Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXIII - Minero empedernido

A veces me pregunto, Norma, por qué los viejos no están, por qué tenía que llegar el momento en que tuvieron que irse para siempre. Sin ellos la calle no es igual. El pueblo ya no tiene ese sabor de otros tiempos, seguramente quedaron la mayoría de las casas vacías sin la presencia de los veteranos y se me ocurre que cada casa de Punitaqui tiene alma, el alma de los ancianos que debe flotar en todas partes. Ya no sentirán el frío de los inviernos para tomar un buen “taco” de pisco con jugo de limón ni les afectará el calor de los veranos que invitaba a beber una sangría con vino tinto o una ponchera de frutas picadas, mezclada igualmente con vino y cubos de hielo. A lo mejor juegan entre ellos y escriben su nombre en las hojas secas de los otoños caídas en el suelo, estarán envueltos en el aroma de las flores primaverales y sonreirán desde el mundo invisible de las sombras.

Muchas viviendas tendrán otros dueños, quizás en su interior, en esos pasillos añosos, posiblemente algunos con piso de tierra todavía y sus paredes de adobes, aún existen esas perchas donde acostumbraban a colgar los sombreros cuando regresaban de la calle. En este momento no vislumbro la figura clásica de ningún viejo punitaquino sin sombrero en la cabeza. Así los criaron nuestros abuelos aunque los descendientes ya no usaron la prenda. Viejos buenos para comer esa comida que en cualquier vivienda las manos femeninas preparaban en la cocina de leña, el desayuno bien temprano, el almuerzo generalmente al mediodía, cuando el reloj marcaba las 12, era la hora de sentarse a la mesa. Momento casi solemne donde nadie faltaba, el taita a la cabecera. Yo recuerdo que eran tres platos, ensalada, caldo de carne cocida comprada en la carnicería de cualquiera de los dos Cachos Rojas, por algo había un negocio en el barrio de Arriba y otro en el de Abajo, pero siempre de los Rojas, no hablo de la familia Huerta que entiendo se dedicaron al negocio mucho después. El segundo plato era contundente, de postre alguna fruta de la época y al final una taza de té. Me imagino que eso no es igual, Norma, que las costumbres han cambiado, que la vorágine de la vida moderna habrá llegado inevitablemente al pueblo, donde –siempre lo diré- no se oía hablar de alcaldes corruptos ni de nepotismo, los viejos eran honrados y –eso sí- nadie podía impedir que fuesen buenos para tomar vino. El tinto era el preferido, como si fuese un sello de la personalidad de aquellos longevos punitaquinos. Cuando querían emborracharse más rápido, era el pisco puro para hacer chasquear la lengua, en un abrir y cerrar de ojos se subía a la cabeza y entre ellos venían las conversaciones interminables. Pensar que todos moran en el cementerio, Norma. Es que el tiempo no se detuvo en Punitaqui y ahora todo parece diferente.

Se me viene a la memoria don Romelio Segura, hombre fuerte, macizo, grandote, generoso como él solo, viejo dadivoso, siempre regaló y se me ocurre que después, cuando llegó la oportunidad, nadie le dio nada, pero en medio de su dignidad de hombre pobre tampoco lo necesitó. Se las arregló solo, nadie trabajó por él ni ganó el dinero para dárselo. Conocí tres casas de don Romelio, una frente a la del Chato Alejo, la segunda frente a la de don Óscar Rojas y la tercera junto a la del hojalatero, esa fue propia, creo que ahí terminó sus días. Era de aquellos viejos que usaban calzoncillos largos en invierno y verano, “bueno para las cachetadas en mi juventud, usted no tiene porqué ser malo para dar puñetazos”, le dijo una vez a su hijo Romelio, con quien siempre fuimos amigos y compañeros en la escuelita, también bueno para pelear con golpes de puños, resentido, fácil de herir en su susceptibilidad por cualquier cosa, tenía ese celo de amigo, si creía que lo estaban desplazando reclamaba molesto, se taimaba, podía durarle varios días el resentimiento, no obstante era buena persona. Se casó con Gloria Angélica, una chica santiaguina, tez morena, pequeña, pelo ondulado, vivía con sus padres en la calle San Camilo muy cerca de los prostíbulos, recuerdo bien a esa familia a la que no volví a ver, solía visitar su casa. Cuando Romelio contrajo matrimonio, se fue a vivir con Angélica en Canadá. No supe más de ellos, no volví a verlos.

