Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLVIII - El baqueano y el buzo

Hugo era el nombre del amigo y sus apellidos Torrejón Cortés. Nadie como él para hacer un dibujo, estuvimos en cuarto, quinto y sexto curso de la escuelita. Recuerdo que era bajito, blanco, de la piel un poco colorada. Peinado hacia atrás, gordito porque simplemente comía bien, buen apetito sin llegar a ser goloso ni obeso. Hábil como nadie, ninguno de nosotros podía superarlo dibujando, los lápices de colores –aquellos a los que le sacábamos punta con una hoja de Gillette- parecían vivos en sus manos, Norma. Cuando comenzaba a pintar la clásica casita de campo, los árboles del patio y los cerros al fondo, en cada color estaba el alma del Hugo. El típico paisaje campestre que se nos venía a la imaginación de los niños punitaquinos, tal vez en ningún momento dejábamos la esencia de haber nacido en el campo, Norma. En ese pueblo cuando tenía aroma de campo, cuando en la calle de superficie terrosa era fácil levantar el polvo si pasaba un tropel de cabras emitiendo ese balido que daba un sabor tan especial que flotaba en el ambiente de la calle larga, detrás del rebaño un par de perros campesinos que no permitían que ningún chivo se desviara de la ruta. Casi a la par de los canes, el arriero montado en el caballo, a veces en una mula, se me ocurre que nunca sobre un burro. Si el destino quedaba lejos, lo primero que resaltaba a la vista eran las alforjas, entonces el jinete iba detrás del rebaño a un solo tranco, sin apuro, no había necesidad de tener prisa. De la argolla de metal donde terminaban las riendas, salía un pedazo de soga, lo movía haciéndolo silbar en el aire. Así cubría la retaguardia del hato cruzándose de un lado a otro, siempre detrás de los chivos. De los labios del jinete salía un “¡juera, juera, juera!”, expresión que a veces prolongaba un poquito, pronunciada en el mismo tono, monótono, casi lastimero. Cuando yo era niño me preguntaba a dónde iba esta gente. A medida que crecía, la inquietud continuaba.

Manolo contaba que los arrieros iban a la cordillera en busca de mejores pastos, viajaban en las temporadas de escasez de forraje, a veces el rebaño era de ovejas o de unas cuantas vacas que había que salvar. Cuando escuchaba sus comentarios, creo que se escapaba todo lo que llevaba adentro desde pequeño, la sed de aventuras, una especie de ansiedad por emprender senderos que se conjugaban en la distancia, por eso me gustaban los gitanos con su imagen de misterio, por eso me venía ese sentimiento al contemplar a los arrieros. Sin haber experimentado lejanías, me llegaba su nostalgia. La escena se repetía en los pensamientos en numerosas ocasiones y me imaginaba caminando detrás de los chivos, sentía en mi interior el balido quejumbroso.

