Columna personal

Susurro de los molinos de viento L - La casa grande

Yo le llamo la casa grande y jamás se ha salido de mis memorias. En ella se atrincheran los recuerdos, un día fueron escenas vivas en el pueblo de Punitaqui, esos recuerdos que ahora alimentan a las nostalgias, Norma y resulta imposible borrarlos. Parece que estuvieran tan lejanos sin embargo los siento todos los días, asoman invisibles envueltos en una bruma que sale de aquello que quedó atrás. A veces afloran húmedos, mojados aunque haya sol en los pensamientos, son las lágrimas, Norma, escapan silenciosamente, son mucho más libres que el mismo dolor o las tristezas que guardamos en el alma. Las lágrimas que hablan de mil cosas idas, cuando no faltaba nadie, cuando estaban todos. Éramos pocos y también muchos, pocos cuando los minutos se tornaban infinitos, cuando daba la sensación que el tiempo estaba ahí, sin moverse aunque las manecillas del reloj siguiesen girando y las manos del viejo arrancaran del calendario la hoja vencida el primer día de cada mes. Sus ojos pequeños detrás de los lentes grandes de espejuelos redondos, en su expresión decía que el tiempo se iba, que para él significaba un mes más y también uno menos en su existencia y para nosotros, ni más ni menos porque todo continuaba igual.

La irresponsabilidad de aquellas épocas era fascinante. Éramos muchos cuando metíamos bulla, cuando peleábamos por alguna tontería, ahí llegaban las palabras conciliadoras de la vieja que siempre trataba de ser justa pero pienso que difícilmente lo lograba, mi hermana sacaba la mejor tajada. Más allá, el hermano de los ojos azules, leyendo una novela, un poco come libros, como que esa parte no la entendía, vine a comprenderla mucho después cuando ya no estuvo y solo me dejó un montón de lágrimas que pronto se secaron como si hubiesen caído en la arena. El otro, con la honda en el bolsillo, de puntería fatídica para los gorriones que metían bulla a cualquier hora del día, al atardecer, se camuflaban en el follaje tupido de las plantas de naranjo o en los algarrobos del cerco enorme que envolvía a todo el viñedo. Entonces el bulto oscuro haciendo contra luz en el cielo que comenzaba a cubrirse lentamente de estrellas, los delataba. Los pájaros que buscaban el sueño eran blanco fácil de la piedrecilla certera, el golpe seco y había que dar una vuelta larga para ir a recoger el cuerpo emplumado en la propiedad del vecino. Yo tenía que correr y guiarme por los gritos de quien quedaba al otro lado para buscar a tientas la presa que estaba caliente todavía, generalmente iba a parar al estómago de cualquiera de los gatos, del romano (felino de la piel rayada como tigre) o del overo, pintado de blanco y negro, el negro-negro, nunca fue color del agrado del viejo, en la casa no hubo gatos negros.

Éramos muchos cuando estábamos en la mesa, al momento sagrado del almuerzo, imposible no respetarlo, no había necesidad de la presencia de un reloj para precisar la hora, el omega de bolsillo del viejo, el que usaba en el chaleco, era suficiente para determinarla.

Yo recuerdo el almuerzo justo a las 12 del día, con tres platos: la ensalada, el caldo de carne y el segundo generalmente granos con bistec, todo acompañado de pan siempre fresco comprado en la panadería de los Astudillo. Entonces estábamos todos, no faltaba nadie y ahí surgía “esto me gusta, esto no me gusta”, pero eso no surtía mucho efecto, había que comer a regañadientes, con las muecas de rechazo pintadas en la cara. El viejo no se compadecía de la expresión afligida en el rostro, la vieja más condescendiente, muchas veces terminaba consintiéndonos con esa bondad escondida que quebraba fácilmente su fortaleza convirtiéndola en cómplice de los caprichos, aunque en el fondo su voluntad interna era mucho más fuerte.