Don Romelio siempre fue minero, daba la impresión de que nunca perdió la esperanza de que un día a fuerza de tanto meterse en las profundidades de los socavones le permitirían hacerse rico. En más de alguna ocasión fui testigo de como el hombre frente a un montón de piedras extraídas del corazón de los cerros, las acumulaba poco a poco y con un combo empezaba a partirlas, sentado bajo la sombra de un algarrobo, contemplaba cuidadosamente cada pedazo de piedra tratando de descubrir al ojo si existía o no la famosa veta. Había temporadas en que ganaba buena plata con la piedra en bruto que los pirquineros sacaban del interior de la madre tierra, cuando los pedazos de piedra pura mostraban las venitas verdes, éstas indicaban la presencia del cobre o las doradas que hacían soñar a los viejos con el escurridizo oro. Yo tenía la impresión de que si don Romelio ganaba dinero, inmediatamente empezaban a rondarle los amigos, el viejo compraba vino y preparaba los asados, entonces se podía contar unos cuantos oportunistas en la mesa de ese hogar que se aprovechaban de la situación boyante del minero, efímera porque no duraba mucho tiempo. Pero ahí no acababan los sueños de don Romelio, daba la impresión de que ésos se metían en la almohada para no salirse nunca y quedarse en la cabeza del viejo minero, empedernido buscador de oro hasta el asombro. Es que los viejos mineros punitaquinos a la medianoche o mientras estaban en un estado de vigilia, se les repetían las escenas imaginarias, y al parecer en todas ellas brillaba el oro. Entre sueños podían mencionar la palabra varias veces en plena oscuridad. Era una idea fija, la ilusión que los perseguía en todo momento. El oro les decía de muchas cosas, pero cuando la mina se llenaba de agua, los propósitos y anhelos dorados en un dos por tres rodaban por tierra.

Don Romelio era bien punitaquino, había enviudado de la primera esposa a quien no conocí, de ese matrimonio creo que tuvo dos hijos: Manuel a quien siempre lo recuerdo como un camionero casado con una señora de apellido Herrera, el otro era Mario con quien hubo mucho más acercamiento, largo tiempo vivió en Santiago hasta que un cáncer gástrico lo arrebató de este mundo. La segunda cónyuge de don Romelio fue doña Julia, mujer pequeña, honrada, demasiado trabajadora, madre de mi gran amigo Romelio, de Rosa, María, Inés y hasta ahí llega mi memoria con los nombres, me parece que hubo una hija más, la menor de todas.

El veterano era hombre múltiple, habilidoso, primero por vocación como cualquier punitaquino, era esencialmente minero, además un buen carpintero, podía darle forma al mueble que le pidieran. En una ocasión hizo una bella caja de madera, bastante amplia, de color café, con llave, tipo baúl, y me la regaló. “La hice especialmente para el “cabro”, no se la puedo vender”, fue lo que manifestó a mi viejo cuando éste le preguntó por el precio. Yo me fui feliz cargando la caja, ahí guardaba mis pequeños tesoros, trompos, emboques, bolitas de piedra y cristal de los más variados colores. Don Romelio también fungía de comerciante y si la situación se complicaba mucho, en su propia huerta sembraba variadas hortalizas y el mismo las cosechaba, enganchaba el burro a una pequeña carreta y rodaba a lo largo de la calle para venderlas. Su hijo Romelio le ayudaba en ese trabajo, caminaba detrás de la carreta, a veces furtivamente, sin que el papá se diera cuenta, sacaba un melón o una sandía –según la temporada- para dejarla en plena calle, yo la recogía, era un regalo que me hacía al paso.

Don Romelio Segura era un hombre sano, Norma, esculpido en madera antigua, de otras épocas. Entretenido, hablaba de cosas añejas. Demasiado activo, tengo toda la idea que trabajó hasta el final de sus días que fueron largos, se me ocurre que pasó de los noventa y debe haberse ido rodeado de los suyos, como un patriarca. No supe el año de su muerte, Norma, y su partida seguro que fue modesta como su vida. El también se quedó en un pedazo de tierra del cementerio de su querido pueblo.

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Un Escritura maravillosa Romelio Segura hijo es mi tío y toda mi juventud me la pase en los veranos en Punitaqui alojando en la casa que usted dice que estaba frente al hojalatero. este articulo lo lei por primera vez con el Romelio segura y fue muy emociónate para mi ser el que lo leyó en voz alta y sentirnos emocionados. Viva Punitaqui

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