Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLI - Hotel Buenos Aires

Quienes conocieron la historia siempre dijeron que el hombre era un viejo minero, Norma. De aquellos que pueden hermanarse con las profundidades de la tierra sin conocer el miedo y si lo tienen, lo cambian por la resignación, saben que su mundo es la oscuridad sin necesidad de ser dráculas. Yo siempre los admiré pero nunca quise ser uno de ellos, ya era de otra hornada, Norma, más aniñado y consentido pero sensible Norma, sensible ante esa realidad que siento mía, todavía la llevo en mi espíritu como si la hubiese vivido. Recuerdo a esos hombres duros con pantalones de mezclilla, bototos de cuero engrasado, resistentes, toscos, tiesos a fuerza de la humedad, cuando los quitaban de los pies, ahí se quedaban, erguidos, como si hubiesen querido caminar solos. Me parece ver a los mineros punitaquinos con la lámpara de carburo colgada de la cintura, pasaban por la vereda camino de Los Mantos conversando de sus cosas. Si retornaban a su casa en la madrugada, la lámpara todavía tenía un poco de combustible como para alumbrar el camino en las partes oscuras. De los mismos era el viejo minero, propietario de esa antigua casona de dos pisos que se encontraba en plena esquina, al frente del almacén de Humberto Rojas. Si en el Barrio de Arriba la vida comenzaba en La Planta, en el Barrio de Abajo la calle empezaba a vivir en esa vivienda esquinera que la mayoría de los punitaquinos conocieron como Hotel Buenos Aires.

La familia Varas era un verdadero clan, sólido, gente unida, positiva, emprendedora. Recuerdo a don Juan, un veterano a quien conocí de cierta edad, incalculable desde que tuve uso de razón, recuerdos que se remontan a la etapa de entre cuatro y cinco añitos. Lo evoco siempre puesto la chaqueta, se me ocurre que con chaleco, pantalones comunes igual que los zapatos y puesto el sombrero. Se asoman en mi memoria unos lentes –tal vez ópticos pero de cristales oscuros, no transparentes. Lo veo en la puerta de su casa mirando en distintas direcciones. Cada vez que me veía en el triciclo exclamaba: “¡Lorenzo Varoli, Lorenzo Varoli!” (famoso corredor de coches de carrera en épocas pasadas), era el estímulo para que yo le diera a los pedales con todas las fuerzas de mis pequeña piernas y pasaba veloz (era lo que yo creía) frente a don Juan que luego se escondía a medias detrás de la puerta. Así fue siempre. Doña Carmela, su esposa, tengo la sensación de que todavía está detrás del mostrador en el negocio de abarrotes, voz suave, tono bondadoso, cabeza de pelo semiblanco, no sé por qué pero lo percibo recogido en un moño con la forma de un tomate. De vez en cuando como que se cubría con un chal de lana al estilo antiguo de las señoras.

Siete hijos de ese matrimonio siguen latentes en mis recuerdos: Osvaldo, Juan Segundo, doña Nora, doña Amelia, doña Carmen, don Lalo y Denys, no vislumbro ningún nombre más.

Dos de ellos trabajaban con sus camiones, Juan Segundo con un camión de color rojo y otro –algunos dicen que blanco aunque lo siento medio celeste o de un gris muy claro, no llego a la exactitud- de Osvaldo, lo manejaba el Flaco Herrera que una noche oscura se negó a seguir viviendo. A Osvaldo Varas solía verlo trepado en una bicicleta de color verde.

Ese viejo minero del que te hablo, Norma, que solo llegó de oídas a mis conocimientos –cuyo nombre no tengo registrado en mis recuerdos- fue quien vendió la vivienda a don Osvaldo Varas Maluenda, en esa misma casa funcionaba el famoso Hotel Buenos Aires, pero él no era dueño del negocio, sino el suegro que se llamaba Moisés Hernández, en mi memoria lo conocí cuando ya tenía su edad. Tez blanca, un poquito colorado, no muy alto, también lo veo con poca cabellera. Recuerdo vagamente que solía sentarse en una silla de madera con asiento y respaldar trabajado en totora, algo muy común en el pueblo de Punitaqui en épocas pasadas. Tengo la impresión que se sentaba al revés, abrazado al respaldo que le servía como punto de apoyo. Me parece ver al hotelero con chalina, la silla la ubicaba en plena vereda cuando ya era la tarde para contemplar la escasa actividad que a esa hora se daba diariamente en la calle.

No creo que don Moisés haya sido punitaquino de cepa, quienes lo conocieron cuentan que arribó de las salitreras, huyendo quizás de los calores del desierto, de las calientes superficies arenosas donde cuentan que cuando ponían un tanque de hojalata lleno de agua bajo el sol ardiente, el líquido se evaporaba. De allá venía don Moisés Hernández, cansado del apogeo de los pueblos del desierto que siempre significaban un espejismo que engañaba a los sueños del minero. Como las pocitas de agua, Norma, rodeadas de lo que uno cree que son arbolitos en plena arena que se extiende hasta el horizonte, esas visiones que emergen repentinamente a kilómetros de distancia al conducir un vehículo en la carretera, cuando llega el cansancio que se torna más intenso en las rectas interminables que producen la monotonía del volante. Y ahí está el pequeño oasis, igual que en las películas, presente como haciendo guiños, pero nunca se lo alcanza, desaparece de manera sorpresiva, cuando menos se lo piensa. Es lo que me ha sucedido en dos ocasiones que he viajado a Punitaqui por la Panamericana cruzando fronteras. De allá venía don Moisés, Norma. Posiblemente un día cualquiera contempló la arena del desierto de temperatura infernal y para sus adentros se dijo: “esto ya no es para mí, la familia creció y si continuamos aquí, no sé que será de ella”.

