Columna personal

Susurro de los molinos de viento LIV - Peleas de niños

Dos veces nos dimos puñetazos con el Peruco Pérez . La primera ocasión fue debajo de un pimiento en el segundo patio de la escuelita, el árbol se hallaba muy cerca de los servicios higiénicos de las niñas. En aquellas épocas para referirnos a los servicios higiénicos decíamos al profesor en los momentos de apuro durante la clase: “permítame ir a la casita” o “déme permiso para ir al excusado”. Ignoro de dónde salieron esos términos que equivalían a letrina o pozo séptico.

¿Nos teníamos tirria con el Peruco? Pienso que no, yo nunca creo haber sentido animadversión hacia él, pero el Peruco (diminutivo de Pedro) no tenía buen genio, reaccionaba fácilmente ante situaciones simples, no con violencia pero se le encendía el rostro y era provocativo con las palabras. Recuerdo que jugábamos a las bolitas entre varios, Peruco perdió y eso no le gustó, él sabía cuando expresar las frases precisas, quedó picado por el resultado del juego y su incomodidad no solo la manifestó con algunos argumentos sino que la acompañó de un par de palabrotas e hizo puños, la expresión de su rostro lo decía todo, en él se leía una buena dosis de furia y sin hablar parecía decir “te voy a sacar la madre”. No me quedó otra que enfrentarlo. Pero en esos tiempos cualquier pelea a combos tenía sus reglas, las imponían los escolares mayores quienes hacían de jueces y antes de los golpes expresaban: “la pelea tiene que ser limpia, nada de patadas ni pegar en el suelo, si un contrincante cae, el otro tiene que permitir que se levante”. Y para solemnizar la pelea, Norma, el grandote agregaba al tiempo que en la tierra hacía una raya con el pie: “aquí está la mamá de fulano y esta otra raya es la mamá de sutano”. Al instante cada peleador, si es que no se acobardaba, borraba la señal que representaba a la madre del contrario y éste hacía lo propio borrando la otra raya. De inmediato se iban a las manos.

Fue en el recreo de treinta minutos que se cumplía a media mañana, no alcanzó a terminar el juego y nos trenzamos a golpes con el Peruco. De nada sirvió el llamado de la campana para el reinicio de clases, la riña no paró en medio de espectadores contrarios y a favor. La rencilla se escapó de control, nos dábamos golpes sin parar, le daba y me daba, teníamos el rostro enrojecido, a ambos se nos había “subido la mostaza” y no nos deteníamos. La riña se prolongó demás, se transformó en un pequeño espectáculo, se había formado todo un círculo de niños que gritaban y animaban a los peleadores, también se habían sumado algunas niñas, cuando me di cuenta de ese detalle, con mayor razón se encendió más el enojo, encono momentáneo porque la verdad es que no podía durar, los enojos de muchachos siempre fueron pasajeros, Norma. Debíamos retornar a clases pero más importante era el sorpresivo pugilato, ni yo ni el Peruco sentíamos el tiempo y no me cabe duda que fueron unas chicas las que fueron con el cuento donde la vieja y se regó el asunto, llegaron profesores de las dos escuelas a parar la gresca al fondo del patio. Ambos grupos traspasaron el correspondiente portón cubierto con hojas de zinc que correspondía a cada uno de los planteles para pasar al patio de atrás que era común, en las canchas donde jugábamos fútbol o practicábamos la gimnasia, asomó la media docena de maestros, no había más en ese entonces, cada uno se encargaba de dos cursos con horarios perfectamente establecidos en las dos jornadas. Cuando llegaron los profesores, se paró automáticamente la pelea, todos “achunchados”, dispuestos los culpables –o sea yo y el Peruco- a soportar el castigo, que bien podían ser unos cuantos varazos con un palito largo y delgado, de unos ochenta o noventa centímetros, bien alisado cortado de un árbol de membrillo (ayayaicito, Norma porque cada azote sacaba ronchas de inmediato). Lo menos podía ser una amonestación, el sermón sesudo, aleccionador que no admitía réplicas ni disculpas. No pasó mayor cosa, Norma, el director de la escuelita de varones –don Altemiro Fonfach- hombre severo y serio ordenó que todos se reintegraran a sus respectivas salas de clases. No me olvido que la señora Inés, profesora respetada y muy querida, con la calma que la caracterizaba solo comentó “se pelearon los niños”. Enseguida, sin darle más importancia a lo acontecido, empezó a dictar su clase, me parece que en esa ocasión nos habló algo de la historia de Chile.

