba el agua para regadío en toda la zona, cualquier producto que diera la tierra, era gracias al riego de los aguaceros. Y ese hombre utilizó el camino que recorrían los mineros permanentemente para evitar andar por la calle, era una ruta paralela que colindaba con la parte trasera de todos los patios de las casas de la vereda izquierda de la calle yendo de norte a sur. El hombre avanzó tranquilamente porque no corría riesgo alguno de que alguien lo viese a esa hora, por lo menos eran las diez de la noche. Llegó al callejón que venía desde la calle, prácticamente salía de las casas de los hermanos Campos y de doña Rosario Castillo que venían a ser esquineras, y bajó por él sigilosamente con una cuchilla en la mano. Sabía perfectamente a donde tenía que llegar: el portón de madera del costado de la casa de los Campos que daba precisamente al callejón. Y en ese portón de madera estaba la pareja en plenos abrazos y besuqueos del amor clandestino: era la esposa del hombre de la cuchilla y el galán, uno de mis amigos. El hombre engañado, herido en su orgullo de varón, le propinó algunos tajos al hombre enamorado de mujer ajena, el mismo que escapó con dificultad y pudo llegar a su casa con la ropa llena de sangre, lo recibió su afligida madre. Ese portón de madera –seguramente ya no existe- fue testigo mudo del percance que no llegó a ser trágico ni muy complicado, pude ver la ropa ensangrentada al cabo de unos días. Ahí se acabó esa relación escondida, pero al día siguiente del suceso uno de los hermanos del amigo fue a patear indignado la puerta cerrada de la casa de Los Manchados que no se atrevieron a dar la cara, por ser ellos quienes habían chismeado el asunto con lujo de detalles al marido de la mujer, solo recuerdo que la pareja desde ese momento desapareció de Punitaqui, al parecer viajaron a Ovalle y nadie supo más de ellos. Ese portón de madera fue el escenario de los “atraques” y casualmente pertenecía a la casa de doña Anita Campos.

Doña Anita era viuda de un minero que debe haber muerto a causa de la silicosis, enfermedad que se origina cuando se mete el polvo del metal en los pulmones, a veces el enfermo vomita sangre cuando el mal llega al tercer grado, entonces dura muy poco y tiene los días contados. Muchos viejos mineros murieron de eso en el pueblo, Norma, muchos.

