Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLVII - Historia de gitanos

Los gitanos. Los gitanos, Norma. Esporádicamente llegaban a Punitaqui pero no en carromatos halados por caballos blancos como se ha visto en las películas, sino en viejos camiones que parecían acarrear montones de sueños, todas aquellas distancias que se acumulan en los caminos y después simplemente quedan atrás. Porque mientras más sed tengamos de lejanías, ésta no se apaga nunca, siempre hay una distancia más grande que todas las recorridas. Es el horizonte, Norma. Y quienes tienen alma vagabunda se abrazan a él. Así son los gitanos, Norma. Como si conocieran solo dos o tres palabras: aquí, allá, distancia. No se olvidan del ayer que sirve para recordar, para pensar en el vino, en la música, la bohemia, pero están atados al presente y el futuro está adelante, haciendo guiños, hacia él van y saben que ya no pueden detenerse.

Recuerdo esos vehículos desvencijados, despintados, neumáticos gastados, carrocerías de madera añosa que crujían al vaivén de los caminos. Bulliciosos si echaban a andar los motores. Cuando había una falla, no necesitaban un mecánico, ellos mismos componían el desperfecto, a veces los veía inclinados, trepados en el parachoques delantero, el capó levantado y medio cuerpo metido en el motor, las manos engrasadas y las herramientas sobre uno de los guardafangos,

Lo interesante de los gitanos era verlos aparecer en caravana con varios vehículos porque uno nunca bastaba. En la memoria solo vislumbro la marca Ford o Chevrolet, rara vez Internacional, a veces un Estudebaker. Los automóviles también de fabricación estadounidense. No faltaban los perros ni gatos, los primeros generalmente famélicos, se echaban a la entrada de la carpa con aire cansino, soñolientos, dormitaban cuidando las pertenencias del amo, amarrados a una estaca si eran muy bravos. Ni perros ni gitanos necesitaban pasaporte. Cuando era pequeño pensaban que venían del mar, en un barco que atracaba en los muelles traían mil cosas para contar y mostrar. Ahí descargaban todo y trepaban en los camiones en busca de senderos.

En Punitaqui no había muchos lugares para los gitanos, siempre caían en alguno de ellos para estar dentro del pueblo. Los primeros que conocí fue en ese sitio terroso detrás del Hotel Buenos Aires en dirección Este, prácticamente al frente del almacén de Humberto Rojas. Allí plantaron varias carpas, los niños nos agrupábamos para contemplar a esa gente que siempre tenía lejanía a sus espaldas. Los encontraba ¡tan misteriosos, tan diferentes!

Recuerdo a una gitanita que no pasaría de los 9 años, junto con sus dos hermanitos de edades similares, por una temporada fueron a la escuelita en calidad de oyentes, un gitano adulto, un poco gordo, de bigotes gruesos, metido en unas botas de caña larga fuera del pantalón, chaqueta de cuero café y sombrero negro, fue en representación de su grupo para hablar con don Altemiro Fonfach que de inmediato autorizó la asistencia. Se me ocurre que no pasaron dos meses y desaparecieron. La gitanita, asistía al establecimiento de niñas. La evoco temperamental, de genio ligero, una tarde que estábamos en  las afueras de la carpa, contemplando las piruetas que hacía un mono en un palo plantado en la tierra con un travesaño claveteado en la parte superior, fuimos testigos de como esa gitanilla no acudió al llamado de su madre por jugar con nosotros, la mujer fue a buscarla y enérgica le dijo algo en su lengua, la gitanita corrió enojada hacia la carpa, pero casi al meterse, se levantó la pollera larga multicolor y mostró su calzón floreado en un gesto de rebeldía. La mamá más molesta de lo que estaba, levantó la lona gruesa de la entrada, la bajó y entró en la carpa, al parecer le dio una zurra a la chica. Se oyeron gritos furibundos en lengua gitana y luego el llanto de la pequeña. Nunca he olvidado a esa gitanilla, usaba un par de trenzas enredadas casi rubias, por donde no pasaba el champú ni la peineta, sin duda desaseada, pero del rostro bello, fino al igual que los labios, cuando hablaba de sus orígenes decía que su grupo humano provenía de Hungría, que así se lo contaba su abuela que pasaba de los 80 años quien había dado la vuelta al mundo. Era una gitana longeva, se sentaba en posición yoga para leer las líneas de la mano o veía la suerte en las cartas del naipe con figuras de colores. Sus palabras eran como una profecía a los oídos, sonaban bien. Eran lo que uno quería escuchar. Solo recuerdo que cuando esa gitanita hablaba, yo la escuchaba atentamente, me daba la sensación que cuando se expresaba, contaba de mil distancias.

