Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXIX - El Pato Pastén

Ese Pato Pastén!, lo siento inolvidable, Norma. Y no se llamaba Patricio, su verdadero nombre era Segundo, así lo conocí. No lo vislumbro en alguna de las salas de clases de la escuelita, creo que él –si es que completó la primaria, tengo la idea que sí- terminó unos cuantos años antes la etapa escolar. Lo conocí cuando él vivía en una casa de paredes blancas perfectamente enlucidas con puertas de color café, al frente de don Pedro Araya, el único talabartero conocido de Punitaqui que ejercía el oficio. Siempre tuve la oportunidad de verlo en un mesón grande, ahí trabajaba rodeado de sus herramientas, no olvido que en una ocasión me hizo una vaina de cuero para un cuchillo que me habían regalado, trabajó la obra con gran paciencia, demoró unos cuantos días, posiblemente unas tres semanas, ese lapso sirvió para que lo visitara con insistencia y sostuviéramos largas conversaciones, yo no tenía más de 8 años, don Pedro no cobró un centavo y me regaló la vaina. Me sentía feliz cuando ponía el puñal en la cintura sujeto de la correa de cuero. El otro vecino del Pato era don Raúl González, afamado y milagroso practicante con manos mágicas para curar los problemas de salud de aquellos punitaquinos de otros tiempos. El Pato Pastén, todo el mundo lo conocía así, caminaba balanceándose como pato, siempre oí decir que su problema se debía al pie plano, era chistoso. Irreverente, descarado, un cínico demasiado agradable, simpático. Cualquier cosa la echaba a la risa. Tengo idea que se peinaba para el lado con la partidura a la izquierda, pelo liso, negro, bigotito poco poblado, de tez no muy blanca, contextura mediana, en ningún caso maciza. Lo recuerdo con pantalones oscuros, negros o grises, como se usaban en esa época, en invierno se ponía un abrigo de color café. Cualquier cosa la echaba a la risa.

Me imagino que el Pato se crió entre herramientas y trozos de madera, heredó de su padre la destreza por la carpintería, si en él tuvo un profesor que lo guió –a lo mejor a veces solo mirándolo- hay que reconocer que con el tiempo lo superó ampliamente.

Don Vicente era un hombre modesto, trabajador, no sé de donde asomó pero yo lo conocí en Punitaqui. Bajito, gordito, con una guata no muy pronunciada, estoy seguro que usaba suspensores para sujetar los pantalones, cara blanca, un poco colorada, pelo bastante canoso, peinado hacia atrás, hablaba en voz baja, me parecía de buen genio. Cortaba el pelo, la peluquería se comunicaba a través de una puerta directamente a la calle, era peluquero de sillón de madera con espaldar, a los costados de ese asiento, dos listones del mismo material para acomodar los brazos, al frente dando la cara al cliente, había un espejo grande que salía de un mueble tipo peinadora, ahí estaban todos los utensilios del veterano. En el patio de la casa tenía un banco grande donde hacía los trabajos de carpintería, que el hombre manejaba al revés y al derecho las herramientas para laborar con la madera, no cabe la menor duda. Lo mismo sucedía con las antiguas máquinas manuales, pequeñas, para cortar el pelo y las tijeras. El viejo hacía la barba con navaja, posiblemente de marca Solingen, importada de Alemania en otros tiempos, de agudo filo que no dejaba un solo pelo en el rostro de los adultos. Cuando se gastaba un poco y ya no sacaba igual, él mismo don Vicente tenía una tira de cuero para afilarla, ahí masajeaba la herramienta para lado y lado, el hombre siempre tuvo buen pulso.

Don Vicente se casó con doña Agustina, se me viene a la memoria una señora más o menos maciza, cara grande redonda, me parece que hasta con algún lunar, medias largas usanza antigua, su pelo como que lo recuerdo crespo, entrecano, gesto adusto, severo, alguna vez fue a reclamar –y con razón- por mi conducta, yo demasiado pequeño todavía, de cinco añitos, arrojé con dificultad por sobre la pared que separaba el patio de las dos casas, una piedra grande, no cabía en mi mano, que fue a parar en el patio de doña Agustina, justo dio en un lavacara de color azul con flores estampadas, ocasionándole una fea saltadura. La esposa de don Vicente fue con lavacara en mano para mostrárselo a una de las empleadas, la expresión de enojo en su rostro era manifiesta y sus ojos redondos, también mostraron lo propio, la señora estaba furiosa. Es obvio que me cayó la reprimenda que en el fondo, no surtió mucho efecto, reconozco que de pequeño hacía maldades, en más de alguna ocasión sí me dieron en las piernas con un cordelillo, el llanto desconsolado en ese momento y luego los vestigios, ronchas rojizas bien marcadas, la misma empleada, a espaldas de mi viejo, me ponía un poco de crema para aliviar el escozor.