Ahí estará la casa grande, Norma, con el pino eterno que nunca ha dejado de resistir, con esas raíces largas que se extienden a treinta o cuarenta metros bajo tierra en distintas direcciones, levantando las baldosas que lo rodean en un espacio de unos veinticinco metros cuadrados. Se me ocurre que las paredes soportarán poco más el aliento corrosivo del tiempo que no perdona nada. El patio de esa casa se tragó los juegos de la infancia, los llantos resabiados, las bolitas de cristal y los trompos que comprábamos en el almacén de don Santiago Viejo. En esa casa el Beto me ayudaba a escribir la primera carta que hablaba de frases tejidas con palabras románticas, trazadas con las energías de las ilusiones que se olvidaban demasiado pronto ¡Quién entendía los sentimientos! Todavía no llegaba lo inconmensurable que apenas estaba despertando.

Nunca supe el origen de esa casa grande que tenía ocho cuartos, algunos demasiado espaciosos, como para albergar a varias personas. El comedor quedaba cruzando el patio de baldosas donde habían plantado ese árbol que hace rato pasa fácil del siglo, dudo que exista uno más viejo en todo Punitaqui, incluidos los alrededores. Ese comedor estaba muy cerca de la cocina, en pleno invierno, si arreciaba la lluvia, una de las piezas grandes con ventana a la calle cumplía el papel de un improvisado comedor con una mesa mediana hecha por las propias manos del viejo, un brasero abrigaba el ambiente donde respirábamos el aroma de las sopaipillas o picarones calientes que desbordaban una bandeja enorme de porcelana de color blanco, la misma que llenaban de empanadas en los días de verano. Yo solo recuerdo que el aguacero invadía de alegría el alma de los punitaquinos.

Alguna vez el viejo acomodándose en la silla de descanso, con esa expresión reflexiva, característica en él si quería compartir algo, dejando el sombrero en el borde de la ventana, echó a andar los recuerdos para contar que esa casa la había comprado en ochenta mil pesos, había sido de un Julio Munizaga, la verdad es que no tengo la más mínima idea de quien se trataba. Contó también que en esa bodega enorme, construida completamente de adobes, material de todas las casas del pueblo en otras épocas, con el típico techo de zinc que la gente llamaba calaminas, en ese bodegón el anterior propietario había puesto una gran tienda con todo tipo de telas. Una noche que al parecer durmió solo en la casa, sintió golpes como si alguien estuviese trabajando o picando algo. Eso no duró mucho tiempo y la verdad es que al dueño le dio temor salir solo al patio para comprobar de qué se trataba. Por suerte luego de un rato no escuchó nada y permaneció tranquilo y volvió a apagar la vela que había encendido para escuchar atentamente el extraño ruido que no había podido precisar. Al día siguiente vino la desagradable sorpresa, el ruido que había oído como a las dos de la mañana, correspondía a un foramen. Los ladrones con picota y barreta, por la parte de atrás, abrieron un hueco en la parte baja de la pared, casi a ras de tierra, los adobes colocados simétricamente no opusieron ninguna resistencia, en menos de veinte minutos consiguieron su objetivo. Se llevaron una buena cantidad de cortes de tela, los que pudieron cargar ya que eran varios. Decían que el dueño de la tienda y también de la casa, guardaba la plata en el cajón del mostrador, pero no fue así, aunque lograron forzarlo, no hallaron nada, de pura rabia lo dejaron tirado, con pequeñas cosas que guardaban en él, desparramadas por todas partes. El viejo relataba que ese robo fue famoso en el pueblo y de oídas, Norma, creo que es el único del cual escuché hablar en épocas pasadas. Yo solo conocí mañosos de frutas, pero nada más. Recuerdo que en la etapa de la niñez, adolescencia y juventud, la puerta que daba al patio de la casa grande, permanecía abierta las noches de verano en que la temperatura se tornaba cálida, de lo contrario no se podía dormir.

La casa grande, Norma, en cada verano tenía un atractivo especial, durante el día se llenaba de amigos, sobre todo pasado el mediodía, atraídos por los baños en el estanque siempre lleno de agua y la cantidad de frutas que comían hasta hartarse, había que darles once, Norma. La mesa no alcanzaba para todos, debajo del pino ponían una cubierta de madera de varios metros de largo sobre unos caballetes, era la solución para los comensales, por supuesto había que comprar pan extra. Los viejos jamás dijeron nada, pienso que llegaron a tomarlo como una costumbre veraniega. En esa mesa a la hora del té, veo a Paquetón, el santiaguino que solía pasar un mes en Punitaqui, cuando estábamos en el liceo de la gran ciudad, él añoraba nuestro pueblo, siempre comentaba que los días más felices de su vida los había pasado en Punitaqui. En la casa grande tenía calor de hogar, comida, ropa limpia al momento en que la necesitaba. Pero en la mesa veraniega también veo a mi amigo Hugo Torrejón, el buzo y en otras épocas a Samy, el Pachi, el Moncho Cevallos y su hermano Raúl. Eran etapas, Norma, como que se iban rotando los amigos, no siempre eran los mismos. De vez en cuando el Beto, el Ñelo y otros más que se esfuman en las reminiscencias, además de mi querida y bella prima Luz Angélica, del pelo dorado, de los ojos verdes, y algunas amigas del pueblo.

