Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXI - La María del Cerro

Cuando niño me iba al cerro con Eliberto o el Wilson, Norma, porque me gustaban las correrías de liebres. Llevábamos los dos perros que yo tenía, el León y el Roldán. El primero era café con unas manchas blancas y el otro más blanco que negro, mezclado con raza de perdiguero. Eran demasiado gordos para que pudiesen correr detrás de las liebres silvestres de color café claro que desaparecían rápido entre las piedras, en el lecho de las quebradas, entre los cactus y los arbustos secos de los cerros también secos. A veces durante años se ausentaban los aguaceros, no caía una sola gota de agua.

Me acuerdo que los sábados salíamos con los improvisados perros lebreros a tragar sol y aire seco. Pasábamos por la casa de doña María, hecha de barro, piedra con techo de zinc, demasiado viejo y enmohecido. Me daba pena contemplar esa vivienda tan pequeña, con las paredes resquebrajadas, desgranándose, con una puerta casi inservible que jamás podría haber cubierto la pobreza de esa mujer que vivía en unos pocos metros cuadrados, con todos sus hijos en completo hacinamiento. Nunca supe cual era el apellido de doña María pero todos la conocían por la María del Cerro. Y a veces me pregunto si el cerro era de doña María o ella era del cerro.

En el cerro, unos ciento cincuenta metros más arriba del estero, ahí quedaba el mundo de la María del Cerro. Tenía un rebaño de cabras que balaban bulliciosamente. Detrás de ellas andaba doña María, pastoreándolas todo el día, con su hijo e hijas. Es que esa casita se me antojaba que en Punitaqui despertaba primero, Norma. Cuando despuntaba el amanecer, comenzaban los balidos de los chivos, cincuenta, sesenta, ochenta…creo que la mujer los contaba cada tarde cuando se recogían al corral. Pienso que la María del Cerro se crió entre los chivos. Ese era su trabajo. De ellos vivía. Con manos hábiles sacaba la leche de las cabras adultas y con celo la mujer de rostro curtido, pelo lacio y negro, vigilaba a los chivos tiernos para que no se los fuera a comer el zorro. La María del Cerro vivía entre los árboles de molles y una planta de algarrobo le daba sombra junto a la casa. Pienso que ella escuchaba primero el canto de las aves cuando amanecía, a lo mejor hasta entendía su lenguaje y la lluvia le llegaba más fuerte en su terreno laderoso. La mujer era libre como el cerro, ambos pertenecían el uno al otro. En la temporada veraniega preparaba el queso con leche de cabra y sal. Ese servía para el invierno, cuando venían los días fríos, cuando había que cambiar de dieta por necesidad.

La María del Cerro era dueña del sol y del viento. De los días nublados o lluviosos. De las tardes calurosas del verano. De las hojas secas que caían de los árboles en otoño. Del estiércol seco de los chivos. De las “illaves”, un fruto rojo y dulce que daban los cactus en el mes de noviembre y de los “chaguares” que se daban en invierno. La mujer amaba el estero, a la vertiente que le daba agua aunque estuviese a decenas de metros de distancia. Quería a su rebaño no sé si tanto como a sus hijos, a las piedras plomizas y también a las noches límpidas con un cielo de plata, porque desde su casita se veía mejor a las estrellas o la luna llena. Por eso pienso que la María del Cerro era la dueña del cerro. Ahí tenía la pobreza y aquella riqueza que no podrían haber tenido los demás. Por eso no le importaba quedar desconectada del pueblo cuando en invierno crecía el estero. Porque así ella permanecía en su mundo infinito, imposible de comprender y valorar.

Desde su casa la María del Cerro escuchaba el canto del chuncho, pájaro de mal agüero pariente de las lechuzas. Ella sabía que cuando cantaba lastimeramente en los árboles altos, en las noches oscuras, ocurriría una desgracia, podía ser enfermedad o muerte. Si cantaba alegre, anunciaba una fiesta o un matrimonio. Era el mismo pajarito que cantó en el pino de la vieja casa de mis padres en aquellas noches en que mi hermano agonizaba. Y más arriba de la casa de la María del Cerro se veía el pueblo, todo el valle de clima seco, los trigales que quedaban al otro lado, los molinos de viento con las aspas pintadas multicolores como si fuesen un abanico y que le daban ese sabor tan especial a Punitaqui. Yo sentía que por un momento se los robaba porque cuando llegaba cerca de la cumbre, el paisaje también era mío aunque fuese por unos instantes. Después lo devolvíamos a su legítima propietaria cuando cansados, y los perros con la lengua afuera, bajábamos a nuestra propia realidad.

Durante décadas la María del Cerro permaneció en los dominios que le pertenecían así no tuviese una cuarta de tierra. Un día me enteré que ese pedacito de terreno se lo daban para que viviese y nada más. Una mañana la casa no amaneció luego de un aguacero que duró tres días. Me lo contaron al regreso de una larga ausencia y no supe más de la María del Cerro. El cerro estaba pero ella no estaba. Después como que el cerro ya no fue igual sin doña María. Sin la presencia de su chocita. Sin el balido de los chivos que conformaban el rebaño. Sin los gritos que daba la mujer cuando quería recuperar el rumbo de una cabra descarriada, se escuchaban a lo lejos en medio de ese silencio del campo, parecía un lamento, ahora que ha pasado tanto tiempo pienso que ese era el lenguaje de la mujer y los animalitos entendían y obedecían de inmediato para no experimentar la energía y el enojo de la pastora. Siento que el alma de ese cerro era doña María y sin ella, éste no volvió a ser el mismo, Norma.

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