Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXV - Recuerdos son recuerdos

Los recuerdos son los recuerdos, Norma y siempre permiten viajar hacia lo retrospectivo. En cuarto curso de preparatoria me regalaron a “Bonzo” y evocar la historia de mi perro me transportó a unos pocos años antes, plena infancia, cuando luchaba por aprender a escribir y leer. Entonces el panorama era muy diferente.

La profesora señora Inés Miranda, oriunda de la ciudad de Ovalle, vivía con su familia en la calle Tamaya, fue designada para ocupar una plaza en la escuela de Punitaqui. Doña Inés se casó con don Altemiro Fonfach, Director de la escuela de niños, nacido en Río Bueno –sur de Chile- con quien procreó cuatro hijos: Omar, Altemiro, Washington y Luz Odette, siempre fuimos amigos, lo mismo sucedía con nuestros padres. Con todos los varones farreamos en la juventud en algunas oportunidades.

La señora Inés, con esa paciencia clásica de maestra de pueblo, enseñaba poco menos que a dibujar las letras o los números. Primero con admirable calma y dedicación explicaba cómo tomar el lápiz con la mano derecha, incluso lo ponía entre nuestros pequeños dedos, ningún niño pasaba de 7 años. El inicio de la faena escolar consistía en hacer una plana de rayitas, línea por línea en la hoja de cuaderno, luego nos enseñaba cuál era el número 1 y decía: “si ustedes hicieron una raya vertical en el cuaderno, agreguen ahora una colita en la parte superior izquierda de esa raya y ya pueden hacer el 1”. Eso sí que fue difícil para mí, las rayas de los primeros ejercicios inevitablemente salieron algo torcidas, sufrí esa noche haciendo la tarea en el velador junto a la cama de mi madre. Por lo menos hicimos cinco planas de rayitas hasta afirmar bien el pulso, que cada una de ellas quedara completamente derecha. Ahí estaba la voz baja y suave de doña Inés, corrigiendo, mostrando cómo había que hacerlo. Todos éramos novatos, para mí asistir a la escuela significó despegarse del regazo de mamá, incluso ella quedó preocupada pensando en mi comportamiento entre los demás alumnos. Como la sala del primer año se comunicaba por medio de una puerta (que permanecía clausurada) con su propia oficina, ella misma contó después que por una hendija abierta en la vieja madera, me observaba furtivamente para tranquilizarse. Yo me sentaba en la primera banca, a corta distancia de la pizarra. Eran aquellos tiempos de la almohadilla hecha de un pedazo de tela, compacta, rellena con material blando, adecuado, para borrar lo que se escribía con la tiza blanca que levantaba un polvo fino, a veces provocaba un poco de tos. En ciertas ocasiones los profesores utilizaban tiza de colores, especialmente durante las clases de dibujo, para representar un paisaje de campo, la típica casita enclavada en algún cerro, donde salía el humo del fogón de la cocina, en el patio siempre había álamos o algunos árboles frondosos tipo algarrobos, el cuadro lo completaba una laguna donde nadaban varios patos. Uno de esos dibujos en la pizarra era fantástico ante los ojos de un niño, con mayor razón si la profesora combinaba los colores precisos. El propietario de la antigua casa donde funcionaba la escuelita era don Carlos Galleguillos viejo, recuerdo a dos de sus hijos (no sé si tuvo más), uno que se jubiló con el grado de mayor de carabineros quien llevaba su mismo nombre y otro, graduado de técnico, el mismo que trabajó muchos años en Venezuela.

La casa de la escuelita, demasiado grande para ser vivienda, se hacía estrecha para que en ella funcionara el establecimiento educativo de niños y niñas, números 16 y 17 respectivamente. Construida de adobes, material característico de otros tiempos, verdaderos adobones, medían 60X60 centímetros, hechos de buen barro, bien pisoteado por pies humanos, con buena mezcla en la que inevitablemente agregaban paja seca. Cuando el adobe estaba terminado, lo ponían a secar un tiempo prudencial al aire libre para que tuviese consistencia. Se me antoja que en eso los punitaquinos siempre fueron expertos, levantar una casa de adobes y cubierta de zinc, con unas cuantas habitaciones, para ninguno de ellos fue problema. Ahora, imagino que las cosas han cambiado, el sabor de modernidad habrá entrado en el pueblo y las construcciones serán muy diferentes. Pero te prometo, Norma, que en este instante cierro los ojos y percibo el olor de los adobes recién moldeados con barro fresco, me parece respirarlo profundamente y su aroma llega a los pulmones.