Te prometo, Norma, que me moría de ganas de participar en uno de esos viajes, acompañar al amigo para conocer aquellas cosas que nunca había vivido. El amigo prometió llevarme en algún momento mas eso tomaba tiempo y requería de un animal adicional ensillado, yo no lo tenía. Se esfumaban mis anhelos, no obstante permanecía en mí ese romanticismo, andar días enteros, dormir en cualquier sitio y por techo las estrellas o la noche de luna plateada del Cono Sur. En ese norte minero, lleno de gente valiente y de viñedos. Esa ilusión se hizo realidad mucho después en los páramos fríos de otras geografías, trepados largos trechos en mulares, alternando las jornadas con caminatas para no entumecernos sobre los animales que aguantaban estoicamente el aire helado que parecía cortar el alma, penetraba profundamente como si hubiese tenido filo de navaja. A tres mil metros de altura, Norma, cuando rogábamos a Dios que no lloviera pero el ruego no siempre era escuchado, repentinamente caía el aguacero que congelaba todavía más el ambiente. Cubiertos con el poncho de plástico con capucha, protector imprescindible en la travesía, con las linternas encendidas cuando la noche extendía su aliento oscuro, impenetrable y se escuchaba el aullido de los zorros. Y buscábamos la casita generosa del camino para pedir albergue y abrigarnos, secando la ropa mojada en el fogón de leña y al día siguiente volver a ponérnosla aunque estuviese impregnada con olor a humo. Y sorpresivamente el sol asomaba radiante en un día que prometía ser soleado. La flor de Chuquiragua, de color anaranjado, aquella a la que llaman la flor sincera porque puede durar seis meses y no termina de marchitarse, la flor imperecedera que crece en otras latitudes, Norma. Entonces en esas noches gélidas, dando diente con diente ante la dureza de la naturaleza, como que ya no alimentaba el anhelo de antaño que sentía al ver a Manolo montado en la mula baya con la manta casi del mismo color hecha un rollo, amarrado a un costado de la montura y el “perro chico” (así lo llamaban, era bravísimo) lo acompañaba decidido a enfrentar la tremenda caminata de varios días. Y varios días duró también la fantástica travesía que realicé décadas después, jornadas agotadoras, con arrieros intrépidos que siempre han enfrentado a su destino, conocedores de las cordilleras, tengo idea que en Punitaqui los llamaban “baqueanos”. Manolo –te lo dije más de alguna vez, Norma- dominaba las cabalgaduras, Manolo era un gran jinete y sin duda un “baqueano” que ahora estará viviendo de los recuerdos. Imposible que haya olvidado los viajes a las cordilleras de Cogotí Dieciocho o a las partes altas de Combarbalá, cuando pasaba por la calle larga detrás de las reses, las alforjas de tela rayada, de colores vivos, en la grupa del animal, con raciones de charqui, queso maduro de leche de cabra, pan candeal amasado por las manos de su madre, doña Carmela, y la cantimplora con agua.

Recuerdo que una vez el Manolo me llevó a Camarico Viejo para dejar un hato de reses en alguna hacienda, preparó un caballo manso para mí y salimos a las 4 de la madrugada, yo apenas era un adolescente. Manolo, el mismo que en esa ocasión “corrió la vaca” descarriada que quiso devolverse, empleó maña en veloz persecución para recuperarla. El animal frente a la casa de Lucho Laso, el panadero papá de Carlos a quien decíamos Calucho, bruscamente se retornó emprendiendo la carrera hacia el Barrio de Arriba. Manolo alcanzó a la vaca en la iglesia, la hizo regresar dándole azotes con una guasca, todavía la res resabiada intentó regresar y Manolo la arrinconó con el caballo contra la pared de la casa de don Ramón Luis Cevallos, con gritos e imprecaciones que decían “¡vaquemierda!” y más azotes en el lomo, la vaca se unió al resto. Fue un verdadero tropel que originó el amigo con el ruido de los cascos herrados en plena vereda y la vaca castigada duramente a guascazos, resoplaba echando espuma por el hocico, lo más candente de la escena fue justo en la ventana del cuarto donde dormían las sobrinas políticas de don Ramón Luis y carnales para las señoritas Escobares, una de ellas esposa del veterano. Esas muchachas, primas de mi gran amigo Moncho, eran Poldy y Plinia Gómez, guapísimas, exóticas, altas, espigadas, vivían en Santiago pero pasaban vacaciones de verano en Punitaqui. Con semejante bulla se despertaron asustadas a esa hora de la madrugada. Ese viaje arreando animales a Camarico Viejo nos tomó todo el día, regresamos al atardecer. Por la noche, conversando con las amigas santiaguinas me pegué la cachiporreada de que yo había sido quien había “corrido la vaca” en la vereda para despertarlas. Manolo cómplice de la mentira, solo sonreía. En ese entonces no imaginaba que con ese amigo de la infancia compartiríamos muchas farras y aventurillas cuando viviéramos en el Gran Santiago. En más de una ocasión sumergidos en la vida bohemia, Manolo, El Carruncha, el Romelio Segura y alguien más cuyo nombre escapa de la memoria, fueron a algún baile organizado por mi Liceo, el comentario posterior del compañero tesorero fue que los punitaquinos habían salvado la ganancia del curso (último año de la secundaria), consumiendo casi todo el trago.