Siempre me atrajeron los gitanos. A veces soñaba con ser uno de ellos, me parecía emocionante subirse a uno de sus camiones y agarrar el camino para no retornar. Los gitanos son dueños de los senderos y no tienen que mirar el reloj ni preguntar por el día que estamos viviendo, simplemente avanzan sin mirar sus propios pasos. En ese entonces jamás hubiese imaginado que muchos años después conocería al esposo de una gitana sin ser gitano y llegaríamos a ser grandes amigos, en un escenario completamente distinto al de la calle larga. En plena espesura, en medio de la exuberancia tropical. El mataba las nostalgias sepultándose en la selva, sin comprender que muchas veces éstas no acaban nunca ni siquiera acosándolas. Las nostalgias nos acosan a nosotros y son más libres que nuestra voluntad cuando las soltamos.

El hombre se llamaba Carlos Oramas y era un poeta de la selva. Reía y también lloraba fácilmente con solo mirar la naturaleza selvática, tomaba notas en unas cuantas hojas ajadas que guardaba en uno de los bolsillos, eran letras que arrancaba de  lo que había hecho Dios para alimentar sus poemas con aquellos problemas existenciales que tornan más débiles a los humanos. De repente, Norma, tenía el rostro lleno de lágrimas y sin vergüenza alguna las enjugaba con el dorso de la mano. “Yo no tengo problemas, cuando tengo que llorar simplemente lloro, las lágrimas son mías y de nadie más. ¿Quién podría entender la pena que me hace derramarlas?”, fue su sencilla explicación cuando lo miré atentamente en la canoa con motor fuera de borda que se deslizaba por las oscuras aguas del río.

Había conocido a Carlos unos pocos días antes en una inusual situación. Al primer golpe de vista me pareció un  hombre aventurero, sediento de las cosas bellas de la vida y no me equivoqué, Norma. “Yo soy un poeta gitano, puedo leer las líneas de tu mano o escribir un poema para ti”, fue su saludo. Le calculé 25 años cuando observé su rostro más que tostado por los soles de la aventura, pelo ensortijado que el viento del río no lograba despeinar. En el trayecto todavía recogeríamos unas cuantas personas más que pedían ser llevadas, entre ellas un venerable anciano por lo menos octogenario, jefe de los Secoias, quien sabía mucho de la vida, de la exuberancia misteriosa, de los remedios que salen de las plantas. Cuando se enteró del cólico del ayudante del canoero que no tenía más de 18 años, quien se retorcía de dolor agachándose, apretando su estómago con las dos manos, escudriñó en un bolso tejido con fibra de chambira y sacó un puñado de hojas un poco frescas todavía, por señas dijo al enfermo que las masticara lentamente. Plutarco se llamaba el muchacho, hizo caso al veterano, masticó con persistencia, de vez en cuando escupía una pasta verdosa, espesa que se formaba en su boca, al parecer muy amarga por los gestos que hacía. Antes de media hora desapareció el dolor.

Carlos viajaba casi con lo puesto y una funda plástica donde posiblemente tenía una camisa, un pantalón y un par de medias, ahí mismo metió los zapatos, luego a modo de explicación dijo: “los zapatos deben estar siempre secos, especialmente cuando descansemos al tardecer, la lluvia caerá muy pronto y si no tenemos un pedazo de plástico para cubrirnos, nos mojaremos de lo que no hay remedio”.

En ese momento volvieron a la memoria las circunstancias en las que había conocido a ese hombre aventurero. La canoa había estado lista, con toda la carga necesaria para una expedición de dos semanas incluidos mil litros de combustible para alimentar el motor fuera de borda de 40 caballos, navegaríamos varios días por algunos ríos, en las riberas habría solo vegetación y algunas chozas de nativos en las que nos guareceríamos por las noches. Carlos observaba curioso en un pequeño muelle los preparativos antes de zarpar. En cuanto se enteró del propósito, se acercó y me dijo: “yo también quiero ir”. Mi respuesta, pensando en que él nada tenía y no podría viajar, fue un despectivo “sube”. Y Carlos trepó sin vacilar a la embarcación y buscó un buen sitio  para sentarse y admirar el paisaje.

