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Ivan
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Cartas del tiempo II

¡CUANTO TIEMPO HA PASADO JECHO!

Ya es demasiado tarde para todo, Jecho. Ahora solo tienes que esperar el minuto final, ya no hay apuro. Ni siquiera podrías decir que viviste aprisa. Tu único patrimonio es la tristeza que llevas adentro, una asquerosa soledad que recuerdas cuando con tu mano temblorosa limpias el hilillo de saliva que te corre por la comisura de los labios. Los pasos de Domitila, tu mujer, se confunden en la habitación oscura. Tú no sabes si afuera llueve o hace sol pero tienes mucho frío. Las cobijas remendadas no te dicen nada porque para ti es difícil precisar hasta la hora del día. Ignoras desde cuándo estás así, postrado en esa cama desvencijada, con perillas en las esquinas, la que te dejara tu padre don Juan Luis, el viejo de las barbas y el pelo blanco ¡cuánto tiempo ha pasado, Jecho! ¡Cuánto tiempo ha pasado!, y tú no sabes qué hiciste, qué lograste, qué fuiste.

Desde chiquito te gustaron los metales. Detrás de los grandes andabas como husmeando, tratando de aprender, observando cuidadosamente en el momento en que cogían con sus manos ásperas un trozo de piedra sacado de algún hueco, «la veta, la veta», les oías decir y te familiarizaste con las piedras y aquellos términos que ahora guardas en tu memoria.

Recuerdas aquellas historias que te contaban los viejos mineros en el pueblo de Punitaqui, en el norte de Chile. Allá donde se respira polvo y sequedad. En cada verano el día puede prolongarse quince horas o más, en las madrugadas con el canto de las tencas y los gorriones. En invierno, el tiempo de luz es tanto más corto. Entonces, el día se torna triste, hasta cierto punto melancólico porque los pájaros duermen más temprano en los árboles espinosos o en los álamos. Pero todo sigue igual Jecho. Todo sigue igual, como tú, casi inmóvil, porque hay instantes en que parece que dejaras de respirar. Las paredes de adobes, enlucidas en otros tiempos, te acompañan por años, empapeladas con portadas de la revista «Estadio» y algunos desnudos que se publican en «Vea», antiguas ediciones que alguna vez hojeaste y no porque las hayas comprado sino porque te las regaló ese vecino que vivió tan cerca de tu casa, aquel profesor que un día pensó que ahí no hacía nada, que sus hijos habían crecido y debía irse. Pidió el traslado y se fue. Te quedaste huérfano de conversaciones, ya no hubo con quien charlar cada tarde en esa vereda un metro más alta que la calle, sentados en una banca de madera, fumando cigarrillos baratos. Primero, cuando muy joven todavía fueron de marca «Ideal» después «Particular», «Opera» y «Monarch. Al final ni eso, la marca se generalizó y había que comprar «Hilton». Con resignación decías: «no puedo dejar de fumar, «gancho». Pero enciendo el tabaco y me fumo sólo la mitad, la otra la guardo para más tarde. Así me ahorro un poco». La verdad es que nunca dejaste el vicio, Jecho. Cuando te observaba aspirar el humo, daba la impresión que en cada inhalación enviabas la paz a tus pulmones, alcanzabas el descanso en tus minutos quietos y escondías el agotamiento con sabor a penas pasadas en cualquier crepúsculo. Y te sumergías en tus recuerdos.

En aquellos relatos que yo te oía desde niño, con ojos atónitos porque sentía que eras dueño de los secretos de la existencia. Mi imaginación no llegaba más allá de los potreros de Viña Vieja, donde vivían los Callejas que tenían un rebaño grande de cabras o de El Polvorín, esa bóveda de cemento con gradas que conducían a una oscuridad subterránea. Llegaba hasta la puerta de hierro, pero tenía miedo de bajarlas. Siempre oí decir que en su interior se escuchaban voces. En otros tiempos guardaban explosivos para trabajar las minas de El Farellón.