La escuelita era única, tenía una puerta de entrada que permitía el acceso a un pasillo. Tanto a la izquierda como a la derecha, había una aula y en ambas un grupo de alumnas recibía clases, más al fondo –bajando un par de gradas-había un corredor (ante la necesidad física pronto se convirtió en una sala para otro curso) donde estaba la campana. Ese corredor conducía a otro curso, se encontraba al fondo, a la izquierda. Hacia la derecha el mismo corredor todavía llevaba a otro curso algo oscuro y junto a éste, quedaba la sala de profesoras, contiguo a ella –un cuarto de aspecto más deteriorado todavía- funcionaba la cocina, tengo la vaga idea que la cocinera era doña Luzmenia, preparaba la colación de media mañana, encendía el fuego con leña y hervía el agua en un fondo o tiesto gigantesco. Cada niño disfrutaba de un jarro de cocho más o menos espeso, bien caliente y con azúcar, esos sencillos ingredientes los daba el fisco. Alrededor de estas dependencias estaba un patio más o menos amplio y al final un proscenio de madera con techo de totora, correspondía al eterno escenario donde se presentaban números artísticos para festejar algún acontecimiento importante. Ese espacio cerrado culminaba en una pared con un portón que se manejaba cerrado, por el costado derecho existía una larga hilera de hojas de zinc en posición vertical, sujetas por listones de madera enterrados en la tierra, oxidadas por el uso, que en una ocasión terminaron cayéndose con un fuerte temporal de lluvia y viento. Toda esta parte correspondía al establecimiento de niñas. Ocupaba más o menos la mitad de la añosa casona.

La otra área correspondía a la escuela de niños, sin pasadizo, se ingresaba directamente desde la calle por el aula más grande, donde generalmente los maestros entregaban sus conocimientos a los pequeños que recién comenzaban la etapa escolar. Una puerta, mano derecha, comunicaba con otro corredor cerrado, donde los estudiantes se formaban al mediodía para irse a la casa, regresaban a las dos de la tarde para cumplir el horario de la segunda jornada que duraba hasta las diecisiete horas. Ese espacio (con el tiempo también fue sala de clases) tenía un portón grande de madera, en desuso, color café, daba directo a la calle, jamás lo abrían. La otra abertura se conectaba con un corredor de tierra, techado, ahí colgaba un trozo de riel que hacía las veces de campana, a ese corredor terroso salían los alumnos cuando terminaban las clases de una tercera aula, también envejecida. Todavía había una sala más que a través de una ventana con barrotes de hierro, se comunicaba con el patio de la escuela de niñas, la última sala quedaba en la parte alta de lo que podría haber sido una bodega de cosas inservibles que se guardaban en la planta baja, a ese segundo piso se subía por una escalera de madera. Casi en el inicio de las gradas existía una especie de galpón, techado, abierto al patio, era la cocina donde repartían los jarros enlozados de color blanco, repletos de cocho. Ahí llegaba el extremo del primer patio, una puerta cubierta con hojas de zinc, daba al segundo patio donde quedaba la cancha de básquet, y más allá de los servicios higiénicos, tanto de mujeres y hombres, separados por unos veinte metros los unos de los otros, (el de los hombres se encontraba cerca de una higuera), estaba el tercer patio donde se jugaba fútbol, al fondo –fuera de los límites de la escuelita- se hallaba la casita de doña Mercedes Cepeda, a quien todos decían doña Meche, en esa modesta vivienda vivía, además, su hija Olga y otro miembro de esa familia a quien en la escuela decíamos Negro La Habana.

