Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLV - Apariciones y desparecidos

Me acuerdo que el hombre derramó unas cuantas lágrimas. Sentí que eran puras, Norma. Se le cayeron humedeciéndole el rostro, las dejó escapar libremente sin cohibición alguna. Era la tristeza que venía desde adentro para recordarle que a ese pasado no podía llegarle el olvido, aunque las declaraciones oficiales que solo hablaban de un intento de fuga, quisieran sepultarlo sin que nadie lo mencionase jamás. Hacía pocas semanas que en Punitaqui había sucedido lo de los mineros asesinados por sus propios compañeros, apuñalados una y otra vez en lo más profundo del vientre de la mina de mercurio. ¿Para qué investigar? Eran solo dos mineros. Bastaba con clausurar la mina. Así lo hicieron, Norma. La sellaron como aquellas encomiendas que los viejos enviaban por correo en otros tiempos, pero esta vez no fue con lacre, con cemento y todo quedó en la impunidad.

El hombre lloró, Norma y no sé porqué pensé en el llanto fresco de los familiares que en el mes de febrero todavía lloraban a los mineros muertos. Pero el llanto añejo de este hombre no se había secado nunca. Seguramente el vino tinto con sabor a tristezas avivó las evocaciones, pero volví a sentir que esas lágrimas eran puras.

Fue en el casino, Norma. Aún funcionaba a medias, afuera estaban las callecitas estrechas del pueblito de Los Mantos, otrora lleno de vida. Había vuelto a visitarlo en esa tarde después de casi dos décadas. Por momentos me parecía un poblado casi fantasma, ¡tan distinto al de la memoria! Los Mantos, famoso por el bullicio vivido cuando organizaban esos bailes veraniegos y desde Punitaqui no sé cuántas veces fuimos allá, en jorga, con los amigos a rematar la farra en la noche de año nuevo. En ese instante tuve la sensación que nuevamente participaba de la fiesta con orquesta, el Rudy Goñía animaba los intervalos, cuando quería hacerse el chistoso imitaba el comportamiento de uno de los jefes de la compañía minera. Tenía la impresión de ver al Pelado Gatry, demasiado conocido en el pueblo minero, en las fiestas no se perdía una sola pieza y le cabía harto trago en la barriga, era gordo, blanco, medio colorado, un poco chato. En el verano Punitaqui y Los Mantos rivalizaban con las fiestas, cada uno quería que su festejo fuese el mejor, aunque la semana punitaquina se hizo famosa con el tiempo, baile y vino, cerveza y pisco, nadie mencionaba la palabra droga. En la memoria se cruza fugazmente el rostro de una mantina hermosa de nombre Catalina y su apellido….se borra en el tiempo transcurrido.

Creo que fue la tristeza del hombre la que me volvió a la realidad, Norma. La ponchera helada como para apaciguar el calor y yo agarrado de una Coca-cola, pero ahí estaba mi hermano mayor que sacaba la cara por mí, bebía con su amigo, ese hombre que yo veía por primera ocasión y que seguía contando la historia que para él era una realidad lacerante. El hombre de la pena, de las lágrimas, él mismo que desde hacía años buscaba al hijo desaparecido. Tuve la impresión que ese hombre maduro olía a metales y transmitía el sonido de los molinos y las chancadoras. Pero lo que más llamó mi atención fue la expresión de su rostro cansado, envejecido prematuramente. A más de la tristeza reflejaba impotencia, desolación. Un espejo de su propia pena, Norma.

Retrocedí mentalmente en los días. Solo un par de semanas antes manejaba en el desierto peruano, doscientos cincuenta kilómetros más y alcanzaría la frontera chilena. Paré a un costado del camino y no sé porqué me asaltó una corazonada. Examiné cuidadosamente el vehículo para no recibir ninguna sorpresa desagradable, debajo del asiento encontré un machete diferente a los que usan en el cono sur, el mango medía unos 20 centímetros y la hoja, ancha y bastante filuda, medía por lo menos 55 centímetros. Pensé que podía tener problemas, época en que metían preso por un cortaplumas, expurgaban los pensamientos y registraban hasta la sombra. Decidí dejarlo, pero ¿dónde? Estaba en pleno desierto y no quería perder mi machete, si era por eso solo tenía que dejarlo ahí mismo, que se lo llevara cualquiera o arrojarlo bien lejos, a donde permitiera llegar el impulso del brazo, esa fue mi intención, estuve a punto de hacerlo y repentinamente cambié de parecer. Lo escondería para recogerlo al retorno, dentro de un mes y medio, así seguiría conservando mi machete.

