Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXII - El ermitaño

Pequeño era yo cuando el hombre, muy rara vez, aparecía en el pueblo, Norma. En ese entonces no había ni un centímetro de pavimento en la calle larga, aunque sí en las veredas hasta la plaza. Cuando ésta era un referente importante en la vida de los punitaquinos, daba la impresión de que ahí estaba el corazón de Punitaqui, frente a las dependencias públicas que significaban el movimiento de la comuna. Ahí hacían los trámites y se pagaban los impuestos, ahí quedaba el policlínico que eventualmente registraba la presencia de don Raúl González tan solicitado como practicante. El alcalde de turno trabajaba con la persona de confianza que conocía todo el rodaje del Municipio, don Jorge Brochón, hermano de doña Margarita, esposa de don Horacio Gallo. Don Jorge era un hombre elegante, tuvo tres hijos con doña Virginia, a todos los conocí, al igual que a sus tíos y abuelos.

Don Jorge era el secretario de la Municipalidad, de terno y corbata casi siempre pero también usaba una chaqueta de cuero un poquito larga, tipo chaquetón, unos pantalones de casimir grises oscuros y un par de botas de cuero engrasado de media caña, en ellas metía los pantalones de tal forma que lucían bombachos, la chaqueta y las botas hacían el juego de la pinta porque ambas eran de color café casi chocolate. Un par de gafas oscuras (no ópticas) completaban el cuadro. El hombre era todo un caballero, bigotito fino, trataba con guantes de seda a las damas y como que adoptaba un aire de conquistador. Sobrio, bebía sin sobrepasarse, jamás lo vi borracho. ¡Cómo envidiaba las botas de don Jorge! ¡Cuánto molesté para que me compraran un par! Confieso que quisieron darme en el gusto, solo había del número 38 en adelante y en mi corta edad el pie era pequeño todavía.

Yo no sé porqué don Jorge me decía Nancho, nunca dejaba de saludarme con cariño, recuerdo que en una ocasión, luego de haber visto una película de cowboy en el teatro de los Campito, dijo: Nancho, ¿tienes un pedacito de imán en tu casa? Tráemelo mañana”. Yo me fui con la curiosidad envuelta en esa sonrisa misteriosa de don Jorge que no quiso adelantar nada. Llegué a la casa y comencé a molestar por el imán, la única persona que podía tenerlo entre sus curiosidades era mi viejo y lo tuvo. Dejó pasar un par de horas en medio de mi aflicción y decepción al no conseguir el capricho. Repentinamente apareció con un pedacito de imán de tres centímetros por dos de ancho. Me dormí feliz y al día siguiente fui al municipio con mi pequeño tesoro, me acerqué a don Jorge lleno de ansiedad, hubo que esperar un cuarto de hora, me senté al borde de la vereda mientras él despachaba a un par de personas y salió como siempre, correctamente vestido y solo dijo: “a ver, Nanchito” y se agachó en plena calle para recoger un puñadito de tierra no muy fina sino granulada, eran granos de arena. Luego volvió a ingresar a la oficina y retornó con una hoja de cuaderno que arrugó un poco hasta que adquirió una forma cóncava y ahí vació los granos de tierra. Mi curiosidad e intriga de niño aumentó cuando puso el trozo de imán bajo el papel y empezó a moverlo casi circularmente y en todas direcciones. Los granos de arena, tal vez de material ferruginoso, comenzaron a cobrar vida y se movían en toda la superficie cóncava de la hoja. De repente don Jorge, intensificaba el movimiento en un sector y se originaba una verdadera persecución. A medida que guiaba el imán, argumentaba que era el jovencito que perseguía a los bandidos, en mi corta imaginación se me ocurría que iba montado en un caballo detrás de los malhechores que se desparramaban por todas partes sin salirse de la superficie de papel. Nos entretuvimos largo rato, al despedirse don Jorge dijo: “ya sabes, Nancho, lo que tienes que hacer para ver tu propia película de jovencitos y bandidos”. Me fui feliz con mi nuevo juguete, aunque el entusiasmo solo duró unos días. En ese lapso olvidé las botas de don Jorge y creo que no volví a codiciarlas.

Un día don Jorge se aficionó de una profesora recién graduada que llegó a Punitaqui y se hizo de un segundo compromiso. La flamante pareja no pudo seguir viviendo en el pueblo y se fue a una ciudad distante. Creo que don Jorge Brochón nunca más regresó a Punitaqui.

