Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLIX - Cuando repicaban las campanas

En Punitaqui siempre repicaban las campanas, Norma. Eran las campanas de la iglesia. Repicaban para llamar a los feligreses a la misa, recuerdo que los mayores hablaban de la primera seña, de la segunda un poco más prolongada que la anterior, la tercera y última seña era de un bullicio escandaloso. Le daban con los badajos atados a una larga soga, de tal forma, que los tañidos se expandían por toda la calle. En La Planta se escuchaban nítidamente, con mayor razón si había un poco de brisa que generalmente en el pueblo era de norte a sur. El viento tibio del norte anunciaba la lluvia, con el viento norte encumbrábamos los volantines y con él aventaban el trigo en las eras. Alguna vez cambió de dirección y elevé una cometa con viento sur, te prometo, Norma, que no fue igual. Sentí que era diferente entretenerse con el volantín dibujado en el cielo en sentido contrario, me parecía tan raro que no hallaba las horas de que retornara la brisa nortina.

Las campanas, Norma, repicaban para la misa del domingo, para despedir algún difunto que inevitablemente iba a parar al “patio de los callados”, expresión que oí desde niño y que sigue perdurando. Las campanas de la iglesia se oían para el clásico mes de María, a partir del ocho de noviembre hasta el ocho de diciembre. Todos los jóvenes íbamos a la Casa de Dios para ver a las muchachas, la gente se reunía a rezar el Rosario cada noche a eso de las nueve, la hora se prestaba para despertar las fantasías románticas y sentimientos amorosos, para perpetrar las picardías en la plaza que se encontraba frente al Retén de carabineros. Ahí, contra el estanque de piedra y cemento, junto al molino de viento, arrinconábamos a la pareja, le robábamos un verdadero “rosario de besos” y estirábamos las manos hasta donde llegaran. Si la relación era más candente, a un costado de la iglesia estaba el callejón que llevaba al estadio. La superficie terrosa que dejaba empolvada la ropa, el cielo siempre estrellado en plena primavera. Casi no había palabras ni tiempo para promesas, solo la respiración agitada, el fru-fru de las prendas íntimas, el aroma femenino que aturdía los sentidos o el cierre del pantalón que jugaba una mala pasada cuando se trababa. Tú eras demasiado pequeña, todavía habrás estado sentada junto a las muñecas, Norma. Al Beto siempre le oí decir que al mes de María le llamaba “el mes del atraque”, ignoro si el término se usa todavía.

Cuando repicaban las campanas sumergían el ambiente punitaquino en un cuadro característico, el sonido a veces se mezclaba con el ruido del motor de algún camión que tomaba el rumbo de Ovalle, el balido de los chivos que se expandía a través del viento o el rebuzno del pollino de “iño Mascalatabaca”. Ese burro que no dejaba escapar ninguna burra y que también se cruzaba con las yeguas.

La primera ocasión que puse atención al sonido de las campanas fue para una misa fúnebre, en Pueblo Viejo y no sé porqué tengo la idea que el monaguillo que las repicaba era el Zuny Miranda. Daba cuatro campanazos tomando las sogas largas con su mano derecha e izquierda simultáneamente, para hacerlas sonar. En una de las dos campanas daba dos campanadas seguidas y luego en esa misma campana, una campanada y de inmediato una campanada más en la otra que había permanecido silenciosa. No eran campanazos fuertes, solo a media intensidad, eso duraba unos minutos, me parece que era en los precisos instantes en que la gente salía de la iglesia junto al ataúd. El escenario se sentía triste, el tañido daba un tinte plañidero, jamás he olvidado el sonido de las campanas. Pero no recuerdo quien era el muerto en esa ocasión. Son tantas las evocaciones agolpadas en la memoria que a veces se confunden, debo conformarme pensando que es imposible recordar todo, Norma.

Cuando recuerdo la iglesia de Punitaqui, asoman en las reminiscencias algunos apellidos de curas de otras épocas, aquellos de sotana larga y negra que arrastraba en el suelo. Tengo la vaguísima idea de un sacerdote de apellido Mateluna o algo parecido. Como que había otro de nombre, Ángel (como que el apellido era Araya) y después un cura Olivares muy querido por la gente. A partir de la adolescencia no logro precisar quienes eran los sacerdotes cuyos nombres y apellidos se enredaron y terminaron esfumándose en la maraña de la juventud que creemos infinita. Repentinamente se disipa y comenzamos a vivir de las nostalgias.

