Columna personal

Susurro de los molinos de viento XXXVI - Madre campesina

La mujer vino del campo, Norma. Llegó al pueblo un día cualquiera y nadie reparó en ella. Irradiaba timidez, humildad campesina. Posiblemente traía un atado de ropa metido en un saquillo de color blanco con la boca bien amarrada para que no se fuera a perder nada. Adentro había un par de vestidos extras, algunos pantalones, poquísimas blusas, ropa interior y unos zapatos negros de charol que solo se ponía los domingos. Manos de piel partida y áspera por el trabajo casero, un pelo negro un poco enredado que en esa época tal vez solo lavaba con quillay. A lo mejor olía a perejil y orégano con mezcla de cebolla picada desde hace un rato. Así fue como Fantina llegó al pueblo que para ella era un mundo grande. No era difícil calcular su edad, ¿17, 18, acaso 19 años? Joven, demasiado joven todavía, muchacha con aroma de cocina, sumisa, silenciosa. No tenía que hablar, ni siquiera se atrevía a hacerlo, lo importante era encontrar un sitio donde entregar su fuerza de trabajo a cambio de que alguna familia “bondadosa” le diera una paga, aunque fuese escasa, había que contar con un sitio seguro donde vivir.

Y la muchacha encontró la casa que buscaba, alguien se la recomendó, le dijo que en ella vivían dos ancianas bondadosas y un par de mozalbetes que no causarían dificultades. La joven pensó que ahí estaba la solución, trabajaría como nunca. No entendía de ropas finas, pero sí tenía ilusiones, con el dinero ganado algo compraría, cualquier cosa, el resto enviaría a su casa porque no en vano trabajaría en pleno pueblo de Punitaqui.

Desde un principio, Norma, a la chica le gustó esa casa grande, limpia, ordenada, con fachada de cemento y puertas de un color café casi concho de vino con ribetes dorados, ventanas más o menos amplias que daban directo a la calle pavimentada donde se sentía un poco de bulla, especialmente los fines de semana, el resto del tiempo era rutinario, apacible, aunque siempre tan distinto para la casita de campo donde había dejado a su familia. No importaba laborar de empleada doméstica, el ambiente sería distinto. A la chica se le cumplieron sus anhelos, encontró lo que quería, pero no intuyó que desde ese instante su vida cambiaría, todo cambiaría. Ya no volvería a ser la misma Fantina.

La muchacha recién estaba despertando a la vida, inexperta, inocentona, también inquieta. Carnes duras, tentadoras para cualquier humano que necesita sexo, muslos y pechos –no manoseados todavía- pequeños y turgentes como para tocarlos muchas veces. Su cuarto de empleada aislado, apartado de las patronas a quienes ya comenzaban a fallarles los oídos. Además, la oscuridad de la noche era cómplice para ahogar cualquier ruido, los suspiros y quejidos podían sofocarse con la almohada o una mano de varón brusca y autoritaria que presionaba su boca. La muchacha al comienzo solo se mordía los labios, después tal vez se quejaba, pero fue sumergiéndose en el relego de lo prohibido, las manifestaciones de placer estaban vedadas y si es que disfrutó de eso, todo fue silencioso. Ella posiblemente pensaba que era demasiado lo que recibía a cambio de entregar lo que nunca había entregado, sentir encima otro cuerpo joven que simplemente la requirió en alguna noche de tedio, impregnada de deseo, ahí estaba la sirvienta para hallar el desfogue, no diría nada, abriría la puerta sin ningún reclamo y al final de alguna manera gozaría. La joven nada dijo cuando le arrancaron el largo camisón a tirones, apremiados por la tentación de la carne. Aprendió a conocer el placer de otra manera, como pareja clandestina, una relación entre fámula y patrón, como la trama de alguna película de los domingos. Para ella era algo nuevo, disfrutar de lo que nunca había experimentado, ese joven cuerpo varonil con aroma de colonia que se echaba en la cara después de afeitarse, Williams, Flaño o 4711, pero ella no entendía de perfumes porque nunca había usado, a lo sumo un poco de colorete en las mejillas pálidas y una capita de rouge barato en los labios, aquello que podía comprar con sueldo de empleada, porque repentinamente vino esa coquetería femenina escondida, y la única manera de expresarla era recurriendo a un levísimo maquillaje. Por lo demás sentía la felicidad en su corazón, no hubo la etapa de la conquista, peor el romance, pero dormía con el patrón, en esas frías noches de invierno esperaba con verdadera ansiedad, ya no tocaban la puerta, simplemente no la trancaba, no recurría a ningún cerrojo para que entraran a su cuarto a la hora que quisieran. Pero no siempre sentía la fuerza de esos brazos, a veces el empujón -no era discreto porque ya nada importaba- que acostumbraban a dar a la puerta, no llegaba. Pasaban días y la joven solo debía aguardar. A veces el joven asomaba más efusivo pero burdo, una noche de sábado, al calor de los tragos, luego de la farra con los amigos. Entonces las caricias eran mucho más bruscas, el aliento a alcohol se tornaba desagradable pero aprendió a soportarlo. Fantina conoció del placer casi por mandato. Nada le importó, tampoco se angustió cuando empezaron las primeras náuseas, tal vez fue una comida que le hizo mal, el plato de frejoles secos con tocino, ya pasarían las molestias. Pero las molestias no pasaron. Lo comentó con alguna amiga y recién comprendió que estaba embarazada, ella no abortaría, por nada del mundo sería culpable de impedir que ese hijito naciera, fruto de ese sexo que antes nunca había conocido. Aguantarse el asco para que las señoritas no se dieran cuenta, andar en carreras, salidas sorpresivas al patio para esconderse detrás de los limoneros donde nadie la viese, en cuclillas, inclinada la cabeza hacia el suelo, agitándose por las arcadas, tosiendo una y otra vez, el sosiego llegaba pronto. Tendría tres meses, tal vez cuatro, ni ella lo sabía, no había anotado fechas. Jamás se había puesto a pensar en los resultados que podían acarrear esas noches de entrega. Fantina no vivió el romanticismo de las películas mejicanas. Cuando lo recordaba, le venía la decepción, parecía que a sus oídos llegaba la letra de alguna ranchera que hablaba de amores, de parejas eternas que se entregaban el uno al otro por siempre.

