Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLIII - El Cerro Grande

Punitaqui siempre ha estado rodeado de cerros, Norma. Cerros por todos lados, algunos parece que se irán encima del pueblo, otros, simplemente están más lejos, pero igual forman parte del paisaje. Nuestra tierra es un valle, “único, nada como Punitaqui”, decía mi amigo René cuando lo recordaba, cuando luego del último viaje nos metíamos a la selva y pensábamos en todo lo que había quedado atrás. Fueron miles de kilómetros que después ya no volvimos a recorrer. Solo quedaron las nostalgias, Norma, las evocaciones que se fundieron con esa calle larga.

A veces tengo la sensación de que hay cosas que se esfuman como una cortina de humo, como aquella nubecita que un día cuando yo era pequeño, salía de la cocina de una casita cualquiera enclavada en alguna loma o en un cerro, cuando la gente cocinaba con leña y no gozaba de las ventajas de la electricidad. Eran punitaquinos sencillos, pertenecían al pueblo y tenían una vida campesina apacible, envidiable, apartada de los problemas existenciales.

El pueblo también siempre ha estado rodeado de caseríos, abarcando kilómetros a la redonda. Recuerdo que en uno de esos cerritos se encontraba la casita de un señor que conocía mi viejo, tenían un cierto acercamiento, hablaban solo de minas y se entendían muy bien, yo escuchaba con detenimiento, me llegaba el tedio y salía a un pequeño patio completamente plano para hacer bailar el trompo. Pascual Ortiz se llamaba el hombre, conocía desde hacía años a mi viejo, quizás por ello durante esa visita –pasado el mediodía- por insistencias reiteradas del dueño de casa, nos quedamos al almuerzo, la señora del hombre hacía rato que permanecía en la cocina y soplaba el fogón agitando con energía un pedazo de lata. Nunca lo olvidaré, Norma, en esa ocasión tuve que comerme el plato de chuchoca más malo de mi vida, cocinada, sin ningún aliño, ni siquiera papas, apenas un poco de sal, no hablo de aceite ni manteca ¡qué tormento para el paladar!, el guiso no tenía gusto a nada. El viejo, que comía todo porque así lo había criado mi abuelo, hizo un tremendo esfuerzo por acabar su ración, se sirvió de pura política. Yo no llegué ni a la mitad del plato y pretexté un dolor de estómago, hicieron un agua de cedrón natural (en esos tiempos no había hierba envasada). No me olvido que era un plato hondo repleto de chuchoca.

No sé porqué tengo la idea –aunque vaga- de que la vivienda de Pascual Ortiz se hallaba en las faldas aledañas al famoso Cerro Grande, con ese nombre lo conocimos siempre, Norma. La elevación que desde la distancia se veía azulada, nunca supe bien cual era su altitud, decían que podía tener dos mil metros de altura y que desde la cima se contemplaba el mar en un día despejado. En Punitaqui, según la temporada, podía haber muchos días de sol, con cielos completamente azules, sin una sola nube en la dirección que uno mirase. Tampoco era difícil disfrutar de noches despejadas, con el “cielo limpio”, como expresaban los mayores; entonces el espectáculo lucía diferente, el firmamento cubierto de estrellas como si hubiesen estado pintadas por un pincel, centenares de puntitos luminosos suspendidos en el aire, por momentos daba la impresión de que se precipitarían a tierra convertidos en una lluvia interminable. Cuando niños nos preguntábamos si podíamos contarlas, por lo menos aquellas estrellas que aparentemente estaban a la vista, a ratos como que se perdían titilando. Lo curioso es que nuestras fantasías de pequeño nos impulsaban a hacerlo, de verdad intentábamos contarlas infructuosamente, tarea imposible, pronto nos dábamos cuenta que jamás lo lograríamos. Sucedía algo parecido cuando la noche era de luna llena, el fenómeno natural nos llamaba poderosamente la atención, teníamos la sensación de que estaba demasiado cerca, que en el interior de esa esfera existían unas especies de manchas que a nosotros se nos antojaban montañas enormes que con luna llena apreciábamos mucho mejor. La luna la teníamos al frente pero si caminábamos por la vereda unos cien metros en dirección sur o norte, continuaba al frente. Lo comprobábamos quedándose uno de nosotros en un lugar fijo y el otro se alejaba por lo menos una cuadra, luego a gritos preguntábamos si la luna seguía al frente, el niño que no se había movido de su sitio lo confirmaba, pero para ambos era lo mismo. Entonces nos planteábamos si en temporada de luna llena, ésta se multiplicaba por dos. Al día siguiente en la escuelita los profesores despejaban la duda, trataban de hacernos entender que existía una sola luna, que era un satélite natural de la tierra y que por la noche la iluminaba el sol que estaba al otro lado del mundo donde era de día. Por eso en plena oscuridad se podía ver brillante como si estuviese encendida. La explicación de los maestros no convencía mucho pero la aceptábamos y la dábamos por verdadera.

