Columna personal

Desde Valdivia

Llegó a la “Perla del Limarí” proveniente de Valdivia, la ciudad de los ríos, allí donde se baña la luna en el Calle Calle en noches de enamorados. Una ciudad lacustre, en la que su gente además de utilizar caminos y carreteras, también navega de un lugar a otro en todo tipo de embarcación, trasportando sus productos de una ribera a otra.

No creo que él se haya percatado de las características y belleza de esa zona plagada de ríos correntinos, salpicada de lagos y poblada de bosques, su edad no le debe haber permitido apreciar tanta belleza, por lo tanto, más bien llegó asustado y tímido, que orgulloso de dónde procedía. Mientras miraba su nuevo hogar recordaba que de un día para otro lo separaron de su camada y de las largas lanas de su madre, y mágicamente había llegado a un lugar diferente donde era posible apreciar una ciudad tranquila enclavada en un valle.

Sus primeros días fueron una mezcla continua de susto y de sorpresas, en especial cuando escuchaba el canto lejano de una lechuza, que en las noches era posible escuchar, o bien, cuando por las tardes veía pasar a una familia de codornices – a las que nadie molestaba – en estricta fila y que al parecer viven en algún lugar del campo. Entre las sorpresas, la que más le llamó la atención fueron unas lanas que le recordaron el pelaje de su madre, pero que no tenían su olor ni su aroma, pese a todo buscó refugio en ellas. Poco a poco obtuvo algo de seguridad y confianza con su compañía y comenzó a jugar con la sustituta maternal, pasándosele la mano de vez en cuando y recibiendo un tarascón bien merecido como advertencia que frenaba sus avances. Con el correr de las semanas sacó voz, en un loco intento de comunicarse a ladridos, los que por más esfuerzo que hacía, resultaban ser unos chillidos destemplados.

Descubrió un mundo raro y diferente al que primero conoció allá en la húmeda ciudad del sur, había “cosas” que podía coger y pasear colgadas de su hocico, hasta aburrirse de ellas en cualquier lugar, sembrando juguetes, zapatos y limpia pies por el jardín. Siempre que aquello ocurría escuchaba un silbido y luego un reto, lo que terminaba abruptamente con su entretención, entonces volvía a jugar entre las largas lanas que ya le eran familiares, aún a riesgo de un gruñido.

Por las noches se dormía en cualquier parte, idealmente en alguna bajada de cama o en las cercanías de la estufa, hacía frío, disimuladamente y poco a poco, logró encontrar ese lugar ideal para él: una alfombra amarilla que mordisqueaba feliz en sus orillas. El picor en las encías le gatilló fuertemente el instinto de roer cualquier cosa, no importaba si era un palo, un tronco, el felpudo de la entrada o una pelota de fútbol que no había forma de que sirviera para algo, porque se le escapaba siempre de su pequeño hocico. Lo que si resultó una delicia fue el plumero que obviamente quedó bueno para nada y luego un palo de escoba que tenía una envoltura plástica que resultó ser una delicia, porque le ayudaba a arrastrarlo cómodamente. Un día hubo un gran alboroto entre los niños., se asustó y se preguntó qué habría pasado si él no había hecho nada, le abrieron el hocico con cuidado y lo libraron de un diente suelto que molestaba más que las encías hinchadas. Le advirtieron que llamarían al “ratón Pérez” pero al poco rato le dijeron que nadie tenía el número del celular, así es que, no recibiría ninguna moneda, pero que guardarían su diente como si fuera el mejor trofeo deportivo. No supo explicarles que él habría estado muy contento con un hueso, por lo que volvió a su viejo palo de escoba en ausencia del premio esperado.

El calor del día lo atonta y busca cualquier rincón que tenga una sombra fresca, donde refugiarse de los rayos del sol, ha descubierto varios, pero a medida que crece todos se hacen estrechos, en especial la banca del patio que insiste en seguirlo – pegada a su lomo - cuando él despierta de su siesta. Durante las horas de más calor por ningún motivo se acerca a su compañera de juegos, esa que lo recibió entre sus abrigadas lanas cuando recién llegó, sería horriblemente caluroso, por lo que la desafía para ir hasta la acequia y allí mojarse enteros. Después de ello siente la misma y vieja sensación que le recuerda vagamente su lugar de origen con ese aroma a hojas y plantas húmedas, pero olvida pronto y busca una y otra vez ese lugar fresco y grato donde se estira entero y descansa hasta que su mundo, a la caída de la tarde vuelva a cambiar: llegan los niños y comienza otra vez el trabajo de jugar con ellos aún a riesgo de que le vuelvan a sacar otro diente.

MARANDA

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