Columna personal

Susurro de los molinos de viento XLII - El guatón Pepe

Cuando recuerdo Norma, al Hotel Buenos Aires y a don Moisés Hernández, inevitablemente llega a las evocaciones la imagen de uno de sus nietos, antiguo compañero con quien compartimos muchos episodios en aquellos años de la escuelita, el gordo Pepe, hijo del Cutita y de la señora Áurea, hija de un español de espíritu aventurero quien llegó a las costas sudamericanas, eligiendo como punto de anclaje a nuestro país. Ese habitante del viejo mundo también se puso a trabajar en las minas grandes en medio del desierto y sus días se acabaron cuando laboraba en el Mineral de La Delirio. Seguramente por los abuelos paterno y materno, el guatón Pepe ya nació con una marcada inclinación por el ambiente de la minería, no se metió a los laberintos abiertos en las entrañas de los cerros, donde siempre se respira el aroma de la noche mezclado con el aire fresco impregnado de humedad, pero en sus venas tenía sangre con olor a metales.

Es esas aulas de adobes con puertas de madera vieja repintada quien sabe cuántas veces, una temporada fui algo así como el confidente del Pepe, entonces solo yo conocía el nombre de su amor platónico, le escribía cartas que nunca recibieron respuesta, pero eso no desanimaba al gordo, por el contrario insistía más y fortalecía sus sentimientos amorosos, continuaba hablando de la chica, la misma que vestía como todas las niñas de la escuelita de mujeres, ropa sencilla protegida por un delantal blanco con el nombre bordado en letras rojas en la parte superior. Era lo típico en esa época. Las misivas del gordo eran demasiado ingenuas, sanas, respetuosas, ningún muchacho de antaño quería herir a la niña soñada cuando trataba de conquistarla. Escribía en una hoja de cuaderno de líneas, los márgenes adornados con flores, mariposas y algunos corazones, todas esas figuras las pintaba con lápices de colores. En muchas ocasiones ni siquiera salía de la sala durante el recreo, permanecía solo en la banca de madera donde se sentaba, ésta quedaba junto a la ventana que daba al patio de la escuela de niñas, entornaba los postigos para acomodar mejor el improvisado y furtivo mirador y observaba tranquilamente, pero los demás no podían observarlo a él. Recuerdo que el gordo Pepe nombraba con mucho cariño, veneración y respeto a su abuelo paterno, de quien llevaba su nombre, el Pepe se llamaba José Moisés.

Con el gordo Pepe fuimos compañeros de curso durante varios años. Lo recuerdo como un niño de gran fuerza física, doblaba fácilmente empleando solo dos dedos de una sola mano (yo debía valerme de las dos) las tapas de las botellas de cerveza que en la niñez llamábamos “chiches”, servían para jugar a las “calitas”, con un martillo los aplanábamos completamente –como si fuesen una ficha- y le dábamos con el trompo luego de hacerlo bailar con una piola gruesa que también le decíamos torzal. Además, los “chiches” los utilizábamos para hacer el famoso run-run, al círculo de hojalata le hacíamos dos pequeños agujeros por donde pasábamos un pedazo de pita o lienza, así le dábamos vida, parecía roncar, retumbaba a medida que “bailaba”, girando hacia atrás y adelante con el impulso de la cuerda. Jugábamos hasta que ésta se gastaba y terminaba cortándose, cuando ello sucedía la reemplazábamos por una nueva. El Pepe a veces llegaba con un montón de tapitas de cerveza en el bolsillo del pantalón que juntaba en el Hotel del abuelo. Todavía éramos niños, Norma y nos divertíamos ratos largos con los “chiches”.

Alguna vez oí decir que el gordo ya de joven, fue famoso por la extraordinaria fuerza que tenía, yo entendía que ésta se le había multiplicado. De físico grandote, prácticamente cuadrado, se peinaba para el lado, hablaba bajo como arrastrando la voz, entrecerrando los ojos con una expresión casi de sueño en el rostro, como si tuviera flojera, caminaba balanceándose pero no hacia los lados, daba la impresión de que había un ligero vaivén hacia adelante y atrás, no sé porqué tengo la idea de que caminaba parecido al papá. Usaba pantalones anchos, enormes, resistentes. Cuando agarraba una llave para ajustar un perno, la cabeza del perno se quedaba en la herramienta, el gordo simplemente lo destrozaba. En esos tiempos al guatón, quien por su físico se había ganado este apodo de por vida ya que siquiera llegó a pesar cien kilos o quizás más, le añadieron un segundo sobrenombre: “el hombre increíble”, comparándolo con el protagonista de la serie televisiva que en ese entonces estaba en apogeo y que seguramente veían muchos punitaquinos. El Pepe era bien gordo además de comelón, en ciertas ocasiones desmedido, parecía que no se llenaba con nada, alguien contó que en alguna temporada económica difícil en que el presupuesto familiar se vio afectado, su madre hacía pan y amasaba empanadas de horno, especialmente los fines de semana. Cuando el producto estaba listo lo ponía dentro de un canasto cubierto por un paño blanco y enviaba al Pepe a Punitaqui para que lo vendiera. Éste, como vivía en Pueblo Viejo, en cuanto llegaba al estero se sentaba en alguna piedra grande o se ubicaba bajo un árbol y se comía buena parte de la mercancía.