Al Cerro Grande lo encontraba imponente, me impresionaba, Norma. Se destacaba entre los demás cerros. Siempre sentía la curiosidad de llegar hasta la punta para saber si realmente se podía ver el mar azul en la lejanía. Desde la casa de mis padres se veía una buena porción de esa punta que para mí correspondía a un triángulo isósceles, el Cerro Grande me parecía ¡tan misterioso! Todavía era pequeño, Norma, pero experimentaba una especial atracción hacia él cuando lo contemplaba detenidamente. En toda la parte alta era notorio que constituía una muralla rocosa, justo aquella que daba la cara al pueblo, “cortada a pique”, un verdadero abismo insalvable para escalarlo. Yo me imaginaba estar en la punta de ese cerro mirando en dirección del mar, en definitiva hacia el sur occidente del poblado si es que no tengo confundida la posición correcta de la geografía punitaquina.

Desde niño soñaba con el Cerro Grande, además una empleada de mi casa hablaba de una historia extraña, de apariciones, de ser así como ella la contaba, debe haber sido una leyenda. La empleada se llamaba Pabla Contuliano, oriunda de El Toro. Recuerdo fugazmente que hablaba de una alambrada de púas de seis hebras que se asomaba sorpresivamente en medio de la niebla y que junto a esa cerca aparecía una niña de la cabellera larga que pasaba por su pelo un peine que brillaba como si estuviese hecho de oro, la visión solo duraba unos cuantos segundos y luego se esfumaba con alambrada y todo. Todo eso ocurría un trecho antes de llegar a la cúspide del cerro, en una pequeña planada, para el lado del pueblecito de El Peral, solo por ese sector se podía ascender. Esa historia se convertía en un verdadero cuento fantástico en los labios de Pabla, la niñera, en las noches antes de dormirme. Creo que molesté durante meses para que organizaran una subida al Cerro Grande y en unas vacaciones de verano, aprovechando la presencia de mis dos hermanos mayores, el viejo dio una sorpresa en la hora del almuerzo, recuerdo que solo dijo: “el sábado nos levantamos a las cuatro de la mañana y vamos al Cerro Grande”. Iríamos solo los varones de la casa y un peón que se llamaba José Hidalgo, peralino, él conocía la ruta. Mi padre dijo que en El Toro estaría esperando Pascual Ortiz, en ese momento me acordé del hombre que había brindado un plato de chuchoca cocinada solo con sal. No sé qué cara puse, mi viejo sonrió y se adelantó diciendo: llevaremos un canasto con cosas de comer.

El cocaví, preparado la tarde anterior, consistía en unos cuantos huevos duros, una funda repleta de pan, tomates listos para comer en una fuente bien tapada, una gallina grande en fiambre, un chuico de 15 litros con agua fresca, limones y una lata hermética con terrones de azúcar. La víspera de la excursión casi no dormí, Norma, estaba lleno de ansiedad y solo anhelaba que transcurrieran rápido las horas. Mi vieja había agregado al comistrajo unas cuantas barras pequeñas de chocolate, aunque siempre fui aficionado a las golosinas, esa vez nos presté atención al detalle. En mi cabeza solo estaba el Cerro Grande. Incluso pensaba en la niña del peine y de la larga cabellera junto a la alambrada, creía en la posibilidad de que apareciera en el trayecto, además desde la cúspide vería el mar. Acaso tendría siete años, Norma y tú ni siquiera llegabas a este mundo.

