Columna personal

Susurro de los molinos de viento LI - Mi amigo Paquetón

“Sea X la cantidad de dinero que tenía el feligrés cuando entró a la iglesia…”

Jamás podré olvidar ese problema que exigió una ecuación para resolverlo, Norma. Ni a Paquetón, súper dotado para las matemáticas. Ahora que ha pasado tanto tiempo medito en todo lo que se ha ido, me pongo a pensar en esos problemas que planteaba el profesor Nelson Valdés en los años de secundaria, el único que los resolvía con absoluta precisión era Paquetón. Se originaba casi un duelo entre los dos, el profe curioso, demasiado acucioso para pasarse escudriñando enredos matemáticos y exponerlos en el curso. Todos esos planteamientos enrevesados, terriblemente complicados, eran para la mentalidad de Paquetón, solo él podía con ellos, las clases prácticamente eran para él. Yo siempre pensaba que en el aula de la secundaria se daba un verdadero duelo de titanes: Profesor vs. Paquetón. Sucedía casi lo mismo en la materia de química o física. El rey de las ecuaciones era Paquetón y su frase todavía me parece escucharla, la pronunciaba con profunda expresión de seriedad en el rostro y sus ojos pequeños adquirían un brillo inusitado cuando agarraba el lápiz de pasta para trazar la clásica letra en la hoja del cuaderno y luego decir: “Sea X…” y agregaba puntos suspensivos. Entonces yo sabía, Norma, no se levantaría del asiento hasta que no resolviera la ecuación.

En una ocasión el profesor llegó a clases y al observarlo noté que mostraba un aire triunfal e inmediatamente me dije “seguro que trae un ejercicio nuevo y raro para rompernos la cabeza. Miré hacia el pupitre de Paquetón y pensé que él se luciría. Nelson Valdés solo manifestó: “Saquen una hoja y resuelvan este pequeño dilema matemático”. Cuando mencionaba la palabra dilema, iba con la intención de sacarnos el aire, de quebrarnos la mollera. “Escriban lo que voy a dictarles”, agregó el maestro y se pasó la mano por la barbilla, algo característico en él y luego dijo: “Un rotito entra a la iglesia, se arrodilla frente al santo de su devoción y le dice: “Si me duplicas el dinero que tengo en el bolsillo, te doy dos pesos”. El santo se lo duplica, el rotito cumple su promesa y le da dos pesos. Pero nuevamente pide el mismo milagro y vuelve a expresar: “Si me duplicas el dinero que tengo, te doy dos pesos”. El santo nuevamente hace el milagro, el rotito feliz le entrega dos pesos. Pero le entra la ambición, piensa un momento y hace la misma petición: “Si me duplicas el dinero que me queda en el bolsillo te doy otros dos pesos”. El santo accede y le duplica el dinero. El rotito una vez más entrega dos pesos y sale contento a la calle dispuesto a disfrutar de su plata, pero cuando mete la mano al bolsillo se da cuenta que no tiene un centavo. ¿Cuánto dinero tenía cuando entró a la iglesia?”.

Cuando el profesor terminó de plantear el problema, comenzó a pasearse por el aula, observando de un lado a otro. Paquetón soltó el típico “Sea X…” y se puso a trabajar. Llenó unas cuantas hojas con una serie de cálculos, repentinamente dejó el asiento y entregó una hojita doblada por la mitad a Nelson Valdés.

Casi todos demoramos una par de horas para dejar sobre la mesa del profesor nuestra tarea. El solamente miraba los resultados, hizo llamar a Paquetón que estaba en el patio para dirigirse a todos nosotros y decir con tono de sentencia, como si fuese un juez: “Un solo estudiante resolvió el problema”. A continuación escribió con un pedazo de tiza y con números gigantes en la pizarra, el resultado que nunca he olvidado: $1.75 centavos. Correspondía a la cantidad de dinero que tenía el rotito al entrar a la iglesia. Todos nos sentimos mal, Norma.

