Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXIII - Pueblo Viejo

Los dieciocho de septiembre me parecían increíbles, Norma. Cuando estábamos en la escuela anticipadamente sentíamos una alegría especial. Unos cuantos días antes la banda municipal ensayaba cada tarde con dedicación única, marchas alusivas a las festividades y algunas canciones populares cuya melodía se expandía por toda la calle. Cuando éramos niños nos preparábamos llenos de ilusión para participar de las fiestas patrias.

El dieciocho para los niños significaba la posibilidad de comer golosinas, ya sabíamos que aparecían los quesos de higo con nueces, los canastos con bollos, con dulces hechos con leche, huevo, rellenos con manjar que rebosaba, en esa fecha asomaba con un canasto cubierto por un pedazo de tela o paño blanco, don Juan Alberto, creo que vivía en El Toro, yo lo conocí veterano y siempre lo vi exactamente igual, parecía que no envejecía, vendedor ambulante, siempre tenía algo que ofrecer al cliente y ese algo lo sacaba del canasto, su herramienta de trabajo. Hombre tranquilo, de voz baja pero no gruesa, andaba con el famoso paletó, de tela más bien liviana aunque hiciera frío, era pobre y no tenía para comprar ropa de casimir. Nunca supe con quien vivía, quien le cocinaba su comida o lavaba sus vestimentas. No sé si era ciego o al menos daba la sensación de que veía muy poco, pestañeaba repetidamente, enseñando por la boca entreabierta, como si hubiese querido ensayar una sonrisa, los pocos dientes que le quedaban, por momentos se apreciaba una pequeña parte de sus ojos blancos, casi sin vida. Me agradaban esos dulces de don Juan Alberto, aunque a veces vendía frutas variadas, pepinos, manzanas, dependía de la temporada.

El dieciocho de septiembre para los niños daba la oportunidad de probar la suerte poniendo una moneda en un juego que llamábamos la rifa, consistía en un tablero cuadrado de buen tamaño, hecho de madera, sobre una mesa, pintado de un montón de colores, con dibujos variados: un sol, una luna, una estrella, el rostro de un chino, una serpiente, y otras figuras que no recuerdo. Pero no era todo, Norma, en el centro del tablero, había un dispositivo de metal, un orificio, donde iba una especie de eje pequeño de donde salían varias aspas, una rueda giratoria, en definitiva una ruleta que la hacía girar el dueño de la rifa, una vez que los jugadores hacían las apuestas. Se jugaba dinero, eran monedas que se ponían en cada punto escogido por la corazonada y cada uno esperaba por su suerte. Este tipo de rifa, un juego tan pueblerino que aparecía junto con los ruleteros en ciertas festividades –especialmente para el dieciocho de septiembre- se ubicaba al aire libre, junto a las ramadas donde la gente entraba a bailar y a beber hasta embrutecerse. El ruletero estaba sentado en una silla, detrás de la mesa cuadrada con el tablero de juego, al frente los apostadores, el hojalatero era uno de ellos, para las fiestas sacaba los sencillos y artesanales aparatos para convertirse en un improvisado coupier de pueblo. Este tipo de juego también interesaba a los niños, especialmente cuando los premios que se podían ganar eran alcancías de yeso de diferentes figuras de animales de colores vivos, ésas eran las ruletas frecuentadas por los niños, no en aquellas que se jugaba dinero, generalmente una sola persona ganaba, donde se detenía el aspa, ahí estaba el ganador. Recuerdo que el hojalatero, también era una especie de danzante que participaba en otras fiestas de pueblo, en La Higuera, El Peral, entre otros, tengo la vaga idea que a ese grupo de danzantes, todos varones, les llamaban los chinos, vestían prendas multicolores y daban unos saltos graciosos, acompañados de dos notas musicales: una, dos, una, dos, (alta y baja) algo monótonas, salían de una especie de flauta, el bailarín (si se lo pudiera llamar así) daba un brinco al ritmo del sonido musical, permanecía inmóvil unos segundos como si hubiese quedado paralizado, tieso, luego daba el otro brinco junto con soplar el instrumento que emitía la otra nota. El danzante continuaba avanzando en la misma forma todo el tiempo, el cuadro era parte de la comparsa, de la procesión que acompañaba a la virgen de El Peral, o a San Antonio, en el pueblito de La Higuera. En días cercanos a las fiestas, asomaba en Punitaqui un pequeño grupo de personas con la respectiva virgen como en una romería, llamaban la atención de los pobladores haciendo sonar un bombo, pedían dinero recorriendo toda la calle Caupolicán.

