Columna personal

Susurro de los molinos de viento XL - Los cumpleaños

Los cumpleaños en Punitaqui siempre fueron un día especial. Eran parte de las ilusiones infantiles, Norma. Cuando se me vienen a la memoria, inevitablemente surgen dos nombres: el Chato y el Samy. Dos nombres para dos amigos inolvidables de la infancia con quienes compartimos hermosos episodios y juegos, forman parte de los recuerdos que jamás han sido derrotados por los años. Eran primos, Norma, pero se llevaban como hermanos, muchas cosas las hacían juntos y de alguna manera yo era algo así como el intruso en ese trío de aquella etapa de la niñez. Los tres estábamos en la escuelita, vestíamos el clásico mameluco con pechera, grisáceo o blanco invierno, resistente como para revolcarse en la tierra, con bolsillos de parche para guardar el pañuelo, el trompo, el emboque o las bolitas, inmensos y preciados tesoros en aquellas épocas. Multicolores en el caso de los famosos “tiros de vidrio” –así llamábamos a las bolitas o canicas de cristal. El Chato, que en una ocasión apareció con un imponente bolaco amarillo de adornos rojizos que despertó mi interés pero no pude ganárselo en el juego, tampoco cambiárselo por muchas bolitas de piedra, fue mi propuesta que él no aceptó. Con el Chato jugábamos durante el recreo en el patio de tierra de la escuelita.

El Chato se llamaba Sergio, pero todo el mundo lo conocía por el Chato, era mucho más importante el apodo familiar que su propio nombre. Mis hermanos siempre tuvieron un gran sentimiento de amistad con el hermano mayor del Chato, uno de esos hermanos ya no está, tampoco está el hermano del Chato. Son aquellas cosas de la vida, Norma, que los humanos no comprendemos o simplemente nos negamos a aceptarlas. Quizás por ello también, en alguna etapa de nuestra existencia, con el Chato sentimos la misma pena. Esa tristeza pesada que no tiene forma y hay que guardarla, llevarla, cargarla, sentirla por el resto del tiempo que nos queda. Ese tiempo que absorbe las lágrimas hasta secarlas y después el dolor apenas alcanza para sentir las nostalgias. Pero las evocaciones no se borran y en cualquier momento asoman como dibujándose en las quimeras.

El Chato parecía serio, pero también alegre cuando algo le causaba gracia, era ocurrido y estaba al tanto de las cosas. Siempre más adelantado en la escuelita, mientras sufríamos con los ejercicios de las fracciones, él las resolvía fácilmente y en aquellas tareas sencillas que debíamos hacer en casa, El Chato desarrollaba los contenidos citando a Einsten o hablando de Isaac Newton. El Chato era más múltiple que cualquiera, alumno brillante en la vieja escuelita, donde nos formamos todos, de ella salió la esencia de lo que ahora somos. Con esos profesores a la antigua que enseñaban de todo, unos cuantos de ellos con la varilla de membrillo en la mano, delgada, bien pulida a filo de cuchillo, ¡cómo dolía un varazo en las piernas! La piel quedaba enrojecida, la roncha no pasaba de un momento a otro. Pero se aprendía, Norma, te prometo que se aprendía.

El Chato estudioso y responsable salió antes del pueblo, se adelantó. Con esa mentalidad matemática, amigo de los teoremas, axiomas y de los logaritmos que yo detestaba y que gracias a Dios nunca aprendí, mi amigo emigró a la gran ciudad y cuando rindió el temible bachillerato, obtuvo uno de los más altos puntajes en el colegio donde estudiaba. El papá estaba feliz, una mañana que conversábamos me decía: “Qué te parece el Chato”. El hombre habló largo del Chato, sentía un tremendo y justificado orgullo, yo solo corroboré su merecido entusiasmo, tenía fe en el hijo y él no estaba equivocado. Para mí el Chato era bueno, en ese entonces una bala para manejar la raíz cuadrada y la regla de cálculos que entiendo ya no se utilizan. Por eso el Chato no podía equivocarse y se hizo ingeniero.

