Columna personal

Susurro de los molinos de viento LIII - Ajedrecista silencioso

¡Qué será de los muchachos, Norma! ¡Cuántas cosas ya no pude ver de nuevo! Qué cambiado que encontré al Gran Santiago que se transformó en una ciudad gigantesca. Cuando fui la última vez, todavía no se podía gritar pero había asaltantes en cualquier esquina. Existía el metro que atravesaba veloz la ciudad de un punto a otro, tragándose las distancias a poco costo, pero debían poner vigilantes para impedir que alguna madre agobiada por la situación económica se arrojara a los cables de alta tensión en los diferentes terminales del recorrido. Era una de las maneras baratas de encontrar el final rapidito, eso fue lo que me dijeron. El gobierno comentaba que el desempleo era bajo, mientras tanto las prostitutas proliferaban como insectos en los portales y rincones camuflados, esperando por los clientes, desapareciendo rápido detrás de cualquier puerta misteriosa cuando lo encontraban. Los avisos de las «casas de masajes» aparecían en los anuncios clasificados de los diarios de mayor circulación, con catálogos de chicas rubias, morenas o trigueñas para escoger, pero si el cliente no quería molestarse, podía pedir servicio a domicilio con una llamada telefónica indicando las características de la «masajista» que necesitaba. Algunos anuncios aparecían en lugares destacados para satisfacer los gustos más exigentes:


Casa de Masajes El Paraíso

  • Susana
  • Patricia
  • Liliana
  • Soledad
  • Eugenia
  • Fanny
  • Jacquelín

Atrévete. Atendemos las veinticuatro horas del día.

Todo había cambiado en la capital, Norma. Todo estaba aberrantemente cambiado. Hasta el tránsito de las calles funcionaba en sentido contrario al que conocí. La avenida Diez de Julio parecía de un aspecto más limpio aunque en la noche comenzaban a trabajar decenas de burdeles. Y las señoras ricachonas, aburridas, también encontraban lo suyo cuando querían divertirse. Visitaban El Bolero, una elegante casa de prostitución masculina. Ahí los hombres tenían su tarifa y recibían a clientes mujeres.

La última vez, Norma, sentí que cualquier actividad se cumplía en base al subempleo y la problemática del día para cada padre de familia era plantearse cada mañana antes de salir a buscar el sustento: «Qué comemos hoy». Nadie quería hablar de política pero había manifestaciones de medio millón de personas. Y había momentos en que no se sabía si en el rostro de los chilenos se reflejaba la burla o el temor hacia los militares.

¡Qué diferente ese Santiago que yo había vivido un cuarto de siglo antes! Es que lo viví, Norma, yo viví esa impresionante ciudad, llenó todas mi inquietudes, con vericuetos apasionantes, un mundo tan distinto que desbordó todas mis expectativas, pasó a formar parte de los sueños. Visitaba Punitaqui pero añoraba esa ciudad. Las calles, las canciones de modas, los cafetines, los enormes almacenes, esos parques donde se concentraban los estudiantes con los libros bajo el brazo, donde yo escribía aquello que creía eran cartas de amor. Usaba un solo cuaderno, no muy grueso para asistir a clases, solamente para tomar notas, entre mis cosas perfectamente ordenadas, estaba el resto de cuadernos que iba llenando de escritura según la materia. Llevaba el cuaderno en el bolsillo trasero, cubierto con el suéter largo, igualito como ponía la botella de pisco durante las farras. Si hacía calor, el suéter amarrado en la cintura y los apuntes en la mano.

Al principio –aunque ya conocía la urbe- contemplaba con asombro lo que se cruzaba ante mis ojos. Las chicas, Norma, las encontraba preciosas. Conocí a una de nombre Raquel que apenas llegaba a diecisiete, pelo suelto y largo, me parecía increíble, ir al cine, tomarla de la mano, dejarla en la puerta de la casa, robarle unos pocos besos y a la despedida echarle un papelito pequeño dentro de la cartera. Una carta simbólica en cuyo interior se dibujaban los sentimientos. Yo sentía que ella se iba, se fue pronto, no supe qué se hizo, pero sé que se fue con nuestro querido pueblo en su cabeza. Muchas veces le hablé de él, la invité en otras tantas para que lo conociera, recuerdo que solo sonreía. Y como que la calle larga salía de sus labios. No me preguntes porqué, no sabría qué decirte.