Pero en la casa donde vivía don Vicente, todavía veo más gente, Norma. Eran varios hijos de la familia Pastén, a más del Pato había un par de mujeres, una que le decíamos la Uva, de nombre Uverlinda, la otra era Virginia, delgadita, espigada, aun había otro hermano de nombre Gonzalo, también estuvo en la escuela, en cursos superiores, el otro se llamaba Mario con quien tuve más acercamiento en las aulas escolares, el último era uno que le decían el Toto, nieto de don Vicente y de doña Agustina, la madre de este niño era la Uva. Hace mucho que no veo a Mario, solo recuerdo que le gustaba boxear cuando organizaban peleas para ciertos eventos especiales en Punitaqui.

¡El Pato Pastén! Lo recuerdo bueno para chupar y cabaretero, solía gastar lo que ganaba, no le faltaba para beber, para sumergirse en las farras nocturnas con los “amigos” que nunca faltan en Punitaqui, cuando hay que tomar, simplemente sobran, Norma.

Nunca he olvidado que una ocasión, no recuerdo bien el porqué, a media mañana, acaso serían las 11, fuimos a parar una día de semana cualquiera, no era sábado ni domingo, donde doña María Egaña, el grupo era reducido, pero sí metíamos bulla y todos estábamos eufóricos, había dos mesas repletas de botellas de cerveza, una era la nuestra y la otra la del Pato Pastén con sus amigos. A éste se le ocurrió unir las dos mesas y eso significaba juntar todas las botellas, al final el líquido pasaría por las gargantas como si éstas fuesen una sola, simplemente compartiríamos, entrechocaríamos los vasos cada vez que dijéramos ¡salud! Eso no fue todo, había tres mujeres pero evoco nítidamente a una de ellas, la famosa Sin Destino. Era a quien más molestaba el Pato, bailaba con ella cada pieza, no se perdía una, y le hacía bromas, con las palabras parecía que quería transmitirle todo lo que tenía adentro. Le ponía las manos en las nalgas, en la cintura, la enlazaba por el cuello y cuando terminaba la canción –boleros y cumbias, recuerdo que estaba de moda La Pollera Amarilla- el Pato estiraba la mano tratando de tocar la entrepiernas de la prostituta, a cambio recibía un manotazo que empecinaba todavía más al galán. El Pato en repetidas ocasiones, estiró la mano derecha en la misma dirección y cuando alcanzó plenamente su objetivo, con esa expresión de picardía que tenía siempre la vez que hacía o decía alguna tontería, expresaba a la Sin Destino con un timbre de voz lleno de malicia, como si fuera un niño pequeño que hablaba en su media lengua:

-“¿De quien es echo?” (y él mismo se contestaba en tono susurrante)

-“Chuyo”

-“Hagámolo tilla”

-“Altillo”. Y el Pato lanzaba la risotada, festejando su propia travesura. Todos terminábamos riéndonos y continuábamos con la tomatera que se prolongó como hasta la siete de la noche, hora en que ya no cabía una sola gota de cerveza en el organismo.

El Pato tenía algunas historias que generalmente se relacionaban con la farra nocturna y el alcohol. En cierta ocasión recibió un premio de una institución conocida en Chile, la Corporación de Fomento (CORFO), decidió premiar a los pequeños artesanos en diferentes lugares del país, tal vez alguien mocionó el nombre del Pato o simplemente la entidad hizo un sondeo en diversas localidades y uno de los premiados por sus trabajos de carpintería, fue el Pato Pastén, el estímulo fue en dinero, en ese entonces una cantidad nada despreciable. Lo primero que hizo el artesano fue invitar a sus amigos más allegados a una buena farra por la noche. “Vamos para Arriba (se refería al barrio que se encontraba al sur de la calle Caupolicán), visitemos un rato a la “Luchita”, oímos música, bailamos, nos pegamos unas cuantas copas y nos divertimos tranquilos”, dijo el Pato. Sus amigos no se hicieron de rogar, entre ellos estaba su propio hermano menor de nombre Mario, el premiado con el bolsillo lleno de billetes no tuvo que repetir dos veces la invitación, en pocos minutos estuvieron dispuestos para participar de la juerga, además, en el Barrio de Arriba, la Lucha era una tentación para cualquiera, con esos ojos verdes tan expresivos, piel trigueña, una sonrisa que eclipsaba la voluntad de los galanes, se los ganaba así no lo quisieran, voz hermosa, cantaba muy bien esas canciones con ritmo de vals o bolero, melodías que llamábamos cebolleras, de letra tristona y pegajosa, cautivante, con mayor razón si los grados de alcohol ya estaban circulando en la cabeza. La Lucha era sensual, atractiva y joven. Todos querían bailar con ella, pegarse a su cuerpo para sentir más rápido los latidos del corazón y de ser posible, no soltarla nunca. Pero en el local estaba un paco, según las malas lenguas, se aprovechaba de su autoridad para beber y divertirse sin gastar. Y el Pato Pastén, en cuanto se dio cuenta de la situación, empezó a buscarle la bronca, lo hostilizaba con indirectas y por momentos con frases directas también, envalentonado por el trago. Ahí sí que los amigos del premiado no quisieron meterse en líos, se corrieron olímpicamente y en un dos por tres dejaron solo al carpintero, se fueron a dormir. Al día siguiente se enteraron que el paco maltrató feamente al Pato, que no era bueno para pelear, un tanto molestoso cuando estaba bebido, especialmente si alguien le caía mal y para él, el paco era un intruso que no debía estar en su farra.