Y ahí estábamos, Norma, en la canoa con ese desconocido compañero de viaje. Con el abuelo Aurelio, el viejo Secoia, él se quedaría en su comunidad, unas tres horas río abajo. Recuerdo que el longevo llevaba una escopeta que llamó la atención de Carlos, quien no aguantó las ganas y sorpresivamente la tomó sin autorización del dueño y comenzó a jugar con ella apuntando en distintas direcciones. El viejo dormitaba aletargado, adormecido por el ruido del motor, en cuanto se dio cuenta que el arma no estaba junto a él, reaccionó visiblemente molesto y la recuperó arrebatándola con un brusco tirón, en medio de las risotadas del mozalbete intruso e imprudente, y pronunció unas palabras en lengua Secoia, una frase que repitió varias veces. El guía que me acompañaría todos esos días, captó mi intriga y dijo: “el abuelo Aurelio está enojado, dice que su amigo es un loco, que la escopeta y la mujer se las coge solo cuando se las va a usar”.

Es que ese poeta de la selva, Norma, era el hombre de las mil historias y muchas vidas. En ese entonces todavía estaba casi completo, poco tiempo después tendría todos los huesos faciales reconstruidos, luego de rodar 600 metros de la carretera a un río amazónico, en un bus repleto de personas. “Escapé de milagro, perdí el conocimiento por unos minutos, todo oscuro porque eran las 11 de la noche. Solo recuerdo que subí por la ladera, manchado de sangre, la piel rasmillada, la ropa convertida en jirones, la cara me dolía terriblemente, no la podía tocar. Escuchaba voces de auxilio pidiendo ayuda pero algo me impulsaba a subir, tenía que llegar a la carretera, en ese instante no pensaba en nada más. Subí con pies y manos, llegué arriba sudoroso, daba la impresión de que tenía molidos todos los huesos. Perdí una gran amiga que venía sentada junto a mí, no salió viva del profundo barranco. En ese accidente murieron veinticinco pasajeros”.

Cuando este hombre cuenta sus odiseas, lo hace seriamente. Pero eso no dura mucho, vuelve a reír y exclama: “tengo más vidas que un gato. Siempre festejo mi cumpleaños la fecha en que rodé los seiscientos metros, es como si hubiera vuelto a nacer”.

Carlos ha sufrido muchos percances en su vida, en esa época de la canoa ya los contaba con varios dedos de una mano, después la cuenta pasó a la otra y seguía vivo, Norma. Ha naufragado con la embarcación en ríos correntosos, ha perdido todo y ha salido nadando, el vehículo que lo transportaba se ha hecho pedazos por culpa de un choque o ha sido capturado por encapuchados, lo han llevado a un lugar solitario para amenazarlo de muerte y simular que le quitaban la vida apretando el gatillo del revólver sin balas. El se preguntaba “a qué hora suena el disparo y agujerean mi cabeza”. Ahí fue cuando sintió la muerte demasiado cerca, se le confundió todo, por su mente pasaron episodios como si fuesen una película, se acordó de Dios y pronunció casi en balbuceos la plegaria enseñada por su madre siendo niño. Sorpresivamente estuvo solo, ojos vendados, atado de pies y manos. Lo dejaron en una acequia rodeado de vegetación.

Una noche de farra surgió la discusión y se armó la gresca, un policía borracho lo persiguió un par de cuadras disparándole con el revólver hasta agotar las balas. Se salvó gracias a su veloz carrera. En otra ocasión este poeta discutió fuertemente con el piloto de una avioneta quien, pese a que él tenía cupo, lo cedió a un ejecutivo de negocios. Dos horas después el aparato fue declarado en emergencia. Nunca llegó a su destino y fue una aeronave más de las tantas que se ha tragado la selva.

Todavía recuerdo, Norma, un cuarto oscuro, misterioso, a orillas de un río, bajo un sol sofocante en la selva colombiana. Yo esperaba en un rincón, Carlos estaba al fondo de la pieza junto a doña Magola, la bruja más afamada de la zona. Pese al calor sentí un escalofrío cuando ella dijo: “usted ha tenido varios accidentes” y él con un hilo de voz respondió: “exactamente nueve”. Y doña Magola añadió en tono casi profético: “pero del próximo no se salvará”.