Me fui a vivir al “Gran Santiago” impregnado de toda aquella sencillez de punitaquino, ingresé a un liceo donde un grupo de amigos escogidos giraban en torno a este nortino. El Paquetón y Carlos eran mis grandes amigos santiaguinos. Yo era el pueblerino, Norma. Ellos habían nacido en la gran ciudad, se encargaron de enseñarme las “picadas” de la urbe que no terminaban de llenar mi asombro campesino. Yo olía a calle polvorienta, a limoneros, al agua que corría por las acequias para el regadío, yo sabía lo que significaba oír el canto del gallo en las madrugadas. Eso se perdió en el “Gran Santiago”, pero nunca de mis recuerdos. Esas pequeñas cosas tuve que cambiarlas por el bullicio, por las noches heladas en el paradero de los microbuses, por las carreras apresuradas para atravesar la avenida Vicuña Mackenna y agarrar el trolebús que se deslizaba velozmente, repleto, por la avenida Irarrázabal hasta llegar a la comuna de Ñuñoa. Escogí el horario de las seis de la tarde, era agradable a partir del mes de octubre, duro cuando terminaba abril, la antesala de la época fría. Pero eso me gustaba, Norma, sentir el cambio de las estaciones, escoger la ropa que había que ponerse, además, mientras lo vivía, las mismas vivencias daban la hermosa posibilidad de soñar, de evocar a Punitaqui. Me llegaba la tranquilidad al saber que solo tenía que esperar las vacaciones, comprar un pasaje en el Andes Mar Bus y pedir el asiento número cinco o el ocho, en la segunda fila, siempre a la ventana para contemplar el paisaje.

Hoy quiero hablarte de mi amigo Carlos, Norma. Entrañable, siempre he ido a saludarlo, siempre nos hemos reunido aunque sea para tomarnos un helado y comernos un sanduch de lomito de cerdo caliente recién sacado de la máquina, mezclado con palta, en la Fuente de Soda Alemana. La ultima vez lo encontré en el lugar de costumbre, sabía que ahí lo hallaría, en la esquina de la avenida Portugal y Diez de Julio, seguía combinando su trabajo con la distribución furtiva, de puerta a puerta, la visita camuflada, aprovechando el mimetismo desde las sombras cuando llegaba la noche, entonces entregaba la edición clandestina del diario El Siglo

Mi amigo Carlos, Norma, persona tan especial, sincera, transparente. Bondadoso como él solo y leal, demasiado noble. A veces me lleno de nostalgias cuando evoco los pasajes vividos, las aventurillas que compartimos en aquella época de los dieciocho y veinte años. Éramos inseparables en el colegio, nos sentábamos juntos en la banca para dos. La clase que más nos gustaba era la de historia y geografía, por la bella profesora que aún no tenía veinticinco: Alicia. Nos hablaba de los griegos, decía que en el amor buscaban la belleza como abstracción suprema del mundo sensible. Comentaba de Napoleón, nacido en 1769, en Ajaccio, cuando aún esta isla pertenecía a Francia y quien llegó a ser el amo de Europa en 1808. Mencionaba a Alejandro Magno y a Atila, el rey de los bárbaros. Alicia, el amor platónico de todos los varones del curso.

Carlos era zurdo por necesidad, carecía de la mano derecha que ahora que lo pienso, no le hacía falta. Jamás le pregunté por la ausencia de su mano. La había perdido demasiado niño, en la sierra eléctrica de la carnicería del papá, eso fue lo que alguien me contó. Desde ahí como que quedó con una expresión de tristeza en el rostro, se lo veía serio, silencioso, demasiado observador. Hablaba sólo lo preciso, inteligente, mentalmente ágil, mucho más que cualquiera. Gran ajedrecista, de aquellos que juegan una partida sin fichas ni tableros. Bueno para un póker o una veintiuna, un apostador innato, además de extraordinario jugador de billa. En el muñón apoyaba el taco, movía su mano y brazo zurdos con asombrosa habilidad, tenía excelente «punto de bola», acertaba fácilmente a los huecos de la mesa. Bueno para echarse una cerveza y para bailar «Twist», realmente insuperable, baile que estaba de moda.