Una madrugada cuando apenas tenías 14 años te fuiste más temprano que nunca a la mina de cobre. Quizás sentiste temor de la noche veraniega, del viento tibio que soplaba del norte, del cielo inmensamente estrellado sin luna. Pero caminaste por los potreros de Humberto Martínez cubiertos de trigales maduros y comenzaste a subir el cerro. Tus pasos de adolescente en una hora llegaron al hueco oscuro de la boca negra. Ahí estaban los montones de metales apilados, expuestos al rocío de la madrugada. Sabías que Bernardo Barraza, un minero empedernido como tú, llegaba siempre primero. Calculaste las tres de la mañana cuando comenzaste a sentir el ruido sordo y apagado de los golpes del combo en el barreno acerado. Se confirmó tu corazonada: Barraza estaba adentro, en las profundidades de la tierra, a no menos de trescientos metros. Mientras bajabas por el orificio, de tres metros de diámetro, pensabas que el minero debía estar barrenando un tiro, abriendo un hueco angosto con la ayuda de la palanca de hierro donde más tarde iría la dinamita. Cada golpe sobre la herramienta iba acompañado de un quejido. Era como una reacción sicológica, parecida a la de un karateca. El hombre que trabaja en las entrañas de la montaña, con ese quejido engaña a su propio cansancio. El golpe y el quejido, otro golpe y otro quejido, a medida que el hierro se incrusta en las paredes rocosas.

Y tú sabías que Bernardo Barraza estaba abajo, muy adentro. Tu lámpara de carburo alumbraba el camino que a veces es ligeramente húmedo por las pequeñas filtraciones de agua. Y en las paredes del cerro, palabras escritas con el humo negro que produce la llama. Corazones dibujados con nombres de mujer, de amores idos, de sentimientos truncos que a veces llevan al minero al suicidio. A ponerse un trozo de dinamita entre el cinturón de cuero y la camisa para encender luego la mecha y esperar el estampido. En otras ocasiones, el TNT lo ponen en la boca, lo aprietan fuertemente con los dientes y con el cigarrillo dan vida a la mecha que avanza rápido. Dicen que ahí no se siente nada y los sesos, esparcidos en todas partes.

Avanzabas y el golpe con el quejido estaban cada vez más cercanos. Sentiste el aire enrarecido, extrañamente pesado y no fresco como de costumbre. Porque tú siempre decías que adentro de una mina nunca hacía calor y que más bien se respiraba una tranquilidad apacible. No pasaron muchos minutos para darte cuenta que el ruido que producía Barraza provenía del túnel número cinco y hacia allá enfilaste tus trancos cortos. Estabas ya muy cerca y calculaste que habías caminado 20 minutos. Alcanzaste el final del socavón y los golpes con el quejido que terminaron sonando en tu cabeza, ya no estaban. No encontraste a nadie aunque ante tus ojos y la luz de la lámpara se levantara una fina nube de polvo. El camino de regreso lo cubriste mucho más rápido y afuera encontraste a Bernardo Barraza que encendía el fuego para el primer desayuno. Aún no empezaba a aclarar. Se te anudó el corazón y la angustia se te subió a la garganta. La explicación del viejo fue: «los metales los cuida el diablo».

Nunca más entraste primero a la mina. Siempre esperaste que llegase Barraza para hacerlo.

Tú asegurabas que habías nacido con tu destino marcado de minero. Que tu padre acabó sus días en la mina y que ibas por el mismo camino. Que él siempre te hablaba de tu abuelo, don José Mónico, el viejo borrachín que andaba de cantina en cantina los días sábados, llenando las mesas de cerveza o con jarras de vino. En sus entregas al dios Baco veía monstruos morados y caballos de color azul. Le parecía que ante él se asomaba sorpresivamente un cementerio donde todas las cruces y las coronas con flores de papel estaban pintadas de rojo. Cuando llegaba la oración, sentía miedo de ir a buscar los animales a las faldas del cerro, enviaba a tu abuela que fuese por ellos. La vieja regresaba con las manos frías y el rostro pálido. Contaba que en un remolino de polvo que se había levantado a su alrededor, oyó claramente cómo se peleaban dos jinetes montados en sus caballos, que se oían los chasquidos que producían los azotes al rasgar el aire y el relincho de los animales. A la medianoche, tu abuelo abrazado de su mujer oía una voz de ultratumba que gritaba: «¡José Mónico Parra! ¡José Mónico Parraaaaa…!» Y el eco, Jecho. El eco se perdía entre el cordón de cerros de color café. Por eso pensabas que tu suerte estaba echada aunque siempre asegurabas no tenerle miedo al diablo. «Mi abuelo -decías- era muy borracho. El veía al diablo en su conciencia. Yo no soy así, pero si un día asoma, prometo que le invito a tomar una botella de vino».

