Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLVI - Amigos que no he vuelto a ver

El Pelado Villalobos siempre fue un niño tranquilo. Siempre recuerdo que su eslogan era: “me llamo Lorenzo y en tu hermanita no más pienso”. Tez blanca, mediana estatura, frente despejada, peinado hacia atrás, pelo liso ligeramente castaño. Bueno para jugar a las bolitas el Pelado, no podría precisar cuántas veces jugamos al “hacha y cuarta”, ¡qué raro nombre para un juego, quien lo oyera y no supiera, lo primero que se le vendría a la cabeza sería una herramienta y alguna medición. Jugar al “hacha y cuarta” significaba que cada jugador (dos o tres) tenía una bolita grande de cristal o de acero (en este caso un rulimán o rodamiento) a los que denominábamos tiro o bolaco por su tamaño. Con él había que acercarse al bolaco del contrario de tal forma que midiendo con una cuarta, con la punta de los dedos pulgar y meñique, tocara ambas bolitas. En definitiva la utilización de la cuarta era cercanía, si la cuarta no alcanzaba, el contendor podía “matar” de inmediato al contrario dándole con su bolita. A corta distancia era difícil fallar. Una vez “muerto”, el jugador que perdía esa jugada tenía que pagar con más bolitas, según el número acordado, luego se cambiaba de lugar y el juego continuaba, así sucesivamente. Lo que verdaderamente valía en el “hacha y cuarta” era darle lo más pronto posible al bolaco del contrario. Acertar significaba una sola palabra: “mate”. Jugar al “puro mate” quería decir que la cuarta no entraba en el juego, en cada jugada había que tratar de darle directamente a la bolita del contendor, es decir, aquí lo que servía era tener buena puntería.

bolitasYa puedes imaginarte, Norma, que cumplida la jornada escolar en el horario de la tarde, cuando el reloj marcaba las cuatro en punto, los niños que vivían en el Barrio de Arriba tenían diariamente ante sí la más grande tentación: irse caminando por la calle pero jugando al “puro mate”, se avanzaba hacia la casa jugando al mismo tiempo. La salvedad es que la caminata normal de cuarenta minutos, podía transformarse en dos horas, llegar al hogar a las seis de la tarde y a su vez enfrentarse a una reprimenda porque no se respetaba la hora de once, en otros tiempos la taza de leche con cocoa o Milo acompañada de un pan, no siempre con mantequilla.

Para primero, segundo y tercero de preparatoria, las clases en la escuelita finalizaban a las 4 de la tarde, ahí venía el problema, Norma. Como siempre fui un jugador de bolitas empedernido, había que buscar a los compañeros que vivían en el barrio de Arriba, bien lejos, para caminar jugando, dos de ellos con quienes siempre me llevaba bien eran el Pelado Villalobos y Armando Miranda. Este último todavía vivía unas cuantas casas más allá que El Pelado, pasando La Planta. El Pelado Villalobos vivía cuatro viviendas más al sur que la de don Óscar Rojas.

Armando Miranda era un niño que igual jugaba al emboque, al trompo o a las bolitas. En alguna ocasión se asomó en la escuela con unas cuantas “perillas”, era otro tipo de bolita que usábamos como “tiro”, de diferentes tamaños, pero no llegaban a ser muy grandes estaban hechas de bronce, material muy resistente, la característica es que cada una tenía un pequeño orificio, eran buenas para jugar al “hacha y cuarta”, especialmente para la cuarta, por una sencilla razón. Por el hoyito introducíamos en su interior varias municiones, pelotitas de plomo, y para evitar que salieran sellábamos con soldadura el huequito. De esta forma la perilla quedaba con mayor peso de lo normal, era buena para plantarla en un sitio calculando de antemano el lanzamiento, facilitaba la tarea para acercarse al “tiro” o bolaco contrario, es decir, para medir la cuarta. Esas “perillas” de color amarillo brillante venían en los antiguos catres de hierro, atornilladas en la puntas, como adorno. Yo creo que Armando sacó esas perillas de algún catre de su propia casa y se puso a venderlas en la escuelita, me costó convencerlo para que me vendiera dos, las mejores, las escogí de acuerdo al tamaño. También le compré un “tiro” de aluminio, igualmente que la perilla tenía características similares por cuanto se lo llenaba con municiones para que fuera más pesado. En esa ocasión por las perillas tuve que darle muchas bolitas de piedra (material más corriente) y de cristal a mi amigo Armando, además de algún dinero, no recuerdo la cantidad, acaso habrán sido dos o tres pesos.