Pero la amistad con el Chato se remonta mucho más allá de los conocimientos escolares, colegiales, universitarios o del masterado, la amistad con el Chato se salió de las hojas de los cuadernos para quedarse en el tiempo, viene de aquellos días en que éramos niños y eso es mucho más importante. Existía un compromiso que nunca establecimos pero siempre lo cumplimos, algo tácito e ineludible. Yo iba a su cumpleaños y él estaba presente en el mío. El regalo mutuo eran las golosinas, la caja de caramelos, calugas o chocolates, con anticipación las encargábamos de Ovalle, el obsequio llegaba envuelto cuidadosamente en papel fino, colores llamativos y con un lazo, además de una pequeña tarjeta escrita con puño y letra felicitando al homenajeado. Nunca me olvido de las clásicas lenguas de gato, un chocolate suave y delicioso para el paladar de un pequeño, su envase era una vistosa cajita de cartón larga y angosta, en la tapa iba adherido un papel de color celeste con la figura impresa de dos gatos, uno blanco y otro beige, casi ladrillo. Eran dos filas de chocolates separadas por una franja fina de cartón, veinticuatro en total, con la forma de la lengua de un felino. Nunca he olvidado que el Chato para un cumpleaños apareció con lenguas de gato y una caja de lata grande de color rojo y rayas blancas, medía unas dos cuartas de largo por una de ancho, de forma ovalada, estaba repleta de caramelos Ambrosoli surtidos, los que más me agradaban eran los rellenos con miel. Era un hermoso envase que conservé algunos años, en él guardaba solo las bolitas de cristal. Cuando ingresé al colegio todavía lo tenía, era un recuerdo del Chato, para ese entonces en la misma caja empecé a guardar las primeras cartas de la adolescencia escritas con puras letras de ilusiones que encerraban nombres femeninos: María Teresa, Alicia, Finda…hasta ahí no más llega mi memoria. Solo sé que a María Teresa, santiaguina, hacía mucho que se la había tragado el tiempo, su paso por Punitaqui fue tan fugaz como vuelo de golondrina.

Todavía me parece estar festejando uno de esos cumpleaños. En la casa del cumpleañero el ajetreo empezaba desde la mañana, había que armar la torta, enorme, para veinticinco o treinta comensales entre niños y adultos. El clásico biscochuelo, tipo queque, que a veces se preparaba la tarde anterior, con una docena de huevos, bien dorado al horno, en aquellos tiempos de leña, esas cocinas de hierro, macizas, con patas del mismo material, generaban un calor muy fuerte. Ese biscochuelo se ponía por capas y cada una de ellas iba rellena con manjar, frío, preparado con horas de anticipación, lo hacían de leche condensada, por lo menos dos latas, se cocinaban selladas, sin abrirlas, se me ocurre que al baño maría, a veces la torta se la mezclaba con nueces hecha picadillo, de sabor incomparable y cuando estaba terminaba se le ponía ese baño hecho con clara de huevo y azúcar, blanquísimo, y todavía se adornaba con diminutas bolitas multicolores de dulce. Si finalmente se le ponía una capa de chocolate semilíquido, era mejor todavía. Ningún niño se quedaba sin comer un pedazo de esa torta, la recuerdo grandota, sólida, algo que jamás he vuelto a probar, la torta artesanal, casera, receta seguramente de las abuelas.

Los niños gozaban con un cumpleaños, había gorros, cornetas, pitos, sorpresas de caramelos envueltas en papel de colores, con ese mismo que hacían los volantines. El privilegiado era el festejado cuando apagaba las pequeñas velitas. Todavía tengo la sensación de estar en un cumpleaños del Chato, veo una larga mesa improvisada, la cubierta sobre dos o tres caballetes de madera, llena de cosas, ubicada bajo un parrón –si la memoria no me traiciona. Hay bancas largas y silletas pequeñas individuales. Siempre, a más de la torta, las mamás servían un postre, galletas y la infaltable taza de té, lo preparaban remojándolo en algún jarro enlozado y para servirlo los pasaban por un colador, se endulzaba con un par de terrones de azúcar, la que se consumía en aquellas épocas, la granulada casi no se usaba y la impalpable, solamente en los pasteles. Esa tarde éramos como veinte niños en el patio de la casa del Chato, lo más llamativo fue la presencia del Washington Hans, compañero de la escuelita, alto, piel blanca, pelo castaño y ojos profundamente azules. Tenía una excelente voz, cantaba muy bien. En ese entonces el Chato lo hizo cantar la canción que más le gustaba, “La muy indigna”. Las gaseosas más cotizadas eran la Bilz y Orange. La Coca-cola casi no se consumía en el pueblo.