Empezaron los comentarios, conjeturas, cuchicheos. Para algunos, el que la sirvienta tuviera un hijo, significaba que el padre podía ser el viento, “¡pobre muchacha, a quien se le entregó! ¡Quién se la aprovechó! Ingenua, descuidada, ¿sinvergüenza?, quizás no, campesina sí, inexperta, sin malicias ni tretas amorosas. Otros, incluso, decían de algún galán furtivo que la citaba en el estero. Pero la muchacha casi no se movía de la casa, cuidando a las señoritas, lavando ropa, platos, limpiando, barriendo las piezas, el corredor, tendiendo las camas, preparando la comida para los jovenzuelos. ¿En qué momento?, se planteaban los curiosos que nunca faltan. Después alguien mencionó la posibilidad de que fuese de una persona más cercana a ese círculo familiar y hasta ahí llegaron las suposiciones que –posiblemente- nunca encontraron una respuesta determinante. La barriga siguió creciendo y, al parecer, nadie más se preocupó del asunto. Dedos silenciosos señalaron siempre a un solo padre, mas nadie abría la boca de frente. Y nada más. Ahí quedó todo.

Así fue como llegó al mundo ese niño que en sus primeros años se crió en la misma casa donde trabajaba su madre. La relación –si se puede llamar así- no fue igual, las ilusiones se rompieron, tiradas en el camino. En ese momento la joven mamá no pensó que asomaría un interesado, ése la conquistó, la enamoró. Le ofreció matrimonio igualito como en las películas mejicanas que exhibían en el teatro de los Campitos. A lo mejor a Fantina le dio pena dejar a las señoritas que terminaron sus días, una en la ceguera, abrazada a un mundo de sombras cuyas siluetas solo contemplaba en su mente, los ojos lagrimeaban pero no veía absolutamente nada. Con sus dedos fríos y huesudos acariciaba un escapulario de la Virgen de El Carmen, aunque no viera la imagen se conformaba con tocarla, sus oraciones convertidas en un balbuceo, la longeva imploraba para volver a ver la luz del día, se acordaba de otras épocas, cuando podía hacer las cosas sin valerse de nadie. Así pasaba las horas, días enteros, sentada en una silla bajo el corredor. Entonces la veterana se lamentaba de su suerte y lloraba. La otra anciana acabó en la invalidez, postrada como sus propios recuerdos que le hablaban desde lo remoto, de un nexo amoroso que nunca cuajó, del que tal vez se retiró a tiempo. ¿Para qué sufrir por amores abortados que nunca llegaron a ningún lugar? La realidad, a más de dura, fue triste, demasiado dolorosa, pero la sirvienta también tenía que pensar en ella. Ahora tendría su propio hogar. Y lo tuvo, Norma, posiblemente con la persona que nunca se imaginó. Un hombre trabajador que despostaba cerdos, que metía el cuchillo sin que le temblara la mano, en medio de ese chillido característico, lastimero y angustioso que emiten los chanchos hasta que se les escapa la vida a través de la abertura que el chanchero les abre en el pescuezo. El animal respira agitadamente, con dificultad, no deja de ser una escena cruel, violenta donde la mano del hombre juega toda la responsabilidad, al final el porcino por más que reclame con quejidos que por momentos se tornan ensordecedores, hasta cierto punto fastidiosos porque dan ganas de taparse los oídos, nada puede hacer. Es una agonía lenta, dolorosa, impresionante. Da la impresión de que el cerdo va bajando la intensidad de sus quejidos hasta que éstos se apagan por completo. Hasta que se queda inmóvil, inerte, el puerco lucha hasta el último hálito por su existencia, con ese instinto animal que le dio Dios, todo es infructuoso. El cuchillo manejado por una mano experta hace lo suyo y ahí queda el porcino, sobre un mesón de madera, resistente, de patas gruesas, la sangre va a parar a una fuente para luego hacer las prietas. Los alaridos del porcino que se expandieron a cientos de metros a la redonda, dejan de oírse y se cambian por un silencio siniestro. Y ahí queda todo. Ahí queda todo, Norma.

Temas: 

Comentar

Algo sobre Ovallito.cl

Ovallito.cl es un proyecto personal de un ovallino criado en la calle Independencia. Estamos en Internet desde el año 2003, lo que nos convierte en la web ovallina más antigua aún activa.

Columnas destacadas

La Profesora y Pinochet
El valor de lo limarino
Queso de Cabra: Producto Típico de Ovalle
Entre cazuelas de pavo, chupilca y empanadas…
Susurro de los molinos de viento I - El Nata y la Sin Destino
A mi Río Limarí
Tongoy
Los Fantasmas del Puente Viejo