Pero se salvó, Norma. Doña Magola se equivocó. Posiblemente una vez más Dios no quiso llevarse al poeta gitano pese a que él insiste en que durará poco, por ello recopila vivencias para el final, como si hubiese vivido trescientos años. Un mediodía cualquiera llegó una llamada a mi celular y oí una voz desconocida que solo dijo: “vaya a la clínica a ver a su amigo que está inconsciente”. Ahí estaba el amigo completamente desfigurado el rostro, amoratado, párpados hinchados, dormido. La cabeza rapada, el cráneo parecía una masa gelatinosa. El neurocirujano preparaba la intervención quirúrgica. A las dos de la madrugada cuando salí del lugar, aún no recuperaba el conocimiento. Regresé a las cinco de la tarde, el poeta estaba despierto, no podía abrir los ojos, entrecerrados me reconoció, ensayó una sonrisa que yo sentí una mueca de dolor con sabor a despedida. Solo exclamó tomándome la mano: “me cambiaron el cerebro, me pusieron uno de perro”, y volvió a dormirse profundamente.

Al parecer una venganza amorosa puso nuevamente a este gitano de los caminos cara a cara con la muerte, él lo único que recuerda es que le cayeron encima a golpes ensañándose solo con la cabeza, todo lo demás se borró. Es una espesa nube indescifrable en la memoria del amigo. Lo encontraron tirado en la calle.

Ese poeta ha tenido cuatro matrimonios, Norma. Cuando lo conocí seguro no imaginaba que años después él ganaría un premio mundial de poesía entre dos mil cuatrocientos participantes de cuarenta países por el cumpleaños de Fidel Castro, hizo un verdadero ensayo poético titulado “Yo no soy Fidel”.

Pero cuando conocí al poeta de la selva, cargaba una gran tristeza, venía del dolor, de la impotencia de haber perdido el matrimonio que más ha lamentado en su existencia. Carlos conoció una gitana que en las líneas de la mano leyó su amor y le escribió con letras invisibles, la historia de sus propios sentimientos. Y él siguió al campamento de pueblo en pueblo para hablarle a aquella jovencita de otras distancias que nunca serían lejanía porque ya estaban unidas en sus corazones, en su mano de poeta y en su mano de gitana. El la enamoró, ella también lo enredó cuando le mostraba las copas del naipe para decirle que el amor tiene que ser para siempre. Y él se metió en el campamento, se ganó la confianza de esa gente trashumante. Se los ganó con la declamación y la poesía.

Se casó por las leyes gitanas, la pasión y los sentimientos también crecieron como el vientre de la gitanita. Pero el poeta, que ya era un gitano más, no pudo dejar la bohemia, muchas noches escapaba furtivamente, dejaba los brazos de la gitana para hacer amigos, bebía con ellos la cerveza y el aguardiente que no había en la carpa. La gitana languidecía, las madrugadas eran cada vez más frías, ella sentía la ausencia de su hombre encarnada en la pena. La decisión de filo de cuchillo la tomó el jefe de la tribu, fue silenciosa y definitiva. Castigarían al gitano advenedizo con el rechazo eterno. Una ocasión en que el poeta retornó cuando aclaraba, el campamento ya no estuvo. Y por más que buscó durante meses jamás lo halló. Perdió para siempre a su gitana de nombre Yanúa y al hijo que nunca llegó a conocer.

La evocación de la gitana para Carlos Oramas es indeleble, un círculo en su vida que jamás se cerró. A diferencia de mi recuerdo casi brumoso por aquella gitanilla que asistió un par de meses a la escuelita de Punitaqui, la misma que un día en un gesto de enojo, antes de meterse a la carpa, mostró su calzón floreado.

Y si me preguntas por el poeta gitano, te cuento que regresó a la vida. Por eso pienso que doña Magola, la bruja de la selva colombiana, se equivocó, Norma. La cirugía lo salvó, el poeta anda caminando por ahí, con una malla de titanio en el cráneo. Está solo y sigue siendo bromista, irresponsable y un poquito menos aventurero. Con su risa no logra disfrazar la soledad y cuando le preguntan por la gitana, extiende la palma de su mano derecha y dice con profunda expresión de nostalgia en su rostro: “la gitana no se fue, esa gitana se quedó en mi mano”.

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