Doña Anita era una mujer de corta estatura, con vestidos largos, siempre de negro, con el luto eterno por la muerte del marido, cuando más de gris y blusas blancas, siguiendo una costumbre muy antigua que ya no se ve en el pueblo. Cuando quedó sola se dedicó por entero a sus diez hijos: nueve varones y una sola mujer. A doña Anita la recuerdo bondadosa, con la voz bajita, era la vecina de El Pirulo y vivía al frente de don Daniel Cortés, en una vieja casa de paredes blancas un poco torcidas que amenazaban con derrumbarse y que luego fue reconstruida. Trabajadora doña Anita, encerrada en su casa, salía muy poco. Sin duda una matriarca y todos los suyos la respetaban. Su hijo Segundo era el mayor, le seguía el Sótero, después Alfredo a quien todos le decían El Conde. Nunca precisé muy bien el orden cronológico de las edades de estos hermanos, pero a todos los conocí y hemos continuado siendo amigos desde siempre, la hija mujer se llamaba Otilia y jamás se casó ni tuvo hijos, tiempo después continuó cumpliendo el mismo papel abnegado y sacrificado de la madre cuando ésta ya no estuvo y esa casa siguió con su vida en familia. Los seis hermanos restantes, posiblemente menores que ella, respondían a los nombres de: El Negro a quien vi pocas veces en mi vida porque tenía algún problema de salud, nunca salía de la casa, el otro era el Charo, el único que salió temprano del pueblo para vivir con su esposa a trescientos kilómetros de distancia. El Manolete, completamente alcohólico, posiblemente ya no está. Los lazos de amistad más estrechos fueron con el Sótero, pese a una gran diferencia de edad. Los otros tres amigos han sido el Benedicto, a quien todos le dicen Beno, Pepe y Glen con quienes compartimos muchos pasajes a través de años y años, todavía lo hacemos. Beno es un gran amigo, cuando éramos jóvenes disfrutábamos de los bailes punitaquinos, formábamos un grupo y pedíamos un par de mesas con poncheras de pisco, armábamos farras sorpresivas donde doña María Pintada, la Pastoriza, en Pueblo Viejo, o doña Lupa en Pueblo Nuevo, local en el que siempre estaba La Chiva. Nunca me olvido que una noche, demasiado joven aún, por primera ocasión bailé con La Sin Destino en el cabaret de doña María Pintada. Ya no era la adolescente fresca de aquella noche de la ramada en el huerto del Beto, aunque joven todavía la sentí ajada. Si en otros tiempos yo aún jugaba al trompo cuando la conocí y por ello no había despertado interés en mí, y con mayor razón pasaba desapercibido ante sus ojos porque era un niño y ella mujer, esta vez fue diferente. Empezó a hablarme bajito, en tono insinuante, como si en un instante quisiera despertar toda su sensualidad para envolver al macho, enredándolo en la penumbra lúgubre de ese local, con olor a trago, de aroma ácido, en medio de aquellas canciones de Lucho Barrios, tengo la remota idea de que una de ellas se llamaba “Copas de Licor”. No sé cuántos boleros fueron, pero el cuerpo de la mujer pegado al mío me pareció el de una pantera que intentaba desperezarse, como si estuviese ronroneando, al final sentí que se empinó ligeramente para estampar un beso tenue en los labios, tan fugaz que ni siquiera dejó unos pocos segundos para reaccionar. Se alejó, contorneándose, yo con mis amigos seguimos con la ponchera de pisco y pedimos unas cuantas más. Desde entonces no volví a ver a La Sin Destino.

Beno, luego de una viudez prolongada, encontró un remanso de paz en una mujer buena, tranquila, se casó con Ena, otra gran amiga, muchas noches con mi amigo Moncho la visitábamos en su propia casa para oír discos, melodías que estaban en auge y aprovechábamos de charlar durante horas, fumándonos un cigarrillo Hilton y bebiéndonos algún refresco, cómo nos entreteníamos con Ena haciendo comentarios, compartiendo recuerdos. ¡Cómo me gustaría verlos y darles un abrazo! Si fuera a Punitaqui, hasta me atrevería a golpearles la puerta y pedirles posada para hablar de aquellas evocaciones que jamás se han confundido en el tiempo. Beno, Pepe y Glen, en sus años mozos fueron buenos ciclistas, no me olvido que participaron en muchas competencias en el pueblo y también en otras ciudades. Los hermanos Campos, esencialmente mineros, heredaron esa vocación del padre a quien nunca conocí y durante años se dedicaron al negocio del teatro.

El teatro de los Campitos al principio era de don Hugo Véliz y funcionaba en una bodega que pertenecía a don Gregorio Maturana, él arrendaba ese local desde hacía mucho tiempo, de lo contrario nadie habría visto una sola película en el pueblo de Punitaqui. La bodega en mención era bastante larga, de adobes como cualquier construcción antigua de la población, comenzaba desde una puerta ancha que daba directamente a un corredor interior en forma de L conectado a un pequeño patio, en ese corredor había varios cuartos, uno de ellos el dormitorio de don Gregorio y de su esposa Rosa, mujer bajita, rechoncha, medias largas y oscuras que cubrían sus piernas, usaba delantal y vestidos algo amplios, un tanto largos, en esas épocas (en los años cincuenta) los vestidos cortos cubrían por lo menos una cuarta más debajo de la rodilla. Una moña con forma de tomate, abultada, completaba la figura de doña Rosa quien por lo menos tenía un par de lunares grandes en las mejillas. Años después en esa misma casa compartiría agradables momentos con la profesora, señora Marta Maturana y don Agustín Guamán, grandes amigos, con el último teníamos ideología similar, pese a la enorme diferencia de edad, sosteníamos largas e interesantes conversaciones, antiguo sargento de carabineros, un camarada, un amigo, todo un caballero.