Mi amigo Carlos era el gran conocedor del barrio Diez de Julio, de los callejones tan solicitados por la red de prostíbulos que existía en ellos. Con Carlos visité por primera vez un cabaret donde había putas y maricones, René era uno de ellos, famoso por su local de la calle Carmen 666, le decían El Gitano, quien murió poco después en un accidente de tránsito. Ahí estaba la rubia María Eugenia quien se enamoró de mi amigo, la que bailaba con movimientos sensuales capaces de exacerbar los sentidos, de la tez blanca, cintura pequeña, piernas largas y curvas pronunciadas que resaltaban aún más con su ropa ajustada. La recuerdo metida en un vestido ceñido de color naranja y con apenas veinte y un años. Había sido amante del Lucho, el hombre extraño, de carácter pesado, con una cicatriz visible, profunda en la mejilla derecha, producto seguramente de alguna pelea a cuchillo, de esas riñas donde los protagonistas a veces quedan bañados en sangre. El vivía en los billares. Con Carlos íbamos al número 360 de la calle Tocornal donde estaban las mejores chicas, nos acompañaba el Julio a quien le decían el Cara de Chula, gran apostador en el juego de billa, a veces ganaba dinero a manos llenas e invitaba a todos a divertirse en los prostíbulos, en uno de ellos por primera vez especté un show artístico en el que bailaban hombre y mujeres, se destacaba el famoso “Sensualité”, un invertido consumado vestido de mujer, bailaba con ropas diminutas. Tenía un cuerpo perfecto que engañaba a cualquiera pero no a Carlos que con una mirada se daba cuenta rápidamente de la realidad. Cara de Chula murió en alguna madrugada, años más tarde cuando ya estaba totalmente alcoholizado. Lo mataron los militares durante uno de esos siniestros toques de queda, donde disparaban primero a todo lo que se movía y preguntaban después, cuando ya nadie podía contestar, se me ocurre que hasta volvían a preguntar como para asegurarse de que nadie quedase vivo. El Julio, un tipo bueno aunque perdido en el mundo de los bajos fondos, apareció tirado sobre un montón de basura, con el cuerpo agujereado «generosamente» por un montón de balas. Era inofensivo, tal vez se vio solo en la calle en alguna de sus tantas farras. Me contaron que trató de correr, Norma y yo pregunto qué tan rápido puede haber sido un hombre que desayunaba con una caña grande de vino tinto, se pegaba otra a media mañana, una más en el almuerzo y al atardecer no sabía de su alma, a esa hora ya ni se acordaba que debía comer. Se dormía en cualquier parte y a las diez de la noche nuevamente estaba en pie, listo para la jarana. Comenzaba su jornada de actividad en los Billares Alonso, de don Alonso Cáceres, hombre parsimonioso, elegante, calmado, caballeroso, muy buen trato con la clientela, algo inusual para las personas que regentan un negocio de ese estilo. Gran jugador de billa, causaba admiración por el extraordinario dominio que tenía de la bola blanca, de una precisión increíble, la dejaba en el lugar que quería de la mesa de tapete verde. Jugaba con un taco desarmable que solo él utilizaba, lo sacaba de una funda especial de hule grueso con cremallera que guardaba en un cajón con llave que había debajo de un mostrador grande, el taco tenía una boquilla blanca reluciente, de hueso. En los Billares Alonso, segundo piso de una casa enorme esquina de Lira con Diez de Julio, siempre se encontraba al hombre pequeño, flaco, con el rostro pálido y los pantalones raídos. Apenas pasaba de la treintena el tristemente famoso Cara de Chula cuando lo acribillaron. Quienes le quitaron la vida, simplemente eran asesinos.

Carlos conocía los más cotizados burdeles, siempre pensé que nació cerca de ellos, se había criado oyendo la música, rencillas, ese ambiente inconfundible de los callejones donde vivían centenares de putas. Carlos no pertenecía a los callejones porque tenía su familia, hermanos, sus padres, honrados, trabajadores, pero antes de la adolescencia él ya conocía al revés y al derecho ese barrio tan especial, con sabor a bohemia, a cabaret, a canciones, a mujeres pintadas que olían a perfume que penetraba en los sentidos. Con él conocí al gordo Gustavo, el peluquero; al Negro Cocoa y al Floro, a quien le decían El Rucio. Era un pelirrojo extraordinariamente bueno para los puñetazos. Decían que disparaba los puños como ametralladora y ningún contrincante aguantaba sus golpes, sin ir a parar en poco tiempo en el suelo. Todos eran de la “gallada”, esa gallada improvisada que asomaba en el momento preciso de las farras