Cuando pasaba el verano la casa se vaciaba y se tornaba más grande todavía, pero solitaria. Solo quedaban los viejos junto con sus nostalgias, las vacaciones de invierno eran más cortas y por lo tanto diferentes. ¡Son tantas las personas que jamás he vuelto a ver! Pero ahí está el tiempo, Norma, ahí están las cosas vividas, ahí estás tú, las últimas lágrimas que también son parte de los recuerdos que tienden una emboscada a la conciencia, salpicando a los pensamientos. La tristeza se revuelve, Norma, por unos instantes la siento ahogada como si un puño apretado la estuviera presionando. A veces la tristeza no deja respirar, es como perder el aire que queremos enviar a los pulmones, entonces aspiro profundamente y te prometo que debo tragar saliva, me pican los ojos, Norma. Las evocaciones se mezclan con viejas canciones que no quisiera mencionar, me dicen del pueblo que se quedó entre los cerros secos, en medio de los molinos de viento. A veces pienso que la melancolía no tiene colores, llega cuando menos lo pensamos.

La casa grande perdía la alegría cuando terminaba el verano, era lo que manifestaba la vieja. Yo sentía que había vivido muchas noches de relajo, con la cabeza llena de Pisco Control o Tacam, acostumbrábamos a beberlo como agua, a pico de botella para sentirnos más hombres ¡Qué copa ni que nada! La botella larga y flaca de tres cuartos de litro en el bolsillo posterior del pantalón, bien sellada, la tapa plástica (ya había dejado de ser de corcho) no dejaba escapar una gota. ¡Qué valientes y desinhibidos éramos! cuando el pisco corría por nuestro organismo y nos daba ese extraño calor interno.

La casa grande, Norma. Esa casa que envejeció y que todavía no me explico la razón por la cual no se cayó con el último terremoto. Seguramente para continuar envejeciendo, para seguir mostrando su rostro al tiempo. Tal vez por eso ya no quisiera verla, para no sentir la tristeza de lo ido, de ¡tantas cosas!, que son parte de un viaje para el cual no se puede sacar pasaporte de regreso. No quiero sentir la pena por aquello que no volverá, las nostalgias que asoman junto con los recuerdos que pasan como las escenas de una película, los personajes no están pero las imágenes quedaron registradas en la memoria fotográfica de las reminiscencias, Norma.

La casa grande que envejeció hasta el extremo de que partes de sus murallas empezaron a derruirse, a desprenderse pedazos de terrones como mendrugos de un pan añejo. La casa que se tornó más vieja aún cuando el viejo no estuvo, su tesoro era el inmenso huerto que tampoco está, en cada planta estaba su vida, las ilusiones se plasmaban en las ramas cargadas de frutos, a muchas de las cuales había que ponerles puntales para que no se descuajaran del tronco.

Cuando el viejo se fue, la casa grande estuvo mucho más solitaria todavía, se vació con su ausencia perpetua. Ya no volvió a correr el agua de las acequias que regaban los árboles frutarles, ahora se me ocurre pensar qué pensaría la vieja, de repente me parece sentir sus pasos que se hicieron lentos y más pesados que arrastraban los pies. Deambulaba desolada entre sus paredes pensando quizás que no había sentido el último medio siglo de matrimonio que también se fue con todas las vicisitudes junto con el bullicio de los veranos. La vieja quedó sola, entonces recién reparó cómo eran las paredes de esos grandes cuartos, de adobes gruesos de barro, con tierra y paja de otros tiempos adheridas en aquellas murallas pintadas de amarillo por fuera y empapeladas por dentro, con piso de tablas agrietadas que hacía mucho habían comenzado a astillarse. Eran tan amplias esas piezas que si llovía demasiado, con el Juniquillo Rojas, el amiguito que sepultó al perro Bonzo, o con El Pirulo, jugábamos tranquilamente a las bolitas. Afuera estaba la lluvia, las pozas de agua que se formaban en el patio, gotas, muchas gotas que escurrían de las ramas del pino.

