Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXIV - Mi perro “Bonzo”

No sé si existirá un cementerio de perros, Norma, no obstante cuando a cualquiera de ellos le llega el final, no falta quien se encargue de hacer un hueco en la tierra lo más hondo posible para que el animalito vuelva a un ciclo vital de la vida, sin llegar a ser festín de los jotes que siempre revolotean con el consabido planeamiento cuando descubren la presencia de algún animal muerto en cualquier potrero o pleno campo. La silueta negra de los jotes, que en otros lugares llaman gallinazos, es inconfundible, pájaros grandes de olfato especial para percibir, demasiado agudo como para captar a cientos de metros o kilómetros de distancia, el olor de la carne putrefacta, aves que por instinto buscan la carroña para alimentarse. No cazan, comen aquello que está a ras de tierra y por tanto destinado a ser parte de ella. Los negros pájaros solo dejan los huesos, después de un tiempo se resecan completamente al contacto del sol y el aire hasta que se hacen polvo. Si bien es cierto que no existe un camposanto definido de perros, irrefutablemente Dios es demasiado grande y perfecto como para haberse olvidado de crear un cielo de perros. Se me ocurre que en ese cielo está el perro de la niñez que me acompañó durante la adolescencia y fue testigo de cuando me hice hombre. Alguna vez lloré amargamente cuando una noche no lo encontraba pensando que se había perdido o alguien que temprano había acudido al molino de granos, lo había llevado lejos bajo el poncho, a San Pedro de Quiles o El Peral, entonces no vería más a mi perro. Recuerdo bien, Norma que mi vieja me ayudó a buscarlo en la oscuridad con una linterna de pilas para dormir tranquilos. Ahí estaba el perro negro de tres o cuatro meses, echado en un rincón profundamente dormido, camuflado, mimetizado porque era del color de una noche sin luna ni estrellas. Ahora que ha transcurrido tanto tiempo de aquella tarde en que el animal emprendió el único viaje que ningún ser vivo tiene la oportunidad de hacerlo con pasaporte de regreso, al recordarlo, por lo menos me consuela que no fue alimento de las aves carroñeras.

Juan Rojas se llamaba uno de los amigos de la infancia, de pura casualidad llegó a mi casa para saludarme, él vivía en Santiago con su madre, hermanas y sobrinos, hacía una semana que había retornado a Punitaqui y se estaba ganando unos pesos extras durante unas cortas vacaciones. Trabajaba en la casa que había pertenecido a Humberto Martínez, éste luego de venderla emigró de Punitaqui para siempre, duraron poco los tres millones de pesos que recibió por el inmueble, junto con esfumársele la plata, se le fue la vida. Murió empobrecido y solitario en Andacollo. Doña Chela y su esposo habían comprado la propiedad, pero no pasó mucho tiempo y ella quedó viuda, a su marido se lo arrebató la silicosis luego de trabajar veinticinco años en las minas cupríferas del Norte Grande. La mujer, sin ataduras, dejaba deslizar su existencia entre Punitaqui, Chuquicamata y Calama, iba y retornaba. Doña Chela contrató a mi amigo para que arreglara el techo de la bodega.

