Columna personal

Susurro de los molinos de viento LII - Llamado a las Nostalgias

La imaginación de mi hermano volaba, iba demasiado lejos, no medía distancias, a lo mejor llegaba al horizonte que en el mar siempre será de color azul. Azules eran los ojos de mi hermano, Norma y en ese horizonte tan visible y al mismo tiempo inalcanzable, una noche se sumergió en un sueño infinito.

El sabía como alimentar mis ilusiones de pequeño, cuando se negó a que siguieran alimentando las suyas. Una noche del 24 de diciembre quiso saber cómo era el Viejo Pascuero y permaneció en vigilia para saber por dónde entraba el hombre de las barbas blancas, largas como los recorridos que hacía repartiendo juguetes. Estaba decidido a dilucidar la verdad, no pegaría los ojos ni un minuto durante la noche. Y no los pegó, Norma, ni un segundo bajó los párapados, menos aun cuando sintió el ruido apagado de una puerta, fue lo que escuchó, se puso tenso, lo contaba años después cuando para todos se rompió el encanto, la magia casi enigmática de la presencia del Viejo Pascuero. Entonces mi hermano de los ojos color de cielo comprendió que el hombre de la enorme bolsa a las espaldas no era real, existía solo en los cuentos, en las películas, en las tarjetas navideñas, en las fotografías y que cualquier almacén de juguetes podía contratar uno para que promocionara su mercancía en el mes de diciembre. Se rompió el encanto pero no para mí, porque ese hermano siguió contribuyendo para que no se acabaran las fantasías de niño. Todavía continué esperando con ansiedad la visita del singular personaje.

En nuestra época el mes de diciembre era sinónimo de espera, ansiosa espera, contando los días, aguardando por aquellos juguetes que en mi caso constituían un apacible deseo que jamás podría haber llegado a una frustrada obsesión. Mi hermano de los ojos del color de mar en la distancia era el encargado de receptar los pedidos. La vieja los buscaba en Ovalle. El Palacio de los niños se llamaba un almacén grande de ropa y juguetes variadísimos, había de todo para los pequeños. La veterana tenía crédito abierto, el dueño era un señor gordito, blanco y colorado, por su manera de hablar parecía español, de apellido Rentería. El local quedaba en plena Vicuña Mackenna. Un día el hombre vendió todo y fue a vivir en Santiago. El negocio pasó a otro propietario que cambió de línea y nombre. No sé si le pusieron Casa Vestex, ropa fina, elegante, ahí escogía las tenidas y las camisas que siempre usé, Mac Gregor, durante mi adolescencia y parte de la juventud, cuando los juguetes hacía mucho habían quedado atrás.

Rentería tenía fama de traer los mejores juguetes que son parte de los recuerdos imborrables, Norma. No tenía más de cuatro años cuando un 25 de diciembre muy temprano me levanté en pijamas para sentarme en un hermoso balancín con forma de caballo, de color blanco, el resto rojo y azul. A medida que crecía la vieja comentaba que ese día yo había sido el más efusivo, cuando me senté en la cama, ante la presencia del juguete de madera, refregaba mis ojos una y otra vez, sin convencerme de lo que veía, de un brinco estuve sobre el caballo para balancearme.