Como resultado de esa pelea, el Pato sacó la peor parte y fue a parar al hospital de Ovalle bien golpeado. Demoró algunos días en reponerse. Sus propios amigos comentaban del reclamo que les hizo, con el descaro que le caracterizaba, con la expresión de picardía en su rostro, les decía: “la clase de amiguitos que tengo, me toman el trago, arman la pelea, luego huyen, dejándome solo, yo tuve que sacar la cara por ellos y aguantar hasta los puñetes”. El Pato no escarmentó con la golpiza, en un par de semanas se gastó toda la plata del premio en juergas.

El Pato Pastén daba forma a cualquier mueble. Tenía habilidad para trabajar la madera, incluso hacía juguetes. Yo era demasiado pequeño, Norma, cuando contemplé con ojos de asombro una carreta de la época que crearon las manos del Pato, me la mostró su hermano Mario, era el modelo en miniatura de la misma carreta tirada por un caballo, de dos ruedas grandes, con techo para proteger del sol y la lluvia al hombre que la manejaba, en ese peculiar vehículo repartían el pan, llegaba al frente de la casa de don Vicente (padre del Pato) para entregar la mercancía. La carreta la recuerdo muy bien. Yo molesté por ese juguete, de inmediato quise tenerlo, no sé de dónde lo sacó mi vieja, pero entre mis pequeños tesoros tuve esa carreta de madera, ignoro si se la compraron al Pato o a otra persona, para mí era igual. De color café y el caballo, blanco. Me sentía feliz con ese juguete.

A más de malicioso, chistoso, de palabras descarnadas, el hombre hablaba con desparpajo, al Pato lo recuerdo como farrero empedernido. Trago largo el Pato. Tenía su pareja, doña Amelia. Cuentan que una noche su señora preparó un costillar de chancho asado para unos huasos que venían de El Peral, pernoctaban en la casa del Pato, seguramente pagando algún dinero por el albergue y la atención que recibían en ese hogar. Llegada la noche, vino el hambre, tenían que comer y la comida tenía que ser con vino, dicen que el Pato llegó con un chuico de 15 litros. Había más que suficiente, razón por la cual al carpintero se le ocurrió invitar a sus amigos y vecinos más cercanos para participarles de la comilona y el trago, eran tres. Los campesinos habían llegado a media tarde a Punitaqui, el propósito era dormir en el pueblo para tomar locomoción temprano al día siguiente y viajar a Ovalle. Todo iba bien, comer y tomar vino, en medio de los eruptos de los huasos y los escupos que arrojaban en el suelo, algo chocante para uno de los jóvenes amigos del dueño de casa nacido en la gran ciudad, quien vivía con su familia en Santiago, de costumbres muy diferentes. Era madrugada y la farra no terminaba, los amigos del Pato estaban en lo mejor charlando, escuchando música y riendo, el Pato había desaparecido de la pieza donde estaba todo el grupo, incluidos los huasos peralinos, repentinamente llegaron a los oídos de los farreros los gritos angustiados de doña Amelia que venían de la cocina, los tres amigos corrieron alarmados para ver de qué se trataba y encontraron al Pato que estaba dándole de patadas a su mujer tirada en el suelo. Molestos, lo único que hicieron fue agarrar al dueño de casa y arrastrarlo a la fuerza al otro cuarto, lo amonestaron con palabras, criticándole su mal comportamiento con la señora que había atendido tan bien a todos comensales. Dio la impresión que el Pato recapacitó pero en segundos asomó la expresión de picardía y descaro, casi mefistofélica, tan característica en su rostro, para de inmediato sonriente decirle a los presentes, a modo de explicación: “lo que pasa es que a esta mujer hay que pegarle tres veces por semana y hoy día le tocaba”. Al mismo tiempo el Pato soltó la risotada. Ahí terminó la fiesta, Norma. Fue como el momento preciso que todos esperaban para retirarse a descansar.

Me gustaría volver a saludar al Pato Pastén. No me imagino que se haya ido de este mundo, Norma, porque él tiene que continuar haciendo aquellos muebles de antaño, esos sencillos juguetes de madera tan bellos que los carpinteros ya no hacen, figuritas que no entretienen a los niños de ahora, absorbidos por esa esponja, por el pulpo de los mil tentáculos llamado tecnología. Y, por el contrario, si el Pato ya no está, no me extrañaría que esté modelando en los misteriosos espacios inconmensurables, una pequeña carreta de madera de dos ruedas tirada por un caballito blanco. Igualita a la que jugaba cuando yo era niño.

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