Juan Rojas –a quien apodábamos “juaniquillo”- era un pelirrojo, blanco y pecoso. Alto, fornido, de niño no lo denotaba pero al parecer cuando fue a vivir a la gran ciudad, trabajó en tareas duras y adquirió una tremenda fuerza, empujaba solo un camión para tres o cuatro toneladas, alguna vez lo demostró. Yo y Paquetón (un amigo santiaguino neto), nos sentimos enclenques cuando lo vimos. Tenía unas espaldas de King-kong, cariñosamente le decíamos “el pelirrojo”, su pelo era bien cobrizo, un tanto oscuro. El había conocido a mi perro y ambos, siendo niños, jugamos muchas veces con él. Compartí la tristeza con “el pelirrojo” y le conté que el día anterior había muerto, solo preguntó: “¿dónde está? No vamos a dejar que se lo coman los jotes, préstame una pala y una barreta, yo me aguanto el olor putrefacto, pero lo entierro”. Era media tarde, Juaniquillo se quitó la camisa y a torso desnudo se dedicó a cavar un gran hoyo, tuvo que ponerse un pañuelo en la nariz. Sudaba abundantemente, pero no paró un rato, cuando estuvo lo suficiente profundo, sacó un pedazo de cuerda delgada del bolsillo, hizo una amarra en las dos patas traseras y lo arrastró a la cavidad. Luego echó toda la tierra que había sacado con la pala y con la misma herramienta la aplanó hasta dejarla lo más compacta posible. Ahí quedó el perro, junto a unos cuantos árboles de eucaliptos, a más de un metro de profundidad. Di un suspiro de alivio en medio de mi pena viva todavía. El perro no iría a parar al estómago de los gallinazos. Mentalmente tuve la sensación de haber escuchado sus alegres ladridos de agradecimientos. No sé porqué en ese momento retrocedí en el tiempo, mi memoria se situó exactamente doce años antes.

José Olivares se llamaba un peón a sueldo que tenía mi padre, alto, macizo, andaba en los 60 años, no obstante era capaz de hacer las tareas más duras. Para él era fácil ponerse cien kilos en las espaldas, regar el viñedo en una sola jornada, luego de levantarse a las cuatro de la mañana para ir a soltar el agua en una represa que quedaba varios kilómetros al sur del pueblo, en un sitio que llamaban La Toma, en pleno estero, paralelo al extremo del pueblecito de La Higuera, más o menos, si es que no me traiciona la memoria con la geografía punitaquina. Don José podía sembrar o cosechar papas, templar una alambrada luego de hacer pequeños y simétricos huecos, profundos, para plantar la hilera de palos que sostendrían las hebras de alambres galvanizados. El hombre hacía adobes, podía construir una casa sencilla con el mismo material y techarla con fonolita si es que no alcanzaba para comprar las famosas calaminas. Podía ser albañil y levantar una casa con sus propias manos, elaborando adobes con paciencia envidiable o pintor, yo lo que más admiraba era la fuerza que tenía. Pocas veces conocí hombres tan forzudos como don José. Pero también podía rebanar con un filudo cuchillo el pescuezo a un borrego para preparar un asado o torcerle el cogote a una gallina para que después, su mujer, doña Rosa a quien decíamos “la vecina”, la pelara con agua caliente y cocinara la cazuela en el fogón de leña. Don José y su esposa hacían todas aquellas labores complementarias. Pensar que repentinamente fueron a vivir en Ovalle y nunca más los vi.

Un día, muy de mañana, don José llegó con la novedad, la dijo sorpresivamente en tres palabras: “parió la perra”. Para mí la frase sonó como si hubiese sido una fiesta, la curiosidad de niño fue demasiado grande, incontrolable, me levanté ese rato y fui corriendo al rincón del patio, bajo una hoja de zinc, la perra brava de don José había parido cuatro perritos. Parecían cuatro bolitas de carne, voraces, gimientes, amamantados por la madre. ¡Cómo gemían!, los sentí desvalidos, indefensos ante el mundo, continuaban succionando leche a ojos cerrados, tenían apenas unas horas de nacidos, pasarían varios días para que dejasen de ser ciegos. La voz del peón interrumpió los pensamientos de niño impúber aún: “¿Cuál quiere?”, la pregunta sonó mejor que las palabras que un rato antes habían anunciado la novedad de la camada. Sin titubear contesté: “el negro, don José, el negro”. Repetí la frase como para dar más énfasis a mi petición y ahí vino todo, empecé a molestar para que me dejaran tener mi propio perro. No costó mucho para obtener el sí, solo tuvieron que hacerme entender que por lo menos el cachorro tenía que cumplir un mes para destetarlo. Empecé a contar las semanas, luego los días y finalmente creo que las horas. Veintinueve días de vida había ajustado el perro cuando fui a traerlo. Pensar en el nombre fue cuestión familiar, durante un almuerzo y seguimos deliberando parte de la tarde, me parece que a mi madre se le ocurrió ponerle “Bonzo” y ahí quedaron las cosas, “Bonzo” era un perro inteligente, vivaz, manso, otro perro un par de años mayor, de nombre León, le hacía compañía, ése sí era bravo, un poco fiero, de mal genio, alguna vez mordió mi mano derecha, no le agradaba que le acariciaran el lomo. En otra ocasión, estando yo ausente del pueblo, mordió a la prima Poldy que vivía a unas pocas casas de la nuestra, dejándole una pequeña cicatriz en el rostro. “Bonzo” era diferente, ágil, bueno para correr y juguetón. Pero podía alterarse cuando sentía que yo estaba en aprietos, no aceptaba que me hicieran algo, me dieran un empujón o me pegaran, eso le enfurecía y podía lanzarse sobre el agresor, a veces lo comprobamos por jugar, con otro amiguito que simulaba atacarme, “Bonzo” inmediatamente enseñaba los dientes, si cumplía la acción, el perro se paraba en dos patas apoyando las delanteras en el pecho del agresor, si no le hablaba con energía, podía morder. Era un defensor del amo, de niño me sentía protegido con ese perro.

