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Ivan
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Cartas del tiempo

Me pediste que te contara de mi infancia y yo te digo que mi cuna es Punitaqui, allá nací, un pueblo pequeño tan grande como mis sueños. Donde se cultivan las manzanas, las peras, los duraznos. Donde cada vez que llega el verano (21 de diciembre), maduran los ciruelos y los damascos que tienen una cáscara dorada y suave como el terciopelo, con una pulpa dulce que se deshace en la boca, jugosa, que chorrea por la comisura de los labios o en las manos cuando se parte un fruto. Pero en las huertas también hay membrillos, higos, nueces, almendras, naranjas, limones, nísperos, aguacates, (paltas) guindas, lúcumas, melones y sandías. Los parrones se cargan de uvas en los patios de las casas, relajantes como si una mano escondida les hubiese puesto azúcar. En las afueras del pueblo están los viñedos interminables, centenares de hectáreas con uvas de exportación, las más dulces del mundo como dijeron alguna vez unos israelitas que visitaron el lugar para pactar negociaciones en gran escala. Hay empacadoras de uvas y la fruta se la llevan en barcos a latitudes lejanas.

Punitaqui en otros tiempos era un pueblo minero donde se explotaba el cobre, el mercurio y también el oro, recuerdo que los viejos mineros pasaban por esa única calle, que tiene la forma de una S mal trazada, caminando hacia a la mina que quedaba a kilómetros de distancia. A cualquier hora: en la madrugada para cubrir el primer turno, al mediodía para laborar en el segundo grupo y a la medianoche o más cuando retornaban a sus casas a dormir. Los minerales están casi agotados pero la vocación por los metales como que se quedó en el espíritu de los últimos mineros que ahora van camino a la vejez y que en otras épocas jugaban conmigo al trompo, al balero (emboque) o con las bolas de cristal. Esos antiguos “escarbadores“ de las entrañas de los cerros que arañaban sus propias ilusiones, esos longevos que contaban historias fantásticas del diablo que dicen que cuida los minerales en los huecos oscuros y a veces mortales de las minas, y que yo escuchaba con ojos de asombro cuando era niño, esos mineros rancios hace mucho que tienen su propio espacio de tierra en el cementerio de Punitaqui. La mayoría de ellos murieron empobrecidos, a veces vomitando sangre por la silicosis, el polvo impalpable del metal que se mete taponando los pulmones en una agonía lenta y angustiosa, en alguna ocasión fui testigo como don Cándido Lastarria vomitó media bacinilla de sangre oscurecida en sus últimos hálitos de vida.

A los seis años por primera vez entré a una mina a 300 metros de profundidad y ese mundo subterráneo me pareció increíble y los mineros que salían cargando un “capacho“ (un costal grande confeccionado con cuero de vaca, tieso, sin curtir) repleto de metal en bruto, con 80 kilos de piedras, eran verdaderos Hércules. En esa ocasión me entretuve con una de esas lámparas de hierro con pantalla de bronce brillante que expandía la luz hacia los costados, alimentada con “carburo“ como combustible. Con la llama que teñía de negro dibujé una casa en la pared rocosa, los mineros generalmente solían escribir el nombre de la amada cuando la recordaban en esas profundidades misteriosas, siniestras para mí pero nunca para ellos quienes, al terminar la jornada, salían a respirar aire puro y beber por las noches mucho vino tinto y pisco con olor a uva hasta embrutecerse y olvidarse de sus penas, de las tristezas de minero. Y cuando estaban contentos y querían ostentar, pedían la cerveza por metro cuadrado. Mucho más antes aún, comentaban que más de alguno por la ingratitud o abandono de un amor, se había quitado la vida poniéndose un taco de dinamita en la boca para luego él mismo encender la mecha. Decían que con la explosión la cabeza se despedazaba y los sesos quedaban pegados en el tumbado. Tengo amigos mineros, antiguos compañeros de escuela, que ya no trabajan en las minas, pero casi todos son alcohólicos.

