Columna personal

Colón y su harem

Tiene un plumaje multicolor donde predomina el azul verdoso y una cola granate; es gallardo, altanero y mandón, en especial cuando tiene que poner a raya su harén. En cada salida a terreno, en busca de lombrices y otros bichitos apetitosos, camina erguido, cual general al mando de su tropa, y cada tantos pasos mueve con brusquedad sus patas escarbando, hasta levantar una cortina de tierra, que atrae a sus hembras, porque allí hay algo delicioso que picotear.

Su harem lo sigue ordenadamente y lo hacen con cierto escalafón de preferencia, digo yo, porque no todas comen a su lado, sólo aquellas que “roncan” en el gallinero, alejando a las demás de los granos y también de su cercanía a la hora de dormir, que por cierto es bien temprana.

Ellas caminan a pasitos cortos y bamboleándose como un barquito llevado por la corriente; algunas corren hasta sus escondrijos preferidos y él, ceremonioso y engreído, las sigue sin mayores problemas. ¿Sabio o viejo? Evita las confrontaciones y a la primera de cambios deja escuchar su canto o su gutural llamado, que cual balde de agua fría, aquieta cualquier discusión entre las gallinas.

Naturalmente en el gallinero es el rey, se pavonea de ello con sus desplazamientos entre medio del barullo de plumas o del cacareo escandaloso de la que puso el huevo más grande y de un raro color verde., sin problemas se entera el vecino - que es un conejo - y también la oveja que pasta a lo lejos. Desde allí presta atención, porque… aunque parezca increíble y hasta insólito…se han aliado para pasar un rato entretenido.

El pacto comenzó al permitir la oveja que su corral fuera hollado por sus emplumados vecinos, que hicieron hoyos como nidos por doquier, mientras se daban su especial baño de tierra para alejar cualquier parásito de entre sus plumas., el segundo paso fue que a su vez, las gallinas la dejaron entrar al gallinero y dar vuelta el agua del abrevadero., el tercero fue “aliarse” para obtener una ración mayor de maíz chancado y comenzó la diversión, la oveja cabeceaba el balde donde estaba el maíz, lo botaba y lo hacía girar por los alrededores hasta que su contenido quedaba al descubierto y entonces se armaba la fiesta: Colón, que así se llama el emplumado galán y todas las gallinas se lanzaban en bandada al festín hasta llenar sus buches como nunca antes y todo esto, sin dar más pasos que los necesarios para llegar hasta el balde que regaba su contenido gracias a los empujones de la oveja, quien – al verlas venir - perdía todo interés por el juego y volvía a sus pastos sin volver la cabeza o quizás simplemente se alejaba astutamente para no ser descubierta, como diciendo: fue Colón y sus mujeres… yo…nada!

Por estos días anda todo el gallinero intrigado y curioso, también lo está la oveja y el conejo que miran la jaula chica con extrañeza, porque desde allí se escucha un incesante piar. La gallina castellana está echada y bajo ella nuevos habitantes, tan pequeños que les cuesta descubrir que están escondidos y guarecidos bajo la panza de su abnegada madre, que no para de enseñarles, a medida que salen de su huevos, cómo y qué pueden comer. Ellos la imitan y realizan los mismo movimientos para engullir un pedacito de lechuga o de grano, después de eso, vuelven a su refugio y sólo sacan las cabezas para ver – curiosos- como pasa la tropa emplumada en su diario camino a las cercanías del corral de la oveja, que ya perdió todo interés en el juego del balde, porque no está en ninguna parte y con su desaparición ha dado por terminada la alianza con sus emplumados vecinos.

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