En la etapa de la adultez el cuadro fue diferente, el gordo Pepe abandonó el hogar de sus padres y emprendió viaje para trabajar en el Norte Grande, en los gigantescos minerales de cobre, operaba un camión, pero no un camión cualquiera o normal, sino hecho para su medida. Era uno de esos camiones de carga descomunal, en la mina lo utilizaban para transportar metales, un vehículo cuyas ruedas medían algo más de dos metros de alto, con una capacidad para decenas de toneladas. Estando en el norte el gordo conoció a quien fue su esposa, y totalmente contrario al tamaño del vehículo que manejaba, se enamoró de una calameña de baja estatura, razón por la cual el mismo Pepe le decía “La Chata”, con ella procreó dos hijas. Me contaron, Norma, que en esa época el guatón Pepe ganaba buen dinero y lo gastaba generosamente en las farras con los amigos cada vez que visitaba Punitaqui. En una de esas farras invitó a dos de ellos a beber, al parecer la diversión era en serio, el trío se fue donde iban todos los varones cuando la Lucha tenía su propio negocio que estaba en pleno auge. La Luchita –como le decían unos cuantos- ponía de cabeza a cualquier cristiano, era demasiado sensual, una tentación irresistible.

Esa noche la diversión iba muy bien, entre boleros y otras canciones burdelescas, los afanados bailarines se disputaban el reducido elemento femenino. El guatón Pepe y sus dos amigos eran los visitantes, la mesa la tenían llena de botellas, además, el bolsillo del gordo estaba repleto de dinero, había más que suficiente para gastar, sin duda sobraba. Las chicas se aficionaron del pequeño grupo y las otras dos mesas se quedaron sin mujeres, los parroquianos –cinco o seis- no pudieron bailar. Tuvieron que irse antes de la medianoche, pese a que aún había buena parte del trago pedido, el gordo Pepe y sus invitados se hicieron dueños del local, permanecieron gozando de lo lindo, la farra finalizó a las tres y media de la mañana. Pero el trío no se imaginó que de regreso a casa, al Barrio de Abajo, en la quebrada donde vivió tantos años don Juanito y su hijo, a quien decíamos El Negro de la Quebrada (Gastón), justo donde estaba la casita donde jugábamos dominó durante el verano, en ese lugar los parroquianos despechados los estaban esperando agazapados para darles su merecido, querían cobrarse el desquite por haberles dejado sin mujeres. Empezaron a llover los puñetes, eran tres contra cinco o seis, pero ahí estaban los izquierdazos del gordo, me parece que era zurdo, los agresores nunca imaginaron que el guatón Pepe por cada puñetazo que daba, dos bronquistas iban a parar con su humanidad en el suelo. La gresca favorecía a los abajinos que habían caminado toda la calle para farrear donde la Lucha, hasta que uno de los perdedores sacó un revólver del bolsillo y se puso a disparar por todos lados, aunque felizmente sin dar en el blanco. El gordo huyó con sus amigos pero éstos, de contextura delgada, corrían mucho más ligero. Lo dejaron atrás unos doscientos metros, el guatón Pepe siguió avanzando –al parecer- con cierta dificultad. Sus compañeros de farra se dieron cuenta que algo andaba mal y preocupados retornaron por él, ahí supieron que al gordo le habían metido un tiro en una nalga. A esa hora no tenían a quien recurrir en la desierta calle Caupolicán, apremiados por las circunstancias, golpearon la puerta de la casa de un punitaquino bastante conocido para ellos, propietario de un automóvil modelo antiguo, casi cuadrado, de cuatro puertas, color gris oscuro, quien accedió transportar al guatón para que recibiera atención médica. Lo trasladaron al hospital de Ovalle, pero no dieron con el plomo. Luego de ello el guatón Pepe se hizo examinar en La Serena y posteriormente cuando regresó al Norte Grande pidió consulta en el Hospital de Calama, casa de salud bien equipada para atender a la gente de los enormes minerales, tampoco hubo resultados. Curiosamente al gordo nunca le encontraron la bala para extraérsela. Todo el mundo se enteró que el guatón Pepe andaba cargando una bala sin problemas, el balazo no le afectó a ningún nervio, tendón ni arteria. Podía continuar con su vida normal, seguir trabajando y también pegándose las farras porque eso no se le quitó.

A partir de entonces, en las ramadas para el 18 de septiembre, venía la indirecta y cualquier gracioso que estaba mezclado con el público, pedía que pusieran la canción “Bala Perdida”. Como si quisiera recordarle al gordo que llevaba consigo una bala de revólver metida para siempre en su organismo.

Comentarios

Comentario: 

Muy buena historia. A este sr. lo conocí cuando tenía una micro con recorrido Punitaqui-Camarico- Ovalle, si mal no recuerdo, y creo que pesaba mas de 100 kg.

Saludos.

Comentario: 

esta historia esta mal contada, y muy mal contada

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