A partir de ese portón mencionado, empezaba el teatro, en plena vereda junto al callejón que llegaba hasta el estero y cruzándolo, quedaba Pueblo Viejo, embrión del actual Punitaqui. La bodega tendría unos 6 metros de ancho por unos 30 de largo y no menos de 5 de alto, con techo de zinc, trato de calcular su tamaño cerrando los ojos y reproduciendo una fotografía mental. En la parte trasera de la sencilla sala había una caseta pequeña, a ella se accedía a través de una escalera de madera con peldaños, fija, con entrada independiente a través de otro portón grande cubierto por planchas de zinc, hasta ahí llegaba el límite del teatro de los Campitos, completamente oscuro, con dos accesos para el público: una puerta pequeña, normal, por ahí se entraba. El otro lo constituía un portón, cubierto de hojalata para contrarrestar la acción de la humedad y la lluvia, casi en el centro de la pared larga, solo se abría cuando terminaba la función. Ese portón en otros tiempos había servido para guardar algún automóvil, incluso habían quedado los vestigios de las huellas de los neumáticos tal vez por décadas, justo en la entrada construida de cemento para igualar el nivel con la vereda. Seguramente el vehículo había ingresado salvando esa pequeña pendiente cuando el cemento no estaba completamente seco.

Al fondo de la sala estaba el telón que se me ocurre hecho con la misma tela blanca que se confeccionaban las sábanas. En la caseta independiente existían dos o tres huecos de unos 30X30 centímetros, prácticamente cuadrados, que servían para la proyección de la película. El cine disponía de una sola máquina, razón por la cual se unían dos rollos de película, cada uno tenía una duración de entre 12 y 13 minutos y cada vez que finalizaba su proyección, se encendían las luces –a veces en lo mejor de la película. Pero eso no era todo, existía una segunda sala de cine en el mineral de Los Mantos, a unos 5 kilómetros de distancia y era la misma cinta la que se exhibía el mismo día, simultáneamente, con una ligera diferencia de horario. Con un buen ciclista se solucionaba el problema, ese joven literalmente “volaba” con el rollo de película de un teatro a otro, en el interior de un bolso de tela gruesa con un tirante que se terciaba en el hombro. Se jugaba con el tiempo para no descontinuar la función, si alguna vez se produjo un atraso, venía la rechifla ensordecedora. Alguien comentó en cierta ocasión que en la época de don Hugo Véliz, el operador del cine punitaquino a quien conocían por Manasé, casado con la Bertila –hija de doña María del Cerro- tuvo un percance un tanto grave, se le quemó un rollo de la película, prácticamente ardió y eso ocasionó un tremendo problema. Primero se perdió absolutamente la trama del film y segundo, ignoro como enfrentaron el asunto con el Teatro Nacional de Ovalle que alquilaba mediante un convenio las películas al cine punitaquino.