Hablar de la iglesia de antaño en Punitaqui, significa recordar a don Juanito Avendaño, personaje considerado y apreciado por todos en el pueblo. Estoy seguro que antes de asomar en el escenario eclesiástico, vivía con su familia en una casita modesta demasiado distante, quedaba en el mineral que llamaba El Farellón, debe haber sido cuprífero, si no estoy equivocado dependía de los intereses de la mina La Delirio, me parece ver una camioneta grande Chevrolet o Ford de color azul de la Compañía La Delirio, trepando la empinada cuesta para llegar al extremo de El Farellón, parte de ese entorno lo conformaban tres o cuatro casitas, en una de ellas vivía don Juanito, lo sabía porque uno de sus hijos fue compañero en la escuelita, todos los conocíamos por El Chasán, sin duda un apodo, el nombre tampoco lo recuerdo. Vivir en El Farellón era estar apartado de la escuelita, la distancia que cubría diariamente El Chasán con los libros bajo el brazo, era larga. No olvido que empleaba mucho la palabra “gancho” para dirigirse a los demás, creo habérsela oído hasta que fuimos veinteañeros. De repente no lo vi más pero no lo he olvidado.

El Chasán era calmado, no hablaba mucho, de andar parsimonioso, pasos acompasados, elegantes, en cada uno se balanceaba un poquito hacia arriba y abajo. De grande, más de alguna vez, seguramente cuando él ya ganaba dinero, vestía un terno gris a rayas y chaqueta de botones cruzados. Unas cuantas veces agarrábamos la conversación cuando él paseaba por la vereda, cada noche El Chasán caminaba por la calle larga. Otro hermano que le seguía en edad, también alumno de la escuelita, se llamaba Raúl y le decían El Yulo, a diferencia de El Chasán tenía un carácter más difícil. Al hermano mayor de El Chasán le apodaban El Cachi, buen tipo, cuando yo era un mozalbete con él nos pegamos los tragos en varias ocasiones. Una noche participamos de una farra al final de la calle, no recuerdo bien si fue en la casa de los Bugueños o donde su vecino. Dieron vino como para emborrachar a un regimiento, cerca de la medianoche empezaron a escasear los cigarrillos y a esa hora no había donde comprar. El Cachi, gran fumador, fue la salvación de todo el grupo de arribinos paracaidistas, andaba con cuatro cajetillas de Particulares en los bolsillos, la marca que él fumaba, fuertes, hacían toser al aspirar, pero nadie se quejaba, servían una tras otra las rondas de vasos de tinto y había que echar humo. Transcurrieron años y El Cachi no olvidaba aquella farra, con él siempre saludábamos y charlábamos. Contrajo matrimonio con la Martita Alvarado, quien vivía junto a la casa de don Santiago Viejo.

A estos tres varones los traté y los conocí bien, pero había uno o dos más, además de algunas mujeres, todas de tez blanca, delgadas, pelo castaño, sus nombres se me borran, era una prole larga la de don Juanito, por lo menos ocho, Norma. La madre de todos ellos, doña Margarita, igualmente era blanca, mejillas medio coloraditas, aspecto bondadoso, mujer honrada, extremadamente trabajadora, servicial, hogareña. No sé si estoy equivocado pero en la evocaciones la vislumbro lavando bateas repletas de ropa ajena. Ese espíritu esforzado y de sacrificio siento que la hicieron más grande como madre.

Para El Chasán la escuela estuvo mucho más cerca cuando su familia abandonó El Farellón para vivir en la casita junto a la iglesia de Punitaqui. Don Juanito Avendaño, jefe de esa familia larga, pasó a ser el sacristán, Norma. El repicaba las campanas en los distintos eventos religiosos, me parece que El Yulo ayudaba en el papel de monaguillo.

A don Juanito lo recuerdo como un veterano bajito, piernas un poquito arqueadas, ágil, también de cara colorada, nariz algo abultada, cabeza de escaso pelo, caminaba ligeramente encorvado. No usaba bigote. Lo veo trabajando para el Municipio como recolector de basura, andaba en una carreta arrastrada por un mulo tan antiguo como ella. Era un macho blanco, animal demasiado conocido en la calle larga de Punitaqui, cuando la gente se refería a él, siempre decía “el macho del Municipio”. Alguien una vez lo hizo correr con otros mulares en alguna improvisada carrera que solían armar en un dos por tres en La Pampilla para los Dieciocho de Septiembre, más allá del final de la calle Carrera, en una planada de la falda del cerro.