En otra oportunidad el mismo Nelson Valdés (no olvido su nombre, quizás él fue quien contribuyó a que yo terminara detestando la materia), dijo con ese aire de superioridad que nadie le quitaba: “Un señor en horas de la noche baja del taxi en la puerta de su casa y escucha una campanada del reloj de la iglesia vecina. El solo piensa “es la una de la madrugada”. Se acuesta y a punto de conciliar el sueño, escucha otra campanada. Para sus adentros dice “una y media”. Pero después de un rato oye otra campanada y deduce que llegó a las doce y media y ese tercer campanazo corresponde a la una y media. Transcurrido un tiempo similar a los anteriores, oye claramente otra campanada y se desvela pensando a qué hora llegó a dormir.

Una vez más Paquetón fue el único que resolvió el problema. Como siempre llenó una hoja con números, con el infaltable “Sea X…”. En un cuarto de hora dijo “el resultado es 12”. El profesor preguntó ¿por qué? y Paquetón imperturbable respondió: “Una ecuación no explica, solamente precisa. El resultado final es 12. El señor llegó a su casa a las 12 de la noche”. Nelson Valdés sonrió manifestando: “Tienes razón, el resultado es 12. Yo les doy la explicación: El señor cuando dejó el taxi solo escuchó la última campanada de la medianoche, esa era la pequeña trampa para ustedes. Se supone que el reloj daba la campanada de las medias horas”.

En esa etapa todavía Nelson Valdés planteó algunos problemas más, las situaciones demostraban un fanatismo por las cosas inverosímiles y yo diría inútiles, Norma, pero Paquetón siempre las resolvió y salió airoso de todas ellas. Quizás por eso en las noches de farras en el Gran Santiago, repentinamente sacaba un trozo de tiza de uno de sus bolsillos y escribía en pleno asfalto de la calle con letras enormes: “Sea X…” y a veces dejaba la seriedad a un lado y con la asombrosa capacidad que tenía, se mofaba de los acertijos que exhibían algunos profesores y se inventaba en la materia de química un problema en broma: “Partiendo de que el PH es una medida que sirve para determinar si una sustancia es ácida, básica o neutra, calcular el PH de un par de calcetines de cartero que durante un día de verano caminó 30 kilómetros por las calles de la ciudad, repartiendo cartas con una temperatura de 32 grados…”

Ya no me acuerdo del resto del planteamiento, era mucho más largo, nos estrujábamos de la risa cuando lo escuchábamos. Paquetón era genial, la inteligencia no solo la aplicaba en las cosas difíciles, también en tonterías, la que se le venía a la cabeza en el momento menos pensado.

Paquetón era pobre, Norma. A los quince años quedó sin mamá, se la arrebató un cáncer y con ello sintió que el mundo lo aplastaba. Su rostro se entristecía, la voz se le quebraba cuando la recordaba. El amigo desayunaba y almorzaba pero no siempre comía por la noche. El mismo lavaba su ropa, si al anochecer lavaba el calzoncillo y en la mañana no estaba seco, usaba el pantalón sin interior. “Yo soy pobre, no tengo para dos o tres interiores y debo andar con las bolas al aire, mi pantalón aguanta todo”, expresaba muy serio. Nos hacía reír, eso no le gustaba. “No te burles de la desgracia ajena, la pobreza no deshonra, tampoco denigra, soy un pobre digno”, eran algunas de sus frases. Esas limitaciones materiales en las situaciones diarias, lo rebelaban y se desquitaba haciendo de bufón, no olvido que a veces íbamos caminando tranquilos, al paso había un salón de belleza repleto de mujeres acicalándose, él se paraba en la puerta y gritaba con tremendo vozarrón “¡feas!”, escapando a toda carrera. Repentinamente nos topábamos con un lujoso restaurante y decía “entremos”. Nos sentábamos en una mesa y pedía la carta. El mozo, solícito, a la expectativa, pensando en la propina de buenos clientes. Paquetón, cuidadosamente, leía la lista de platos recorriendo con el dedo, de súbito se levantaba diciendo “no me agrada ningún plato, vamos a otra parte”. Afuera reía y manifestaba “deja hacerme la ilusión de que puedo entrar a un lugar costoso y engañarme de que estoy en posibilidades de servirme uno de esos platos”.