Confieso que me entusiasmó la idea, Norma, la encontré emocionante. ¿Sabes por qué? Era un machete que me habían regalado años atrás, además tenía su propia historia y con historia y todo me lo obsequiaron. En ese momento, bajo un sol ardiente característico del desierto, en medio de una extensión de arena con línea del horizonte, solté los pasos del recuerdo. Fue en una playa tropical con las mismas palmeras de las películas pero en este caso de verdad. Una mañana a la hora del desayuno conocí a una sueca alta como una montaña, rubia como los rayos del sol y el color del cielo se había metido en sus ojos. Sonreímos al mismo tiempo cuando se cruzaron las miradas y sin dar lugar a nada, me senté en su mesa. La observé con más tranquilidad, tenía la tez blanca, una bonita sonrisa, junto a ella había una silla con un bolso artesanal tejido en fibra vegetal, seguramente comprado en algún poblado amazónico, hecho de chambira, algo típico de la selva, salido sin duda de mano de los Shuar, que para cazar suelen disparar dardos untados en curare. (Mujer rodada me dijo una voz interior que era mi propia voz). Vestía un short, sandalias y un sombrero tejido en paja toquilla. No usaba maquillaje, aunque se había aplicado una buena cantidad de bronceador. Calculé que por lo menos medía un metro con ochenta centímetros. Cuando terminamos de desayunar, recién reparé en un machete apoyado en una de las patas de la mesa, herramienta de trabajo que generalmente usa el montubio, habitante de las zonas y costas tropicales. Se colgó del hombro el bolso de chambira, se puso el sombrero y con su mano derecha agarró el machete. Me pareció rarísimo, una turista europea con machete metido en una vaina de cuero. “Para defenderse de los ladrones”, fue lo único que dije. La rubia nórdica sonrió y de inmediato manifestó en un regular español: “no lo creerías si te lo contara”. Ahí sí que ya no quise quedarme con la curiosidad, entre mí dije: “tengo que saberlo”. La mujer que solo tenía veinticinco años, contó la historia del machete que podría haber tenido graves consecuencias para ella.

La sueca por primera vez estaba en una playa tropical, seguramente se deslumbró de ver tanta naturaleza, un paisaje hermoso y apacible, al amanecer. La playa era de ella, estaba sola cuando se metió al mar con una tanga diminuta. Pero no sabía que la observaban dos pares de ojos, dos mozalbetes negros tentados por la belleza de la rubia grandota, exuberante, de senos turgentes que parecían escaparse de la pequeña prenda que los cubría. Los jóvenes esperaron que la mujer saliera de las aguas tibias para secarse con la toalla que había dejado en la arena. Le cayeron encima amenazándola con el mismo machete que pelaban cocos para vender el jugo a los turistas. Los muchachotes que no pasaban de dieciocho años quisieron dárselas de vivos y disfrutar de un postre caído del cielo, disponible en plena playa solitaria, un bombón llegado de países lejanos, pero no imaginaron jamás que la rubia atlética, vagabunda, acostumbrada a viajar sola, sedienta de parajes que no existían en su mundo, sabía kárate. No iba a permitir que la violaran, la chica sacó fuerzas de su propia rabia, afloró el coraje desde adentro, en tres segundos supo donde tenía que golpear, al del machete primero y ese golpe fue preciso, en el brazo, el negro lo soltó de inmediato, el machete ni siquiera cayó a la arena, en el aire lo agarró la sueca que de atacada pasó a ser atacante y le dio un tajo a uno de los mozalbetes. Ahí acabó todo, huyeron y ella más enojada todavía persiguiéndolos, imposible correr como ellos que se perdieron rápido entre las palmeras.

Eso fue lo que contó la sueca y no titubeó en aceptar mi propuesta de llevarla a la capital donde abordaría un avión para Lima al cabo de tres días. Hicimos una buena amistad, me di tiempo para enseñarle los recovecos coloniales de la ciudad, incluso algunas discotecas, le encantaba bailar música de Michael Jackson. Cuando la despedí en el aeropuerto, como buena europea, de pocas palabras, me abrazó y dijo: “no sé si volveré a verte pero no puedo subir al avión con este machete. Quédate con él”. Recuerdo que el machete todavía tenía una mancha oscura en su hoja y desde entonces lo llevé bajo el asiento del carro. Jamás lo usé para nada ni limpié esa mancha oscurecida que no se borraba con el tiempo, era de sangre.

