Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXI - Las cartas de La Esmeralda

La Esmeralda, vehículo con nombre de mujer o de aquel barco del que tanto habla la historia chilena, era parte de la vida de la calle, de ese pueblo legendario que ya no es desconocido en el resto del país. Es que yo conozco el sur y también el norte, desde aquella época de los veinte años en que, mochila a las espaldas, un generoso puñado de pesos en el bolsillo que proporcionaba mi vieja, dinero que debía alcanzar para dos porque lo compartía con mi amigo Paquetón, “halando dedo”, nos robábamos las carreteras y nos perdíamos semanas. Cuando aguardábamos a la salida de cada ciudad, pueblo o caserío diminuto, por algún camión cargado cuyo chofer comprendiera nuestra sed de aventuras y tuviese la voluntad de llevarnos. Anduvimos miles de kilómetros y nunca nos topamos con un pueblo parecido. El mismo Paquetón, santiaguino puro, lo afirmaba y añoraba a Punitaqui mientras preparábamos una olla de tallarines con atún a un costado del camino y bebíamos un poco de agua de cualquier río. Con Paquetón hicimos dedo desde Santiago hasta la isla de Chiloé y, cruzamos un enorme brazo de mar en ferry boat, para llegar a Ancúd y Castro. Viaje lleno de peripecias que duró casi cincuenta días.

La Esmeralda era un camión de transporte de carga y de pasajeros, de color azul y verde, en aquella época en que en el pueblo no había buses todavía. Cada vehículo tenía su nombre y sus pasajeros que los preferían: El Patito, de don René Olivares, El Noble, de don Alfredo Días, El As, de don Samuel Sarmiento, El Cholito, de don Cesáreo Álvarez, el Torito, de don Óscar Rojas. En cualquiera de ellos se podía viajar a la ciudad vecina, tenían sus propios colores y distintivos. Para viajar sentado y no mezclado con la carga, sólo había que reservar el cupo hablando previamente con el dueño. El más tradicional de todos era La Esmeralda a la que también llamaban la góndola. Con un pito característico que su propietario de nombre Juan, hacía sonar a medida que rodaba por la calle. Era inconfundible y los niños, cuando pasaba, no podían dejar de exclamar: “¡La Esmeralda!”. También era el camión correo, el único que mediante un contrato con la oficina de correos, podía recoger la valija de las cartas. Recuerdo que estaba confeccionada de lona gruesa, oscura, que aguantaba estoicamente el maltrato. Gracias a don Juan los punitaquinos podían leer cartas, aquellas misivas que venían desde lejos, del Norte Grande, de los minerales de cobre, las que enviaban los hijos a su madre contándole de sus cosas. En más de una ocasión la destinataria era analfabeta, pero igual, ésta buscaba a la vecina para que se la leyera y ahí surgía el comentario, lleno de orgullo: “mi hijo está bien, ganando buena plata. Me cuenta que pondrá un giro, que dentro de unos días vaya a retirarlo del correo”. Y también las lágrimas de tristeza por la distancia. “Yo no quería que se fuera, pero este diablo ya había cumplido veinte años. Salió del servicio militar y me dijo: “mamita, quiero ir a ganar dinero”. Y se fue vecina, sacó un pasaje en tren y se mando a cambiar. ¡Dios guarde a mi niño!”.

Y cuando llegaba una de esas cartas, Norma, ningún hijo era bebedor, ninguno era de malos sentimientos. Todos los jóvenes eran buenos. Y esos muchachos para las fiestas patrias o por fin de año, retornaban al pueblo de visita, gastando a manos llenas, pidiendo cerveza hasta cubrir la mesa con botellas, y pedían una mesa adicional para poner las botellas vacías, invitando a beber a todo el mundo. Quien no bebía en el pueblo, no era bien hombre. El que tenía “buena garganta” le sobraban los amigos. A uno de estos varones de pelo en pecho, le decían El Loco Tello, compañero de la escuelita. De nombre Roberto, pero todos lo conocían por el apodo. Lo recuerdo decidido, el más alto de la clase, el mismo que se iba de una sola carrera hasta su casa que se encontraba a dos kilómetros o más. Llegaba en poco tiempo, sudando, con los libros bajo el brazo. Cuando no quería caminar, se agarraba de cualquier camión, él no necesitaba hacerlo parar. Simplemente lo cogía “al vuelo”. Muchas veces temerariamente, solía colgarse del borde de la compuerta de los carros que acarreaban metales y los pies, los ponía en la llanta de emergencia. Tragaba polvo pero se ahorraba la caminata, en ese caso los cuadernos los colocaba entre el pecho y la camisa, bien abotonada para que no se cayeran. A la altura de su casa, corría un poquito sin soltarse de las manos y terminaba su improvisado y peligroso viaje, con la boca y ropa empolvadas.