El primer curso de preparatoria, puerta de entrada a los conocimientos, para un niño significaba enfrentarse a lo que nunca se había enfrentado, dejar el calor de hogar para aprender las lecciones. Comprar unos pocos útiles escolares, el típico cuaderno único a veces de 200 hojas, tapas de cartón, que servía para todas las materias haciendo las respectivas divisiones con letras vistosas de colores. El o los otros cuadernos, eran para borrador donde se tomaba notas de todas las asignaturas, estaban mezcladas. Ese cuaderno era de menor calidad, por lo tanto de un costo más bajo. Nadie dejaba de tener los forros para los cuadernos en limpio, los estuches de madera con tapa corrediza donde guardábamos los lápices de colores, casi siempre cajitas de seis unidades con los colores básicos, si había más dinero la caja podía ser de una docena de lápices, inclusive grandes, largos, no pequeños, y si las posibilidades eran mejores, más de alguien asomaba con una caja de 24 lápices de variados colores, despertando la envidia de todos. Todos los útiles iban a parar al “bolsón”, que no era otra cosa que un bolso de puro cuero con hebillas para cerrarlo y una larga correa para colgárselo del hombro o en bandolera.

En esa aula de clases, que tenía puertas y ventanas a la calle Caupolicán, con la señora Inés de profesora, aprendí a leer a la perfección, lo mismo sucedió con la escritura. Todos lo hacíamos con lápiz negro, el de mayor prestigio era marca Fáber, cuando se gastaba la punta, el sacapuntas solucionaba el problema. Para borrar usábamos un borrador blanco, más o menos suave, le llamábamos goma, aunque también existía la goma para pegar papeles. Todavía me parece ver a Tito Navarro que se sentaba muy cerca de mi banca, bueno para el dibujo, cuidadoso, impecable en la presentación de los cuadernos, al “Pata de Loro” tan conocido por el sobrenombre, desordenado, bullicioso, se llamaba Luis Morgado, vivía con su abuelo Augusto en la calle Carrera, vecino del Plata Sencilla y de don Alberto Laso. No me olvido del Cuyuno –otro apodo- de apellido Hidalgo (de nombre Segundo), hermano de Nadia y vecino de la familia Portilla, barrio de Arriba. Los dos Romeros (Hugo y Nancho), hermanos de Margarita, el padre de ellos era don Honorato, su casa quedaba junto al antiguo correo. En el patio de la casa de los Romero, cada cierto tiempo, se instalaba la carpa de algún circo de pueblo que llegaba a Punitaqui de otros lares, el fin de semana generalmente ofrecía al público tres funciones: matinée, selecta y noche. Constituía la novedad, todos acudíamos al espectáculo que llamaba la atención de los punitaquinos. ¡Cómo olvidarse de Hugo Cuello!, le decíamos “Cachuntino”, de escasos recursos, solía andar descalzo y con pantalones de mezclilla, color azul oscuro, como yo no pagaba por entrar al teatro de los Campitos, cedía lo que me daban para que él comprara su entrada y pudiera ver la película que proyectaban entre semana. A “Cachuntino” lo recuerdo bueno para memorizar lecciones de historia, siempre nos llevamos bien. Imposible olvidarse de Ubaldo Leyton, también de la calle Carrera, su casa quedaba un poquito más allá de la de don Juan Gallardo. Se me viene a la memoria un compañero de apellido Aguilera, me parece que la familia abrió un negocio para vender trago, ponían música chillona no sé si en un tocadiscos o una victrola, los Aguilera vivían unos cuantos metros más al sur de la casa de don Facundo Valenzuela. Otro compañero era el Sadi Bugueño, también abajino, y el Zuni que siempre mostraba una sonrisa, alto, tez blanca, pelo liso, castaño, más o menos largo. Y no sé porqué Norma, tal vez porque repentinamente el tiempo muestra aquellos recovecos que uno cree olvidados, pero que continúan existiendo para alimentar las nostalgias, he evocado muchas veces a Grineldo Araya. De verdad que le decíamos “El grillo”, vivía en el mismo barrio, cerca de “El Tinta” con quien tuve mucho más acercamiento, de nombre Nelson, zurdo para escribir, hermano de las profesoras Alvarez, Nelsa y Graciela.