Ese fue el machete que no quería perder, Norma. Y esa tarde bajo el sol caliente del desierto solo se me ocurrió ocultarlo en algún lugar para recuperarlo cuando volviera a pasar por ahí. Avancé un poco más y justo el monolito de cemento macizo, empotrado en la carretera que indicaba el kilometraje, me pareció el mejor sitio, además una señal permanente para hallarlo. Encargaría el recuerdo de la sueca karateca a las arenas del desierto. No quise enterrarlo a un par de metros de la vía, el viento podía descubrirlo fácilmente, brillaría con el sol y se lo llevaría cualquier camionero peruano. El monolito pintado de blanco estaba a mano derecha avanzando hacia el sur del continente, desde ahí conté diez pasos en la arena en línea recta, sentido contrario a la carretera y enterré el machete. Incluso comprobé si era fácil hallarlo y volví a contar el mismo número de pasos, ahí estaba. Y ahí quedó el machete de las evocaciones, Norma. En el kilómetro 1100 de la carretera Panamericana, geografía peruana.

Pero el hombre también estaba ahí, en otra tarde calurosa, sentado junto a nosotros en una mesa con la ponchera de vino helado. El hombre de la pena larga. No se le pasaba todavía en el verano de 1980. La tristeza no tiene fechas para llegar ni para irse. Con mi hermano –desde la mañana- no nos habíamos movido del casino de ese mineral que en ese entonces ya sentí casi muerto, Norma. Pero el dolor del hombre estaba vivito, palpitaba como una herida abierta cuando le echan sal. Mientras iba llenando las copas que nunca estuvieron vacías, recuerdo bien que en varias ocasiones repitió: “solo quisiera hallarlo algún día, ¡cómo quisiera encontrar a mi hijo! Si alguien me dijera donde están sus restos para morir tranquilo”.

Tengo la idea que nunca los encontró, Norma. Olvidé el nombre de ese minero amigo de mi hermano, solo recuerdo que mencionaba Copiapó, a La Serena, comentaba de las pampas, del Norte Grande. No volví a verlo. Solo sé que hablaba con infinita tristeza de la misma época en que mi hermano convertía en una hoguera dos cajones de libros impresos en la Unión Soviética (URSS, en aquellos tiempos), que yo conservaba en la casa de mis padres, entre ellos también había textos de gramática rusa, lengua que estudié un largo período mientras fui dirigente estudiantil del Instituto Chileno Soviético.

Alguna vez leí que en el gobierno de Pinochet metían los cadáveres dentro de sacos mezclados con cal viva que no solo borraba las huellas digitales, luego de un tiempo se comía hasta los huesos y era imposible determinar la identidad de las víctimas. Hace tres décadas conocí esa historia, Norma. Y hace tres décadas también, al retorno, junto a mi hermano quien quiso acompañarme en el viaje de miles de kilómetros, después de estar más de 30 horas en el volante, durmiendo a ratos por turnos, ocurrió lo inesperado que me hizo olvidar que debía que recoger el machete de la sueca.

Eran cerca de las tres de la madrugada, antes de las seis empezaría a aclarar. Estaba despierto desde la una, hora en que me tocó manejar, masticaba chicle en pleno desierto peruano. Muchas cosas pasaban por mi cabeza, noche completamente despejada, iba concentrado en la carretera, preocupado de los cambios de luces, cuando cae la oscuridad las rutas peruanas se llenan de enormes camiones que parecen trenes. Mi hermano junto a mí, silencioso, dormía o al menos eso creía yo. Repentinamente, como de la nada, se produjo la aparición que jamás imaginé ver. Acaso fueron tres segundos, pero estuvo a la mano derecha, un poquito en diagonal al volante. Sentí un escalofrío intenso. Siempre he oído que en el desierto, en la quietud de la noche suelen verse cosas raras, eso fue lo sucedió, yo vi nítidamente o creí ver un esqueleto luminoso, parecía encendido, suspendido en el aire. La extraña y fantasmagórica visión duró como un suspiro, no paré, seguí aferrado al manubrio. Entonces oí la voz de mi hermano –no estaba dormido- quien soltó una sola palabra:>

-¿Viste? (yo con otro monosílabo)

-Sí.