Viví años felices con su existencia. “Bonzo” se hizo adulto, era brioso, alegre, yo un adolescente, soñador platónico, pero querendón de mi perro aun cuando me ausentaba largas temporadas de Punitaqui durante la etapa colegial. “Bonzo” era genial, aprendió unas cuantas cosas que le enseñó mi viejo, sabía dar la mano, sentarse, recibir despacio, muy despacio un trozo de pan en el hocico y no comérselo si no le daban la orden, permanecía sentado con sus dos manos alzadas, inmóvil, sin moverse y el pan entre sus potentes dientes, cuando le decían “cómaselo” recién empezaba a masticar, solo había que alzar las dos manos en actitud de dar la palmada y él sabía que debía salir al patio. Recuerdo que daba media vuelta y salía despacio, no a toda carrera, con el pan en el hocico, mas si se le daba la contra orden de que regresara, con solo decirle “venga”, retornaba con el pan sin comérselo, si uno quería eso podía hacerlo varias veces. Si le decían “échese”, en el suelo se echaba, a los pies, sin moverse. A “Bonzo” le encantaba el agua, desde pequeño le gustaba mojarse en cualquier poza o si corría por alguna acequia, metía el hocico y hacía burbujas, parecía que soplaba y disfrutaba largo rato con eso. Cuando hacían funcionar la bomba eléctrica que extraía el agua de la noria para llenar el estanque que regaba el huerto, lo primero que hacía el perro era correr, subir unas gradas de cemento y situarse en el borde del estanque justo donde caía el chorro, ahí lavaba su cara y mordía el agua. “A lavarse la cara, a lavarse la cara”, era la orden y “Bonzo” lo hacía unos cuantos minutos y bajaba jadeante, si repetía la orden y le decía “la cara todavía está sucia, a lavarse la cara”, el perro volvía a hacerlo y regresaba feliz moviendo su largo rabo. En una ocasión en Punitaqui llovió tres días y creció el estero de orilla a orilla, lucía turbio y correntoso, empezamos a azuzarlo, con gritos y exigencias hasta que el perro se lanzó al agua, ¡cómo nadaba!, solo asomaba la cabeza negra, la corriente lo llevaba cada vez más lejos, pero él nadaba, nosotros lo animábamos con gritos, fue a parar unos 200 metros más abajo y alcanzó la margen opuesta, corriendo regresó hasta quedar al frente de donde estábamos, ladrando desesperado, separados por la enorme correntada que en esos casos nadie cruzaba. “Bonzo” amaba el agua, para él no era un gran problema, volvimos a animarlo y a gritarle, llamándolo por el nombre unos cuantos minutos, el perro nuevamente se lanzó al agua intentando nadar contra corriente, pero en esta oportunidad fue extremadamente dificultoso, mucho más duro y el animal fue arrastrado más lejos aún, incluso lo perdimos de vista cuando aparentemente alcanzó la orilla en la que esperábamos, pasaron largos minutos y llegó completamente mojado, se sacudía y volvía a mover el rabo. Era un extraordinario nadador.

