Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLIV - Era invierno

A veces, cuando me sumerjo en el pozo insondable de los recuerdos, en medio de las nostalgias que parecen llamar a una lluvia triste, hay nombres que se escapan de la memoria. Otros, emergen como desde un abismo profundo donde jamás podrá alcanzar la luz, pero igual llegan. Personajes que se fueron, Norma o que simplemente se quedaron en el tiempo como para recordarnos que siguen en las evocaciones de Punitaqui. Existen episodios borrosos ¡tan distantes!, no obstante te marcan, Norma.

Se me ocurre que era invierno o al menos ese día había amanecido nublado. Inicios de la décadas de los 50. Durante algunas semanas, a los costados de la vereda derecha, yendo de norte a sur, se apreciaban huecos bastante hondos y montones de tierra. En ellos colocarían los postes para el alumbrado público ¡Por fin llegaría la luz eléctrica a Punitaqui! Previo a eso, habían arribado al pueblo paulatinamente unos cuantos camiones en los que acarreaban los pesados postes de cemento, los descargaban en plena calle, tengo idea que durante muchos días estuvieron acostados en la tierra, esperando ser instalados. Los escolares con los libros bajo el brazo o el bolsón de cuero terciado en bandolera, caminaban por esa angosta y recta superficie, de material macizo, hasta alcanzar el otro extremo. Lo ideal era caminar lo más rápido posible sin perder el equilibrio, ese era el desafío, incluso apostábamos dos bolitas por hacer la gracia en cada poste, para saber el tiempo que demorábamos en cruzarlo sin caernos, el contrario se ponía a contar. Quien se caía, pagaba la apuesta.

Recuerdo que los trabajadores primero hicieron todos los hoyos y luego empezaron a llegar los postes. Esos camiones de carga eran demasiado grandes para nuestros ojos de niños, la carga bien amarrada, con cadenas y entre varios hombres los dejaban deslizar. A medida que la calle se iba cubriendo de postes, significaba que la energía eléctrica estaba cada vez más cerca, pronto el pueblo estaría iluminado y todo cambiaría. No más farolitos dispersos por las noches que apenas eran un destello, como pecas luminosas que en la oscuridad daban un tinte especial a nuestro pueblo.

En aquellas épocas había poca música, Norma, salvo en los negocios que vendían trago y en ese caso funcionaba era la Victrola con cuerda, conocí algunas de marca RCA, aunque pocas personas la poseían, recuerdo muy bien que donde don Gregorio Maturana había una y de vez en cuando la hacía sonar. Entonces los niños se concentraban muy cerca de la puerta de esa casa esquinera. La propaganda que hacían de la Victrola, se podía ver en afiches, revistas y diarios de la época, con el perro de piel overa, negra y blanca, cola mocha. Estaba sentado en sus cuatro patas con la cabeza un poquito inclinada en actitud de escuchar atentamente la música, a escasa distancia del animal se hallaba una Victrola con esa especie de fonógrafo o bocina, forma un poco curva, una parte de la caja de madera brillante que lucía como si estuviese barnizada, a un costado sobresalía la manivela para la cuerda. En ese espacio publicitario, con letras grandes que resaltaban del resto del contenido escrito, se podía leer claramente RCA Víctor. Todo el cuadro –incluida la figura del perro- lo completaba una sola frase con letras llamativas “La voz del amo”. Durante años, Norma, se difundió esa publicidad esencialmente impresa. Tampoco he olvidado que don Goyo Maturana tenía un perro de la misma raza del que salía en la propaganda de la Victrola, su piel de dos colores y cola mocha, de nombre Pinke. Se echaba a los pies del veterano al anochecer, hora en que éste diariamente escuchaba noticias por la radio. A veces invitaba a don José Echeverría, el verdulero que vivía casi al frente de doña María Egaña, juntos se enteraban de todas las novedades. Es posible que don José no tuviera radio en su casa, no lo sé Norma. Me acuerdo que él enganchaba el burro a la carreta y recorría toda la calle vendiendo frutas y verduras, persona muy conocida por los punitaquinos.