Con Carlos recorríamos los cafetines de la agitada avenida Diez de Julio. Es que ese era el barrio para farrear. Ahí estaba todo lo bueno y también lo malo, aquello que significaba una tentación por lo prohibido. Nuestra juventud sucumbía inevitablemente. Carlos era un gran conocedor de todo, incluso de la vida de esas calles, del comportamiento de su gente, recuerdo que siempre me hacía ocultar algún dinero en el calcetín para no quedar sin nada y contar con una reserva para los momentos de la madrugada, cuando estábamos hambrientos y empezaba a asomarse la luz del día entre unos cuantos carros que a esa hora nunca dejaban de circular. Nos servíamos una paila de huevos fritos con pan y las últimas copas. Con Carlos visitábamos los bares El Lucifer, El Mundial, El Chunchito, El Fresia, El Tequila o La Herradura. Con él llenábamos una mesa de cervezas y recurríamos al montón de monedas que guardábamos en el bolsillo, hacíamos funcionar el tragamonedas para escuchar las canciones de moda, esa letras que invitaban a beber. Se me vienen a la memoria: Esta noche pago yo, Enloquecido por ti, Todo por el amor de una mujer, Mechita. Las canciones de Leo Dan, de Los Beatles, Elvis Presley o simplemente algunos boleros burdelescos de Lucho Barrios, como Amar y vivir. Después, en la madrugada, íbamos al balcón de la Vicky, la rubiecita colegiala que no tenía más de quince años, para despertarla quebrando contra el pavimento una botella de pisco ya vacía. Le decíamos La Guagua, el amor platónico que alimentaba los sueños y a quien jamás me atreví a decirle algo. Todo ese romance imaginario no pasó más allá de las miradas.

Con Carlos éramos farreros sanos y soñadores. En los recreos pasábamos en el casino del colegio para pegarnos los sanduches de jamón y queso mantecoso, una gaseosa, no faltábamos de lunes a viernes. Y el fin de semana nos sumergíamos en las noches frías del Gran Santiago. Y de estudiantes preocupados por las lecciones, nos convertíamos en noctámbulos empedernidos para divertirnos en cualquier café. Cuando no teníamos dinero, nos parábamos en alguna esquina para matar el tiempo, para acortar la oscuridad y las horas no fueran tan tediosas, mientras nos entreteníamos molestando a las «patinadoras», las chicas callejeras con tarifa que ejercían el comercio sexual, se paseaban en las esquinas a pasitos cortos. Carlos decía que sus minifaldas eran tan audaces que parecían un cinturón con flecos. Todas eran guapas, con marcada expresión de aburrimiento en el rostro, desconfiadas, cautelosas. En la calle conocí a Verónica que apenas tenía veintidós años, y en la calle también la perdí. En mi vida fue como una hoja arrastrada por el viento otoñal, una hoja seca eterna que permanece en el libro de los recuerdos, apergaminada, suavemente delicada porque nunca se me ha olvidado su rostro pecoso y pálido de tanto trasnochar, de aspecto enfermizo, de una voz suave, baja como si hubiese sentido temor de hablar pero contaba de sus cosas, de una realidad llena de evocaciones, que dolía, venía del sur. Verónica apareció de noche, y de noche desapareció. Yo la añoraba, Carlos me ayudó a buscarla, preguntábamos por ella a las otras «patinadoras», en más de alguna ocasión nos dieron referencias y seguimos la pista. Nos desplazamos lejos para buscarla en otros barrios, una noche estuvimos muy cerca de hallarla, pero nos atrasamos por minutos, se había ido con un comprador de amor. Y a la noche siguiente ya no estuvo, se había cambiado a otro sector, a otra esquina de la vida. Jamás volví a verla pero se quedó por ahí, en las reminiscencias. Verónica…

Carlos era el muchacho de los ternos oscuros, de una generosidad escondida que no emergía ante cualquiera. Lo recuerdo con el alma llena de amistad, de sentimientos puros. Si yo no tenía dinero, él tenía y viceversa, daba lo mismo. Si no disponíamos de un solo centavo, simplemente conversábamos largamente de los proyectos, de los sueños, de las chicas. Los nombres femeninos eran muchos, aunque no fuésemos capaces de conquistar a ninguna. Con una prostituta las fantasías de adolescente se convertían en realidad. Vivíamos, Norma. Te prometo que vivíamos y compartíamos. Creíamos saber muchas cosas, aunque la existencia apenas comenzaba. Carlos, el de las evocaciones por una adolescente llamada Angélica, el muchacho que imitaba con asombrosa facilidad la voz de Chubby Checker, el cantante negro de «Twist» o la manera como se presentaba en público Alberto Castillo, el cantante de tangos argentino. Incluso la forma de hablar del propio presidente de la república, Jorge Alessandri en ese entonces o simplemente hacía a la perfección el cacareo de una gallina en plena clase.