Todavía había estrellas cuando nos levantamos, el cielo prometía ser despejado para el transcurso del día, por lo tanto habría sol. En ese momento no pensé que el clima jugaría una mala pasada frustrando todas mis ilusiones. Yo estaba feliz, por fin subiría el Cerro Grande. El viejo llevaba un termo con té caliente, bebimos unos cuantos sorbos en el punto donde dejamos el camino para los vehículos y donde comenzaba el sendero a partir de unas lomas no muy pronunciadas, la niebla era tupida como si fuese invierno, serían las nueve o diez de la mañana. Empezamos a caminar, cansado trayecto, Norma, para mi corta edad. Pero me aguanté estoicamente, no me olvido que a medida que andábamos, por dos ocasiones se cruzó alguna liebre que huyó como si la llevase el viento, dos oportunidades en las que el viejo disparó unos cuantos tiros con una pequeña pistola automática que siempre llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Él mismo reía al ver que no acertaba en el blanco, muy difícil darle a una liebre asustada en veloz carrera.

Demoramos unas tres o cuatro horas en alcanzar la cumbre, la niebla se fue pero no la nubosidad del cielo, esperamos casi hasta las tres de la tarde, nada cambió. En la cima que era una meseta, se podía dominar el panorama, pero no con ese día, terminamos con el cocaví y comprendimos que había que empezar el descenso. El viejo sacó una libretita, arrancó una hoja y trazó algunas letras. Ese papel lo dejó clavado en la ramita de un arbusto. Nunca supe lo que escribió. En el retorno ya no hubo más liebres, Norma y me sentí decepcionado. No pude divisar el mar y no se apareció la niña de la alambrada. Solo quedó el recuerdo inolvidable de que por una sola vez en mi vida estuve en la punta del Cerro Grande.

Temas: 

Comentarios

Comentario: 

Grande grande el «Cerro Grande», que se llama «puntiagudo punitaqui», según algunos documentos cartograficos que he visto.

Siempre ha sido la ilusión de los niños punitaquinos escalar y llegar a su cumbre y ver el mar, o al menos lo era antes de la era del play station e internet.

Junto a unos compañeros de curso subi a su cumbre en un invierno de 1984, y me recuerdo de la existencia de un arbolito con notas que colgaban de sus ramas, seguro como la que dejo tu padre, y como buenos niños traviesos sacamos varios para iniciar una fogata y tomar té.

Tampoco vimos el mar, estaba tan nublado y con una niebla baja, que se asemejaba a una isla en la inmensidad del mar, en este caso un mar de nubes. Y sobre nuestras cabezas, mas y mas nubes, en fin un recuerdo inolvidable.

Saludos y a la espera de mas relatos.

Comentario: 

Soy del sector de Camarico(Union Campesina)estudie en Punitaqui en el internado,recuerdo haber escuchado historias de niños del lugar,es una tradicion en mi familia hasta hoy visitar para el 01 de Noviembre el Cementerio de Punitaqui,llevo años en Santiago y tu historia me trajo unos recuerdos…Atte–Jacqueline Rojas «La Voz del Limari»–Cantante de Musica Mexicana del Mariachi

Comentario: 

Yo encontré una placa del Ins tituto Gegrafico Militar de Chile, pero en uno de los cerros de Portezuelos Blancos, y siempre me he Preguntado si el cerro que tiene la placa es más alto que el Cerro Grande de Punitaqui, a simple vista, por estar mas solo se ve inmenso, pero al parecer algunos cerros un poco mas al sur son mas altos, no se notan por estar mas Juntos, Pero realmente todas esas montañas entregan sensaciones y emociones fabulosas… como cuando te responde el eco o ver pasar a un buitre con un corderito en sus patas… lo cazó o ya estaba muerto cuando lo recogió… es la Naturaleza. Ah!, en la Higuera de Quile, si querías hablar por celular deb+ias subir un cerro, pero como unos trescientos metros, había un quisco marcado con una bandera blanca, sólo ahí se tomaba la señal; y si de la punta de esos cerros se divisa el mar, pero el viento es muy fuerte, tienes que afirmarte bien para que no te bote.

milciades-

Comentar

Algo sobre Ovallito.cl

Ovallito.cl es un proyecto personal de un ovallino criado en la calle Independencia. Estamos en Internet desde el año 2003, lo que nos convierte en la web ovallina más antigua aún activa.

Columnas destacadas

Nunca quedas mal con nadie
Susurro de los molinos de viento LVIII - El mundo de los volantines
Memorias de Ovalle en los '70: Personajes típicos  ovallinos
On' Baucha
Los Fantasmas del Puente Viejo
Campana de oro
Tongoy
Todo tiempo pasado fue mejor...