Cuando relatabas pasajes de tu vida o tus ancestros mineros, sentía que tu alma estaba hecha de cobre y tu temple forjado en las vetas. Antepasados tuyos habían trabajado en el apogeo del salitre, en el Norte Grande, un poco más cerca de la frontera con Perú, cuando el «caliche» atraía a miles de gente y los pueblos comenzaron a brotar en el desierto de Atacama. Ahí llegaban las telas más finas, los productos importados y las mujeres más bonitas. El «oro blanco» -como le llamaban todos- también produjo fiebre, igual que el oro en California y el petróleo en nuestro siglo. Algunos viejos de ahora, jóvenes en esos tiempos y otros ya desaparecidos, se fueron al norte. A trabajar en la salitrera, a buscar el dinero fácil y rápido pero nunca ese trabajo fue fácil, y rápido en la misma medida en que podían acabar sus días.

Así como ganaban, gastaban Jecho. Los pesos se diluían en los salones nocturnos, entre las risas y vestidos de colores de aquellas chicas de mirada insinuante que llegaban y se iban sin decir nada. Su sitio jamás quedaba vacío y los mineros después de un tiempo se olvidaban de sus nombres. Se sabía que ninguna daba su nombre verdadero pero contaban la misma historia. Algunas terminaban casándose y el minero tenía que salir, retornar a su lugar de origen y presentar a su esposa que aparentaba dignidad y cambiaba de vida. Entonces había que enterrar el pasado en el surco que dejaba el arado halado por la yunta de bueyes, en los viñedos o en los sembríos de trigo. Pero también muchas veces, esas vivencias emergían por las noches en una copa de vino, en labios ajenos y la ofensa se saldaba a golpes de puños, entre mesas tumbadas y vasos rotos.

¡Qué duro has sido, Jecho! Jamás has tenido miedo de nada ni de nadie. Cuando te han tocado el tema, con un timbre de voz que ha significado un desafío, has exclamado»: Jesús Manuel Parra es minero de pelo en pecho y no echa pie atrás aunque se le vaya la vida». Tampoco echaste pie atrás en esa ocasión del derrumbe.

Todo iba bien. Estabas con 7 compañeros más en uno de los socavones, cuando empezó a caer una hilera de piedras pequeñas de la pared del cerro. «Aquí va a derrumbarse», había exclamado uno de ustedes. No pasaron veinte segundos y vino el alud. Solo se oyeron gritos y voces apagadas. Todo se convirtió en una nube de polvo. Cuando pasó la confusión, dos mineros estaban bajo un montón de piedras. Tenían los brazos rasguñados y sangrantes pero de inmediato diste la voz de partida y comenzaron a cavar, a desenterrar los cuerpos. Nada se pudo hacer por los compañeros que estaban horriblemente magullados, uno era una sola masa. Ustedes tampoco podían salir. Y te pasaste cuatro días, compartiendo un poco de pan y queso con el agua racionada por gotas, aprovechando una débil filtración en el corazón de la tierra. A veces el cansancio y la desesperación desanimaban a tus compañeros, mas tú no perdiste nunca la esperanza, la salida estaba al alcance de la mano, detrás del talud. Las cuadrillas de rescate hicieron el resto y ustedes pudieron ver la luz nuevamente. Ahí fue cuando estuviste más cerca de la muerte. Esa historia la recordaste muchas veces. La contaste en innumerables ocasiones, años después, cuando ya no podías trabajar como antes las minas de cobre y empezaste a lavar oro. A escarbar la tierra que ya habían virado otras generaciones, la tierra desesperadamente seca que apenas podía dar oro. Y tú hallabas. Algunas pintitas doradas salían en el lodo que se iba cerniendo en la rudimentaria máquina de madera que hicieron tus propias manos. A veces sacabas un gramo al mes y nunca obtuviste más de cinco. Decías que preferías trabajar así y no ser asalariado. Ciertos días tenías algún dinero que te permitía comprar un poco de harina integral para que Domitila hiciera pan, el mate completaba la alimentación de tu familia.

¡Qué duro has sido, Jecho! y ¡Cuánto tiempo ha pasado…!

Quiero que me cuentes otra historia, un relato infinito para que no te llegue el final. La silicosis no te vencerá. Te pondrás bien. Te llevaré a Bijanam, un lugar de la selva donde hay mucho oro, en un día sacarás lo que aquí en un mes. Si, Jecho: Bijanam, el valle del oro.