Todos los juguetes del recuerdo, luego de tantas décadas, asoman en alguna etapa de la niñez. Primero había sido un triciclo, después el caballito balancín y luego un auto de pedales rojo encedido con delgadas franjas crema. La niñera de aquel entonces, Pabla, hermana de Rosa quien estaba dedicada a la cocina, decía que ella fue testigo cuando apareció el Viejo Pascuero, estaba despierta, cara al techo, en el cuarto contiguo, que por allí había entrado el Pascuero, como el auto era demasiado grande lo sacó de la bolsa para no delatarse ya que dificultaba sus movimientos, puso el juguete en el piso para darle un empujón y el vehículo se detuvo justo al lado del velador donde yo ponía la caja de lápices, los libros para colorear y alguna revistas de historietas que recién empezaban a despertar mi interés por la lectura. Pabla intensificaba la historia adornándola con detalles que yo creía sin albergar la mínima duda. Agregaba que el Viejo Pascuero era silencioso, ella había permanecido inmóvil para que éste no se percatara y pasara de largo a otras casas sin dejar los juguetes destinados a la nuestra. Por eso había abierto un solo ojo, había observado sin moverse de la cama. Mi hermano siempre decía que nadie podía hacerle trampas al Viejo Pascuero, de lo contrario no dejaba ningún juguete o si ya los había dejado al lado de la cama, cualquier noche regresaba por ellos. Afirmaba que el anciano vestido de rojo, metido en las botas negras de cuero, los últimos meses del año ni siquiera dormía, que la vez que caía la oscuridad, recorría las fábricas y almacenes recogiendo los juguetes que los niños habían encargado, él no tenía que comprarlos. Yo ponía especial atención al relato, más aún cuando escuchaba que la bolsa era mágica, no se llenaba jamás y podía almacenar los juguetes de todos los niños del mundo.

¿Cómo romper la distancia, Norma? ¿Cómo dejar de lado todas las lejanías? Imposible, los recuerdos están ahí, como lo escribiera algunas veces, para los recuerdos no existe el olvido. El pasaporte que permite viajar hacia las cosas vividas siempre tendrá estampado un sello con el color que deja la huella de las reminiscencias y en medio de ellas estarán los juguetes de la infancia. En el pasado no escuché que alguien mencionara a Papá Noel o Santa Claus, en aquellos tiempo no tuve la oportunidad de ver una película como La noche de las narices frías, en la imaginación de pequeño no había espacio para las nevadas porque en diciembre vivíamos la calidez de los veranos punitaquinos, días largos y noches cortas, disfrutábamos de la ociosidad de las vacaciones que en nuestras mentes planificaban la agradable actividad de la pereza.

En la Noche Buena nadie concebía al trineo conducido por el Viejo Pascuero surcando el aire, con los renos silueteados en el infinito, el Viejo de aquel entonces se me antojaba que era como un duende, mágico, cargaba esa bolsa descomunal sin esfuerzo alguno y entraba por cualquier hueco, recuerdo los postigos abiertos de la ventana con barrotes de hierro para que ingresara con los juguetes que amanecían junto a la cama.

Para la cena no preparaban pavo, si alguna vez sacrificaban uno, salía del gallinero, era bien criollo, no muy grande y costaba asarlo en el horno de leña, el micro-ondas no existía. La cena de Pascua era con gallina, acostumbraban el fiambre, las presas frías con ensalada de papas, mayonesa (nunca de frasco), tomates y huevos cocinados, a veces un tazón de consomé. Un postre sencillo, hecho en la cocina de la casa, leche asada o sémola con leche y chancaca derretida, tipo almíbar regado en cada plato, pan de pascua no faltaba jamás, acompañado de la taza de té al final de la comida, el cola de mono amenizaba el acontecimiento.

Hay episodios que se sumergen en las evocaciones. Una mañana de Navidad el Pascuero, entre varias cosas, dejó un juego de palitroques de madera, colores vistosos, cada figura era un verdadero soldado, casaca azul con botones dorados, una gorra amarilla y las piernas en un solo listón bien torneado, eran kaki, el pedestal redondo que cumplía el papel de base, pintado de negro. Cada palitroque erguido completamente como un guerrero listo para pelear. Una docena en total, uno de ellos de unos cuantos centímetros más largo, el jefe del grupo, el capitán le decíamos. Todos venían dentro de una sencilla caja de madera de color café y dos bolacos de madera celeste, perfectamente redondos, para tumbar los palitroques.

Había soñado con un juego de palitroques aunque fuese artesanal, la emoción de derribarlos desde cierta distancia era algo indescriptible, Norma. Mucho más atractivo todavía si en el juego participaban dos niños. Inevitablemente se viene a la memoria la presencia de otro amiguito, El Cuyuno, fue el primero y con quien más compartí los palitroques.