Me sentí mal, culpable, no podía olvidar la pelea a puñetazos que no dejaba de girar en mis pensamientos, estaba ausente de la sala, no hubo los azotes con la varita de membrillo, cuatro o cinco en las piernas hubiese bastado, sumado a la humillación y al dolor que había que aguantarse. La señora Inés solía sancionar poniendo una media hora de rodillas a los culpables, pero ni siquiera eso. ¡Qué mal me sentía!, Norma. Pero el asunto no quedaría así, don Altemiro no se movió de la escuela, por el contrario fue al curso y todos nos pusimos de pie, era la costumbre cuando entraba un profesor o un adulto al aula de clases, nadie se sentaba si el maestro no lo ordenaba. El director se paró al frente y exclamó: “tomen asiento”. Su tono de voz fue seco, como cuando estaba molesto y para mis adentros pensé “nos va a sermonear”, clavó la mirada con el ceño fruncido, expresión tan característica en su rostro blanco de ojos celestes, un mechón de sus cabellos rubios le caía en la frente. Te prometo, Norma, que no aguanté ni cinco segundos la mirada enojada que traspasaba. El director no pestañeaba, no dijo una sola palabra, pero su mirada ¡fue tremenda! Lo dijo todo, creo que lo mismo hizo con el Peruco y luego salió al patio.

A las doce del meridiano, como cada día, antes de irnos a la casa, debíamos formarnos por curso en el primer patio, en perfecto orden, silenciosos. Don Altemiro Fonfach al frente, se oyó lo de siempre: “a discreción…atención ¡firmes!”. Al estilo militar, Norma, así era y luego se despedía con un “hasta la tarde”. Pero esa vez no fue así, después del “atención firmes”, añadió con tono más severo todavía: “¡A discreción!”. Y vino el sermón, con tono grave, cortante, empezó diciendo “los perros se pelean…” y continuó como solía hacerlo, con palabras aleccionadoras. Fue como un cuarto de hora, salimos más tarde ese día y solo recuerdo que el director recalcó que eso no volvería a repetirse, que si nuevamente sucedía él mismo tomaría medidas. Tanto yo como el Peruco Pérez no pasábamos de los nueve años.

La segunda vez que nos dimos de golpes fue un par de años después. Durante un partido de fútbol en el terreno ubicado detrás de la casa de don Pedro Pérez, papá del Peruco, sector que en el pueblo de Punitaqui llamábamos El Alto, paralelo a la calle larga, la zona posterior de todos los patios correspondientes a las viviendas de la vereda izquierda avanzando de norte a sur. Ahí jugaba un grupo de niños con una pelota de fútbol número tres de Jorge Aracena, hermano de El Nata y del Maringo. Ese balón no era un lujo precisamente pero suficiente para los jugadores que soñaban con ser grandes crack. Primero, cada uno nos proyectábamos con los futbolistas del pueblo y si la memoria no me deja mal, tengo idea que había equipos de Punitaqui, Los Mantos, La Delirio, de Las Ramadas, Camarico y otros lugares, se armaban los campeonatos inter-pueblerinos, demás está decir que los futbolistas de nuestro pueblo eran los mejores, recuerdo a Jaime Araya, excelente delantero, el jugador estrella, favorito de la mayoría. Se me vienen a la cabeza dos arqueros: José Pereira (le decían el “Sese”), hombre joven, también corría en bicicleta. El otro guardameta se llamaba Roque Hurtado, me parece que vivía en el sector de La Planta, era buenazo, siempre le oía decir al Pirulo que Roque “atajaba hasta el viento”. Los amantes del fútbol eran muchos en el pueblo, cada pueblito de los alrededores de Punitaqui tenía su equipo que lo representaba, lo mismo sucedía con las escuelitas de cada localidad, recuerdo una mañana dominguera del campeonato entre las escuelas, el equipo de la escuelita de Punitaqui le clavó ocho goles a cero al cuadro de La Higuera.