Después de ese percance los Campitos se metieron en el negocio del teatro y el operador de la máquina era el Ñato Astudillo. Uno de los hermanos Campos, el Conde (de nombre Alfredo) bastante lacho –término común para calificar a los hombres enamorados- se instalaba en la boletería y Segundo, el mayor de todos, en la portería, también podía ser el Pepe, Sótero siempre vigilante, preocupado de los detalles, encargado de buscar los muchachos que gritarían la película, y Beno en la parte técnica, solucionando cualquier desperfecto, poniendo los discos –negros, de acetatos- de 78 revoluciones por minuto, en un tocadiscos antiguo, conectado a parlantes, durante épocas había que cambiarle una pequeña aguja para que sonara bien la melodía, es decir una aguja no servía para más de cuatro o cinco canciones, después aparecieron las agujas permanentes de mucho más durabilidad. Glen, el menor de todos los hermanos también colaboraba en el trabajo y Manolete no dejaba de hacer acto de presencia. El boleto correspondía a un papelillo de color rosado o verde, en 1958 por cinco pesos se entraba a galería, corridas de bancas hechas con tablones gruesos, más o menos lisos a fuerza de cepillado, de color café, con forma de escalera que culminaban en una tarima sobre la cual también se ubicaba al público si la función estaba llena. Ese sistema de galería comprendía un grupo de bancas a la derecha y a la izquierda, separadas por un pasillo no muy amplio. Unos metros más adelante había dos grupos de sillas correspondientes a la platea, separadas por el mismo pasillo. Cada silla era de madera y totora, tanto en la parte del asiento como el respaldar, identificada con una letra y un número: A1, A2, A3 y así sucesivamente, el número y letra entregaba el boletero junto con la entrada de color, impresa con el precio, el tipo de negocio al que correspondía el teatro y uno que otro detalle de tipo comercial. La platea debe haber estado conformada por unas cincuenta a sesenta sillas. Yo era el impúber intruso, me metía y salía de ese teatro cuando quería, mis amigos jamás me cobraron la entrada, por ello ayudaba, a veces poniendo discos de acetato –canciones de moda. O acomodando al público en la platea a medida que llegaba, todo en medio de la música a alto volumen que venía desde la caseta, en la parte posterior, donde el parlante se ubicaba en un mástil de varios metros de altura.

Cada película era una fiesta, Norma. Al principio daban tres funciones a la semana incluyendo sábado y domingo. Las clases en la escuela terminaban a las cinco de la tarde y de ahí mismo salían los gritones que ganaban la entrada sin costo, su tarea era anunciar la película valiéndose de una corneta o bocina de hojalata bien gruesa, oxidada y completamente lisa a causa del uso, una especie de megáfono artesanal, el resto lo hacía la fuerza de los pulmones mediante un llamado de atención al público. Más de alguna vez también me sumé a esos gritones solo por novelería. El anuncio era el mismo, sin ninguna variante, más o menos decía lo siguiente: “Atención señores. Hoy en selecta y noche, se pasa esta gran película mejicana: El Charro Inmortal, con la actuación de Jorge Negrete y María Félix, además de Carlos López Montezuma. En technicolor”. El grito de los escolares se escuchaba a través de toda la calle larga. Si la película era buena, se repetía la función para otro día, ahí el encabezamiento del estribillo variaba ligerísimamente, y luego del “Atención señores”…se agregaba “a pedido del público”…recuerdo que un film mejicano, “La hija de la otra”, se exhibió cuatro veces.

La mejor película se ofrecía el domingo, en ciertas ocasiones estaba acompañada de una serie que duraba unos 15 o 20 minutos entregada al público por capítulos, imposible olvidarse de “Rin-tin-tin”, “La montaña misteriosa”, Marcelino pan y vino, y otras cuyo nombre no recuerdo. También se exhibían películas de Tarzán, de cowboy que solían tener tres tipos de protagonistas: el principal, lo denominábamos “el joven o el jovencito”, el o los bandidos y los indios que emitían gritos característicos. Flash Gordon y la invasión de Mongo, no sé si “Durgarrani, la reina de la selva” o más charros con las típicas canciones mejicanas en medio de las serenatas: Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, Tony Aguilar y otros. Para la película comprábamos un peso de turrones envueltos en papeles delgaditos de colores, con los mismos que se hacían los volantines o cometas. La golosina la hacían en su propia casa los Alvarez de la calle Carrera, el Nivaldo (si mal no recuerdo el nombre), a quien apodaban El Chuncho, llegaba al teatro con una canasta de mediano tamaño colgada del antebrazo. Por un peso daba diez turrones, a veces se aparecía un vendedor de bollos, pan dulce amasado en casa, con huevo y leche, de excelente sabor. Tú eras más pequeña, Norma, quizás conserves en tu memoria los títulos de otras películas.