Armando lo recuerdo blanco, buena pinta, ojos azules, pelo lacio bien castaño, se peinaba para el lado, contextura normal, ni gordo ni flaco. Solía andar en bicicleta, parece que era roja. Junto a su casa creo que quedaba el poste de la luz, él era uno de los jugadores de bolitas.

En una ocasión armamos el juego en cuanto salimos de las clases: El Pelado, Armando y yo. Los tres nos fuimos jugando a las bolitas por la larga y polvorienta calle, como El Pelado tenía un pelo liso y algo largo, al agacharse se le venía a la frente, fue lo que sucedió luego de una jugada de Armando que apuntó cuidadosamente con su “tiro” hacia el “tiro” del Pelado, pero apenas alcanzó su destino, la bolita llegó débilmente y al parecer quedó pegada a la otra que ni se movió. Ahí sí que venía la duda, en esos casos había que acercar el ojo al máximo para saber si de verdad los bolacos estaban en contacto, si así era, el perjudicado debía reconocer la validez de la jugada. En esa oportunidad El Pelado agachó tanto la cabeza para comprobar la situación que el pelo le vino bruscamente a la frente y topó los tiros, éstos se movieron y Armando discutía que los “tiros” ya estaban pegados, que él no tenía culpa que el mechón de pelo del Pelado, al inclinarse, los hubiese movido. El Pelado tuvo que aceptar y pagar con bolitas esa jugada en su contra. Yo me pregunto, Norma, ¿quién jugará a las bolitas en la calle larga? Quizás nadie, Norma. Nadie. Lo mismo sucederá con el emboque, el trompo y el runrún, el nintendo y las computadoras se han encargado de hacerlos desaparecer.

Cuando al Pelado se le iba adelante el pelo, eran prácticamente dos hileras que cubrían ambos ojos y las puntas a la altura de la nariz, con las manos volvía a echárselo hacia atrás pero eso no duraba mucho. Así conocí al Pelado Villalobos, así fue siempre. Vivía justo en la segunda quebradita de norte a sur, la vez que caía un buen aguacero, arrastraba agua y se tornaba pedregosa, tengo idea que debajo del portón de esa casa estaba el desfogue de la quebrada, por ahí salía un pequeño torrente con las lluvias invernales, pasando por la superficie de la calle y debajo del otro portón de la casa del frente, en dirección del estero.

La casa de la familia Villalobos era una media agua con puertas anchas de color celeste, del mismo color creo que eran las paredes. Pasando la puerta principal que era bien ancha, había una estancia amplia con mostrador donde se vendía trago y también se bailaba, casi siempre de ese lugar salía música a volumen alto, imposible dejar de oírla para quien pasaba por la calle. Aunque no conocí tan bien esa casa, en su interior había unos cuartos y algún corredor donde se bailaba. Eventualmente –tal vez no en forma permanente- el sitio funcionaba como cabaret, estoy seguro que una temporada ahí trabajó una mujer alegre, ella no pudo librarse de un apodo que como tantos otros, salió de la calle larga. Le decían la “Jeta de Cayapo”. Tenía los labios gruesos y carnosos (de ahí el sobrenombre), tez blanca, un poco pálida a fuerza de tanto trasnochar, gordita, bien entradita en carnes, como solían decir. Caderas anchas, piernas gordas y ojos de color parecido al de la miel. No debe haber sido de Punitaqui, permaneció solo una temporada en el pueblo, luego desapareció para siempre. No volví a verla abrazada de un minero con unos cuantos vasos de vino en la cabeza que una tarde haciendo alarde se paseó agarrado de la prostituta a lo largo de la calle, sin importarle nada, en la expresión de su rostro daba la impresión de que quería mostrarla como si fuese un trofeo.