El mular del Municipio, que a ratos me parecía medio rosillo, con quien tenía más contacto era con don Juanito. En la carreta iba pala y escoba para recoger los pequeños montones que cada dueño de casa dejaba junto al bordillo de la vereda. En aquella época los propietarios debían barrer dos veces por semana la vereda y unos cuantos metros de la superficie de la calle. La extensión barrida equivalía al mismo frente que medía la casa, un inspector municipal estaba encargado de controlar el cumplimiento de la disposición del Cabildo, quien no la acataba, mediante citación comparecía ante el juez y debía pagar una multa. Todos respetaban y la calle siempre estaba limpia, Norma. Para eso bastaba la carreta halada por el macho viejo y conducida por don Juanito. El animalito caminaba a un solo ritmo, sin apurarse jamás, así como caminaba don Juanito, el cuadrúpedo a más de conocer su trabajo de memoria, daba la impresión de ser tan inteligente, que don Juanito no tenía necesidad de tirar de las riendas para que se detuviera, paraba solo frente a cada montón de basura. Don Juanito volvía a sacar la pala y la escoba para echarla en la carreta de dos ruedas de neumáticos de camión.

Tengo la idea, Norma, que el macho caminaba con la cabeza gacha, como si estuviese cansado pero su energía nunca disminuía. Durante años don Juanito Avendaño recolectaba la basura de los punitaquinos, el mulo continuaba siendo el mismo y la carreta también. Esa carreta siempre pasaba por la calle larga, estoy seguro que don Juanito no faltaba un día al trabajo. Ahí estaba con sus trancos cortos la vez que bajaba para echar la basura en la carreta que el mular halaba despacio, de repente sacaba un trote corto, rítmico. Si hacía sol o mucho frío el cuadro no cambiaba, se veía la carreta a lo lejos acercándose lentamente, verla aparecer significaba que ahí estaba don Juanito.

Cuando fui veinteañero don Juanito caminaba más lento y el animal envejecía junto con él. Un día no asomó la carreta y el mular rosillo se jubiló, pero no don Juanito. No sé si el macho fue sacrificado, la verdad es que la recolección se motorizó, apareció un tractor de color anaranjado. Tengo toda la idea que ese tractor no era para don Juanito, lo manejaba el conocido “Chatajuana”, hijo del Guatón Segundo. Durante años los punitaquinos vieron al “Chatajuana” al volante de ese vehículo y don Juanito era el ayudante que seguía con la pala y la escoba. El tractor arrastraba un acoplado de madera para transportar la basura, don Juanito Avendaño se sentaba en la parte trasera dando la espalda al conductor, con los pies colgando.

A veces me pongo a pensar, Norma, ¿cuándo se enfermaba este veterano? Se me ocurre que nunca, siempre estuvo en el mismo trabajo. En la mañana salía caminando hacia el Municipio que quedaba acaso a un par de cuadras de distancia, se me viene a la memoria la ropa que usaba el viejo, pantalones y chaqueta de tela sencilla, los pies metidos en unas chancletas, si no hacía mucho frío, una chomba de lana con botones, tipo chaleco, si el día estaba caluroso la clásica camisa manga corta.

El trabajo para don Juanito constituía preocupación sagrada y más sagrado todavía el repique de las campanas, eso dependía de las actividades de la iglesia, una misa fúnebre, un matrimonio o para las famosas confirmaciones, cada ocho de diciembre un grupo grande de niños punitaquinos, previa cuidadosa preparación, participaban emocionados de ese evento tan especial, cada uno debía tener padrino de confirmación. La celebración consistía básicamente en hacer la primera comunión, los pequeños por primera vez recibían la hostia de manos del sacerdote, recuerdo bien que en una ocasión estuvo de visita el obispo de La Serena. Y ahí estaba don Juanito con el campaneo. Yo tenía la impresión de que el sonido de las campanas era diferente cuando las hacía sonar El Yulo, el repique de don Juanito era único.

Un día no estuvo don Juanito. El mulo rosillo se había ido mucho antes, había sido el último animal que arrastró la carreta. Los años transcurridos forman un interminable sentimiento de nostalgia que a veces anuda la garganta haciendo tragar saliva. Entonces me pregunto, Norma ¿quién repicaría las campanas para despedir a don Juanito Avendaño?...