La calle del teatro, que moría en el estero, (estoy olvidado del nombre por el mucho tiempo transcurrido) vivía su existencia con sus propios protagonistas. Por la misma vereda izquierda del teatro, en dirección del estero, vivía el verdulero José Echeverría, durante años ocupó una modesta casita, salía a vender los productos en una carreta pequeña que arrastraba un burro, era carero. Poco más abajo, se encontraba un callejón estrecho que alcanzaba la parte de atrás de los patios de las escuelas de niños y niñas, números 16 y 17, respectivamente. Al final de esa callejuela estaba la casa de doña Meche Cepeda, ahí vivía su hija Olga y el famoso Negro La Habana, me da la impresión de que tenía algún problema de capacidad intelectual, sin llegar a ser tonto, peor retardado mental. Tranquilo, demasiado respetuoso, también estuvo en la escuela pero creo que le costaba aprender. Tenía la piel oscura mas no era de raza negra. En la misma calle más abajo de ese callejón, había un par de casas más pero no sé quienes eran sus ocupantes.

En la acera de la mano derecha, contraria a la del teatro, también partiendo de la calle Caupolicán en dirección del estero, en plena esquina, existía el local de don Víctor Santander (su padre se llamaba Daniel), carácter apacible, hombre entretenido, conversador como él solo, vendía cerveza, vino, pisco y todo tipo de refrescos, creo que alternaba su actividad con la venta de revistas. El local lucía adornado con afiches multicolores de algunas marcas de gaseosas, ahí aprendí lo que era un jote, vaso de vino tinto mezclado con Pepsicola, una Pilsener con punta, cerveza blanca con una medida de pisco, el efecto se iba rapidito a la cabeza. Don Víctor manejaba su propia cantina y en ella se tejían las conversaciones con los parroquianos durante horas, se me ocurre que ahí nadie se aburría, pocas veces la visité, si lo hice fue por aceptar una invitación, en época de vacaciones estudiantiles.