La familia Villalobos era numerosa, inevitablemente afloran en la memoria algunos nombres (no todos) de los hijos del matrimonio. Eliana al parecer era la hija mayor, madre de un muchacho a quien apodaban El Naíta, nunca lo traté, la última vez que lo vi fue para un 18 de Septiembre, andaba de arriba abajo en un camión de su madre.

Raquel puede haber sido la segunda en orden cronológico, de figura delgada, blanca, pelo rubio, yo diría que atractiva físicamente, la recuerdo trepada en una bicicleta por la calle Caupolicán. Luego venía un varón quien también asistía a la escuelita, cuyo apodo era mucho más importante que su propio nombre, El Canilla. Demasiado silencioso, hablaba menos que cualquiera, en las tardes solía andar por el pueblo montado en pelo o solo con alguna carona, en un caballo bayo de paso. Otro miembro de esa familia era mi compañero de curso en la primaria, nunca supe porqué le apodaban El “Rurro”, palabra tan difundida que ni siquiera me acuerdo del nombre, el padre le llamaba por ese apodo, nunca de otra manera. Todavía hay por lo menos dos hermanos más de los Villalobos cuyo nombre no está registrado en la memoria, menores a todos. No me olvido que un buen tiempo El “Rurro” conservaba un cuaderno forrado en papel café grueso, ese que utilizaban como envoltorio, con una mancha roja considerable, ese detalle llamaba mi atención, acaso estaríamos en segundo de preparatoria. “En mi casa hubo una pelea, mi cuaderno estaba abierto completamente sobre la mesa donde hago las tareas. Ahí lo dejé una noche, uno de los peleadores tenía un tajo en la mano, brotaba sangre y para limpiarse la puso sobre las tapas del cuaderno creyendo que era un trozo de papel”.

El “Rurro” explicaba pormenorizadamente cual había sido la posición del cuaderno sobre la mesa. Yo y otro compañero escuchábamos admirados y curiosos, varias veces nos repitió los detalles del episodio. El “Rurro” no era expresivo, también hablaba muy poco, pero en esa ocasión satisfizo nuestra inquietud al mismo tiempo que enseñaba una y otra vez el forro del cuaderno manchado de rojo.

No recuerdo cómo era la madre del Pelado, no creo haberle visto una sola vez el rostro, siempre me hice la idea que esa señora estaba como sepultada en el interior de la casa y no se asomaba ni a la puerta. No ocurría lo mismo con el papá, don Lorenzo Villalobos, conversé en varias ocasiones con él. Hombre trabajador, sabía manejar sus actividades. La venta de tragos la alternaba con el negocio de las verduras y algunas mercancías. Por el portón que se hallaba sobre la quebradita, salía una carreta de dos ruedas grandes con bastantes rayos, don Lorenzo la preparaba casi a diario, la cargaba con verduras y agarraba la calle en dirección norte. Tenía un mulo macho que enganchaba al vehículo y se trepaba en el asiento de madera para luego avanzar lentamente al paso del animal, tengo idea que el hombre silbaba para anunciar su presencia, cada madre de familia abría la puerta de su casa si necesitaba algo, una seña y ahí se detenía la carreta.