En cada dieciocho de septiembre los niños –según sus posibilidades económicas- podían lucir el terno, en otras épocas, de color negro o azul marino, oscuro, la otra opción era el café o el plomo, camisa blanca además de la corbata y los zapatos nuevos, que mucho más temprano que tarde quedaban entierrados. El desfile organizado por las escuelas de niños y niñas, encabezados por el cuerpo de profesores, era demasiado importante. Años ha salía desde el local escolar, casi al frente de la casa de don Raúl González, junto a la de don Pedro Araya, hasta culminar en la plaza con el famoso acto cívico, con discursos, recitaciones, y donde todos cantaban la canción nacional. Imposible olvidar las salvas de cañonazos que prendía don Custodio Alvarado, él se encargaba de despertar al pueblo a las seis de la mañana. Era parte de la costumbre punitaquina, los niños se sentían felices, los estampidos significaban el inicio de las fiestas, pero ahí no quedaban las cosas: el niño punitaquino tenía una diversión única que se daba solo para fechas como ésas, era la oportunidad de –si había algún dinero- de llenarse por lo menos un bolsillo de cuetes o petardos, mezclados con unas cuantas “viejas”, así llamaban a un tipo de petardo pequeño, no explotaba, salía disparado recorriendo y metiendo bulla casi a ras del suelo, don Humberto Rojas vendía y tengo idea que don Plácido Gallardo también, solo había que treparse en la bicicleta para ir a buscarlos, no olvido que el almacén de don Plácido también lo atendía su ahijado, Abel Olivares, otro buen amigo. Cuando era pequeño, siete a ocho años, nunca faltaron los petardos para divertirme. Sentía una extraña emoción de manipularlos, pese a ser peligroso, era la emoción que experimenta todo niño al manejar una caja de fósforos, en definitiva tener la capacidad de crear una llama. Siempre andaba ideando qué combinaciones hacer para luego hacerlos explotar, amarrar un petardo a una vieja, meterlo dentro de un tarro, de una caña, darle intervalos de tiempo a la mecha, algo que se lograba raspando la pólvora con la uña ¡qué divertido era prender cuetes y esperar el estampido!

Pensar que a los diecinueve años todavía hacía travesuras con los petardos. Nunca olvidaré que en una ocasión con el Ñelo, como a las seis de la tarde, solo por joder, decidimos andar toda la calle, prendiendo un cuete en el hueco de cada poste de luz, pero justo detrás de nosotros venía El Pelado Panadería, hermano del Nono y del Gabriel, quien caminaba parsimoniosamente, con elegancia. De tal forma sincronizamos la prendida del petardo, que El pelado debía esperar a que éste explotara, unos cuantos metros antes de llegar al poste. Así fue con todos los postes. Creo que tenía una funda con más de cien cuetes, los preparaba de uno en uno, lo metía en el hueco del poste y el Ñelo los encendía con un cigarrillo. Hicimos explotar petardos por lo menos desde la casa de don Carlos Galleguillos hasta la de don Santiago Nettle. Pasaron algunos años y El Pelado no se olvidaba de esa pasada.

¡Qué hermosos eran los juegos populares, Norma! Previo a las fiestas patrias circulaba no profusamente, yo diría que limitadamente, un programa que ofrecía una variedad de números, espectáculos en diversos sitios del pueblo. Ese programa impreso en cuatro páginas de color verde o rosado, daba a conocer detalladamente cada evento.