Todos los días iba a la casa de Paquetón en plena Vicuña Mackenna, a seis cuadras de la Plaza Italia y cuatro cuadras antes de llegar a la avenida Diez de Julio. Cuando no teníamos que hacer las temibles tareas de matemáticas, física o química, nos dedicábamos a oír música, un desfile de canciones de moda. Leo Dan, Luis Dimas, Pat Henry, Gloria Benavides, Enrique Guzmán, Neil Sedaka, Salvatore Adamo, Rafael y otros inmortales como Elvis Presley y los Beatles, los últimos estaban en pleno auge, sus discos se escuchaban en todas partes. En algunas de esas tardes de ocio, casi rutinaria, a Paquetón se le ocurría una de sus tonterías, en la guía telefónica buscaba el número de esos locales que envían cosas a domicilio y pedía una lista realmente kilométrica de mercancías refinadas, incluidas botellas de vino, postres, helados empacados y recalcaba una dirección falsa, para luego preguntar: “¿Apuntó?, ahora dispare” y cerraba el teléfono.

Paquetón era ocurrido en grado máximo, pero cuando quería lucirse seriamente en el aula, imposible superarlo. Ahí ponía solo a funcionar su mente matemática y los profesores asentían con la cabeza mostrando satisfacción. Parecía mago aplicando la raíz cuadrada o empleando la regla de cálculos, que dentro de mis limitaciones yo encontraba abominables. ¡Jamás podré olvidar las ecuaciones que resolvía! Si yo sentía que esas materias eran temibles, el “sea X…” de Paquetón también se transformó en algo temible, cuando lo pronunciaba era como un desafío ante los demás, especialmente consigo mismo.

Paquetón, además de ser inseparable compañero y entrañable amigo, era extremadamente inteligente, no solo lo demostró en los últimos cuatro años de la etapa secundaria sino cuando recibió el título de ingeniero electrónico en la Universidad Federico santa María, con los más altos honores. Incluso mientras estudiaba la carrera, lo hicieron ayudante de cátedra, al final también fue catedrático y aquellos jóvenes que tomaban materias por créditos, solo querían entrar a las clases de Paquetón, el aula se llenaba, unos cuantos quedaban afuera, permanecían junto a las ventanas y puertas abiertas, en el pasillo, para oír las explicaciones del catedrático. Me contaron que fue famoso en la Universidad, luego del sangriento golpe de Pinochet que interrumpió bruscamente el gobierno del “Chicho” Allende, para salvar la vida Paquetón –izquierdista hasta los tuétanos- cruzó rápido la frontera, terminó afincándose en Venezuela donde también alcanzó gran prestigio, llegó a ser muy apreciado por su calidad humana, alta preparación y brillante inteligencia.

Y para las anécdotas, Norma, nadie como Paquetón. En una ocasión siendo ayudante de cátedra, los profesores lo pusieron a prueba planteándole un problema como para despecharlo y él solo llenó varias pizarras para decirles “señores, este problema no tiene solución” y dejó la tiza a un lado. Los maestros se miraron entre sí y habló el mayor de ellos: “Un equipo de trabajo de varios catedráticos llegó a esa conclusión pero demoró varios días. Usted determinó lo mismo en un par de horas”.

Paquetón se llamaba Jorge Rossel Maturana. Vivía con su padre, ya viejo en ese entonces, bajo, gordito, rechoncho, blanco y colorado, pelada reluciente. No usaba barba ni bigote, de terno y sombrero. Empleado público jubilado, percibía una renta escasa, bastante austero, yo diría que tacaño para la generosidad de su hijo. Tenía aspecto serio, expresión grave en el rostro, ceño fruncido, aire áspero, severo, veterano cortado de una sola pieza, invariable en sus apreciaciones. Pese a todo lo que Paquetón se lamentaba de él, a mí me estimaba, se había acostumbrado a mi presencia diaria en ese caserón por la estrecha amistad que tenía con su hijo. En esa casa que el papá arrendaba (no recuerdo si el veterano se llamaba Jorge o Miguel), en la Vicuña Mackenna y Argomedo, veo a dos hermanos de Paquetón, Miguel de unos diez u once años, delicado de salud, no podía hacer nada, ni llevaba una vida normal. También tenía una hermana adolescente, María Antonieta, solíamos conversar largos ratos la vez que podíamos.