Cuando jóvenes recuerdo que el Chato siempre visitaba el pueblo en temporada de vacaciones, generalmente lo hacíamos tres veces al año: en julio, en septiembre para las fiestas patrias y cada verano, en el receso largo que comenzaba en navidad y se prolongaba hasta los primeros días de marzo. Por supuesto, no nos perdíamos ninguna fiesta y el Chato se destacaba porque vestía a la moda de ciudad y por el baile, siempre fue elegante para bailar. No se quedaba con ningún ritmo, en la época del Cha-cha-cha, el Chato bailaba Cha-cha-cha, no se diga el Rock, el Twist o el Go-go, pero si ponían una cueca, ahí estaba el Chato enarbolando el pañuelo. Así fue siempre el Chato, inteligente, educado, distinguido, elegante, caballeroso.

Ya se fueron aquellas épocas, Norma. No hubo más cumpleaños, el último que me festejó mi vieja fue el número 13, lo recuerdo bien porque curiosamente cayó martes 13. Ahí estuvo el Chato, con su regalo, además de otros amiguitos. Y saboreamos la misma torta. Las vivencias no se han acabado, Norma, por eso te escribo de ellas y siento que el Chato continúa siendo un amigo del tiempo.

El Samy, también de la escuelita y primo del Chato, era casi de la misma generación, la diferencia cronológica era mínima. De otra personalidad, despreocupado, un poquito irresponsable, pero buen tipo, consentido de la madre, la señora Irma. Nunca he olvidado que una ocasión no asomó una semana en la escuela debido a una fuerte amigdalitis, repentinamente cayó a la cama con fiebre alta y la garganta inflamada. El Chato contaba a la profesora que el primo tenía un comienzo de gripe y había terminado de enfermarse por haberse tomado once barquillos de helado.

En las noches nos reuníamos con el Pato Pastén y el Samy, charlábamos largamente, las conversaciones entretenidísimas se prolongaban sin sentirlo, muchas ocasiones pasaban de la medianoche, pero sabíamos que al día siguiente no faltarían los temas para volver a conversar. El Pato amenizaba la tertulia contando algunos chistes, si no recordaba ninguno, aunque sea se reía del prójimo. Solo tenía que pasar alguien caminando, alguna persona conocida, era suficiente, al Pato se le ocurriría cualquier cosa.

Me da nostalgia cuando recuerdo a mi amigo Samy, nostalgia por el mucho tiempo que ha pasado, es que no volví a verlo, Norma. Solía asomarse a las 11 de la mañana, después de haber dormido bien, llegaba a mi casa y estábamos listos para hablar de cualquier cosa, si de noche habíamos tomado algunas cervezas, a veces amanecíamos con sed, entonces nos preparábamos una limonada con poca azúcar, pero le cargábamos la mano al limón, era la solución. Si la mañana estaba normal, en nuestro organismo no pasaba nada, con Samy conversábamos hasta la hora del almuerzo. A las tres de la tarde para matar el tedio, volvíamos a reunirnos, la distancia entre mi casa y la de Samy no pasaba de un par de cuadras, en ese lapso también solíamos ir donde el viejo David Vega, un par de horas hasta que llegaba el momento de tomar el té. Ahí, cada uno para su casa y a las nueve de la noche estábamos listos, cambiados de ropa y ¡a la calle!, una buena caminata al barrio de Abajo, íbamos hasta el Hotel Buenos Aires, sin prisa, a veces más allá, especialmente si era época de tunas, no faltaba la cuchilla en el bolsillo para cortar unas cuantas, se me ocurre que las plantas quedaban en la parte trasera de la casa del Plata Sencilla, sobre la cerca, pero igual uno ayudaba al otro para encaramarse y hacerse de la fruta ajena con la complicidad de la noche. Así ladraran los perros, molestos y enfurecidos, no hacíamos caso. Ahí mismo comíamos y dejábamos la evidencia de nuestra picardía en el suelo, solo quedaban las cáscaras, Norma. Otra vez agarrábamos el tranco, bien despacio, hablando de mil cosas, tejiendo sueños. Samy soñaba con la escuela de minas, hablaba mucho de Copiapó, ciudad que yo no conocía, los dos nos habíamos tirado el año colegial, todavía éramos adolescentes y no le tomábamos el verdadero peso a la realidad. Nuestra realidad era otra, fantasiosa, fácil de plantearla pero muy difícil alcanzarla. El siempre decía que regresaría a los estudios, yo le aseguraba lo mismo, tal vez porque de repente asomaba el cargo de conciencia y poníamos los pies en la tierra. Samy se proyectaba hacia Copiapó y yo pensaba en la gigantesca ciudad, queriendo dejar ese ambiente pueblerino, cambiar lo pequeño y apacible por lo grande y bullicioso, atestado de ruido, de vehículos y de gente. Se me ocurre que a los dos se nos cumplieron los deseos, retornamos a la vida citadina, pero perdimos todo contacto.