Te decía, Norma, que ese balón de fútbol número tres era el imán que concentraba a unos quince o veinte niños en cada atardecer, en una explanada sin pasto, un poco polvorienta, en la parte trasera de la casa de don Pedro Pérez. La pelota no duró mucho tiempo, una mañana se oyeron los gritos desesperados y el llanto del Maringo que le había sacado la pelota aprovechando la ausencia del hermano mayor que la guardaba celosamente debajo de la cama. Momentos antes de la algarabía, se escuchó el estampido, un camión metalero que circulaba a buena velocidad pasó sobre el balón y hasta ahí llegó su existencia. En la tarde el rostro de todos nosotros lucía triste y abatido, nadie pudo jugar fútbol.

Esas “pichangas”, encuentros improvisados con los compañeros escogidos a dedo, a veces se convertían en disputas apasionadas aunque sanas. Maringo era buen futbolista, también El Nata pese a que era menos rápido que el hermano. En uno de esos partidos se originó la segunda pelea con El Peruco.

Reconozco, Norma, que yo fui el intruso. Primero debo decir que era un pésimo jugador (ese detalle se contradecía con mi destreza para los otros juegos: bolitas, trompo, emboque, run-run, volantines y cometas) y esa tarde me piqué porque llegué atrasado, los equipos ya estaban conformados y en pleno juego, razón por la cual me quedé afuera. Ni siquiera me pusieron de árbitro, como hubo alguna jugada que despertó la polémica, los ánimos se acaloraron, como espectador me solidaricé con el grupo de arriba, cuyos jugadores vivían de la casa de mis padres hacia el sur, la discusión por el resultado final fue larga, difícil, el árbitro terminó identificándose con el equipo de Arriba y en algún momento de euforia dije: “flores al árbitro”, el grupo de arriba fue el beneficiado con el resultado, entonces El Peruco visiblemente molesto se acercó agresivo para decir: “grita ahora flores al árbitro”. El tono amenazante anunció la antesala de la gresca. Terminado el encuentro no había atractivo alguno, peor para los perdedores. Quise evitar el conflicto, además sentía temor de trenzarme a golpes. El Ñelo estaba conmigo, “no seas maricón, no te acobardes nunca ante nadie”, dijo. Y los niños del barrio de Abajo, El Nata específicamente que era de los derrotados, hizo las rayas consabidas, la una a un metro de distancia de la otra y dirigiéndose a cada uno de los peleadores por separado, manifestó: “ésta es tu mamá y esta otra raya es la mamá tuya”. Cada boxeador improvisado borró con el pie la supuesta raya contraria y vinieron los golpes.

El Peruco tenía el rostro colorado, como si repentinamente el calor interno hubiese subido a la cara. El Ñelo creo que era el único que estaba a mi favor, solo dijo varias veces “no te achiquís”, sentí que en ese instante el resto estaba en mi contra. Pero el “no te achiquís” del Ñelo martilleaba en los oídos, experimenté una extraña valentía, un súbito coraje. Nos trenzamos a puñetes con El Peruco, como siempre la pelea tenía que ser limpia, sin patadas ni golpear al contrario en el suelo. Lo primero que sentí fue un golpe en plena mejilla y respondí igual. Nos golpeábamos con furia, ante esa situación surgió la frustración del contendor por el resultado de su equipo, además ¡qué tenía yo que decirle “flores al árbitro”! El Peruco estaba tremendamente enrabiado y buscaba desquite. Me acertó un trompón en medio de la frente que me hizo ver turbio al mundo, parecía que caía, me puse la mano en la frente para hallar algún alivio, tenía sensación de que pequeñas agujas claveteaban mi conciencia. Otra vez llegó la voz del Ñelo “no te achiques”. Me recuperé en pocos segundos y le di dos o tres golpes (quería creer en ese momento que eran demoledores), pero El Peruco estaba con la sangre encendida, tampoco iba a achicarse. Yo creo que nos dimos puñetes como una media hora, hasta que nos cansamos y comenzó a oscurecer, entonces El Ñato Astudillo que debe hacer sido el más grandote, dijo “ya cabros, no peleen más”. Y nos apartaron, no olvido que tenía los pómulos y la frente adoloridos, pasaron casi dos semanas, sentía que me dolían solo presionando con la punta de los dedos.