Los juegos populares se extendían hasta Pueblo Viejo, que en definitiva era como el embrión de Punitaqui. Nunca viví en Pueblo Viejo, no era mi lugar natal pero hay que reconocer que tenía un verdadero trazado urbanístico, no caprichoso en sus formas sino simplemente ordenado, con sus calles cubiertas de polvo al igual que algunas de sus veredas, a veces éstas se fusionaban con la calle, otras estaban muy bien delineadas. De vez en cuando enfilaba la bicicleta hacia allá cruzando el estero en compañía del Ñelo que me secundaba en todas las andanzas. Años antes en ese mismo pueblo tuve un amiguito de nombre Jorge Pinto (el menor de tres hermanos, los otros eran Hugo y Lolo), se llamaba igual que el papá, su mamá era doña Raquel, ambos profesores. Ese amiguito, a quien todos le decían Coco Pinto, más de alguna vez fue a mi casa y compartíamos juegos, yo tenía dos carretillas de madera hechas por las manos de mi padre, le obsequié una y me quedé con la otra. Fue una amistad fugaz, sus padres pidieron el traslado a la ciudad y abandonaron Punitaqui, al final fueron a parar en Antofagasta. Transcurrieron algunos años y durante unas vacaciones de verano repentinamente apareció el Coco Pinto, de terno oscuro, con marcada pinta citadina, metido entre los mayores con escasos catorce años, un cigarrillo encendido entre los dedos, sentado en una mesa con alguna ponchera y unos cuantos vasos, encontré agrandado al Coco. No me reconoció, solo lo observé en silencio, yo era pueblerino todavía y él venía de la ciudad. Sé que ahora es un gran catedrático e investigador histórico con un Ph. D. obtenido en Inglaterra, vive en Temuco.

Pueblo Viejo quedaba al otro lado del estero, límite natural. Al pueblito yo lo sentía demasiado especial, apacible, único. La plaza tenía un cerco de pinos por los cuatro costados y adentro había árboles de pimientos grandes y añosos que suspiraban con las décadas, además de bancas de madera de color verde empotradas en el suelo o al menos a mí me parecían inamovibles, allí se realizaban los bailes de la Semana Punitaquina, en medio de aquellos antiguos árboles donde anidaban las tórtolas y los gorriones, ahí se sentaban aquellas parejas que hablaban en susurros, de promesas imperecederas que sellaban con un beso y que rara vez se habrán cumplido pero en el momento de formularlas, decían de cosas tan grandes como el mundo. En la plaza de Pueblo Viejo flotaban las palabras silenciosas de amores eternos que a veces duraban unas vacaciones de verano y después venía el olvido en medio del sabor nostálgico de la lejanía. Recuerdo a la Gabriela Flores quien fue reina de la semana punitaquina, una chica alta, delgada, pelo castaño largo y suelto, tez blanca, tranquila, demasiado tranquila. Olía a jabón y a colonia sencilla, sus besos de diecisiete años sabían a inexperiencia, a cosas que nunca le habían llegado, aún me parece verla en la quietud de la noche, confundida, resignada, en la arena del estero, bajo el puente de cimbra que llenó de entusiasmo a los punitaquinos, pensando en que de una vez por todas, o al menos por un largo tiempo, la gente de ambos lados ya no sufriría más el problema de aislamiento, incluso –más por novelería- ayudé a clavetear algunas tablas a un extraordinario amigo, don Carlos Pizarro, quien inauguró la obra impulsada por el Cuerpo de Bomberos, con un fogoso discurso. Todo fue efímero, la alegría duró poquísimo, una crecida del estero arrasó con el puente y los sueños de la gente.

La Gaby besaba con ingenuidad porque todavía era inocente, de piel suave, pechos pequeños, duros, sonrisa tímida, tiernamente sumisa, una flor intocada, casi silvestre. Jamás la irrespeté, se quedó en el camino como la conocí: intacta. Era la misma en una noche de invierno o verano, de una paciencia increíble, siempre me soportaba, esperaba aunque pasaran los meses. La lejanía parecía que se convertía en una promesa más firme mezclada con unas cuantas cartas que le llegaban de lejos, era suficiente para que aguardara. Había que aguardar, como que estaba predispuesta para ello. Apacible y fiel, pueblerina, del alma hermosa, abnegada, siempre he conservado recuerdos bellos de la Gaby y en más de una ocasión, cuando el dolor me ha asumido en las añoranzas, la he comparado con otras personas, entonces la evocación se ha transformado en consuelo. A veces esos recuerdos se fusionan a las letras de las canciones de Salvatore Adamo: Porque yo quiero, En bandolera o Cae la nieve. Cuando afloran esas evocaciones, fugazmente parece que ella retornara en el tiempo y vuelve a esfumarse.