Nuestra amistad no se ha acabado, sigue existiendo como esos nombres que escribíamos en los cuadernos, como aquellas colegialas del Liceo Número Doce de la esquina de Malaquías Concha y Vicuña Mackenna, que alimentaban nuestras esperanzas a la salida de clases, con el bolso de cuero en el hombro repleto de cuadernos, de cabelleras largas y sueltas como sueño de ayer. Pero hace mucho, hace mucho tiempo, Norma, que no veo a mi amigo Carlos.

Sentí a Santiago una urbe moderna, desarrollada, tenía todo y para todos, pero me di cuenta también que esa infraestructura era un cascarón, tan diferente al Santiago que había conocido, mientras la gente hacía tiempo que se apretaba el cinturón para comer caldos de cebolla y más tazas de té con pan. Para muchas familias el tallarín con huevo o sardinas era un plato dominguero, y numerosas chicas jóvenes hacían el amor por un cuarto de pollo o pasaban el fin de semana con un galán improvisado a cambio de un vestido o un par de zapatos. Y se hablaba de moralidad en los altos círculos de la dictadura al mismo tiempo que señoras casadas se prostituían por horas para ayudar en los gastos de la casa o pagar el colegio de los hijos, y cuando querían silenciar a un joven impetuoso, contrario a las ideas políticas, sólo tenían que acercársele un par de pesquisas para recordarle que todavía tenía una mamá interesante y dos hermanas guapas, que midiera sus palabras. Y contaban que si una estudiante se las daba de rebelde, la llevaban donde veinte energúmenos dispuestos a buscar el placer en su cuerpo. Que ya se lo habían advertido y que dónde están los demás. Y le metían una rata en la cavidad vaginal, Norma. Viva y hambrienta, dispuesta a devorar hasta las ideas de la víctima.

Es que todo fue tan distinto, Norma, y por momentos desagradable. Había tantas putas, homosexuales, decadencia moral y una necesidad lacerante, pero también sentí la fe de la gente que no quería seguir aplastada, que pensaba que nada más malo podría ya venir, decían que lo que viniese sería mejor. Se quedaron con el esquema neo-liberal y parece que las cosas cambiaron, Norma. Pero te prometo que me dolió retornar.

Yo sé que tú, con la mirada fija de tus ojos verdes querrás saber qué ha sido de mí en todos estos años, y yo te podría decir que he recorrido sitios libres donde la naturaleza hace al hombre y éste debe enfrentarla porque es un desafío. Te podría hablar de la Cueva de los Tayos, esas aves milenarias que permanecen en el tiempo. Te podría decir de la zona del río Chingual o del Alto Nangaritza, en lo profundo de la selva amazónica, donde conocí a Magner Turner y Héctor Villalta, dos mineros bravos que han buscado y sacado oro toda su vida, a veces pintitas diminutas, difíciles de ver para el ojo humano mas no para el de ellos, y en otras ocasiones a puñados que han llenado sus manos. Me gustaría, Norma, que conocieras a Magner y a Héctor que llevan en su sangre la aventura. A lo mejor un día aparecemos en Punitaqui para que todos nos demos un abrazo, aunque sea para disipar por un momento el sabor a distancia y a nostalgias.

Temas: 

Comentar

Algo sobre Ovallito.cl

Ovallito.cl es un proyecto personal de un ovallino criado en la calle Independencia. Estamos en Internet desde el año 2003, lo que nos convierte en la web ovallina más antigua aún activa.

Columnas destacadas

El Piano de la Escuela América
Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines
Nuestra identidad mestiza
El valor de lo limarino
Memorias de Ovalle en los '70: Personajes típicos  ovallinos
Carmencita de Alcones
Los Fantasmas del Puente Viejo
Carta a un amor perdido