La radio encendida de don Gregorio, a buen volumen y al anochecer, era el mejor referente para saber que estaba oyendo el noticiario que daba a conocer lo acontecido en el día, a esa hora el sonido era más o menos nítido, en el día pocos prendían el radio. Tengo toda la idea que don Goyo, cuando abría la puerta de la sala que daba directamente a la calle, significaba que ya había cerrado el local de la zapatería y en ese caso la lámpara de carburo la cambiaba de lugar. Donde escuchaba la radio, estaba su escritorio, lo veo de madera fina, color caoba, llegado posiblemente de otros países, Norma. El veterano siempre estaba al día con los acontecimientos nacionales y mundiales.

Antaño, Norma, había pocas radios en las casas punitaquinas y los aparatos portátiles que funcionaban con pilas, no se fabricaban todavía. En el pueblo recién asomaron en la década del sesenta, uno de los Campitos apareció un día con el primer aparato portátil que conocí, marca Itachi, también había los Sanyo. Recuerdo que yo contemplaba el pequeño receptor y lo daba vueltas en mis manos muchas veces, era excelente, nítido y escuchar la Radio Norte Verde en pleno día mientras caminábamos por la calle larga o paseábamos en bicicleta, era un verdadero privilegio. En la noche se podía oír unas cuantas estaciones santiaguinas que difundían las canciones de moda. Me parecía increíble, Norma, andar desde el barrio de Arriba hasta el barrio de Abajo, luego regresar sin dejar de oír música. En ese entonces realmente llamaba la atención el aparatito y las pilas se iban rápido, Norma, demasiado rápido y no había donde comprarlas. Ese Itachi con un protector de cuero de color café, no medía más de una cuarta por unos 15 centímetros de alto, onda corta y larga, la pequeña antena metálica sobresalía de una de las esquinas de la parte superior.

Antes que se inaugurara la luz y unos cuantos años después (por lo menos una década o más), los aparatos de radio eran de esos modelos antiguos, con armazón de madera y también de un material resistente, aunque quebradizo si recibía un golpe muy fuerte. Las marcas más conocidas, consideradas en ese entonces como clásicas, eran RCA, Philips, Philco, conocí por ahí una Espey, bastante rara. Nadie hablaba de aparatos japoneses, Norma. Algunas radios después se convirtieron en verdaderas reliquias, aparatos grandes, pesados, de tubos, de larga duración. Se podían cambiar cuando se agotaban. Uno de los más viejos receptores que haya conocido fue donde don Ramón Luis Cevallos. Tenía varias perillas, onda larga y corta, en banda corta se podía escuchar perfectamente emisoras capitalinas. Las más conocidas y sintonizadas por los punitaquinos eran Radio Corporación, Minería, Agricultura, Cooperativa Vitalicia, Portales, no recuerdo otras estaciones radiales.

Lo curioso es que antes de que conectaran la red eléctrica, los punitaquinos que tenían un aparato de radio en su casa, para hacerlo funcionar se valían de una batería de vehículo, cuando se descargaba no existía manera de recargarla en el pueblo. A veces esa batería era de camión, bastante usada, la carga duraba unos dos meses encendiendo la radio un par de horas diarias, un rato en la mañana y por la noche. La batería agotada había que llevarla a Ovalle para volver a darle energía. Don Juan Gallardo era el camionero que cumplía con el encargo. La recogía por la mañana y casi siempre la traía al día siguiente, al anochecer, cuando con su antiguo vehículo de carga y pasajeros retornaba de la ciudad.

La llegada de la luz a Punitaqui fue una esperanza añeja convertida en realidad para la gente que vivía en esa hermosa, apacible y larga calle. El día que se inauguró el servicio fue la novedad más grande que debe haberse dado en mucho tiempo. La hilera de postes, de unos tres kilómetros, estaba recién puesta. Todos los focos se encendieron tan pronto oscureció, una verdadera fiesta para el poblado y los niños –ante semejante acontecimiento- también disfrutamos felices jugando a las bolitas bajo esa luz que por primera ocasión alumbraba a los punitaquinos.

Se me ocurre que era invierno, Norma…

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