¡Cuántas veces!, cuando aún no se iba la tarde, tomé té en la casa de Samy. Todavía recuerdo algunas de sus frases, sus palabras, cuando se burlaba de alguna canción cebollera, tratando de imitarla. No se me han ido de la memoria las conversaciones que endulzábamos en mi casa con un poco de galletas, un plato de leche asada y con los sueños de la adolescencia, ésos no tenían final, Norma. El me hablaba del desierto que yo todavía no conocía, de esos territorios inacabables de la pampa nortina, de superficie reseca donde no crece ni una brizna de pasto, yo le escuchaba, esos parajes parecían estar mucho más lejos de mis propias apreciaciones, algo que no podía alcanzar, estaban ¡tan distantes!, como que se confundían, se ahogaban con el ruido monótono, adormecedor en las horas calientes del verano, que salía del molino de piedras para moler granos que tenía mi viejo. Cuando llegaban los arrieros de pueblitos lejanos, marcando el compás del tranco de los mulares y caballares, tocaba levantarse a las cinco de la madrugada para prender el motor y concentrarse en la molienda, el trigo más cotizado era el capel, daba la mejor harina, la más pura. Mientras transcurrían las horas respirando un fino polvillo que resecaba la garganta, recordaba las conversaciones de la noche anterior con el amigo, repentinamente se asomaba, a media mañana, con la misma sonrisa, puesto un sombrerito confeccionado de tela de color blanco. Por el zumbido que él captaba desde su casa, sabía que estaba trabajando, ahí ya no era la limonada, nos sentábamos a fumarnos un cigarrillo Hilton, y completábamos la charla inconclusa que se había tragado la oscuridad. Éramos un par de locos soñadores incorregibles, pero sanos, Norma, sanos. No había malicia ni mala intención en ninguno de los dos, peor un desacuerdo o desavenencia, ni siquiera cuando intentábamos conquistar a la misma chica porque eso también sucedió. Cada uno tenía sus tretas, a veces resultaban y a veces no.

Aunque hayan transcurrido décadas, resulta imposible olvidar al amigo bueno. A veces me da la sensación que se repiten esos episodios vividos y parece que escuchara su risa cuando bebo una taza de té.

Tengo dos abrazos guardados como vino añejo para el Chato y el Samy. Al Chato tendré que dárselo en el corazón del Gran Santiago y nuevamente festejar el cumpleaños comiéndonos un pedazo de la misma torta de otros tiempos y volver a ser niños.

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Comentario: 

Un lindo recuerdo de los cumpleaños.
Yo siempre recuerdo el de los ocho años, en que Abel Araya, nuestro vecino, que trabaja en la amasandería de Segundo Flores, ha llevado para mí una gran torta con betún y con perlas grandes, llena de manjar.
Ayer día del Carmen, la patrona de Chile, claro que sin esas tortas de antaño, celebramos el cumpleaños de nuestro hermano. También festejamos su santo al Carmelo. Haciendo un recuerdo del pasado que nos une y convoca en estos encuentros de hermanos ya crecidos, para no decir viejos, comimos cazuela con porotos verdes, zapallo y papas. Le cantamos las Mañanitas y el Fray Jacobo, la canción eterna de uno de los comensales, unos de nuestros amigos del barrio. La alcayota que trajo Andrés de Pueblo Viejo fue el relleno de la empanadas de dulce, igualitas a las que hacía la mamá, que pusieron algo de aroma de los años ya idos y del pueblo.

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