Don Lorenzo Villalobos era un hombre gordo, blanco, mediana estatura, contextura recia, como tantos otros punitaquinos que se ganaban la vida sacrificadamente. Lo veo con un pantalón amplio, a rayas, sujeto con un cinturón de cuero ancho. Es que en el pueblo la gente vivía sencillamente, Norma, nada caía del cielo. Recuerdo muy bien que don Lorenzo, hombre fuerte, se echaba el sombrero un poquito atrás cuando argumentaba algo. En una ocasión estando con El Nata, nos entretuvo como una hora contando una desigual riña que sostuvo con tres más mientras se echaban unas cuantas botellas de vino. Don Lorenzo, el hombre del sombrero y cinturón ancho que no lograba ocultarle la barriga, comprendió que era imposible dar cuenta de tres contendores, lo único que hizo fue ponerse de espaldas contra la pared decidido a defenderse de cualquier manera en ese local lúgubre, de poca luz, de olor penetrante que origina el trago. Supo que si quería salir bien librado del aprieto no podía jugar limpio. “En el bolsillo derecho del pantalón tenía una manopla, metí la mano y ahí estaba “la de kilo”, la acomodé rápido en la mano y a los dos más agresivos que estaban al frente, ya que el tercero se encontraba más atrás, le planté un puñete a cada uno, no exagero, casi fue una carambola como en una partida de billar. Ahí quedaron en el suelo, ya no se pararon, yo volví a meter la mano en el bolsillo y dejé la manopla, le prometo que a uno sí que podía enfrentar a manos limpias, sin patadas ni nada. Pero ése, impresionado, que ni cuenta se dio de mi jugarreta ya que tenía más tragos en la cabeza, se acobardó. Ahí acabó la pelea. La verdad es que me salvó “la de kilo”.

Eso fue lo que nos contó don Lorenzo, entretenido para conversar. Con El Nata tenía más acercamiento y lo tuteaba. A mí me trataba de jovencito.

A doña Raquel Villalobos (hija de don Lorenzo), la conquistó El Cordero, se casaron y tuvieron varios hijos. El Cordero se llamaba Segundo Álvarez, su familia era del Barrio de Abajo, la conformaban un montón de hermanos, tres de ellos mucho menores, fueron compañeros en la escuelita, tampoco se salvaron de algo tan característico en Punitaqui, del sobrenombre. A esos tres compañeros, niños como cualquiera de nosotros, les decían Los Chunchos. A veces, alguno de ellos salía a vender leche, montado en pelo en una burra, la leche iba en botellas bien tapadas con un corcho, en el interior de un morral que ponían en el lomo del animal, la pequeña carga se acomodaba para lado y lado. Con la mano izquierda el jinete manejaba una soga cuya punta formaba un rollo, el otro extremo jugaba el papel de bozal por sobre la quijada del asno, con los talones lo presionaba en los ijares para que no aflojara el tranco. En una ocasión con una honda pequeña que llamábamos “porotera”, hice una maldad justo cuando pasaba uno de Los Chunchos frente a mi casa. Le di con la piedrecilla en la mitad de una de las botellas, por sobre la tela del morral, reventándola al instante y escapó todo el líquido. Creo que fue a Nivaldo, quien enfurecido bajó de la burra y se plantó en la puerta reclamando, no se movió hasta que le pagaron el valor del litro de leche. Yo, pequeño todavía, Norma, me llevé un susto ante el enojo del compañero que no podía llegar a su casa sin el dinero de la leche, él estaba trabajando, se ganaba su almuerzo, yo en cambio era un cabrito ocioso y malcriado. Una de las hermanas mayores de Los Chunchos, se llamaba Alicia, buena para estudiar detalles y aprender un montón de cosas, nunca fue mala alumna, entre sus compañeras le apodaban La Pato, por una respuesta larga y exhaustiva que en una ocasión dio en plena clase sobre –me parece- el aparato digestivo de esa ave. Las demás se burlaron, pero ella hizo caso omiso y la lección fue brillante, se expresó con toda seriedad.