El Loco Tello era medio raro, gran jugador de bolitas y también bueno para pelear. Rebelde como él solo, aparentemente tranquilo y de pocas palabras. Cuando hablaba, daba la impresión de que tartamudeaba ligeramente. De rostro algo pecoso, un mechón de cabellos le caía siempre en la frente No tenía mucha paciencia y era un muchacho de “malas pulgas”. Lo demostró después, cuando le toco el servicio militar y como el mismo contaba, insultó a un oficial y creo que hasta le dio un par de puñetazos. Eso le costó quince días de calabozo y dos meses de actividades extras sin salir ningún fin de semana. Ahí se hizo algo más prudente, un poco más tolerante, aunque en su propio interior quizás se remordía por los esfuerzos que realizaba. Para ese entonces El Loco ya no peleaba solamente a puñetazos, sino que sacaba una cuchilla de hoja grande con mango de incrustaciones de concha y perla, que empezó a llevar en uno de los bolsillos del pantalón. Cuando sucedía eso, la pelea debía ser a “cuchilladas limpias”. En una oportunidad El Loco enseñó la chaqueta de un terno completamente rasgada, hecha flecos. “Cuando se saca el cortaplumas, no tiene que ser para guardarla segundos después, sino para usarla y así no quedar de maricón”, comentaba El Loco. Y explicaba como había que envolverse el brazo libre con la chaqueta para parar los tajos del contrario. No me olvido que en el brazo también tenía algunas señales frescas todavía, una de las últimas veces que lo vi. Algunos amigos decían que El Loco tenía algunas chaquetas destrozadas a tajos. Cuando El Loco veía que el rival no le ofrecía mayores dificultades, lo arreglaba a golpes de puños, de lo contrario quizás para impresionar, sacaba el cortaplumas que por lo menos medía una cuarta y lo clavaba en la mesa de un golpe seco y con un movimiento brusco, incorporándose, la silla iba a parar al suelo. De inmediato se quitaba la chaqueta que envolvía a uno de los brazos. No se necesitaba más para la pelea, el contrario lo aceptaba o se iba con “el rabo entre las piernas”.

Cuentan que en la última riña, El Loco sacó la peor parte. Se fajó a tajos con otro nortino bien plantado que había peleado unas treinta veces navaja en mano. Le apodaban El Zurdo, y era también de la zona de los viñedos, del Valle de Huasco, por ahí donde comienza el Norte Grande. Dijeron que El Zurdo estaba acostumbrado a ver sangre porque de chiquito le ayudaba a su papá que trabajaba de matarife en el pueblo, despostando reses todos los días. El Zurdo se crió con el cuchillo en la mano. A los cinco años curioseaba cuando su padre junto con su tío afilaban unos cuchillos de quince pulgadas en un esmeril de mano. El, demasiado pequeño, hacía girar el aparato con las dos manos, y le daba manivela y manivela. A los ocho años ya sabía como debía afilarse la herramienta de trabajo, que en mano de un matarife se tornaba peligrosa, incluso mortal si le daba otro uso.

El Zurdo se había quedado sin mamá que murió apenas nacido, pero ahí estuvo el pecho de la tía para amamantarlo, la mujer le daba seno aunque no tuviese leche, y le preparaba mamaderas. A ella El Zurdo la quería, admiraba y respetaba. Su padre y el tío, bebían con frecuencia, y El Zurdo no salió distinto porque conoció ese ambiente lúgubre y frío de los mataderos, donde sacrificaban varias reses en cuanto empezaba a despertarse el día. Y cuando llegaba el fin de semana, la farra del tío y del papá se cumplía con religiosidad. Bebían vino copiosamente, las diez de la noche ambos estaban completos y El Zurdo debía ayudarles a caminar, sin desampararlos un segundo hasta que llegaban a casa.

