Columna personal

Los estudiantes sin micro de Huamalata

Desperdigados a lo largo y ancho del polvoriento camino, con sus inconfundibles uniformes… portando, rutilante en el bolsillo cardiaco, la insigne insignia del Liceo de Hombres de Ovalle, avanzan hacia el pueblo, con los intestinos crepitando de hambre, cual incendio de álamos a la orilla de un verano perdido en las edades de la memoria; de pronto una nube de polvo cruza endemoniada los meandros del, actualmente pavimentado, camino Ovalle-Huamalata: -¡es el Chico Rojas… niños estamos salva’os!-.

Efectivamente… el corazón de inmensa planicie paternal y fraterna, que latía en el claustro toráxico del Chico Rojas, hundía el pie en el freno de la Opel, aquella camioneta ploma de don José Gecelle, la que recorrió incansable ese camino urbano-rural, entre los “70 y “80, cargada de huevos y alimentos para las gallinas. A empellones y desaforados, los varones saltábamos sobre la alta carrocería y, ahogados en las contracciones de la risa, nos prodigábamos recíprocos codazos, que sólo tenían por propósito aumentar el jolgorio desbordante del momento. Pero… cuando ya estábamos todos cargados sobre el redentor mecanismo con sana impotencia debíamos constatar que “las mujeres”, alumnas del Liceo de Niñas y la Providencia, se habían quedado en el camino, porque sus cortos y ceñidos uniformes, por razones de decoro femenino, habían hecho imposible el ejercicio de ascenso al alto y enmaderado container trasero del vehículo de carga. No obstante, este solidario sentimiento se perdía con la misma rapidez que la nube de polvo difuminaba, a la distancia, la imagen de las uniformadas caminantes.

Rápidamente llegábamos a nuestras casas, gracias a la benefactora voluntad del temerario chofer, experto en mecánicas maniobras, habilidades alcanzadas en la práctica diaria del volante y, basadas en aptitudes biológicas propias de su personal estructura genética. En el modesto, pero cálido hogar, nos esperaban nuestras madres, señoras de su oficio, con sus delantales humedecidos en la batea; ellas, las estrellas que iluminaron el cielo de nuestras casas y, lunas… que iluminan aún, el firmamento de nuestras vidas; ellas, cual operarias de la vida, nos servían el almuerzo, menú que habían concebido con mucha anticipación, inspiradas en su entrañable amor hacia nosotros. Gracias madres de Huamalata, por tantos favores concedidos a la patria del amor, aquella que no reconoce límites, porque es espacio infinito en su infinita e inagotable expansión sobre el tiempo y el espacio.

Pero… sería injusto dejar en los baúles del silencio… otros nombres de huamalatinos que, también, pusieron sus vehículos a disposición del mañana, “mañana” que en aquel entonces, representábamos nosotros, estudiantes de un pequeño pueblo, anónimamente guardado en las alcancías de la humanidad. Esos nombres o sobrenombres, porque, qué importa el apellido cuando el valor moral preside la personalidad de un hombre. Allí estuvieron el Chino Bravo, don Celestino Gaete, don Gabriel Espinosa, don Alfonso Cano, el Cura Vega y otros, que seguramente el exceso de agua en los tranques de la memoria no nos permiten visualizar, situados en esta perspectiva de las compuertas del devenir. Eterna gratitud para ellos, porque supieron entender que la luz del mañana, depende de la cantidad de antorchas que seamos capaces de unir en el presente.

Desperdigados hoy, ya no por aquel inolvidable camino, sino a lo largo y ancho del mundo, peregrinamos los viejos estudiantes huamalatinos sin micro; lejos, muy lejos de nuestro dirigente natural, Jesús Rivera, capitán de múltiples expediciones hacia el centro de nosotros mismos. Si en algún muelle de tu memoria, Capitán del Andar, permanecen azules aquellas antiguas coordenadas, entonces, con señales de humo hacia la Cruz del Sur, indícanos el curso de tu velamen. Aunque… más allá de todo, jamás habrá distancia suficiente para nublar el sol de la memoria… y donde quiera que estemos, inclaudicables recordaremos la grandeza de aquellos personajes típicos de Huamalata, porque, además de la extraordinaria nobleza de sus actos, han sido los avatares del destierro, los que nos han enseñado a valorar las prendas que esos seres colgaron, para siempre, al cuello de nuestras lejanas existencias.

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Comentarios

Comentario: 

JM IGLESIAS
Extraordinario tu relato,éste y los otros que has escrito,si hasta puedo visualizar cada una de las situaciones descritas.Tienes una increíble capacidad de recordación como asímismo un cariño muy grande con las cosas que ya están en el recuerdo de nuestro querido Ovalle.Te felicito
saludos

Comentario: 

A DON JM GAETE IGLESIAS.
SUERTE USTED DE TENER UN PADRE DE TAL FORTALEZA Y
MORALIDAD, PIENSO QUE AUN TIENE VIVO SU INMORTAL
RECUERDO, DESDE YA GRACIAS POR SU GENEROCIDAD AL
RELATAR ANTE TODOS NOSOTROS TAN HEROICOS PASAJES
FAMILIARES, MUCHAS GRACIAS SEÑOR….SALUDOS ADIOS

CHICO

Comentario: 

SOY HUAMALATINO Y CADA VEZ QUE LEO ESTAS HISTORIAS ES UN AGRADO, SOY DE GENERACIONES UN POCA MAS NUEVAS PERO CONOCI A ESOS ILUSTRES PERSONAJES DE HUAMALATA ALGUNOS HOY EXTINTOS. ESPERO SUGUIR ENCONTRANDO ARTICULOS COMO ESTE YA QUE TAMBIEN DISFRUTE O QUIEN SABE A LO MEJOR ERA ALGUNO DE ESOS NIÑOS QUE DISFRUTABAN LAS SIMPLESAS DE ESE HUAMALATA DE ANTAÑO, CON SUS POLVORIENTAS CALLES Y LA ALEGRIA DE SU GENTE. AGRADECER A JM GAETE POR PONER AL ALCANZE DE MUCHOS ESTOS RECUERDOS INOLVIDABLES.
GRACIAS.

Comentario: 

Un gran saludo Samuel, desde Antofagasta.

Seria bueno conversar jugando una mesita de POOL, yo invito…

Comentario: 

grande huamalata bonita gente sigamos siendo asi bonitos recuerdos

Comentario: 

manuel no se si te recordaras de mi persona mi nombre es Hector Juarez Jinel y te quiero agradecer por hacerme recordar esos momentos en el que teniamos que viajar en ese viejo camion para regresar del liceo a nuestras casas, y no te olvides que los martes y los jueves lo haciamos en el camion recolector de basura bonitos recuerdos gracias Hector.

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