Punitaqui se encuentra al norte de Chile, por esa razón siempre he sido nortino y quizás también por eso siento que mi corazón y mi alma salieron de las minas y de los viñedos. Me crié en la abundancia de frutas y granos en el hogar de mis padres, con la mesa repleta de alimentos, jamás faltó la comida, recuerdo los inviernos más fríos que lluviosos, cuando había que comer frutas secas o convertidas en mermeladas. Y los puñados de nueces y almendras desgranadas en los bolsillos y la funda de higos confitados o secos para el recreo de la escuelita. Se me vienen a las reminiscencias las primaveras llenas de árboles en flor, los otoños de hojas secas y amarillas que como alfombra cubrían el suelo, los veranos de días prolongados, cuando el sol despunta entre los cerros secos a las cuatro y media de la mañana para ocultarse a las 9 de la noche, quizás por ello los punitaquinos somos de sentimientos más largos e imperecederos. Amamos la tierra, las evocaciones y los sueños. Amamos al primer amor como al vino que envuelve a las nostalgias, amamos esas noches cubiertas de estrellas de horizonte a horizonte, cuando luces tenues e infinitas parpadean en el firmamento para decirnos que en el mundo no existen cielos tan estrellados como los del cono sur. Los punitaquinos amamos las trillas con los gritos del “huaso“ montado en su caballo brioso, los aguaceros para comer “sopaipillas“ (una especie de tortilla aplastada de harina de trigo hecha en el sartén) o un plato de “picarones“ (una especie de buñuelo hecho con harina de trigo y zapallo cernido, pasados en miel de panela o chancaca) en la casa de cualquier vecino. Donde se puede saborear la tortilla de rescoldo (un pan muy grande cocinado en la ceniza del caldero o brasero), con queso elaborado con leche de chiva, sólido, contundente y guardado desde varios meses, acompañados de yerba mate preparada con agua hirviendo de la tetera puesta todo el día en las rojas brasas. Todo eso es parte de mis recuerdos de niño, cuando junto al brasero doña Lastenia, la vieja de la cabeza cenicienta, relataba aquellas historias del más allá con palabras mágicas que salían de su boca desdentada. Esa vieja que ya no está.

Recuerdo mis primeros juguetes, un camión de madera color verde con líneas doradas y una pelota roja de caucho que daba botes tan altos como los árboles. Recuerdo la vieja casa de mis padres casi acabada por los terremotos, los árboles de acacias, los álamos largos y flacos de la calle pueblerina. La figura etérea de mi padre fruticultor, minero y comerciante que siempre trabajó y la de mi madre profesora, camino de la escuelita donde dictó clases por más de cuatro décadas. A borbotones mi memoria trae el despertar del alba con los silbidos de los tordos, las “lloicas“ (un pájaro cantor del pecho rojo) y los zorzales (casi igual que el mirlo). Los atardecer apacibles, casi melancólicos, al apagarse el día en ese pueblo polvoriento que hoy ya no es polvoriento porque “sembraron“ cemento en todas partes. Me parece sentir el chirrido de los molinos de viento que bombeaban el agua de los pozos y que ahora tampoco existen. Veo los rebaños de cientos de chivos que pasaban balando o de reses que mugían azuzadas por los gritos del arriero que llevaba los animales a pastar en las épocas de sequía, a las cordilleras distantes que quedaban mucho más allá del horizonte. Huelo los sembríos de papas, de fréjol, de maíz y hortalizas variadas en cada invierno y en enero y febrero, esos meses de veranos secos y calientes, las cosechas de granos, el corte de las espigas de trigo y cebada que llenaban los costales para las temporadas de escasez. Y en Punitaqui siempre desde niños saboreamos el vino, el pan amasado, las empanadas y los pasteles de choclos cocinados en un horno de barro. En la casa de mis viejos que tampoco están, para mí junto con mis tres hermanos solo hubo abundancia, alegrías y si alguna vez se presentó la tristeza fue apenas como un parpadeo. La verdadera tristeza recién la conocí cuando cumplí 14 años y mi hermano más querido, el de los ojos azules como el cielo, que me llevaba con cuatro años, falleció de un cáncer linfático. La verdadera tristeza hincó sus garras mucho después, ante lo irremediable, cuando los viejos se fueron y la abundancia que me regalaron muchas veces se ha cambiado por una lucha angustiosa ante la subsistencia. Es que en ese tiempo conjugaba el verbo vivir hasta hacerlo infinito y el amor simplemente era una despreocupación fascinante.