Pero nadie como el Hugo Torrejón Cortés para desarrollar habilidades artísticas o destrezas manuales, Norma. Hugo vivía en el mineral La Delirio, su padre era panadero. El gordo Torrejón, como le decíamos cariñosamente, no solo era bueno para dibujar, trabajaba con precisión única la madera, el corte, el cepillado y la claveteada eran perfectos. Recuerdo que una vez hicimos un camión de madera y él lo terminó en dos tardes de viernes, el horario de la materia de trabajos manuales era de tres horas continuas, el tercer viernes el guatón Torrejón estaba pintando el juguete, combinando los colores más llamativos de varios tarros de esmalte. Tampoco nadie le ganaba en el juego de ping-pong. El Hugo siempre hablaba del Norte Grande, de allá venía con su numerosa familia y fueron a parar en La Delirio donde no había panadería, este amigo y compañero de la escuelita se levantaba bien temprano para llegar a tiempo a las clases, muchas veces salía de su casa a las seis y media de la mañana y se tiraba la caminata de unos ocho kilómetros, eso lo mantenía en forma. El último año escolar combinó su actividad con la venta de revistas, viajaba a Ovalle llevando un bolso grande confeccionado de tela tipo blue jeans con varios compartimentos, en cada uno acomodaba las revistas según el tamaño y las repartía de acuerdo a los pedidos de casa en casa. Una mañana de la semana el guatón Hugo faltaba a la escuela, me parece que los jueves, viajaba en el primer carro a la ciudad y retornaba a las dos de la tarde con el paquete, bajaba directamente en la escuelita para asistir a clases y no perder el día completo. Era buen estudiante pero no el mejor, los tres más destacados eran el Carlos Galleguillos a quien apodaban “El Yegüita”, Carlos Valdivia, le decíamos “El Cucho” y el otro era el Romelio Segura, algunos lo llamaba “El Puskás, bueno para jugar fútbol aunque “El Cucho” también lo era.

Cuando repartía las revistas el guatón Torrejón comenzaba en La Planta y andaba toda la calle larga, recuerdo que en época de vacaciones pasaba días enteros en mi casa, jugábamos al naipe, a las bolitas o a la Metrópoli. Almorzábamos y seguíamos en el juego, hacia las tres de la tarde, pleno verano, nos bañábamos en un estanque que almacenaba el agua para regadío, casi siempre permanecía lleno hasta el borde. El Hugo era un extraordinario nadador, le encantaba nadar, de brazadas elegantes, se zambullía con los mejores clavados y aguantaba la respiración casi dos minutos, de buenos pulmones, intencionalmente arrojábamos monedas al agua, dados, bolitas de cristal para que el amigo las sacara, así tuviera que sumergirse veinte veces. El Hugo nos daba en el gusto y terminaba sacando a flote un montón de pequeñas cosas. Al atardecer, todos agotados, cuando prácticamente anochecía, el gordo a veces no podía irse a La Delirio, entonces iba a dormir donde sus parientes, a la casa del primo Iván Cortés (le decíamos El Negro), vivía con su familia junto a la iglesia en Pueblo Viejo, en unas casitas con puertas cubiertas por hojas de zinc, una de ellas ocupaba el sacerdote que prestaba servicios religiosos a los punitaquinos. Ahí pernoctaba el Hugo, en vacaciones no tenía mucho que hacer, la venta de revistas era una vez por semana, razón por la cual a las ocho o nueve de la mañana, nuevamente estaba en mi casa y volvía a quedarse hasta que se acababa el día.