El Zurdo se hizo hombre demasiado a prisa. Mientras sus amigos jugaban a la pelota en plena calle, él andaba siempre con sueño porque a las cuatro y treinta de la madrugada ya estaba en pie, camino del matadero municipal, con un mameluco de tela azul y unos zapatos viejos que quién sabe cuándo habían perdido el color. Era la tenida de trabajo, tiesa y desagradable porque olía a sangre de res. El sábado, la tía le ponía un pantalón habano de gabardina con una camisa del mismo color y como para seguir la costumbre de los mayores, una faja verde que su madre postiza mantenía lista y limpia para su niño, para el hijo que le había dado el destino, mas no la naturaleza que le negó la posibilidad de parir. El Zurdo, un día se cansó de matar reses. De degollarlas con el filudo cuchillo, de meterle un punzón de hierro en la frente, a golpe de martillo, a los toros más duros. Ajustó lo veinte años y dijo: “mamá, me voy más al norte, a trabajar en las minas”. Era un sábado por la tarde y de los varones ni siquiera se despidió. No valieron los ruegos ni el llanto de la mujer, El Zurdo arregló maletas y recibió como regalo una faja nueva. El Zurdo tomó el tren de las seis. En el boleto decía: Vallenar-Antofagasta. El puerto era su destino final, de ahí tendría que arreglárselas para alcanzar Chuquicamata, el mineral grande de cobre.

Y en un cafetín de Chuquicamata fue donde se trenzó a cuchilladas con El Loco, como acostumbraba a hacerlo en su tierra, de la faja nueva que le regaló su madre, sacó un corvo filudo como hoja de afeitar. El no se iba a achicar porque no era ningún marica. Había nacido en las pampas y ningún pampino se acobardaba. El Loco lo estudió cuidadosamente cuando vio el cuchillo en la mano de El Zurdo y se dio cuenta de inmediato que estaba ante el rival más peligroso que había conocido. Y el corvo, reluciente, sólo le indicaba que tenía filo como para cortar un pelo en el aire. El Loco había sido testigo una vez cuando un peleador de cuchillo dejó con las tripas afuera al contrario de un solo tajo con el corvo. Pero el desafío estaba declarado. El Loco tampoco echaría pie atrás. Y fue el primero en quitarse la chaqueta que enrolló en el brazo libre. Todos le abrieron campo y El Loco en medio cuarto, mientras los demás corrían mesas y sillas a la pared. El Loco con su metro ochenta no logró amedrentar a El Zurdo que tenía siquiera diez centímetros menos de estatura. El Zurdo empezó a acercarse despacio, observando fijamente a su contendor corvo en mano, El Loco saltando, como cuando boxeaba en Punitaqui, con la navaja que daba mil detellos. Pero se le había borrado la sonrisa, su rostro denotaba un rictus siniestro, sólo el mechón le quedaba en la frente, que se agitaba a medida que bailaba, a medida que El Loco brincaba frente a El Zurdo. “Será tan bueno”, pensaba El Loco. No obstante una riña de cuchillos no era nada nuevo para él. Jamás le había faltado agilidad ni rapidez, además, El Zurdo parecía ser lento. Al menor descuido ¡adiós zurdo! No se lo perdonaría y le metería la navaja, no lo mataría pero le daría una lección. A él nadie le faltaba al respeto, desde pequeño andaba con navaja en el bolsillo aunque fuese para defenderse de algún perro bravo y para sacarle punta al lápiz en la escuela.

El Loco tenía algunas peleas de cuchillo en sus memorias, pero nunca se imaginó que se las vería con un matarife, con un despostador que había degollado centenares de reses, fastidiado de oler sangre, acostumbrado a verla todos los días, desde que cumplió cinco años. El Loco alcanzó fácilmente con su primer tajo la parte superior del brazo derecho de El Zurdo. Chorreó la sangre, pero eso no bastaba. El Zurdo parecía ser mucho más seguro y calmado, peleaba sin nervios. Hubo momentos en que los dos se trenzaron, que chocaron los cuchillos y cuando se separaron, sangraban de los brazos y El Zurdo tenía un ligero remellón en el dorso de la mano que sostenía el corvo. Y El Zurdo no le dio tregua, se acercó más ligero de lo que El Loco se imaginaba y otra vez chocaron, cuerpo a cuerpo. Rodaron por el suelo asestando puñaladas y uno solo se levantó: El Zurdo que chorreaba sangre de una mejilla. El Loco en el piso, su gigantesca cortaplumas tirada. Con la mano derecha se taponaba un corte profundo justo en el lado de la yugular. Medio centímetro más y El Loco no contaba el cuento. Ahí se acabó la pelea. El Zurdo limpió el corvo en su propia camisa y volvió a guardarlo entre la faja. El Loco trastrabillando, pensando que se moría, caminó al hospital.

El Loco hablaba de su odisea tiempo después, y lo hacía con temor, como si estuviese arrepentido. Había estado muy cerca de la muerte. Enseñó la cuchilla grande, la cicatriz y la chaqueta de la última pelea que guardaba de recuerdo. “Nunca más pelearé a cuchillo”, dijo. Y cumplió su promesa.