Hace más de dos décadas que no visito mi pueblo natal y me dicen que Punitaqui ya no es el mismo, me cuentan que ha crecido y que tiene más calles y más casas, que hay edificios, que ya no quedan longevos, que los árboles son otros y que muchos amigos emigraron o simplemente son dueños de una tumba y de una lápida perpetua. Es lo que me dicen.

Te invito Pancho, vamos por la Panamericana en el TERIOS a Punitaqui. Acompáñame para dejar esta carta en el viento con una estampilla de golondrina.

Un abrazo.

Tu amigo…

19 de noviembre de 2005.

lala (?)
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Iván: Esta hermosa carta que

Comentario: 

Iván:
Esta hermosa carta que has escrito no me permite quedarme silenciosa guardando algunas de tus frases , diciéndome a mí misma que bueno fue leer tus recuerdos a Pancho. Tienes razón al resumir que ya nada queda de esos años, que los viejos no están y muchos de sus hijos tampoco. Quienes permanecen llevan ríos de alcoholes en sus cuerpos y quizás quedan por ahí los nietos, a los que dejó el tiempo en esta calle larga, que resiste la adversidad eterna y dónde sabemos los años han dejado sus huellas.
Me sorprendió tu visión de ese mundo que yo también viví, pero desde otra vereda. Nuestras casas no tenían mamparas en las puertas, ni baldosas en sus pisos. Teníamos norias y pozos negros en los patios. Como mujer nunca pude ir a los pirquenes o minas, pero sé de los sufrimientos que tenían los que sobrevivían al trabajo en esas cavernas. Mi padre tenía los pulmones llenos de carburo y éramos niños cuando nos dejó.
Que impresionante recuerdes a Cándido Lastarria, de su familia no quedó ni la casa. Una de sus hija vendió a su hermana de la ciudad sus derechos de herencia y quedó en el más pleno abandono, sin techo ni alimento, flaca y enferma murió en la casa de sus nietos, a los que habían echado antes de esa antigua casa.
También tengo sentimientos bonitos de los tiempos pasados, de los vecinos, los amigos. Para enriquecer tus recuerdos quisiera comentarte algunos detalles.
Lastenia vivió muchos años tejiendo chales y haciendo colchones de lana de oveja, era una experta. Cada año se mandaba a tejer un chaleco de lana para viajar a la Isla de Cogotí 18, por Combarbalà, y asistir, el primer domingo de mayo, a la Fiesta de la Virgen de la Piedra. Dejó este mundo anciana, sólo le sobrevive un hijo que no vive en el pueblo.
Un 15 de febrero hace años murió Sotero Campos, después Manuel, le sobreviven Alfredo, Beno, Glen y Pepe, pero ellos ya no viven en el barrio. En ese lado, la casa de Manuel Rivera se terminó con un incendio, años antes había partido su dueño. Manuel y Humberto están crecidos en años, el primero más enfermo, el segundo dedicado a sus labores de siempre. Las muchachas de entonces ya no viven por el barrio, salvo una o dos.
Gracias por tus recuerdos.

Ivan
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Lala,

Comentario: 

Por las palabras se puede conocer a las personas. Pienso que ellas solo muestran tu sensibilidad, tu ternura, tu nostalgia de mujer punitaquina.
No necesito imaginarme cómo es tu rostro, lo importante es que tus letras enseñan tu alma. Eres la mujer de belleza interna y ésa no tiene arrugas ni envejece jamás.

Un abrazo

Iván

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