Y ahí quedó el trabajo, Norma. Don Moisés sintió el cansancio de esa actividad y emigró. Atrás dejó un pasado limpio como todo hombre de bien que quiere vivir en paz con su conciencia y ancló su barco de vida en el pueblo de Punitaqui.

Don Moisés ya tenía esposa cuando emigró de las tierras desérticas al Norte Chico, la señora Dámasa Rodríguez a quien todos conocían por Damita. La pareja tuvo seis hijos, dos varones: Ismael, conocidísimo por su apodo, le decían Cutita, a él también lo recuerdo caminando por la vereda vestido de minero, que yo sepa nunca salió de Pueblo Viejo, ahí vivía con su familia. Recuerdo que una vez lo nombraron Rey Feo para la semana punitaquina y me pareció graciosísimo, hizo reír a mucha gente. El otro hijo de don Moisés, hermano del Cutita, se llamaba Gonzalo. El resto de descendientes del matrimonio eran cuatro mujeres: doña Rosaura, a quien todos trataban de Chagüita. Otra hija respondía al nombre de Tinita, la otra era Roselia, muy conocida, a quien decían Chelita y la menor se llamaba Elbita. Doña Chagüita se casó con Osvaldo Varas y tuvieron dos hijos a quienes conocí durante la etapa de la escuelita, Maruja y Juan Varas. Chito Varas Hernández, primo de ambos y con quien también hicimos buena amistad, es hijo de Juan Segundo y de doña Chelita.

En el Hotel Buenos Aires siempre tuve la oportunidad de ver a doña Chagüita y a doña Chelita, son las hijas de don Moisés que más recuerdo, Norma, tengo idea que ellas se preocupaban de atender al público. La presencia de don Moisés en ese local la tengo nítida, era característico verlo sentado en una silla como solo él acostumbraba a hacerlo. El veterano había decidido dejar todo en el pasado, pero tenía los recuerdos de las salitreras que habían marcado su existencia para siempre, inevitablemente le quedaron las vivencias, latientes, con el aroma del caliche. Estaba consciente que esos años vividos en el Norte Grande le habían dado la experiencia, la capacidad de defenderse de cualquier forma frente a la vida. El sabía cortar el pelo, era habilidoso en las tareas de talabartería, además de excelente cocinero cuando se trataba de preparar los platos derivados del chancho de campo. Incluso, un buen “mandador” en las carreras de caballo a la chilena. Don Moisés siempre fue solidario con su esposa, coordinaban juntos las actividades relacionadas con el trabajo. Las hijas que estuvieron más cerca de ellos ayudaban en una tarea que seguramente con el tiempo se transformó en algo familiar.

El Hotel Buenos Aires tenía su grupo de asiduos parroquianos, gente que no faltaba nunca y para quienes ese local llenaba sus momentos de entretenimiento. Siempre me llamó la atención ver en cada atardecer que allí se concentraban los jugadores de cacho y dominó, este último me gustaba jugarlo de vez en cuando, especialmente en la temporada de vacaciones para matar el tedio y alternar con algunos viejos que eran demasiado diestros para poner las fichas con el característico golpe, daba la impresión que todo buen jugador de dominó tenía que golpear la carta al colocarla en la mesa. Recuerdo que en una ocasión, creyendo erróneamente que ya sabía jugar dominó de tanto practicarlo con el tío Carlos y don Juanito, papá del Keno y del Negro de la Quebrada, que vivía en su pequeña casita localizada un poco más arriba de la propiedad de don Carlos Galleguillos (me refiero al auténtico viejo Galleguillos, militante del Partido Radical, seguidor de Gabriel González Videla, Pedro Enrique Alfonso y de Luis Bosay), tuve la mala idea de jugar con los “dominoceros” que frecuentaban el Hotel Buenos Aires. Se me vienen a la memoria dos nombres: Eduardo Araya, (Pocas Cejas) y Daniel Lastarria, este último en cuanto terminaba las diarias jornadas mineras, cambiaba de ropa, generalmente vestía un terno negro, café o gris con camisa blanca y tomaba el tranco por la calle larga, el destino final era el Buenos Aires, allí se entretenía jugando con los amigos y todos bebían unas cuantas copas de vino tinto. Me senté en una mesa fungiendo destreza para jugar las blancas y resistentes fichas de puntitos negros, el nombre de mi compañero no lo recuerdo ¡Qué iluso fui!, enfrentarme a la pareja contraria conformada por Daniel Lastarria y el maestro zapatero que podían llevar la cuenta de las pintas como si tuvieran una mini registradora en la cabeza. El Pocas Cejas, con quien siempre solía conversar de distintos temas en todas las épocas ¡cómo se burlaba! Me pasé jugando unas cuantas horas y por mi culpa perdimos todas las partidas, creo que desde entonces, Norma, no he vuelto a jugar dominó.

No recuerdo cuándo falleció don Moisés Hernández. Ignoro qué habrá pasado con el Hotel Buenos Aires, para mí era un protagonista más de la vida del pueblo de Punitaqui.

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Comentarios

Comentario: 

bueno otra vez la historia no es completamente cierta mi bisabuelo no es del norte grande y tampoco viene de una salitrera, está mal contada la historia, nuevamente mitología campirana.

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