La casa siguiente a la de don Víctor pertenecía a Vicente Rojas (de sobrenombre Bicho Moca), padre de Hugo, un amigo de la infancia con quien compartimos unas cuantas maldades por muy poco tiempo, compañero de escuela, una vez quemamos 20 fardos de pasto seco y en otra ocasión en que las empleadas de mi casa pidieron que fuéramos a la higuera –a unos 150 metros de distancia- a sacar higos, así lo hicimos y casi llenamos una pequeña carretilla de madera, pero se nos ocurrió orinar en la fruta. Las mujeres se dieron cuenta después de echarse cada una un higo en la boca, sabía a sal. Nosotros escapamos, riéndonos. En la casita de Hugo, muy modesta, vivía Adela, Rosa y otros nombres de sus hermanos y hermanas que se me van del entendimiento, recuerdo que don Vicente bebía demasiado. Nunca supe qué fue de esa familia. Metros más allá, se encontraba la casa de don Audo Tello, creo que se dedicaba al negocio de venta de telas y cortaba el pelo. Y, más abajo todavía, existía un sitio especial que difícilmente olvidarán los punitaquinos, el local de doña María Egaña, casada con don Pedro Pizarro, hijo de don Federico Pizarro, era un cabaret donde siempre había alguna niña con tarifa para atender a los varones. Allí trabajó algún tiempo en el oficio más antiguo la famosa Sin Destino y la Mery, (oí comentarios de que al final las dos enfermaron de sífilis y tuvieron que tratarse un buen tiempo con medicamentos específicos), mujer atractiva que asomó quién sabe de donde, pero ahí estaba, dispuesta a entregar un puñado de amor a cambio de dinero. Incluso ayudaba en la ramada que doña María levantaba para el 18 de septiembre, detrás de la plaza del pueblo. Era bonita la Mery, enseñaba una sonrisa tímida mezclada con un leve gesto de picardía, cosas muy de ella posiblemente asimiladas en tierras nortinas. En la casa de doña María –a quien apodaban la María Pintada, se me ocurre por el maquillaje que ella utilizaba junto con sus “niñas”- vivían sus hijos: Digna, Alba, El Poroto y el Pimán (Pedro Edgardo), el último es otro personaje del pueblo, con quien fuimos compañeros de escuela, siempre cantaba una canción cuya letra hablaba de “mi abuelo y sus caballos”. Trago largo el Pimán, más de alguna vez nos pegamos unas cuantas copas. Recuerdo muy bien el apodo de otras prostitutas famosas que desfilaron por otros cabaret de la calle larga, en el de doña Mena fue afamada La Cara de Combate, su verdadero nombre era María, la causa del sobrenombre se debía a que podía satisfacer a los que quisieran estar con ella. Decían que una vez recibió a ocho clientes, uno tras otro. La Perra Laica, otra ramera, se apareció en el mismo año en que los rusos enviaron un satélite al espacio con un perro hembra que respondía al nombre de “Laica”, animalito famoso en el mundo, a ella se la encontraba en el local de doña Rosa Neira, casada con don Julio, rengo de una pierna, tocaba la guitarra y cantaba con voz destemplada, doña Rosa era abuela del Lolo Neira, hermano de la Idolia, niña blanca, pelo rubio, agraciada, ambos asistían a nuestra escuela. La Perra Laica era una mujer blanca, bajita, de caderas anchas, pelo castaño, de cierto atractivo, recuerdo que tenía las piernas ligeramente arqueadas, El Caco alguna vez estuvo con ella. La Jeta de Callapo, mujer de piel blanca, cara redonda, cabellos claros, cuerpo bien llenito, llegada de alguna parte a Punitaqui, el apodo respondía a sus labios gruesos rojizos, comentaban que entre varios acordaron darle un poderoso afrodisíaco mezclado con refresco, al poco rato la mujer reaccionó pidiendo sexo a gritos y por lo menos hubo siete para ella. Cuando yo escuchaba esos comentarios, no pasaba de los 12 años. La Jeta de Callapo se encontraba en el local de don Lorenzo Villalobos, muy cerca de La Planta.

Y por la misma calle del teatro de los Campitos bajé una noche de bohemia, luego de pasar horas y horas en las ramadas, cuando me amanecía de claro en claro sin tomar una gota de alcohol, ya había dejado de beber y no tenía más de 24 añitos, pero como había comenzado a libar a los 15, apenas un adolescente imberbe, a veces sentía que había bebido mi cuota por lo menos hasta el año 2020. Eran los estertores del invierno mas el frío mordía, un suéter grueso y un chaquetón negro de castilla, de pelo súper tupido me ayudaban a contrarrestar el hielo penetrante. Sin querer estuve envuelto en un compromiso de varón por culpa de mi buen amigo, otro ex-compañero de escuela, el guatón Bacho, en ese tiempo era delgado, luego engordó terriblemente y se dedicó al negocio de las ramadas (en el Gran Santiago les llaman fondas, famosas en el parque Cousiño). Esa noche septembrina él andaba con dos chicas bastante desengañadas, pero el amigo pícaro me dejó la que era el doble más desengañada que la suya, “federica” con ganas, ni siquiera me acuerdo del nombre. Ellas hablaban de Serena, Coquimbo, al parecer estaban de visita en Punitaqui y cayeron en las manos del Bacho y él –bien mandado el desgraciado- me embarcó en el compromiso de acompañarlas hasta la casa para que no caminaran solas en la noche. Los cuatro caminamos tranquilos por la calle hasta llegar al barrio de Abajo, luego seguí a la otra pareja que iba un poco más adelante, alcanzamos el estero. Pensé que las niñas pernoctaban en Pueblo Viejo, en ese momento no sé porqué se vino a la mente la figura de la Pía, vivía en una casa esquinera, frente a la Rebequita, una chica poco risueña, no muy alta que no pasaba de dieciocho años, pelo suelto de color castaño, lacio, y a quien yo encontraba ¡tan sensual!, nunca le dije nada pero jamás se me ha olvidado la expresión de su rostro, mas a esa hora la Pía estaría metida en su camisa de dormir, cubriendo su cuerpo que ya comenzaba a ser de mujer, entregada al sueño. Muchas veces he evocado a la Pía, su recuerdo me sabe a aquellas cosas inconclusas que no han sido derrotadas por los años, a lo mejor un día la encuentro para tomarnos un helado, estoy seguro que en el fondo de la copa veré su rostro de labios finos, su mirada sexy, volveré a sentir su afán por aumentarse la edad que ahora se estará quitando, y la veré como antaño, y también a su inseparable prima, me las imaginaré en el viñedo de mi viejo en una mañana veraniega, completamente soleada, cuando las invité a comer uvas. Tengo idea de que la otra chica se llamaba Alejandra, yo simplemente las encontraba guapas, tenían esa belleza pueblerina, una inquietud de mujer que recién comenzaba a despertar. Un atractivo demasiado sano en comparación a las muchachas santiaguinas completamente metalizadas de aquellas épocas de estudiante de liceo en la capital gigantesca, de noches tentadoras, de cabaret, cafetines y bares que vendían cerveza helada de barriles, afuera en la noche fría o calurosa estaban las patinadoras listas para el comercio sexual, eran las chicas callejeras que se paraban en sitios estratégicos, con falditas diminutas que no cubrían nada y mostraban todo, hasta la ropita de colores, ellas siempre estaban dispuestas a amar por dinero en la penumbra de un hotelucho, en medio de un ambiente sórdido mezclado con risitas y palabras plásticas. Nunca más he vuelto a ver a la Pía, la siento lejana en el tiempo pero no olvidada. Ahora que han pasado décadas, siento que la Pía con aroma de mujer adolescente es una pincelada a las nostalgias.