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QUIERO DARTE LAS GRACIAS IVAN, PORQUE ESTE HOMBRE QUE DESCRIBES ES MI ABUELO, NUNCA HABIA TENIDO LA SUERTE DE LEER PALABRAS TAN HERMOSAS, PARA UN GRAN HOMBRE COMO FUE MI QUERIDO ABUELO DON JUAN AVENDAÑO TUDELA. Y DE MIS TIOS EFECTIVAMENTE RAUL, CACHI Y EL FAMOSO CHASAN, POR LAS CARACTERISTICAS DEBERIA SER EL TIO RENE, NO SABIA QUE LO LLAMABAN ASI, TU ERES IVAN ………, ME INMAGINO QUE MIS TIOS DEBEN ACORDARSE DE TI TAMBIEN. TE AGRADEZCO TUS PALABRAS, DE TODO CORAZON., YO ME LLAMO MARGARITA COMO MI ABUELA.

Comentario: 

He leido con mucha detención todos tus escritos, pero éste me ha emocionado de sobre manera. Hablas de uno de los hombres más querido de nuestro pueblo de los años 60, Don Juanito Avendaño, quien no lo recuerda. Siendo niño lo veia jugando fútbol como arquero de los viejos cracks, en una velada a beneficio, haciendo de hombre traga fuego- que le costó un accidente- en su plaza, regando, limpiando, cuidándola. En fin, con una entrega única y amor a lo que hacía que hoy ya casi no se ve.
Ya en mi juventud compartí con él algunas tazas de té con una buena conversa, del tema de esos álgidos años 70, la política. Tengo hermosos recuerdos de él, un hombre sabio, siempre me aconsejaba, de un sentido común extraordinario. Muchas palabras de él las tengo muy guardadas; en realidad un lindo recuerdo para quienes tuvimos la dicha de conocer a tan digno personaje de nuestro querido Punitaqui. Gracias por estos recuerdos de nuestros viejos que hicieron grande a su tierra….Saludos.

Comentario: 

Que tal querido compañero de estudio de nuestro apreciado pueblo amado de Punitaqui, me imagino que eres Ivan H…que placer y emoción tan grande al leer tus remembranzas a pesar de los años aun las llevas en tu mente. Me has hecho recordar de cuantos amigos como Tutula, Pacharatón, Lala Veliz, Juañique, Tapa Portillo, el amigo Iván Huerta, el Laucha de la Carrera, el famoso Tuna, Cutacc, el pelao de Pueblo viejo, el Tito Navarro, el Gordo Escalante, el Nata, Placido Gallardo, Juan B, la Esmeralda, el Noble, el Torito como nuestro transporte único a ovalle y tantos otros para recordar, por ahora me agarraste fuera de base en la próxima tendre nuevas para contar… Yo tengo 34 años viviendo en Puerto Ordaz, Venezuela. Pero estoy por regresar a mi pueblo querido… Muchos cariños para ti y toda tu familia… EL CHASAN.

Comentario: 

Te acuerdas de mi gran amigo el sardina y teguita???

Comentario: 

Tengo muy gratos recuerdos de Juan Avendaño,ese pequeño y gran hombre del Pueblo,compatimos muchas veces cuando ibamos al Pinche Maria,charlabamos mientras salian las niñas despues de rezar el rosario,nosotros sólo depositabamos el ramo de flores cada noche y nos sentabamos en las escalinatas de esa iglesia roja,me contaba que el corto el naranjo de la plaza que a muchas lolas de la epoca le trae gratos recuerdos,tenia un corte especial y a una altura precisa,muchos deben recordarlo,habia otro juan pero q era muy grande,decia q el corte habia quedado malo,este Amigo se nos fue ayer le paso la cuenta esa juventud ,si me refiero a JUAN VARAS,MIS SENTIDAS CONDOLENCIAS A SUS FAMILIARES,UN ABRAZO AL TITAN ,A SUS TIOS QUE FUERON PROFESORES DE MUCHOS DE NOSOTROS,siguiendo con juanito lo recuerdo ese circo que se hizo en el sitio del Cacho de abajo,cuando egidio huerta,nos deleitaba pasando la cuerda floja en bicicleta, juanito era un payaso en esa ocasion.Estuve en puni el fin de semana ,divise al yulo en el cementerio,me encontre con mi amigo roqui hurtado me invito a compartir un plato unico con el deportivo Union Punitaqui,celebraban un campeonato mas,me sorprendio ver dirigir a un hombre tan joven,mis felicitaciones,aunque mis raices son de Union Agricola de Punitaqui ,nos recordabamos cuando el yulo tiraba el corner para q el chansan lo pibotiara y el cachi hiciera el gol,juanito los gritaba desde la galeria.

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