Son demasiadas las pequeñas e infinitas cosas que viví con mi perro negro, en el pecho tenía la piel blanca, semejaba una gran corbata, las patas y, especialmente las manos, gruesas con pequeñas manchas de color plomo. “Bonzo” era un hermoso perro. Paciente con el amo, sumiso cuando se le hablaba con voz cortante y al mismo tiempo demasiado fiel. Quizás por todo eso no podía ser eterno, Norma. Yo crecí y me hice hombre, para él en cambio la adultez fue rápida, a los 10 años ya no corría como antaño y empezó a oír menos, el brillo de sus ojos fue más opaco. A veces daba la impresión que tenía el mismo entusiasmo cuando lo estimulaba para que mostrara alguna de sus gracias, perseguir la pelota o ir en busca de piedras pequeñas si uno las arrojaba lejos. Paulatinamente su andar se tornó cada vez más lento, no obstante su mirada seguía siendo dulce, me contemplaba como a la espera de que diera alguna orden, andaba soñoliento, dormía más horas durante el día. Parecía que en cada uno de sus movimientos hablaba en su lenguaje perruno para decir que ya le quedaba poco.

Fue una tarde del mes de marzo, 1967, en los estertores del verano, el perro había cumplido 12 años. Yo estaba en la cama imposibilitado, con fiebre alta, la habitación a media luz, ventanas entornadas, la puerta junta, como tantas otras veces, sentí que la empujaba con una de sus patas delanteras, al parecer con esfuerzo, casi rasguñándola. Yo sabía que se trataba de mi perro, sacó fuerzas de no sé dónde para entrar al cuarto, con su mirada vidriosa parecía decir que ésa sería la última vez, y fue la última Norma, la última. Mi cama quedaba diagonal a la puerta por donde había entrado y “Bonzo” se dirigió hacia mí, pronuncié su nombre, pero como que no me oyó, caminaba muy despacio casi en zigzag, se desvió hacia la izquierda, buscando el rincón contrario al punto donde me encontraba, a unos tres metros y se echó jadeando, como si estuviese muy cansado, no podía sostener la cabeza, la levantaba y nuevamente se le caía. Volví a repetir su nombre, solo pude ver que apenas movió su largo rabo negro de punta blanca y comenzó a hacer arcadas, arrojó lo que tenía en su estómago. Tuve la sensación de que el animal se sintió mejor y se echó completamente de costado, pensé que dormiría. No pasaron tres minutos, sufrió dos o tres espasmos que sacudieron todo su cuerpo, empezó a temblar como si tuviera frío. Me angustié, presentí que era el frío de la muerte y no me equivoqué. Quedó inmóvil, tieso. Pronuncié su nombre varias veces, pero no reaccionó. Llamé a mi madre para contárselo, ella lo observó y expresó “parece que está muerto”. Se me cayeron las lágrimas, esta vez no de niño como aquella noche en que no encontraba a mi perro, el llanto fue de hombre. Mi madre avisó al viejo quien apareció con un saquillo para llevárselo, pero también venía con el rostro cubierto de lágrimas. La vieja reaccionó molesta, quizás un poco fría, cerebral, solamente dijo: “lloren cuando yo muera, no estén llorando por un perro”.

Entonces comprendí que “Bonzo” nunca más cruzaría el estero crecido de orilla a orilla, ya no volvería a correr detrás de la pelota ni lavaría su cara. Yo apenas empezaba a ser hombre y mi perro había envejecido hasta morir. Ya no estaría más. Simplemente se había ido.

Ha pasado mucho tiempo Norma, pero jamás lo he olvidado. Sigo pensando que “Bonzo” está corriendo y ladrando feliz, lavándose la cara en algún chorro de agua, en el cielo de los perros.

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Gran sensibilidad del autor lográ conmover hasta al más frío, no puede ser de otra manera conociendo el alma profunda del gran maestro que es!

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