Paquetón tenía dos tías ricas (se me ocurre solteronas), platudas, hermanas del padre, la situación de ellas era muy diferente, vivían en un barrio aristócrata para aquellos que frecuentábamos en nuestras diversiones. Recuerdo el nombre de una de esas ancianas, dueñas de una mansión, enorme y con servidumbre solo para dos personas, la tía Pepa, él la mencionaba mucho. Una vez por mes, lo invitaban a almorzar en esa casa fastuosa, entonces Paquetón comía bien, incluso llegaba hablando del menú que le habían brindado, incluso de su entrada favorita, la palta reina, rellena de atún y mayonesa, una sopa contundente de mariscos y un plato fuerte de arroz o puré con carne al horno, muy suave al paladar, seguramente filete, lo servían con papas al horno. Ese día Paquetón aparecía feliz hablando bien de las tías que igualmente eran tacañas, cuando de verdad necesitaba algún dinero para cosas muy puntuales, no le daban fácilmente, eran muy medidas. Para él resultaba humillante cuando tenía que golpear la puerta de las tías para pedirles plata, a veces se compadecían y algo le daban. De todas formas Paquetón dos veces por mes vivía momentos de satisfacción por todas las penurias que pasaba: cuando almorzaba donde las tías y cuando iba donde una especie de tutor a quien nunca conocí, no sé si era un abogado, quien le entregaba 20 escudos (circulaba antes que Pinochet volviera al peso como moneda oficial), acaso serían 25 dólares que no duraban más de una semana. Por eso digo que era generoso, solía invitarme a comer bien cuando recibía ese dinero, correspondía a una dote que la madre había dejado antes de morir, ignoro para cuántos años sería pero una vez al mes Paquetón andaba con plata en el bolsillo.

Paquetón sufría y gozaba, solía lamentarse amargamente de su situación. Tenía muy poca ropa, en esa época disfrutaba cuando apareció la camisa “Wash and Wear” (lave y use), se secaba en 35 minutos y para él era un alivio porque no padecía esperando que se secara. Yo compartía cosas con él pero desgraciadamente mi ropa no le quedaba, él medía un metro con noventa y dos centímetros, un poquito jorobado, caminaba a grandes zancadas con los pies ligeramente torcidos, nariz aguileña, como pico de cuervo, tez blanca, ojos pequeños que adquirían una expresión de malicia si hacía alguna de sus picardías, brillaban detrás de los lentes de cristales gruesos, sufría de miopía. En invierno usaba un abrigo gris, largo, confortable y una infaltable bufanda casi del mismo color, la enrollaba cubriendo su boca y parte de la nariz, era su característica, por molestarlo le decíamos “Paquetón con lentes y bufanda”. Calzaba del 45, Romelio en broma le decía que tenía que lustrarse los zapatos en el Cajón del Maipo y para comprar el calzado en una zapatería, debía dar el número telefónico. A más de que le costaba encontrar el número de sus zapatos, era un tormento cuando se gastaba la suela, los usaba hasta que se hacían huecos, entonces todavía los pisaba unas semanas más poniéndoles doble plantilla de cartón recortado con tijeras, pero llegaba un momento en que ya no podía poner una pisada en tierra, rompía hasta los calcetines por culpa de los zapatos agujereados en las plantas, abiertos en los costado, completamente deformados. Entonces Paquetón se rebelaba y sin estar enfermo, se echaba a la cama, luego de agrias discusiones con el papá, le decía “no voy al colegio hasta no tener zapatos”. Una vez faltó a clases una semana, asomó sonriente con unos descomunales zapatos de color negro, comentó que había ido a la fábrica, la felicidad pintada en el rostro, llegó saludando y molestando a todo el mundo.