Esa noche con el Bacho llegamos a Pueblo Viejo y no me preocupé mayormente pensando que ahí estaba nuestro destino. Por una de esas calles totalmente oscuras venían dos borrachos y uno me reconoció, era el guatón Valdivia, hermano del Cucho, del Lalo, de Eva, del Tato, del Marco, nombres de algunos de los cuantos hijos de don Hugo, los que más conocí (creo que también había una Regina). Traía una botella de pisco puro en la mano e insistió en que bebiera, disimulé hacerlo como en mis buenos tiempos, a pico de botella y parecía que tragaba una buena cantidad de líquido sin tragar nada. La pareja de “curados” en la penumbra no se dio cuenta del simulacro, el guatón me dio un abrazo cariñoso y continuó su camino satisfecho, diciendo algunas palabras que no entendí, mencionando mi nombre con expresión satisfecha. El Bacho siguió caminando con su chica, enfilaron hacia el cementerio y recién comprendí que las chicas iban a El Toro. Cómo me repelé, cuánto me arrepentí pero nada podía hacer, en mi interior solo culpaba y renegaba del Bacho. La caminata fue demasiado larga, bajo una noche estrellada y gélida, sin luna, la huella de los vehículos blanqueaba y por ella nos guiábamos. Retornamos como a la cinco de la madrugada a Pueblo Viejo, muertos de frío y sin comer, la casa de mis padres quedaba muy distante. Dormí y desayuné en la casa del Bacho, como nos reíamos al día siguiente del chasco que nos pegamos. La última vez que estuve con él, lo primero que dijo fue: “si no tienes dinero, aquí hay crédito abierto para ti”. Fue en su local que abrió en la antigua casa de don Pedro Pérez. Hace 24 años que no veo al guatón Bacho.

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El Bacho, muy conocido en Punitaqui varios años organizo las ramadas para el 18 y año nuevo, también en los ochenta estuvo a cargo de la agencia de colectivos y vendia revistas y diarios en una motocicleta. Despues emigro a Calama o otros tantos otros.

Si un dia visitas Calama, es muy porbable que lo puedas encontrar, es un comerciante bien conocido.

Saludos.

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