Esa gente no le quitó a nadie la montaña. Las tierras eran de nadie. Un día un grupo de mineros osados se adentró por el lecho de una quebrada y se les despertó el interés al ver que hallaban el metal con solo lavar un poco de arena. Manuel Chañay era uno de ellos, otro José Roor. Llegaron a un cerro de oro, un cordón montañoso que alguna vez habían trabajado los antepasados, los hombres que hicieron la historia. Al principio eran cinco, después fueron 10, 15 y también 50. Nadie guardó el secreto de los yacimientos y aparecieron miles de mineros. Comenzaron a jugarse la vida como lo hacías tú en tus años mozos. Allá también truena la dinamita día y noche, así como cuando vivió tu abuelo en el norte. La existencia tampoco vale nada y se la arriesga en todo momento. El oro es de 24 quilates, me lo contó Wilson Vidal y don Antonio Reyes que instaló una chancadora. No sé si será tan bravo como tú el viejo de 60 años pero cuando habla, da la impresión que lo que dice lo conoce de memoria, no tiene necesidad de esforzarse en recordar detalles porque los vive cada día. Es uno de los fundadores del pueblo que al comienzo se formó con tiendas y casuchas de plásticos multicolores improvisados en cuatro palos plantados, después, el clima húmedo y lluvioso obligó a que todos fueran levantando sus casas de madera. Hay viviendas que cuestan millones y un pedacito de tierra, cientos de miles, pero la gente sigue llegando. Todos descuajan la montaña y hacen huecos para sacar el metal, talan árboles y continúan trabajando para hacerse ricos. Pero también hay que trabajar como varón en esas tierras de la selva. Algunos han sacado hasta 700 gramos en un día, eso tú podrías ganarlo en diez años de lavar oro en los cerros de Viña Vieja. Los mineros tienen la creencia que el oro se encuentra y se pierde, pero vuelven a buscar la veta. Allá se come carne todos los días y también se puede tomar cerveza, fumar cigarrillos americanos y consumir Whisky o champán francés. Aunque cueste mucho dinero la botella. Ya sé, me miras extrañado, pero sé que me entiendes. No tienes que esforzarte en sonreír para comprender que en Bijanam no hay que rasguñar la tierra café para hallar oro, allá, tú que has estado acostumbrado a trabajar durante meses con el agua a la rodilla sacando el mineral en la mina San Carlos, ganarás dinero en poco tiempo.

No te muevas, Jecho. Permanece tranquilo para que no te agarre la tos. Yo sé que ahora eres tú el que quiere escuchar mi historia, oír de ese pueblo perdido donde al principio todos andaban armados y se miraban con recelo. Nadie confiaba en nadie porque bien sabes que cuando el oro está de por medio, pueden quedar de lado hasta los sentimientos. Me lo contó Jeanneth, la prostituta de las tristezas ocultas y los recuerdos dormidos. Cuando la conocí, me dio la impresión que no quería despertar a la realidad, ni siquiera pensar porque Bijanam aunque sea un infierno, tiene los salarios más altos. En el oro trabajan médicos, arquitectos, profesores, odontólogos y gente de toda condición social. No importa que no sepas leer, Jecho, nadie te dirá nada. Lo que interesa es que seas bien macho para que te aguantes y no termines yéndote decepcionado, como le ha ocurrido a tantos. Jeanneth trabaja en «El Tigre», ese local en cuya puerta se puede leer: » Este cabaret atiende día y noche». Y con sus veinticinco años, todo eso tiene sin cuidado a la chica que trabaja en el comercio sexual desde que cumpliera dieciocho años. No descansa nunca y cumple a la perfección el papel de recibir al «cliente» para darle un poco de amor. A veces es un adolescente del rostro lampiño o un viejo minero barbado y del pelo que ha empezado a encanecer, el que en irresistible impulso por conquistarla le vacía en sus cabellos largos una botellita con fino polvo de oro antes de sumergirse en las sábanas húmedas. Después Jeanneth, con paciencia, a solas sacudirá su cabellera del color de la noche en la almohada y volverá a recuperar el polvito dorado. Así será siempre, hasta que se aburra o se enferme. Tiene el récord de haber recibido sesenta amantes improvisados en una sola noche. Se sentirá protegida por cualquiera de los saloneros cuando algún minero se ponga fastidioso y cuando termine la jornada, al final de la madrugada, contará los billetes y con delicadeza tocará su ropita de colores que cuelga en una piola puesta en su cuarto, para saber si ya se ha secado.