-¿Qué viste? (yo con temor interno respondí en forma impositiva)

-Dime tú primero qué viste.

-Un esqueleto en el aire.

Cuando lo escuché sentí el mismo escalofrío de un par de minutos antes, al ver la visión. Solamente dije lo que tenía que decir: “eso fue lo mismo que yo vi”

-Devolvámonos –expresó mi hermano.

Nos regresamos, Norma, algunos cientos de metros. No encontramos nada, recorrimos un buen trecho, una y otra vez, enfocando con las luces largas, incluidos los faros neblineros, pero el esqueleto luminoso que más bien parecía fluorescente, no apareció.

Muchas veces recordamos el episodio con mi hermano, para ambos la visión fue la misma. La aparición del esqueleto fue culpable de que olvidara el machete. Cuando me percaté de ello nos habíamos pasado casi 300 kilómetros del lugar donde estaba enterrado. Ya no pegamos los ojos en el resto de la noche, Norma.

Seis años después por segunda ocasión viajé a Punitaqui, esta vez en un auténtico Jeep, 4X4, con marcha reducida que cuando trabajaba con toda la potencia, parecía un pequeño tractor. Iba con la idea fija de desenterrar el machete en la arena del desierto. Incluso llevamos dos palas y me acompañaban un par de amigos tan aventureros como yo.

Después de varios días –curiosamente- llegamos casi a la misma hora de la vez anterior, al lugar donde estaba enterrado, entre tres y cuatro de la tarde, con un sol calcinante. La clave en el monolito era contar los diez pasos y comenzar a cavar, primero lo hice con las manos, cuidadosamente, lleno de ansiedad, experimentaba una extraña emoción. ¡Al fin recuperaría el recuerdo de la karateca sueca! Estaría intacto porque en la zona no ha llovido en más de medio siglo. ¡Qué angustia!, no lo hallaba. No llegaba a tocar el machete que había enterrado apenas a treinta o cuarenta centímetros. Insistí varias veces, tomé nuevamente como punto de partida el monolito de cemento del kilómetro 1100 y otra vez conté los diez pasos, llegaba al mismo sitio de momentos antes. Esta vez tracé un círculo y metimos pala. Fuimos agrandando el círculo y seguimos metiendo pala por turno, a torso desnudo, quitadas las camisas. Yo insistía, tenía que encontrar el machete. A las cinco y cuarto de la tarde, sudorosos, piel quemada por el sol, desistimos. Con nostalgia decidí olvidar el machete. A las ocho y treinta minutos llegamos a Arica, aún con luz del día. Ahí dormimos.

Al día siguiente comentamos el episodio con un veterano gracioso dueño del hostal. El solo rió diciendo que éramos unos ilusos, que por el tiempo y las tormentas de arena con fuertes vientos del desierto, el machete debía tener encima toneladas de arena, que ni con una pala mecánica lo habríamos encontrado.

No me olvido de la historia triste del minero de Los Mantos. Si ese hombre vive, pasa de los ochenta años y se me ocurre que todavía sigue buscando los restos de ese hijo que desapareció sin dejar rastros. Seguramente quedó debajo de alguna calichera o sepultado en la arena del desierto.

Cuando viaje por tierra a Punitaqui, no pierdo la esperanza de recuperar el machete, Norma. Aunque hayan pasado tres décadas, volveré a detenerme en el monolito del kilómetro 1100 para buscarlo en la arena del desierto peruano.

Temas: 

Comentarios

Comentario: 

Buena historia, una consulta, este viaje a través de Perú es por resides en Ecuador?.

Por otra parte, me gustarìa, (si ya no lo eres), que seas parte de unos grupos de facebook de Punitaqui, creo que es bueno que puedas agregar estas historias en esa palataforma que es muy utilizada en especial por la gente joven.

PD. Yo conozco al Pelao Villalobos, no se si se caso, pero tiene una linda familia, con hermosos nietos.

Saludos.

Comentar

Algo sobre Ovallito.cl

Ovallito.cl es un proyecto personal de un ovallino criado en la calle Independencia. Estamos en Internet desde el año 2003, lo que nos convierte en la web ovallina más antigua aún activa.

Columnas destacadas

Campana de oro
Trilla a Yegua Suelta
Queso de Cabra: Producto Típico de Ovalle
El Diablo en La Capilla
La Profesora y Pinochet
Nuestra identidad mestiza
Viva Huamalata
Carmencita de Alcones