Tal como te comenté, Norma, había temporadas en que Paquetón no usaba calzoncillos. Cierta ocasión en Punitaqui, en pleno campo, al retorno a casa de mis padres en una de esas tantas noches de farras, con el revoltijo de tragos, a Paquetón le empezaron a crujir las tripas, no aguantó las ganas, se metió en algún rincón fuera de la calle, se agachó y ahí mismo –sin bajarse los pantalones- evacuó. En la madrugada, teníamos muchos grados de alcohol en la cabeza, producto de haber bebido cerveza y pisco con Limón Soda, pero no tanto como para no darnos cuenta que Paquetón no se había bajado los pantalones al agacharse y luego se había limpiado. Ante nuestra mirada, él reía con voz estropajosa al expresar: “Lo que sucede es que estos pantalones estrechos se descosieron de tanto bailar Twist, ahora tengo doble ranura y como ando sin calzoncillos…”

Paquetón era rebelde, Norma, en sus pensamientos abogaba por la igualdad y la justicia. A los 14 años estaba inscrito en los registros del partido socialista, militante de las juventudes, no podía estar de acuerdo con el sistema imperante, siempre protestaba y exponía argumentos sólidos para defender sus ponencias, esgrimía una retórica brillante, convincente. Y en medio de todo, nos hacía reír, especialmente cuando pasaba algo que no podía conseguir. Recuerdo que una ocasión en medio de apuros que se convirtieron en ansiedad y desesperación al no tener cigarrillos, fumaba una cajetilla diaria, lo pensó mucho antes de decidirse a ir donde “la tía rica”, institución donde empeñaban cosas, para dejar su reloj pulsera que tenía trizada la mica por un golpe. Entró al lugar que se encontraba en la Vicuña Mackenna, con aire resignado, y dejó el pequeño aparato en la ventanilla. El empleado lo miró y devolvió de inmediato diciendo “estropeado”. Paquetón indignado protestó al tiempo que expresaba: “es un reloj Election de fabricación suiza, un regalo de mi madre, está flamante, solo tiene tres años”. “Y un día”, agregaba Carlos, otro de los compinches santiaguinos, al referirse a la edad del reloj, cuando Paquetón lleno de enojo contaba el episodio. Pero nunca nos reímos más de él, porque ese recuerdo perduró años, cuando vivió el chasco más grande de su vida en la casa de Guillermo Argandoña.

Una mañana Paquetón salió de su casa en la Dublé Almeida y Campo de Deportes, en Ñuñoa. Era su nueva vivienda que las tías platudas le habían comprado a su padre, era grande y el veterano arrendaba algunos cuartos para tener algún ingreso aparte de la pequeña jubilación, ahí pasó Paquetón los últimos años de la secundaria. Ese día Paquetón tomó el trolebús en la Irarrázabal rumbo a la residencia estudiantil donde yo vivía, el trayecto tomaba unos 25 minutos, pero en pleno viaje le agarró el apuro por ir al baño. Solo trató de aguantarse confiando en que sí llegaría a mi casa, desgraciadamente yo había salido a estudiar en el parque Bustamante, era mi costumbre como la de muchos otros jóvenes, aprenderse las lecciones paseándose de un sitio a otro, al aire libre. El, con toda la personalidad que tenía, no se atrevió a pedir el baño a la dueña de la residencia, más bien pensó en Guillermo Argandoña, a quien decíamos Willy. Estaba a un cuarto de hora caminando, tampoco tenía más dinero para el transporte. Alcanzó la casa de Willy presionándose el trasero con la mano, timbró ansiosamente, salió la mamá para decirle que su hijo había viajado fuera de la ciudad. Paquetón ya no aguantaba más, angustiado solicitó el baño con un hilo de voz. La señora comprendió su aflicción y amablemente le indicó donde quedaba. Paquetón entró dando casi un portazo –era lo que él contaba.

“Sentí un tremendo alivio –decía con esos gestos histriónicos que tenía, contando el asunto con lujo de detalles. “Por fin, me dije, pero ¡créanme si estas cosas me suceden solo a mí! No se burlen, por favor. Tiré la cadena y empezó rebalsarse el agua, bajé la tapa del inodoro aplastándola con las dos manos, pero el agua salía a chorros y empezó a correr por el piso pasando por debajo de la puerta. No quería dejar huellas, en la desesperación volví a tirar la cadena. Fue peor, seguía tapado, salió más agua, lo único que hice fue salir del baño, ahí me di cuenta que el agua avanzaba por el pasillo y llegaba casi a los pies de la mamá de Willy que hablaba por teléfono, por suerte no se percató del percance. De inmediato me despedí de ella haciéndole un par de venias de agradecimiento y alcancé rápido la calle. ¡Qué desgracia!, le tapé el baño al Willy”.