El Peruco Pérez era un niño de regular estatura, en ningún caso alto, ligeramente gangoso para hablar, tal vez tenía alguna molestia en las fosas nasales, así fue siempre. Contextura delgada, pelo tirado a castaño, igual que una de sus hermanas, diría que tenían el tipo materno. Otros miembros de esa familia salieron por el lado paterno.

El Peruco desde que estaba en la escuelita era agrandado. Daba la impresión que tenía más mundo que unos cuantos de nosotros y ello se debía a su movilidad, conocía más lugares que todos, siempre viajaba, en cualquier momento llegaba contando que había visitado La Serena, Coquimbo, a Ovalle iba a cada rato y más allá también. A veces comentaba de Santiago. La razón era sencilla, don Pedro Nolasco Pérez Hidalgo siempre tuvo camión, de eso vivía. Físicamente lo evoco como un hombre bajo, gordito, rechoncho. Tez morena, muy trabajador, de hablar pausado, se expresaba como escogiendo las palabras, entrelazando cuidadosamente las frases. Todavía recuerdo su primer camión, juraría de color verde oscuro, mete bulla, posiblemente un Ford modelo 46 o 48, lo tuvo años. Repentinamente apareció en Punitaqui con un vehículo del año, recién salido de la distribuidora, año 1956, solo en chasis, nuevito, lo rodaba por la calle larga a velocidad muy moderada mientras en algún taller –seguramente de Ovalle- le construían la carrocería de madera de barandas altas. Don Pedro no traicionó la marca, también era un Ford pero F-700, para siete toneladas, cuatro marchas más el retro y dual, pequeño dispositivo de color rojo adherido a la palanca de cambios. Aún me parece ver la expresión del Peruco, llena de felicidad cuando pasaba por la calle acompañando a su padre quien iba al volante. Ese camión permitió que se intensificaran los viajes del Peruco, él hablaba mucho de sus viajes con el papá, sin duda él era el mejor compañero de don Pedro quien le confiaba el volante del camión. El Peruco no terminaba la escuela y ya manejaba el vehículo, acaso tendría quince o dieciséis años cuando hacía viajes diarios a Coquimbo para cargar metales, salía antes de la cinco de la mañana, el ruido del motor siempre rompía el silencio de la calle, salía despacio, bajando por el callejón que hacía esquina con la casa de los hermanos Campos y de doña Rosario Castillo, luego tomaba el rumbo norte, el desplazamiento comprendía todo el día, llegaba al anochecer para contar de sus vivencias. Conversábamos larga y entretenidamente con el amigo por las noches.

No me olvido que El Peruco fue el primero que apareció con botas cafés de cuero engrasado, caña larga, donde metía los pantalones, don Pedro se las había comprado en Santiago, aunque era estricto, también consentía al primogénito. En otra ocasión llegó con una chaqueta gris claro, con cierre de cremallera, una prenda impermeable, su dueño se daba el gusto de demostrar que podíamos no más vaciarle mientras la tenía puesta, unos cuantos vasos de agua y solo se mojaba superficialmente. Hace cuatro décadas que no veo al Peruco pero llego a la conclusión de que su mundo eran los camiones. Lo conocí trepado en un camión, conocedor de la mecánica, de los repuestos y los desperfectos. Hablaba de los vehículos modernos con marchas sincronizadas, de los neumáticos Good Year, los mejores según él y le oí decir que el “rey de los camiones” era el Scania Vabis de fabricación sueca, que podía rodar un millón de kilómetros sin que tuvieran que repararle la máquina. “Mi corazón está con el Scania, ése tiene que ser nuestro próximo camión. Por ahora me conformo con el Halcón Negro”, expresaba aludiendo al color de su camión Ford.

Desde que apareció ese camión El Peruco se movía muchísimo más, don Pedro no se perdía las fiestas de Sotaquí, Andacoyo, como que tengo la vaga idea de una fiesta que llamaba “La virgen de la Piedra”. Imposible que don Pedro no fuera a la fiesta de Manquehua (pueblo conocido como La Rampla), de El Peral y algunas más. El Peruco heredó de su padre la afición y entrega total por los camiones, era un conductor consumado, experto.