Pero mi edad era corta, Norma, demasiado corta cuando vi al hombre por primera ocasión, antes de que tú nacieras. Salía de la casa cuando sorpresivamente me topé a boca de jarro, en plena vereda, con un hombre de luenga barba como en mi vida había visto, completamente blanqueada, canosa casi en su totalidad. El pelo lucía igual, muy largo, parecía un poco ondulado aunque la verdad estaba enredado porque quien sabe desde cuando no le ponían champú, yo creo que nunca aplicaron champú a esa cabellera frondosa ni le pasaban una peineta. El cuadro resultó increíble para los ojos de un infante. Me asusté, quedé con la boca abierta y con una tremenda mirada de temor que reflejaba un enfrentamiento de mi mundo interior con una escena que bien podría haber estado en uno de esos cuentos de Perrault o de los hermanos Grim, en algún rincón de un bosque encantado, en medio de los duendes y los gnomos. Fue una visión fugaz pero eterna para entendimiento de niño. Di media vuelta y me metí a la casa corriendo para contarle a mi vieja quien comprensivamente me tomó de la mano para volver conmigo a la calle, el hombre ya no estaba. En ese momento se me fue el miedo, el calor de la mano de mi madre era una fortaleza inexpugnable y me daba alas como si fuese el poderoso mago bueno, invencible ante el mal y los miedos. Me atreví a irme solo sin pensar que apenas era un barquito de papel que cortaba las amarras para dejar la seguridad del muelle. Caminé una cuadra, quizás una y media y ahí estaba el hombre misterioso, de aspecto (en mi imaginación) ¡terrible! En la puerta de la carnicería del Cacho Manuel Rojas, esperando que lo atendieran luego de que despacharan a dos o tres clientes más. Lo observé con recelo, aún me parecía un ser salido del miedo. Recuerdo que andaba con zamarros de cuero de chivo, completamente tieso, al menos esa fue la sensación, miraba con el ceño fruncido como si tuviese un gran enojo imposible de aliviar su fuero interno. Tenía puesta una camisa gruesa, mangas largas, medio sucia, se me antoja ahora que escudriño en las reminiscencias, hecha de tela de saquillo de harina para hacer pan o de otro material parecido. Los zapatos, creo que eran de cuero, tipo bototos, totalmente pelados por el uso, ya no tenían color, toscos, de esos que martirizan los pies y los llenan de callosidades, pero eso no debió haberle preocupado jamás a ese hombre. Compró un pedazo de carne de res porque debe hacer estado hostigado de la carne de cabra y se fue a trancos cortos (así también eran sus piernas) y rápidos, sin mirar hacia atrás, hasta que se perdió en la esquina del Hotel Buenos Aires. En ese entonces hasta ahí no más llegaba la línea de mi horizonte, hasta ahí viajaba en mi triciclo, pasando por la casa de don Julio Gallardo, de doña Berta Flores, mamá o tía de la Ninfa y luego venía una larga muralla de adobes de color blanco hasta la casa de doña Carmela Varas, yo no tenía más de cuatro o cinco años. Mucho tiempo después supe que a ese extraño hombre lo llamaban don Floro.

Don Floro –si es que ése era su verdadero nombre- tenía una majada de cabras en una planicie de Viña Vieja que quedaba detrás de los cerros. Desde la cumbre se podía ver su pequeña casa, un puntito destacado en medio del paisaje solitario, a lo lejos se escuchaba según la dirección del viento, el balido lastimero de los chivos. Se me ocurre que el hombre les hablaba a los animales, entendía su lenguaje y se comunicaba con ellos. No tenía que alzar mucho la voz para que obedecieran. Se esforzaba para que en su rebaño no existieran caprinos descarriados. Don Floro vivía tranquilamente, él sabía que cada estación traía cambios, en primavera los chivos parecían más alegres, correteaban dando brincos porque el clima se tornaba más suave, el invierno con los días fríos y las nieblas que oscurecían el ambiente, quedaban atrás. Los árboles y arbustos florecían, la tierra mostraba otro colorido. Después llegaba el verano, con esos calores que obligaban a los animalitos a buscar la sombra, entonces los días eran mucho más largos y amanecía más temprano. El ermitaño recurría a la botella de agua que llevaba en un morral para refrescar su garganta, mientras pastoreaba. Don Floro tenía todo en su mundo, ese todo era lo necesario para vivir, sin ambicionar nada que no fuera útil, sin agachar la cabeza ante nadie. Era libre, hermanado con el viento veraniego o la fría brisa invernal, con el sol, con la lluvia. El balido de las cabras le decía que tenía decenas de compañeros. En esas planicies había arbustos menores, mollacas, chilcas, palqui y algarrobos dispersos que en Punitaqui llaman churqui, frondosos cuando crecen, ramas espinudas, protectoras de las aves silvestres, preferidos de las tórtolas para hacer sus nidos. En Viña Vieja se encontraba ese mundo único donde don Floro había anclado sus días. Vivía solo, así lo conocí desde siempre, cuando éramos niños le apodábamos “El Viejo Barbón”.

