Columna personal

El Niño Eléctrico

El resbalín doble de la palmera roja se encuentra en frente de la comisaría y un supermercado importante de la ciudad de Ovalle.

En el extremo de una alameda bien cuidada y con relieves juguetones que a distintos intereses satisface según horario y edad.

En este resbalín Benjamín es discriminado por los otros niños, no quieren jugar con él.

El niño eléctrico le dicen. Y todos juegan a esquivarlo, y él se angustia.

Yo recuerdo cuando jugaba al pillarse y lo frustrante que era no pillar a nadie, no poder arrancar, no poder sentirse importante al ser seguido.

Los niños no siguen a Benjamín, huyen de él. Es el niño eléctrico.

Benjamín asiste a un jardín de la ciudad que exige buzo de determinado color, que fabrican en determinado local del centro, de un material sintético que con facilidad se carga de energía estática al ser frotado con material plástico.

Benjamín sale de clases 15 minutos antes que la mayoría de los otros niños. Su madre lo lleva a los juegos y es el primero en llegar. Eso le da la ventaja de lanzarse por el resbalín unas 20 veces antes que cualquiera, cada tarde.

Cuando llegan los otros niños Benjamín está rebosante de energía, sus cabellos finos se levantan livianamente, y al contacto con otro niño se escucha un chasquido seguido del grito del infante que las primeras veces se ríe, pero que naturalmente tiende a esquivar las siguientes.

Y se convierte en un juego, y todos arrancan del niño eléctrico.

La mamá escucha música en su celular, y se enoja porque su hijo no sabe jugar y que en vez de disfrutar llora.

En Ovalle hay varios tipos de resbalines.

Los de lata que amputaron dedos a niñitos. Por la mala mantención se convierten en afilados instrumentos mutiladores.

Los de rodillo (palos redondos verdes) y plástico que lesionan a niñitos. Por la pésima instalación se convierten en muros inclinados, sin ángulo adecuado para el deslizamiento controlado, llevan a los niños a azotarse en el suelo.

Y el mejor de todos, aquel que instalado en frente de la comisaría electrocuta a los niñitos que tienen que jugar sin tocarse.

Si, claro, electrocutarse es exagerado quizás, pero eso hace la corriente estática, pega golpes de corriente cuando los niños se tocan, pues ellos mismo a través del roce de sus ropas con el plástico del resbalín se cargan de energía, y al tocarse por casualidad dan chispazos que no son de alegría para ser precisos.

Ellos gritan el chispazo y siguen jugando. Pero se aburren y terminan irritados por el juego que los castiga.
¿Puede alguien encargarse de instalar adecuadamente estos juegos pensando en los niños?

¿Y además preocuparse por su mantención?

¿Puede la autoridad hacerse cargo? Obviamente puede. ¿Lo hará?

¿Merece otra opinión el caso?

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