Don Pedro Nolasco si bien es cierto que tenía su trabajo en el camión, en cambio su alma era de político, recuerdo que fue Regidor, muy allegado al municipio punitaquino y también alcanzó la dignidad de Alcalde, no se aguantó de ponerle el rótulo de la Alcaldía bien visible al camión cuando fue elegido primera autoridad de la Comuna en aquellos años. Recuerdo que en una ocasión con esos argumentos calmados y parsimoniosos, estando solo de visita en Punitaqui, cuando ya no ocupaba ninguna dignidad, paró en seco al famoso Pluma Roja, un sargento de carabineros molestoso, estricto con todo el mundo para multarlo, incluso tenía fobia a los ciclistas a quienes quería meterlos presos por cualquier cosa. Se las vio con don Pedro y nada pudo hacer. Con lo exigente que era el paco, quedó desarmado ante don Pedro.

Don Pedro Pérez era del Partido Liberal, votó por Jorge Alessandri quien ganó la presidencia de la república en aquel entonces y con discursos emocionados, ese Alcalde de Punitaqui despedía a sus correligionarios a medida que se iban yendo, a don Gregorio Maturana, por ejemplo.

Conocí a toda esa familia, Norma, a la señora Alicia, madre de mis amigos. Siempre me llevé bien con Juan Pérez (nadie lo llamaba sin tomar en cuenta el apellido), pequeño, valiente desde niño, bueno para darse de puñetazos con los de su tamaño si había que hacerlo, mucho más calmado que El Peruco. Carlos Arturo era el otro varón, menor que todos nosotros, desordenado en la escuelita, el más intelectual de la familia, se convirtió en profesor de historia y geografía. En el último viaje, por aquellos impulsos del destino y las circunstancias, visité a esta gente, Norma, don Pedro ya no estuvo pero sí Alicia Olinda, el segundo nombre igual que el de una de sus tías maternas, creo que eran varias, las recuerdo pelirrojas, algo pecosas, atractivas. Nos dimos un abrazo con Juan y el Caturo, los otros hermanos estaban dispersos, no saludé con El Peruco. Me hubiese gustado hacerlo para alimentar las reminiscencias de las farras, las caminatas nocturnas por la calle larga, los puñetazos de niños que nunca opacaron los sentimientos de amistad.

Alicia Olinda, la Peruca de las evocaciones. Con ella siempre fabricamos conversaciones y calcamos ilusiones que se diluyeron como espuma en el agua. Recuerdo que le escribí una carta donde le hablaba de la calle larga de la infancia, de aquellas etapas compartidas cuando éramos niños y también de los juguetes devorados por los años. Le escribí de las casas solitarias que repentinamente se vaciaron con las ausencias abismales de las familias punitaquinas, viviendas silenciosas que después volvían a cobrar vida con otra gente. Le hablaba del vuelo de los zorzales que al anochecer ya no se sentía en las ramas de los algarrobos. Le decía de los álamos que siempre lloraban hojas otoñales y que las parejas seguían tejiendo sueños en las espigas de los trigales dorados, en los sembríos de cebadas, en la tierra café, en una mancha de malvas que en la oscuridad alguna vez se hizo roja. Sin lápices ni sacapuntas, sin almohadillas ni tizas que teñían la pizarra de la escuelita.

Siento que cayeron otras lluvias, Norma. Aguaceros con pasos de invierno que se alejaron hasta confundirse con los veranos. Entonces comprendí que maduraron otras uvas y siempre hubo sentimientos que ardieron en otros amores que también trajeron llantos, nostalgias y reminiscencias que nunca terminan. Comprendí que no todos los horizontes son iguales y las geografías alcanzadas jamás pueden escribirse con las mismas letras pero la soledad puede ser la misma.

Todavía siento la edad de la calle, Norma y una noche cualquiera llueven los recuerdos, parecen desprenderse de la eternidad como si fueran estrellas, a lo mejor son los viejos que no están, ahora convertidos en astros. Quizás son las tristezas guardadas que nunca se borraron aunque parezcan descoloridas en las hojas de los calendarios que ya no existen.

En el último viaje con mi amigo René, con quienes estuvieron compartimos momentos agradables que inevitablemente se sumergieron en el tiempo. Flotaron las conversaciones fundidas en las canciones que se enredaron en las cuerdas de la guitarra. Se agolparon los episodios vividos con sabor a pueblo, Norma. Eran los recuerdos con el sabor infinito de Punitaqui.

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