Algunos decían que había llegado de tierras nortinas, dejando atrás aquellas penas de amores que se encarnan como astilla entre uña y carne. Para mí don Floro era el ermitaño de Punitaqui, él no hablaba de dolores idos ni de sentimientos abandonados en el pasado. A lo mejor no quería recordar, para qué mirar hacia atrás si hacerlo según la Biblia, la persona se convierte en estatua de sal. Su casita quedaba detrás del cerro, contrario al cerro de la María del Cerro, se me ocurre casi en línea recta una vivienda de la otra, sin verse los rostros las paredes. Ambos cerros formaban un cordón montañoso de mediana altura y eran –continúan siendo- guardianes naturales del valle de los molinos de viento, en la parte baja, en dirección del mar, en un hilo prolongado que venía desde muy lejos, estaba el estero y doscientos metros antes de éste, el pueblo, las casas de lado y lado de la calle larga y los huertos pequeños en los patios traseros, llenos de árboles frutales, con norias, estanques de piedra y cemento para almacenar el agua de regadío, verdadera obsesión del punitaquino.

A Punitaqui siempre lo recuerdo seco, el máximo anhelo de sus habitantes de otras épocas era tener agua, que Dios fuera generoso con los aguaceros que remojaran esa tierra café de los potreros. Y eso también era preocupación de don Floro, seguramente el viejo, de edad indefinida debido a su abundante cabellera y barba, se alegraba cuando caían las lluvias, se refugiaba en esa media agua de barro con techo de zinc como si estuviese parchado, pero en su interior no entraba una sola gota. En los días lluviosos el ermitaño no tenía nada que hacer y sin duda se sentía tranquilo en su vivienda, con mayor razón si el rebaño de cabras –unas ochenta o cien- estaba seguro en el corral. Entonces los caprinos soportaban la mojada, se acurrucaban rumiando y esperaban pacientemente por su amo que solo asomaba cuando escampaba. El balido del rebaño apacible era una melodía para don Floro quien vivía feliz, despreocupadamente, sin pagar arriendo, luz, agua, ¡peor impuestos! Su preocupación no era el dinero. Creo que andaba sin un peso en los bolsillos.

No sé con exactitud qué comía el viejo solitario, pero estoy convencido de que en su casa no faltaba el queso batido y amasado de la propia leche de las chivas, almacenado para ciertas temporadas en tarimas pequeñas de madera colgadas de hebras de alambre del techo en el interior de la vivienda. También habrá hecho charqui que conservaba con la ayuda del mismo sistema y habrá cocinado un majado de trigo con leche y sal. De vez en cuando posiblemente metía el cuchillo en el pescuezo de un cabrito tierno, un guatoncito (creo que así le llamaban) de pocos meses. Solo una vez estuve en la casita de don Floro y si no me equivoco, dormía en medio de cueros curtidos. Su vivienda era de un solo ambiente, hermética para que no penetrara el aire frío, con paredes de poca altura para que el ambiente fuera cálido y sin luz eléctrica. Pienso que jamás la tuvo, tal vez nunca la necesitó porque él descansaba a la oración, cuando los pájaros buscaban los árboles y los arbustos tupidos para dormir y su canto al alba, junto con el balido de las cabras, eran el mejor reloj, el anuncio del día que comenzaba a vivir. No se me ocurre que el viejo se enfermaba ni lo veo en mi imaginación oyendo la radio a pilas. ¡Qué pequeño mundo para grande el de don Floro! No tenía confines y su geografía estaba dibujada por la mano de Dios y coloreada por los ángeles. Un diminuto y a la vez inmenso paraíso terrenal que colmaba las necesidades de ese hombre cuya ideología, según comentaban, era la de un izquierdista, muchos le decían camarada.

Una ocasión lo vi completamente furibundo, fue un día invernal bajo una lluvia torrencial, posiblemente su vestimenta era la misma pero la ocultaba un poncho de caucho bastante largo, casi arrastraba en el suelo. Creo que tenía una gorra que salía de la misma prenda que cubría parte de su cabellera larga y un par de botas para la lluvia, estaba totalmente impermeabilizado. Don Floro subió caminando la parte del cerro correspondiente a Viña Vieja y bajó con paso firme por el otro lado para caer en los terrenos de don Manuel Rivera, pasando por un costado de la mina San Carlos, y fue a parar en el callejón que daba justo a la calle, entre las propiedades de los Campito y doña Rosario Castillo. Se detuvo solo en el medio de la calle, a esa hora convertida en un río de agua, y ahí reclamó bajo la lluvia, frente a la puerta de la casa de don Daniel Cortés, contra él fue la bronca porque –al parecer- al otro lado del cerro, justo en las tierras del ermitaño, se habían metido unos animales de don Daniel causando perjuicio. El afectado no esperó la mañana siguiente ni que pasara el aguacero que arreciaba en el tercer día consecutivo, sacó su ropa de lluvia y caminó los kilómetros que lo separaban de Punitaqui. Protestó airadamente, a gritos, su voz se expandió en todas direcciones por lo menos durante quince minutos, nadie lo contradijo. Cuando terminó de hablar, dio media vuelta regresando a su majada de cabras por el sendero que había venido.