Dos días después viajamos a Punitaqui donde permanecimos varias semanas, Paquetón olvidaría pronto ese mal rato, pero al recordarlo volvía a lamentarse. Estuvo un par de meses sin ir a la casa de Willy, se moría del bochorno por haberle tapado el baño.

Paquetón se volvió visitante fijo en la casa de Punitaqui durante las vacaciones. Con su mente preclara, me ayudaba con las matemáticas, la química y la física, tan odiosas para mí y no me inhibe reconocer mi inutilidad. Por el contrario, después de tanto tiempo estoy feliz de haber contado con una persona así y siento profundo orgullo de haber sido amigo de Paquetón. Hasta el día en que dejé el país, estuvo para darme el abrazo de despedida.

Cuando con Paquetón, en la calle Vicuña Mackenna de la ciudad de Ovalle, nos subíamos al Andes Mar Bus, línea de buses prestigiosa de otros tiempos que viajaba a distintos puntos del país, excepto de Santiago al Sur, sabíamos que la jarana quedaba atrás. Retornaríamos a Punitaqui en el próximo receso estudiantil, si se trataba del verano gozaríamos de las frutas y de las poncheras heladas. Si tocaba invierno, el frío de las noches provocaba tomar vino caliente con naranja o simplemente pisco rebajado con jugo de limón. No olvido que en aquellas épocas salió una canción que estuvo de moda, la tocaban en los programas de música más sintonizados, se llamaba “Pisco y limón”, con Paquetón de puro gusto la cantábamos a voz de cuello en la calle larga, en cualquier noche de farra. La verdad, Norma, es que cuando estábamos sentados en el bus que nos devolvía a la realidad del “Gran Santiago”, en el viaje de retorno ya no hablábamos mucho. Íbamos masticando los recuerdos punitaquinos, disfrutando por anticipado el próximo retorno para otra vez hacer alarde de buenos bebedores. Teníamos buenos gaznates con Paquetón, desgraciadamente sigo pensando que el mío era más temible todavía.

Todas esas juergas fueron el preludio de lo que vendría, acaso durarían un par de años más, poquito antes de ingresar a la universidad. Cada uno había hecho una promesa a los amigos punitaquinos más cercanos para cuando termináramos la carrera y recibiéramos el título. Yo siempre dije que pondría un metro cuadrado de botellas de pisco, Paquetón fue más lejos aún en aquellas noches de euforia y bohemia, prometió que pondría una hilera de botellas de pisco cubriendo la distancia de un poste al otro, unos cincuenta metros, con esa mentalidad matemática hasta hizo el cálculo del número de botellas, no recuerdo la cifra exacta, tengo idea que eran más de cuatrocientas. Ninguno de los dos cumplió la promesa, Norma.

La última vez que visité Chile, no lo encontré, hacía mucho que mi amigo había salido del país. No sé qué será de él, espero hallarlo algún día para darle un abrazo. Y si ya se fue de este mundo, me imagino que está conversando con San Pedro. A lo mejor en este preciso momento le estará diciendo “Sea X…”

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Hola Pollo.Recuerdas cuando junto a paqueton(QEPD),tu y yo , caminábamos desde plaza Italia,hasta 10 de Julio,por Vicuña MacKenna,y Jorge nos Hablaba de Astronomía.O cuando nos juntábamos en el Fresia y planeábamos,que cuando ustedes se recibieran,junto a Gabriel Echeverria,nos iríamos los cuatro,a recorrer el mundo,y por cosas de la vida,nuestros destinos fueron muy diferentes.¨La ultima noticia que tengo de ti,Pollo,fue cuando me comunicarse,que irías a Colombia,y la ultima dirección tuya que tuve,fue En Calle colon no se cuanto ,en Quito.por favor, contactarme a este correo,es de mi sobrino,Francisco.Es que en este momento estoy en Punitaqui.Puskas.supongo que te acuerdas de mi.

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