El Cordero era todo un caso. Lo conocí vendiendo verduras en una carreta que la tiraba una burra por la calle. No sé si a él se le ocurrió el negocio o motivado por don Lorenzo, a quien El Cordero mencionaba con gran respeto, muchas veces le oí decir con verdadera reverencia: “mi suegro, don Lorenzo”.

El Cordero aparentemente era un hombre tranquilo mientras no le buscaran la bronca. Hablaba calmadamente, modulando las palabras. Lo recuerdo un poquito frentón, pelo ondulado echado para atrás, mediana estatura, fornido, fortachón como cualquier punitaquino acostumbrado al trabajo, tez medio coloradita tal vez por el vino tinto, sus dominios estaban un poco más allá de la casa de doña Blanca Galleguillos, esposa de don Orompello Santander, donde durante años existió el servicio telefónico. El aparato estaba empotrado en la pared, muy antiguo, funcionaba con manivela, ahí quedaba lo que podría denominarse la central telefónica de Punitaqui, los aparatos eran escasísimos. Don Goyo Maturana tenía uno, otro funcionaba en el Retén de Carabineros, había uno más todavía, me parece que en la casa de don Santiago Nettlle “viejo”, y creo que también en la casa de don Ramón Luis Cevallos, hasta ahí llega la memoria, Norma.

El Cordero era gracioso, entretenidísimo para contar episodios vividos, propios o ajenos, de personas que él conocía muy bien. Cuando relataba algo, el contenido tenía una sazón única, adornado con detalles picarescos, a veces llenos de erotismo y demoraba largo tiempo en darlos a conocer, incluso los iba prolongando según el interés que demostraran quienes escuchaban. Gesticulaba y la expresión del rostro empezaba a cobrar variados matices para poner más énfasis en lo que decía. Lo mismo podía hablar de una relación amorosa entre “dos cristianos” –como él decía- cuando se refería a las personas, o de bestialismo. Cuando le escuché por primera vez en un pequeño grupo que no se perdía los pormenores, no logré precisar si las cosas contadas eran reales o simplemente fantasías. Siempre quedé con la duda pero no olvido la sonrisa llena de malicia de El Cordero. La última vez que lo vi fue en uno de mis esporádicos viajes, cuando entre varios organizaron un día de pesca para un caluroso verano, en una laguna de Camarico. La tarde anterior El Cordero solo expresó: “Para mañana temprano tenemos listo el viaje a Camarico, vamos a llevar la malla para pescar en la laguna, ahí vamos a pasar el día, queremos festejar su presencia. Usted solo tiene que poner la camioneta y el resto corre de nuestra cuenta”.

El carro se llenó, éramos diez en total, a quienes recuerdo es al Pelado Villalobos, El Nata, El Tinta, El Cordero, mi hermano, dos chicas más y tú, Norma. Bajo unos sauces llorones prepararon el asado, el vino lo consumieron por garrafas y la pesca no estuvo tan buena. Esa fue la ocasión en que oí las historias picarescas. Esa fue la última vez que vi al Cordero y que compartí con algunos de los compañeros de la escuelita. Armando Miranda y su familia hacía mucho que habían dejado Punitaqui., en esa oportunidad ya no pude verlo, tampoco a ninguna de sus guapas hermanas. Una de ellas, Myrna, cuando pasaba por la calle vestida de blanco, me parecía un sueño, una figura etérea, mis ojos la seguían hasta que desaparecía en la curvita de la casa de las señoritas Cortés. Myrna era la más bella de las Mirandas. La última vez que visité el Gran Santiago, conocí la hija mayor de Armando, no sé porqué se desvanece su nombre, una muchacha fina, delicada, atractiva que aún no llegaba a los veinte años. Ella contó que su padre trabajaba en el transporte urbano de la capital que encontré gigantesca. ¡Cómo me hubiera gustado saludarlo! Pero hay algo que puedo asegurar, Norma: no he olvidado a ese amigo con quien, después de traspasar los juegos de niños y ya en plena juventud, más de alguna vez empinamos unos cuantos vasos de vino. Éramos de la misma horneada. Tampoco se ha esfumado de la memoria aquella mañana en que Armando Miranda llegó a la escuelita y sacó un puñado de bolitas de perillas del bolsillo.