Grineldo –a veces le llamábamos por el diminutivo, Grine- a quien recuerdo perfectamente, era un niño silencioso, ojos vivaces, mirada saltona, tengo la idea de que hablaba poco, de voz no muy gruesa, calmada, parece que denotaba un levísimo seseo al hablar. Caminaba un poquito inclinado hacía adelante, no bien erguido, balanceándose ligerísimamente para lado y lado en la parte superior del cuerpo, incluido un movimiento de cabeza en los mismos sentidos, como el péndulo de un reloj. Con la mano derecha metida en el bolsillo. También lo vislumbro descalzo en la sala de clases, puesto un pantalón de tela tipo loneta como aquellos que usaban muchos alumnos de las escuelita número 16, eran más cortos de lo normal, un poco más arriba de los tobillos. No me olvido de Grineldo porque la profesora me pedía que lo hiciera repasar la lección del silabario, al parecer le costaba leer con la rapidez de otros, pero ahí estaba Grineldo, repitiendo cada sílaba que yo le leía, “O-J-OJ-OJO”. Era esa lección impresa en las páginas del silabario El Ojo, tan efectivo para el aprendizaje en otras épocas. El Grine tampoco era tonto, sí aprendía, cuando adquirió destreza, le hacía repasar de corrido en el mismo libro un par de historias que aún afloran en las reminiscencias, una que contaba del ladrón de manzanas y otra que narraba el caso de un hombre adinerado que ingresa a un restaurante para pedir vino y un plato de carne, en esa misma ocasión un adolescente también entra a comer pero su bolsillo solo le permite servirse un vaso de agua y un pan. El muchacho se lamenta de su suerte, al ver a ese parroquiano sentado en una mesa con mantel blanco. Cuando terminan de almorzar, el chico observa que el hombre no puede pararse solo y tienen que llevarlo casi en brazos a un automóvil. Mientras el adolescente continúa su viaje a pie, se da cuenta que es mejor ser sano aunque solo pueda pagar por un pan con un vaso de agua y no servirse carne acompañada de vino. Concluye que es preferible ser joven y sano, no millonario y tullido. Se me ocurre que Grine tenía una expresión de tristeza que repentinamente asomaba en su rostro, en la frente le caía un mechón del color de su pelo que era negro.

Pienso que Grineldo Araya sí terminó la escuela primaria y al cabo de unos años –según lo que me contaron- se hizo chanchero, llegó a dominar la técnica para faenar y preparar un cerdo completo. Trabajó desde muy joven, creo que así fue siempre. En una ocasión, cuando los dos éramos unos mozalbetes, hablamos largo en el molino de granos, yo le comentaba admirado que Pablo -él mismo que vivía en La Higuera, a quien le decían “El Tres Cuecas”- se echaba cien kilos de trigo en la espalda. Grineldo sonrió y dijo: “pesa ese saco de granos que puse en la romana”. Lo hice y la balanza marcó 122 kilos, la verdad es que el saco repleto, con la boca bien cosida, se veía descomunal. El Grine solo pidió a otros dos arrieros que habían llegado temprano de El Peral, con cuatro mulares cargados, que le pusieran el saco de trigo a las espaldas. Con ese peso subió las empinadas gradas de madera para vaciar el contenido en la tolva del molino. A Grineldo, compañero de pocas palabras en la escuelita, ya hecho hombre, hasta el día de hoy lo recuerdo como un fortachón, Norma. Subió por la escalera de madera con 122 kilos en las espaldas.

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deseo felicitar de todo corazòn al gestor de este relato ADMIRABLE la presiciòn de las descripciones,me parece estar viendo tal cual todo lo qu yo vivì en mi amado PUNITAQUI.EMOCIONADA CON Cada linea que he deborado.Mi profesora fue la SEÑORA maria ANDRADE y MI TIA mARIA vILLARROEL ERA LA DIRECTORA DE LA ESCUELA DE NIÑAS.

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