Y tú en la cama, Jecho. Tosiendo y escupiendo gargajos sanguinolentos. Te calmas y en tus ojos entreabiertos descubro una expresión de añoranza que permite dibujar una mueca en tus labios. Sé que quieres sonreír, que en tu alma aparece de repente una alegría escondida. Seguramente estás recordando a la Rosa, aquel amor que encontraste una noche de sábado en el cabaret «Cómo nos cambia la vida», el de hace muchos años en el mineral grande de Chuquicamata. Quizás la comparas con Jeanneth aunque la Rosa nunca usó un óvulo diario de Canestén porque en ese entonces no existía el Canestén. La Rosa se perdió en el tiempo y nunca vio morir a las mujeres en los senderos de lodo o despeñarse con mula y todo en la quebrada del «no te ahueves».

Ya no me acuerdo cuántos años que no te veía, Jecho. Tal vez de aquella vez en que se cortó el hilo de mi cometa que sostenía el cielo, fue a parar en el árbol de algarrobo cerca de tu casa. Cuando llegué, cansado luego de correr un kilómetro, ya estaba en tus manos. Con expresión bondadosa me la entregaste y yo la recuperé feliz, era de color rojo, como los escupitajos que arrojas en la bacinilla. Ayer no más corría por estos potreros, jugaba a la pelota con el Romelio, el Cuyuno o el Pirulo. Quizás pensé que nunca transcurriría el tiempo y si alguna tarde lo hice los pensamientos se esfumaron rápido en el juego del trompo o el cazar pájaros con la catapulta. A lo mejor pensé que no envejecerías jamás y ahora me duele verte así, incapaz de moverte pero no de sentir. Tal vez en tu sopor estés viendo de color dorado y algún querubín en la penumbra tendrá sus alas de oro.

En Bijanam viven quince mil mineros. Su existencia es en otra dimensión, en otro tiempo tan distinto al tuyo porque tú ya viviste lo tuyo. Bijanam es un basurero sobre el oro, donde todos tienen la creencia que al pueblo asentado entre las bocas de los socavones, en laderas deleznables, lo protege Dios. Por eso nunca le sucederá nada malo. Parece que en la decisión de sus gentes, brilla el dorado, lo mismo ocurre en la expresión de millares de rostros macilentos. Son «Topos humanos» que trabajan hasta catorce horas diarias en esos huecos siniestros sin ninguna precaución, esperando que les aplaste el cerro. Bijanam carece de letrinas, agua potable, alcantarillado y de las normas elementales de higiene. El río recibe todo, en él se lava la carne de res para el consumo o se arrojan los desechos que salen de los prostíbulos que se encuentran en la parte alta. Pero Bijanam tiene todo. Ahí se venden uvas chilenas o pantalones con la etiqueta «Sergio Valente». Y el cuarzo se muele por toneladas: no menos de 30 kilos diarios de oro se obtienen en ese mineral. Bijanam late de día y de noche. Sus pobladores duermen junto a las cajas de dinamita. Nadie hace caso de un letrero que existe en un lugar bien visible: «La vida vale más que el oro. Cuídela»

Todo lo que un minero gana, lo gasta, como lo hacías en tu juventud, Jecho. Cuando aún no eras padre. Vivías una aventurilla aquí y otra allá y por las noches con tus amigos de parranda, cuando tenías dinero pedías la cerveza por metro cuadrado. El pedido lo hacías con el billete en la mano. De eso ha pasado mucho tiempo y son setenta años los que están extenuados en esta cama vomitando sangre.

He vuelto, Jecho porque pensé que no puedes morirte. Quería verte y recordar contigo algunas de tus historias. Por eso estoy aquí, después de ¡tantos años! Tomas mi mano y siento la tuya huesuda y helada. Debo sostenerla para que no se caiga. Pero en Bijanam, Jecho. En Bijanam hay mucho oro…

Domitila llora en silencio en un rincón, aferrada a su dolor. Llegan dos vecinas: una tiene un paquete de velas y comienza a encenderlas. La otra trae una gallina para el velorio.

Jandry castillo (?)
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el tiempo pasado no volvera

Comentario: 

Si pudiese escribir como usted lo hace ,veríamos que la juventud y muchas personas , no entienden la remembranzas del pasado el cocho,el pan amasado de nuestros abuelos,la historia cambia y el frió de las personas entumece los corazones cálidos.
solo el diablo sabe de sus obras,ya que hoy, ni la esperanza existe y la fe se a perdido
no lloren sus desconzuelos cuando venga su muerte y quieran ver a DIOS.

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