Hasta ahí recuerdo a don Floro. No conocí su historia, no se me antoja que haya sido un punitaquino puro, pero escogió un rincón especial para vivir y, seguramente nonagenario, dejó sus días vividos. No supe cuando murió ni quien enterró a Don Floro, Norma. Pero se me ocurre que el día de su muerte el balido de su rebaño fue más triste que nunca.

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Don Floridor Gonzalez Neira(El Camarada),fue un pionero en la ganaderia caprina ,que no entiendo porque no prospero,su ganado era de cabrs nubias como el el las llamaba,chivas sin cachos,treinta o cuarenta centimetros mas grandes de lo normal de la zona,eran grandes su chivo tambien,Don Floro dormia colgado en una hamaca de cuero de chivo colgado sobre el corral de las cabras,siemptre uso el trueque ,mno usaba dinero,cambiaba sus producciones por lo necesario,don humberto rojas le recibia las naranjas,el queso,el charqui y el recibia la azucar ,la sal el fideo,el carburo ,etc.,nunca lo vi comprando,lo mismo hacia en el almacen de tito gallardo.Hablaba muy fuerte ,por lo que deduzco que padecia de algo de sordera,su casa estaba al pie de la mina Poderosa ,esa mina que llega desde la Viña Vieja ,hasta debajo del Estadio de Punitaqui,sus cajas son de pirdra ala de mosca ,la roca mas dura de la Zona,la misma roca de la piedra campana.El unico vinculo que le conoci fue de Dn Osvaldo Avalos al parecer eran compadres o padrino de su señora,o padrino de Haydee o la Nana,si conoci a Doña Josefina Tapia,la mama de los Grillos como lo conociamos ,esposa de don Fidel Araya,madre de Grineldo un chanchero famoso que nadie recuerda ,vivia al frente del plata sencilla ,si padre de Bernardo Araya ,el Profe poeta(Altagracia o algo asi),recordabamos al Grine el que por ultima vez se sento a descansar en las afuera del almacen de Don Humberto Rojas,y un camion que bajaba por calle carrera paso de largo y termino con Grine dentro del edificio,una vez comparti un rato con Bernardo,el grine,el nata,el lalo palo y otros que estaban reunidos en casa de Bernardo lo vi mal nunca me imagine ver al Sr. Araya en ese estado,asi es la vida.Bueno estabamos recordando a esa señora que siempre la vi cumpliendo eso que esta tan de moda «servicio Publico»la vi cuidar por años a don Anselmo,un viejito jorobado que no tenia parientes ,al» manina Niño Picaro» como el dice, Mario un hermano del Kako,tu que le cerrabas la puerta lo debes conocer,esta señora cuido y sepulto a el Camarada lo acompaño en sus ultimos dias,fue una mujer ejemplar , de las chivas nubias nunca mas supe. Cierta vez cazando codornices,llegue con mi hermano al patio de la casa del camarada,ahi estaba lavando oro don Alamiro(Masca la tabaca»,se le habia cortado la soga y perdido el tarro con el cual extraia el agua de noria del camarada,me ofreci sacarlo,ingrese al pozo de unos catorce metros aprox.,grande fue mi sorpresa que al llegar al fondo,toda el agua estaba llena de culebras amarillas y en las ultimas rocas dormian otras enrroscadas,eran decenas de culebras,intente devolverme,pero y el tarro,con mucho cuidado undi la araña,esos alambres doblados de una forma especial , logre enganchar el tarro y anudarlo a la soga,me demore menos en salir que ingresar,don Alamiro me ofrecio un barquillo doble,que nunca cobre.Cada vez que voy al cementerio deposito un clavel rojo en la Tumba del Ermitaño,solo uno ,porque? no lo se ,tal vez porque nacimos con el corazon en mismo lado. un abrazo

Comentario: 

Hermosos recuerdos Zenel, los de Iván ni qué decir. Así es como debemos honrar a los nuestros, a nuestra gente. Al «Camarada» lo recuerdo con su larga barba. Lo vi un par de veces en la Viña Vieja, recuerdo haber ido con mi padre y mi abuela, que tengo entendido tenia familiares allá.

Un abrazo a la distancia y que siga este hermoso y nostálgico rincón.

Henry

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