Cuando la vieja quedó sola, se aguantó la tristeza, debe haber llorado en silencio y comenzó a conversar con las paredes y los recuerdos no le daban tregua. Estaba demasiado lúcida como para dejar de pensar en ellos, el pasado la acechaba a medida que recorría aquellas estancias evocando las muchas cosas vividas. A lo mejor se preguntaba dónde estaban todos, quizás abría el antiguo ropero de madera amarillenta, completamente descolorida, para entretenerse mirando la ropa, era mucha, variada, pero ya no existía ninguna motivación para lucirla. La vieja siempre fue “trapera”, Norma. No sé porqué le gustaba vestirse elegante aunque tuviese que respirar polvo cuando pasaba un camión por la entierrada y larga calle.

Cuando la vieja quedó sola ya no pudo llenar la casa y se dio cuenta que conocía de memoria cada rincón, cada recoveco de la añosa construcción donde las arañas empezaron a tejer su tela interminable. La vieja tejía con su ternura pasajes de antaño al leer las letras de alguna de mis escasas cartas que cuando llegaban a sus manos, despertaban su cariño de madre. En cada tranco que daba sobre los entablados polvorientos y astillados, en las baldosas del patio silencioso, enfrentaba su propia realidad. Nadie estaba con ella, eso la sumergía en la melancolía, a lo mejor lloraba, Norma, la verdad es que la vi llorar pocas veces en mi vida, tenía temple la veterana, las penas las disimulaba y soltaba las lágrimas por lo inevitable, daba la impresión que eso sucedía solamente cuando podía justificarlas para no sentirse derrotada. ¡Cuántas cosas viejas le quedaron!, tan viejas como ella, otras tantas ya no estaban y vivió largo, Dios quiso prolongar su existencia para que recordara borrosos pasajes del tiempo.

La vieja quedó sola en la casa grande, así fue todo hasta el final. Cuando tuvo que dejar este mundo, sucedió lo de siempre. Como cualquier ser humano que aun teniendo compañía, está solo. La vieja estuvo sola frente a la muerte.

Hay muchas cosas que no fueron y el tiempo desgraciadamente jamás retrocede. La casa grande, Norma. La casa grande…

Temas: 

Comentarios

Comentario: 

Hola.

Soy el webmaster de
Publizida BLOGS es un ranking / directorio de clasificación de blogs en español, creado con el único propósito de dar a conocer los mejores blog’s

Si te interesa puedes darte de alta
ALTA DIRECTORIO DE BLOGS

Un saludo.

Comentario: 

Siempre me llamo mucho la atencion,las pisaderas de entrada que tiene la casa grande,unos adoquines negros,un bloque ,me imagino que son de escoria de una fundicion de minerales,muy compactados,ya no existe el de la puerta norte entrada al almacen o bodega,donde se sentaba doña Rosa Tapia ,todos los dias junto a su perro en espera de la merienda que su amigo por encargo tenia esa mision.Fue muy triste ver al cuyuno sentado en el bloque de la puerta central hace unos dias,desnudo a altas horas de la noche,pidiendo auxilio a su amigo por que le querian pegar,no llevaba puesto ni siquiera su sombrero de cawboy,fue muy fuerte ver a Evaristo con sus facultades mentales perturbadas,YA NO HAY PAN DE HUEVO.

Comentar

Algo sobre Ovallito.cl

Ovallito.cl es un proyecto personal de un ovallino criado en la calle Independencia. Estamos en Internet desde el año 2003, lo que nos convierte en la web ovallina más antigua aún activa.

Columnas destacadas

Aberraciones animales en San Félix
Carta a un amor perdido
Spencer Tunick y Yo
Ganado Caprino o Las Cabras de Ovalle
Memorias de Ovalle en los '70: Personajes típicos  ovallinos
Carmencita de Alcones
Viva Huamalata
Susurro de los Molinos de Viento LXI - Los Billaristas