El Cuyuno fue un compañero más de la escuelita, como tanto otros. También le ayudaba con las lecciones del silabario. A veces-Noma- vuelvo a repasar los rostros de una fotografía del recuerdo del último año de la legendaria escuelita, siento alegría de identificarlos a todos por el nombre y el apodo, don Lalo, al fondo, de terno y corbata. Ese regocijo se extingue antes de cinco minutos cuando pienso dónde estarán todos y me pregunto: ¿Cuántos ya no están?…

El Cuyuno se llamaba Segundo Hidalgo, hijo de don Evaristo, un veterano más o menos fornido, nunca más volví a verlo pero lo sigo viendo con sombrero, se me ocurre de color gris, calmado, lento para caminar, voz baja, como que hablaba en un tono golpeado. En más de una ocasión mi viejo lo ocupó en algún trabajo de albañilería, ahí estuvo don Evaristo con el nivel que utilizaba al hacer los cimientos de una pieza que levantó con paredes de barro, tengo toda la idea que el papá del Cuyuno hacía casas. Traté en escasas ocasiones con él pese a que frecuentaba su casa que se encontraba unos metros más arriba de la quebrada, una vivienda antes de donde vivía don Vitalicio Portilla. Conservo nítida en las evocaciones la casa del Cuyuno porque ahí pasaba mañanas o tardes enteras, allá iban a parar los palitroques, entrábamos por un portón, las habitaciones tipo mediaguas, quedaban bajando una pequeña pendiente de tierra.

Con El Cuyuno jugábamos horas, su madre (se me escapa el nombre) cuando yo sentía hambre me daba pedazos de tortilla, pan consistente que ella misma amasaba, me encantaba ese pan casero, si olvidaban darme, yo pedía. En esa casa vivían algunas mujeres, una adulta, otra adolescente y otras en edad escolar, recuerdo sus nombres: Hilda, la mayor, me da la impresión de verla en una máquina de coser durante la tarde, justo a las cinco, oyendo El Club de la Amistad, programa de música que duraba una hora, transmitido por la emisora Norte Verde de la ciudad de Ovalle. Otra hermana del Cuyuno era Gladys, recuerdo a Juana y a Nadia que debe haber sido la menor.

Cuando yo no iba a la casa del Cuyuno, él asomaba en la mía y en el patio de baldosa parábamos los palitroques para darle con las bolas de madera, a unos seis u ocho metros de distancia. Pero también jugábamos a las bolitas y a los cowboys, entre mis juguetes había varias pistolas, unas con un rollito de un papel especial que cada cierta distancia tenía adherida una pequita de pólvora sólida, ahí pegaba el percutor del arma y se producía un diminuto estampido. Jugar a los pistoleros del oeste, resultaba apasionante, se paraba el reloj y el tiempo no lo sentíamos. Las horas se iban generosamente, en más de una ocasión oscurecía y al amigo tenían que ir a buscarlo, se llevaba una reprimenda.

En aquella Navidad, la última del Viejo Pascuero, Norma, los palitroques causaron la admiración de algunos amiguitos y creo que pasamos jugando todas las vacaciones de verano con El Cuyuno.

Siempre he pensando que la Navidad es como un llamado a las nostalgias, a todas aquellas cosas que quedaron atrás, sepultadas en el tiempo y que afloran en los días de diciembre para recordarnos lo que no volverá. Podemos estar con los nuevos seres queridos pero no son los mismos, no son todos, ya no están los de antaño. Cuando la Navidad era nuestra, cuando los juguetes de madera eran nuestros, nada era de plástico, ni olía a petróleo ni se movía con la energía del cuarzo o de las pilas. Esas Navidades se esfumaron demasiado rápido y las de ahora no son iguales. Nada es igual, las Navidades de otros tiempos se escurrieron en los años que un día pensamos no terminarían nunca, posiblemente sea porque para los niños el verbo vivir siempre será infinito. Pero la niñez se aleja vertiginosamente, de repente debemos enfrentar la realidad, cuando nos hacemos hombres, entonces nos sacuden todas las debilidades y volvemos a derramar lágrimas de niños.

De verdad te digo, Norma. La imaginación de mi hermano volaba….

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