Un día, repentinamente la Gaby se abrazó a distancias incomprensibles. Ya no hubo tiempo ni medidas. La Gaby se fue temprano, por esas cosas absurdas del destino la muerte la escogió a ella aunque dicen que la muerte no elige, simplemente llega y deja el vacío en aquellos espacios que la ausencia jamás podrá llenar. En mis recuerdos se quedaron los labios de la Gaby con un suave sabor de carmesí. Los míos, siempre le habrán sabido a Pisco Control etiqueta roja con jugo de limón.

Con mi amigo Ñelo, de niños y también de jóvenes, seguíamos el cronograma de los juegos populares al pie de la letra y al pie de las bicicletas, sin ellas no habríamos ido a ninguna parte. En Pueblo Viejo, justo donde quedaba el almacén de don Plácido Gallardo, se concentraban los niños dirigidos por un personaje imposible de olvidar: don Eduardo Robledo, carabinero jubilado. Todos los pequeños andaban detrás de él, no era para menos porque manejaba la plata de los premios. Era de un entusiasmo y paciencia únicos, no sé como se metía en semejante embrollo y algarabía, 20 o 30 niños participaban en los juegos, el hombre era justo, trataba de que todos jugaran y que los premios se repartieran equitativamente. Algunas de las pruebas eran el palo encerado, las carreras de ensacados, el huevo en la cuchara llevado con la fuerza de los dientes, el lavacara (lavatorio) enlozado de color blanco, con bastante harina tostada (máchica) que ocultaba muchas monedas, el niño debía meter la cara en la harina y con los dientes sacar cualquier moneda que luego sepultaba en el bolsillo de los pantalones. Todavía había otros juegos que mi memoria ya no registra. Los famosos juegos duraban tres días y se cumplían por horario.

Don Eduardo Robledo apareció sorpresivamente designado como jefe del retén de carabineros con el grado de cabo. Vivió en un par de casas pero se ancló en una que se encontraba junto a la casa de la Teresa Heredia y al frente de la vivienda de las señoritas Escobares. Se jubiló en el pueblo y después trabajó en Los Mantos no sé si como bodeguero, solía regresar cerca de la medianoche en su bicicleta, a esa hora siempre circulaba por la vereda. Cuando vistió el uniforme se mostró recto, un poco estricto, aunque nunca dejó de ser buena gente. No le gustaba que los muchachos se bañaran en las lagunas que por años se formaron en el estero. Había algunas: la de las Vea era la más famosa y al mismo tiempo la más temible, otra era la que se encontraba en la parte baja de la higuera de El Coño, un veterano blanco, escaso de pelo, fumador, de los ojos azules. Nunca supe porqué le decían El Coño sin ser español, tengo la impresión de que era un alemán de la época de la guerra, vivía solo, en una casita pequeña al lado del carpintero Gogo, a poca distancia del Macho Acosta, El Coño se llamaba Jorge y su apellido se borró del mapa del entendimiento.

La otra laguna era la de Los Tres Sauces, pleno estero, justo donde terminaban los terrenos de don Carlos Galleguillos. Todavía había una cuarta laguna, si no me equivoco se llamaba la laguna de El Caballo, por una piedra grande que había en medio de ella, muy cerca de El Chañar. Trepado en el caballo, recorriendo buena parte del estero, el Cabo Robledo ahuyentaba a los bañistas. El hombre era conversador, buen vecino, con sentido de solidaridad. Le conocí dos hijas, una adulta ya casada en esos tiempos y con hijos que al abuelo le decían papito Robledo. La otra era nuestra compañera de escuela de nombre Nancy, graciosa como ella sola, caminaba como una modelo, elegante en sus movimientos hasta para treparse y andar en bicicleta, y para bailar, ¡nadie bailaba como la Nancy Robledo!, la número uno en la escuelita de mujeres, una gacela en potencia, debería haber sido una bailarina clásica, como para danzar en zapatillas de punta con la melodía de El lago de los cisnes, de Tchaikovsky. Blanca, rubia, atractiva, fina. Nancy, de cabello frondoso, era una hermosa niña, una Sílfides. No supe más de Nancy, ¿está en Punitaqui o emigró como tanta gente? No sé dónde quedó don Eduardo, Norma, y a Nancy nunca más volví a verla.

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