El Loco también había escrito a su madre y la carta le llegó en la valija que traía La Esmeralda. Es que ese viejo camión podía traer las buenas y las malas noticias. Y aunque ésa no fue funesta, la madre seguramente sufrió al saber que su hijo casi muere, que estuvo varios días recuperándose de las heridas de la pelea.

El Loco debe estar en alguna parte, Norma, pero no don Juan. Tampoco se volvió a escuchar en la calle la bocina de La Esmeralda

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Hola Iván:
Tus relatos son historias cercanas. Creo que cuando llegamos a estos años de individuos mayores nos invade la nostalgia, que nos obliga a recordar lo que fuimos, los proyectos de vida que teníamos, lo que pudimos ser, lo que no fuimos, a enfrentar lo que somos. Me alegro que recuerdes con tanto cariño a doña Carmen Maluenda, mamá de tus amigos. Fue una mujer humilde y generosa. Ha sido bueno tenerte como narrador de estas historias.
Yo no sé porque nunca me di el tiempo para buscar los orígenes de doña Rosa Tapia. Yo tengo algunos apuntes del tiempo que la vi en su casa o caminando con su perro Chocolate ¿Tendrás su historia por ahí en tus archivos del recuerdo?

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¿Cómo te va Lala?
Hace horas que llueve en todo el callejón de los volcanes, en los páramos donde crece la flor de chuquiragua y los pajonales juegan con el viento, y también cae el aguacero en el trópico donde hay infinidad de orquídeas. Es invierno en febrero con choclos y naranjas, con papas y lechugas recién arrancadas de la huerta. Pensar que esta mañana hubo sol y el termómetro marcó 25 grados. Sé también que hace semanas te debo respuesta.
Enero fue pesado, tal vez demasiado doloroso, quizás por ello en enero no tenía que escribir. Pero llueve casi a tres mil metros de altura, ya no me agrada esta lluvia tan tenaz, porfiadamente persistente que terminó de ahuyentar hasta los gorriones que se me ocurre buscaron refugio en unos cuantos algarrobos cercanos.
A la mamá siempre se la recuerda con verdadera devoción, Lala, por eso comprendo la magnitud de tus vivencias, aparentemente cortas pero infinitamente largas en tu realidad. La evocación por una madre creo que nunca se torna vieja y las lágrimas de las reminiscencias por ella no se secan, vuelven a aflorar en cualquier esquina del tiempo. Pareciera que los años no transcurren ni se borran de las hojas del calendario, aunque creamos que se volaron con el viento hasta alcanzar el olvido, solo ha pasado el dolor y nada más. Cuando nos miramos al espejo podemos contemplar unas pocas arrugas más, incluso podemos acercarnos al final, pero el recuerdo de la mamá no muere, está esculpido muy adentro, en nuestros propios sentimientos, sin pliegues, para muchas veces asomarse en unas pocas letras nostálgicas trazadas en una carta azul o a lo mejor de color verde, como tú viste los ojos de doña Elena que yo recuerdo cafés. Tal vez ella estuvo en Valparaíso, y miró hacia el horizonte del mar en la misma época en que yo contemplaba los barcos hasta que se amalgamaban con la lejanía, cuando con la ayuda de un amigo marino trataba de conseguir una “carta de embarque” para treparnos en un barco que iba a Noruega.
A la Pinita, junto a sus amistades, la veo en una noche oscura, asustada, en la carrocería de un camión repleta de gente, iba mucho más adelante del pequeño grupo de amigos que me rodeaba, alguien aprovechó la ocasión en medio del tumulto para estirar la mano y la Pinita fue la afectada, creo que dio una cachetada al osado y estalló en llanto para luego abrazarse de mí. Costó calmarla, solo recuerdo que salíamos de la fiesta de El Peral y todo el camino de regreso no soltó el abrazo. Parece que la mano larga fue de Santos Castro o del hermano, entiendo que uno de ellos en esa misma temporada (septiembre) colapsó por el alcohol en una larga farra que duró muchos días. Se durmió y ya no despertó. Tienes razón, la Pinita era abnegación, entrega y pura bondad.
No me gustó el triunfo del magnate, Lala. Un cura de pueblo en el púlpito una vez decía que el rico es rico no porque comparte con el pobre sino porque le quita. No puedo creer en el gobierno de los poderosos que son tan débiles ante su propia ambición.
¡Qué interesante lo que escribes de don Hugo Gómez! Esa no me la sabía, el episodio del matrimonio falso es digno de don Chuma, creo que ese “mérito no se lo habrá quitado nadie.
Te envío mi correo (yosoydepunitaqui@gmail.com), quiero comentarte y preguntarte algo antes de ponerlo en el blog..
Llueve todavía.
Un abrazo.

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