En mi último viaje permanecí varias semanas en Punitaqui y la calle me pareció más larga y solitaria que nunca. La ausencia de muchos pesaba demasiado, Norma. Ni siquiera pude saludar al Pelado Villalobos, durante las noches unas cuantas veces pasó caminando rumbo a su casa. ¡Qué tristeza sentí al verlo completamente alcoholizado! Sumergido en el laberinto oscuro del vino, pienso que El Pelado bebía solo vino tinto, caminaba haciendo zigzag, por momentos retrocedía y volvía a avanzar, daba unos cuatro pasos hacia adelante y uno o dos hacia atrás. La cabeza completamente caída, sin perder el equilibrio, Norma. Saludaba a los transeúntes aparentemente cuando los reconocía, algunas palabras que solo él entendía salían de sus labios. Y el pelo que se le iba a la frente. Parecía que alzaba la cabeza y volvía a bajarla como asintiendo por algo. No supe si El Pelado tuvo hijos, daba la impresión de ser un hombre totalmente solitario y esa soledad, al parecer, terminó de despeñarlo en el profundo abismo del alcoholismo.

Te prometo, Norma, que cuando lo vi, comprendí que El Pelado hacía mucho que se había perdido. Pensé que si otrora buscaba sus ilusiones de la niñez en las bolitas que se hundían en la tierra callejera, ahora se buscaba inútilmente en el fondo de una botella de vino sin encontrarse jamás. Entonces me pregunté cuánto tiempo demoraba casi todas las noches en caminar la calle desde el Barrio de Abajo hasta su casa. Me dijeron que siempre llegaba, nunca se quedaba dormido en el camino y que con dos o tres vasos de vino era suficiente, se le iba el mundo del entendimiento. A mí se me ocurre, Norma, que al Pelado Villalobos en esas condiciones la caminata le tomaba mucho más tiempo que antaño, cuando en la etapa de la escuelita, yo, él y Armando Miranda jugábamos al “puro mate” en la calle larga de Punitaqui.

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Lindos recuerdos Feña,jugue a la hachita y cuarta con tiro de hueso,qu era mi predilecto,claro que nunca jugue con el tenca,si ese mismo niño que prendio el fosforito cuando se quemó la paderia,poseia una cuarta como de cuarenta centimetros,todos le temiamos,conoci tambien al Pelao Villalobos,recuerdo una anecdota cuando lo mandaron a construir una escuelita en Chalinga,por el empleo mínimo,trabajaban dos horas y chupaban el resto del día,buen amigo el pelado,El Mosco Miranda, fallecio Hace un os meses aca en Santiago,no me avisaron ,no fui a su cepelio,pero si fue la Tiola,en el 2008 lo vi varias veces ,arrendaba unos camiones en la empresa en que trabajaba,siempre se acordaba de Uds. y los Corteses,Conoci tambien a Don Lorenzo,hermano de la madre los portillas,y de Lucho Villalobos.el papa de Luchin un Personaje,que aun vive en Punitaqui,primo del RURRO creo que es el quien tiene su Animita en el callejon de lo Campos,bueno creo q con el permiso de Norma seguiremos leyendo tu columna,Un abrazo.

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la semana pasada ya no esta con nosotros el ivan huerta,como igual la sra. del pelao Marcelo,no me acuerdo como se llamaba la suegra,muchas veces le dije suegra por la tia Doris y la Paulina,mis condolencias para ellas,un abrazo fraternal,se el feña conocio al pelao Marcelo ese minero q conocio Alemania igual q su compañero de curso ivan ,el mismo q confundio el Chasan

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