Cuando comencé a estudiar en el Liceo de Ovalle, el papá del gordo, hombre trabajador, súper buena gente, puso la panadería en Tongoy, allá fue a vivir el gordo con toda la familia y perdimos contacto algunos años. En unas vacaciones de invierno, cuando yo estaba en primer año de Universidad, vino el reencuentro, fue emocionante, darnos un abrazo después de seis años. Ese día perdí la cuenta de los “chuflay” que nos tomamos en El Derby, una fuente de soda que creo quedaba frente a la plaza ovallina, significó una farra de tres días, me llevó a Tongoy y su familia compartió generosamente conmigo. En esas hermosas playas el Hugo cumplió su vocación por el mar, era el buzo más famoso de la zona, disponía de todos los equipos para bucear, puestas las aletas nadaba kilómetros si así lo quería. Ganaba dinero sacando moluscos y conchas, pasaba el día en el mar, sabía cuando trabajar y cuando descansar. Pienso, Norma, que en el mar estaba su horizonte, en definitiva su vida. Volvimos a vernos casi tres años después y otra vez me hospedé en la casa del amigo, fui a parar un par de semanas en esas extensas y hermosas playas detrás de una santiaguina que veraneaba en Tongoy, ella andaba con su familia en una casa rodante y carpas, se ubicaron a unos seis o siete kilómetros de la casa del gordo, yo caminaba esa distancia ida y vuelta, salía a las ocho o nueve de la mañana y retornaba al anochecer.

Recuerdo que la primera vez el gordo Hugo me acompañó, caminamos hasta encontrar la gente que buscaba al final de la playa. En esa ocasión la sobrina de la santiaguina, una adolescente, mientras se bañaba el oleaje le llevó una pelota grande de playa multicolor, el guatón Torrejón solo sonreía y miraba la pelota fijamente hasta que la perdimos de vista. Entonces sacó de una mochila grande las aletas de buzo, se las puso y se lanzó mar adentro, también lo perdimos de vista. Ahí nosotros pasamos a observar atentamente, no permanecimos tranquilos hasta que después de un ratazo asomó sonriente con la pelota de playa. Se me ocurre nadó unos cinco kilómetros. A todos dejó impresionados.

Esos quince días comiendo pescado y mariscos variados en casa del Hugo, alternados con la caminata diaria hasta el confín de la playa para ver a la santiaguina, transcurrieron demasiado rápido. Tan rápido, que el tiempo se tragó a las décadas como si fuesen un sorbo de agua que ahora sabe a nostalgia perpetua.

No sé porqué, Norma, imagino al amigo contemplando el mar, mirando hacia el horizonte una tarde cualquiera. Todavía lo veo con las aletas puestas nadando en ese color azul infinito.

El sabía que yo estaba por salir del país, en la despedida me abrazó fuerte y solo dijo que no me olvidara, pidió que regresara, Norma. No me olvidé pero nunca más volví.

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Comentarios

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Hola mi nombre es Rocio Torrejon Reinares, hija de Hugo, mi padre murio hace mucho tiempo, pero mantengo vivos los recuerdos de el, gracias por la historia, me emocione mucho al leerla. Me gustaria saber mas de la infancia de mi papa.

Comentario: 

Rocío: Me causó mucha tristeza saber que tu padre había fallecido. Fuimos muy buenos amigos y compartimos muchas cosas durante años, episodios que nunca he olvidado. Me gustaría saber tu correo para darte a conocer aquellas cosas que tú quieres saber de mi amigo Hugo.

Atentamente
Iván.

Comentario: 

Hola se que han pasado muchos años pero recién hoy vi tu respuesta, este es mi email rocioreinares@hotamil.com

Comentario: 

Al igual que mi hermana, quiero agradecerle por esta columna donde retrato de manera perfecta a mi papá, creo que un par veces escuche hablar de su infancia en Punitaqui.Ambas heredamosla facilidad pra lo artístico, aunque no nos dedicamos a eso, creo que es una de las cosas maravilosas que nos dejó.
Gracias

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